Programa anarquista

Este texto es el programa que tomo la Unione Anarchica Italiana como

propio en su congreso de Bologna. El texto fue redactado por Errico

Malatesta recuperando y utilizando como base otro texto suyo: “Nuestro

Programa”, texto que en chile también fue difundido a principios del siglo

XX. Recomendamos este texto, para rescatar el trabajo de los militantes

anarquistas de comienzos del siglo pasado y como un referente

programático a tomar en cuenta por quienes se interesan o ven como

suyo los objetivos anarco-comunistas.

Ediciones Voz Negra.

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El programa de la Unione Anarchica Italiana es el programa comunista–

anárquico revolucionario que fue sostenido ya desde hace cincuenta años en

Italia en el seno de la Primera Internacional bajo el nombre de programa

socialista, que más tarde se distinguió con el nombre de socialista–anárquico,

y que luego, como consecuencia de la creciente degeneración autoritaria y

parlamentaria del movimiento socialista y como reacción contra ella, se llamó simplemente anárquico.

a) ¿Qué queremos?

Creemos que la mayor parte de los males que afligen a los hombres dependen

de la mala organización social, y que si los hombres quisieran y supieran,

podrían destruirlos. La sociedad actual es el resultado de las luchas seculares

que los hombres han librado entre sí. Al no comprender las ventajas que todos podían extraer de la cooperación y de la solidaridad, y al ver en todo otro hombre –salvo a lo sumo los más cercanos por vínculos de sangre – un

competidor y un enemigo, han tratado de acaparar cada uno para sí la mayor

cantidad posible de goces sin preocuparse de los intereses de los demás.

Cuando se llegó a la lucha, naturalmente los más fuertes o los más

afortunados debían vencer, y someter y oprimir de diversas maneras a los

vencidos. Mientras el hombre sólo fue capaz de producir aquello que le

bastaba estrictamente para su mantenimiento, los vencedores estaban

reducidos a poner en fuga o masacrar a los vencidos y apoderarse de los

alimentos reunidos por éstos. Luego, cuando con el descubrimiento del

pastoreo y la agricultura un hombre pudo producir más de lo que necesitaba

para vivir, a los vencedores les resultó más conveniente reducir a la esclavitud a los vencidos y hacerlos trabajar para ellos.

Más tarde, los vencedores se dieron cuenta de que era más cómodo, más

productivo y seguro explotar el trabajo de otros con otro sistema: conservar

para sí la propiedad exclusiva de la tierra y de todos los medios de trabajo, y

dejar nominalmente libres a los despojados, los cuales, por lo demás, al no

tener medios de vida, se veían obligados a recurrir a los propietarios y a

trabajar por cuenta de éstos, en las condiciones que éstos querían.

Así, poco a poco, a través de toda una red complicadísima de luchas de toda

clase, invasiones, guerras, rebeliones, represiones, concesiones arrancadas,

asociaciones de vencidos que se unieron para la defensa y de vencedores que

se unieron para el ataque, se llegó al estado actual de la sociedad, en el cual

algunos detentan hereditariamente la tierra y toda la riqueza social, mientras la

gran masa de los hombres, desheredada de todo, es explotada y oprimida por

unos pocos propietarios.

De esto dependen el estado de miseria en que se encuentran generalmente

los trabajadores y todos los males que de la miseria derivan: ignorancia,

delitos, prostitución, deterioro físico, abyección moral, muerte prematura. De

ahí también la constitución de una clase especial (el gobierno), que provista de

medios materiales de represión tiene como misión legalizar y defender a los

propietarios contra las reivindicaciones de los proletarios, y luego se sirve de la

fuerza que posee para crear privilegios para sí misma y someter a su

supremacía, si le es posible, incluso a la clase propietaria misma. De ahí la

constitución de otra clase especial (el clero) que con una serie de fábulas

sobre la voluntad de Dios, sobre la vida futura, etcétera, trata de inducir a los

oprimidos a soportar dócilmente la opresión, e igual que el gobierno, aparte de

favorecer los intereses de los propietarios favorece también los suyos. De aquí

proviene la formación de una ciencia oficial que es, en todo lo que pueda servir

a los intereses de los dominadores, la negación de la ciencia verdadera. De

aquí el espíritu patriótico, los odios de raza, las guerras y las paces armadas, a

veces más desastrosas que las guerras mismas. De aquí el amor

transformado en tormento o en torpe mercado. De ahí el odio más o menos

larvado, la rivalidad, la sospecha entre todos los hombres, la incertidumbre y el

temor para todos.

Nosotros queremos cambiar radicalmente tal estado de cosas, y puesto que

todos estos males derivan de la lucha entre los hombres, de la búsqueda del

bienestar que cada uno realiza por su cuenta y contra todos los demás,

queremos poner remedio a ello sustituyendo el odio por el amor, la

competencia por la solidaridad, la búsqueda exclusiva del propio bienestar por

la cooperación fraternal para el bienestar de todos, la opresión y la imposición

por la libertad, la mentira religiosa y pseudo-científica por la verdad.

Por lo tanto:

1. Abolición de la propiedad privada de la tierra, de las materias primas y

de los instrumentos de trabajo, para que nadie tenga el medio de vivir

disfrutando del trabajo de otros, y todos, al tener garantizados los medios para

producir y vivir, sean verdaderamente independientes y puedan asociarse

libremente con los demás, para el interés común, y conforme a sus simpatías.

2. Abolición del gobierno y de todo poder que haga la ley y la imponga a

los otros: por lo tanto, abolición de monarquías, repúblicas, parlamentos,

ejércitos, policías, tribunales y cualquier otra institución dotada de medios

coercitivos.

3. Organización de la vida social por obra de libres asociaciones y

federaciones de productores y de consumidores creadas y modifi cadas según

la voluntad de sus componentes, guiados por la ciencia y la experiencia y

libres de toda imposición que no derive de las necesidades naturales, a las

cuales se somete cada uno voluntariamente, vencido por el sentimiento mismo

de la necesidad ineluctable.

4. Garantizar los medios de vida, de desarrollo, de bienestar para los niños

y para todos los que sean incapaces de proveer a sus necesidades.

5. Guerra a las religiones y a todas las mentiras, aunque se oculten, bajo

el manto de la ciencia. Instrucción científica para todos y hasta sus niveles

más elevados.

6. Guerra a las rivalidades y a los prejuicios patrióticos. Abolición de las

fronteras y fraternidad entre todos los pueblos.

7. Reconstrucción de la familia, de la manera que resulte de la práctica del

amor, libre de todo vínculo legal, de toda opresión económica o física, de todo

prejuicio religioso.

Éste es nuestro ideal.

b) Vías y medios

Hemos expuesto en líneas generales cuál es el fi n que queremos alcanzar,

cuál es el ideal por el que luchamos. Pero no basta desear una cosa: si se

quiere obtenerla de verdad hay que emplear los medios adecuados para

conseguirla. Y estos medios no son arbitrarios, sino que derivan

necesariamente del fi n al que se apunta y de las circunstancias en que se

lucha, ya que engañándose respecto de la elección de los medios no se

llegaría al fi n propuesto sino a otro, quizás opuesto, que sería consecuencia

natural y necesaria de los medios empleados.

Quien se pone en camino y equivoca la ruta no va adonde quiere sino adonde

lo lleva la ruta que recorre.

Por lo tanto, es necesario explicar cuáles son los medios que a nuestro

parecer conducen al fi n que nos hemos fi jado, y que nosotros tratamos de

emplear.

Nuestro ideal no es del tipo cuya consecución dependa del individuo

considerado aisladamente. Se trata de cambiar el modo de vivir en sociedad,

de establecer relaciones de amor y solidaridad entre los hombres, de

conseguir la plenitud de desarrollo material, moral e intelectual no para un

individuo solo, no para los miembros de una determinada clase o partido, sino

para todos los seres humanos; y esto no es cosa que se pueda imponer con la

fuerza sino que debe surgir de la conciencia iluminada de cada uno y

realizarse mediante el libre consentimiento de todos. Nuestra primera tarea

debe consistir, por lo tanto, en persuadir a la gente. Es necesario que

llamemos la atención de los hombres sobre los males que sufren y sobre la

posibilidad de destruirlos. Hay que suscitar en cada uno la simpatía por los

males de los demás y el vivo deseo del bien de todos.

A quien tenga hambre y frío le mostraremos cómo sería posible, e incluso fácil,

asegurar a todos la satisfacción de las necesidades materiales. A quien esté

oprimido y vilipendiado, le diremos cómo se puede vivir felizmente en una

sociedad de hombres libres e iguales; a quien esté atormentado por el odio y

el rencor, le señalaremos el camino que lleva a la paz y a la alegría del

corazón, que se siente aprendiendo a amar al prójimo.

Y cuando logremos hacer nacer en el alma de los hombres el sentimiento de

rebelión contra los males injustos y evitables de los que se sufre en la

sociedad actual, y hacer comprender cuáles son las causas de estos males y

cómo depende de la voluntad humana eliminarlos, cuando hayamos inspirado

el deseo vivo, predominante, de transformar la sociedad para el bien de todos,

entonces los convencidos, por impulso propio y por el de aquellos que los han

precedido en la convicción, se unirán y querrán, y podrán, realizar sus ideales

comunes.

Sería absurdo –como ya hemos dicho – y estaría en contradicción con

nuestras finalidades querer imponer la libertad, el amor entre los hombres, el

desarrollo integral de todas las facultades humanas, por medio de la fuerza.

Por consiguiente, es necesario contar con la libre voluntad de los demás, y lo

único que podemos hacer es provocar que se forme y manifieste dicha

voluntad. Pero sería igualmente absurdo y contrario a nuestra finalidad admitir

que quienes no piensan como nosotros nos impidan realizar nuestra voluntad,

siempre que ésta no lesione el derecho a una libertad igual a la nuestra.

Libertad entonces para todos de propagar y experimentar las propias ideas sin

otro límite que el que resulta naturalmente de la igual libertad de todos.

Pero a esto se oponen –y se oponen con fuerza brutal – quienes se benefician

con los actuales privilegios y dominan y regulan toda la vida social actual.

Ésos tienen en su mano todos los medios de producción, y por ende suprimen

no sólo la posibilidad de experimentar nuevos modos de convivencia social, no

sólo el derecho de los trabajadores a vivir libremente de su propio trabajo, sino

también el derecho mismo a la existencia, y obligan a quien no es propietario a

dejarse explotar y oprimir si no quiere morir de hambre.

Ellos tienen policías, jueces, ejércitos creados a propósito para defender sus

privilegios, y persiguen, encarcelan, masacran a los que quieren abolir esos

privilegios y reclaman medios de vida y la libertad para todos.

Celosos de sus intereses presentes e inmediatos, corrompidos por el espíritu

de dominación, temerosos del porvenir, ellos, los privilegiados, son incapaces

en general de un impulso generoso, y también lo son de una concepción más

amplia de sus intereses. Y sería locura esperar que renuncien voluntariamente

a la propiedad y al poder y se adapten a ser iguales a aquellos a los que hoy

tienen sometidos.

Dejando de lado la experiencia histórica –la cual demuestra que nunca una

clase privilegiada se ha desposeído, en todo o en parte, de sus privilegios, y

nunca un gobierno ha abandonado el poder si no se lo obligó a ello con la

fuerza o con el temor de la fuerza –, bastan los hechos contemporáneos para

convencer a cualquiera que la burguesía y los gobiernos se proponen emplear

la fuerza material para defenderse, no sólo contra la expropiación total, sino

también contra las más pequeñas pretensiones populares, y están siempre

listos para realizar las más atroces persecuciones y las más sanguinarias

masacres.

Al pueblo que quiere emanciparse no le queda otro camino que oponer la

fuerza a la fuerza. Resulta de cuanto hemos dicho que debemos trabajar para

despertar en los oprimidos el deseo vivo de una radical transformación social y

persuadirlos de que uniéndose tienen la fuerza necesaria para vencer;

debemos propagar nuestro ideal y preparar las fuerzas morales y materiales

necesarias para vencer a las fuerzas enemigas y organizar la nueva sociedad.

Y cuando tengamos la fuerza suficiente, debemos, aprovechando las

circunstancias favorables que se produzcan oreándolas nosotros mismos,

hacer la revolución social abatiendo con la fuerza al gobierno, expropiando con

la fuerza los propietarios, poniendo en común los medios de vida y e

producción e impidiendo que nuevos gobiernos vengan a imponer su voluntad

y a obstaculizar la reorganización socializada directamente por los

trabajadores.

Todo esto, sin embargo, es menos simple de lo que podría carecer a primera

vista. Tenemos que vérnoslas con los hombres tal cual son en la sociedad

actual, en condiciones morales y materiales muy desgraciadas, nos

engañaríamos si pensáramos que basta la propaganda ara elevarlos a ese

grado de desarrollo intelectual y oral que es necesario para la realización de

nuestros ideales.

Existe una acción recíproca entre el hombre y el ambiente social. os hombres

hacen la sociedad como ésta es y la sociedad hace a los hombres como ellos

son, y de esto resulta una especie e círculo vicioso. Para transformar a la

sociedad es necesario transformar a los hombres, y para transformar a los

hombres es necesario transformar a la sociedad.

La miseria embrutece al hombre, y para destruir la miseria es necesario que

los hombres tengan conciencia y voluntad. La esclavitud educa a los hombres

para que sean esclavos, y para que se liberen de la esclavitud tiene que nacer

en ellos la aspiración a la libertad. La ignorancia hace por cierto que los

hombres no conozcan las causas de sus males y no sepan remediarlos, y para

destruir la ignorancia es necesario que los hombres tengan el tiempo y el

modo de instruirse.

El gobierno acostumbra a la gente a sufrir la ley y a creer que ésta es

necesaria para la sociedad, y para abolir al gobierno se requiere que los

hombres estén persuadidos de la inutilidad y el carácter dañino de la ley.

¿Cómo salir de este círculo vicioso?

Afortunadamente la sociedad actual no ha sido formada por la voluntad

iluminada de una clase dominante, que haya podido reducir a todos los

dominados a instrumentos pasivos e inconscientes de sus intereses. La

sociedad es resultado de mil luchas intestinas, de mil factores naturales y

humanos que actúan en forma casual, sin criterio directivo, y por lo tanto no

existen divisiones netas ni entre los individuos ni entre las clases. Infinitas son

las variedades de las condiciones materiales, infinitos los grados de desarrollo

moral e intelectual, y no siempre –casi diríamos muy raramente – el puesto

que uno ocupa en la sociedad corresponde a sus facultades y aspiraciones.

Con muchísima frecuencia algunos individuos caen en condiciones inferiores a

aquellas a que están habituados, y otros, por circunstancias excepcionalmente

favorables, logran elevarse a condiciones superiores a aquellas en que

nacieron. Una parte notable del proletariado llegó ya a salir del estado de

miseria absoluta, embrutecedora, o no pudo ser reducido nunca a tal situación;

ningún trabajador, o casi ninguno, se encuentra en estado de inconsciencia

completa, de completa aquiescencia a las condiciones impuestas por los

patrones. Y las instituciones mismas, tal como las produjo la historia,

contienen contradicciones orgánicas que son como gérmenes de muerte que

al desarrollarse producen la disolución de la institución y la necesidad de

transformarla.

De ahí la posibilidad del progreso, pero no la posibilidad de llevar, por medio

de la propaganda, a todos los hombres al nivel necesario para que quieran y

hagan la anarquía, sin una transformación previa y gradual del ambiente.

El progreso debe marchar en forma contemporánea y paralela en los

individuos y en el ambiente. Tenemos que aprovechar de todos los medios, de

todas las posibilidades, de todas las ocasiones que nos ofrece el ambiente

actual, para actuar sobre los hombres y desarrollar su conciencia y sus

deseos, debemos utilizar todos los progresos ocurridos en la conciencia de los

hombres para inducirlos a reclamar e imponer las transformaciones sociales

mayores que son posibles y que sirven mejor para abrir el camino a progresos

ulteriores.

No debemos esperar a poder instaurar la anarquía, y entretanto limitarnos a la

simple propaganda. Si lo hiciésemos así, pronto habríamos agotado el campo,

es decir, habríamos convertido a todos aquellos que en el ambiente actual son

susceptibles de comprender y aceptar nuestras ideas, y nuestra ulterior

propaganda resultaría inútil; o si transformaciones del ambiente elevaran a

nuevos estratos populares a la posibilidad de recibir ideas nuevas, esto

ocurriría sin participación nuestra y, por lo tanto, en perjuicio de nuestras

ideas.

Debemos tratar que el pueblo, en su totalidad o en sus diversas fracciones,

pretenda, imponga, tome por sí mismo todas las mejoras, todas las libertades

que desee, a medida que llega a desearlas y tiene la fuerza necesaria para

imponerlas; y propagandeando siempre todo nuestro programa y luchando

siempre por su realización integral, debemos impulsar al pueblo a pretender e

imponer cada vez más, hasta que llegue a la emancipación completa.

c) La lucha económica

La opresión que hoy aflige más directamente a los trabajadores y que es la

causa principal de todas las sujeciones morales y materiales a que éstos están

sometidos es la opresión económica, es decir, la explotación que los patrones

y los comerciantes ejercen sobre ellos gracias al acaparamiento de todos los

grandes medios de producción e intercambio.

Para suprimir en forma radical y sin peligro de retorno esta opresión es

necesario que todo el pueblo esté convencido del derecho que tiene al uso de

los medios de producción y que ponga en práctica su derecho primordial

expropiando a los detentadores del suelo y de todas las riquezas sociales y

poniendo aquél y éstas a disposición de todos.

Pero ¿se puede comenzar esta expropiación ahora mismo? ¿Se puede pasar

hoy directamente, sin grados intermedios, del infierno en que se encuentra

ahora el proletariado al paraíso de la propiedad común?

Los hechos demostrarán de qué son capaces hoy los trabajadores. Nuestra

misión es preparar al pueblo moral y materialmente para esta expropiación

necesaria, e intentarla y volverla a intentar cada vez que una conmoción

revolucionaria nos dé ocasión para ello; hasta el triunfo definitivo. Pero ¿de

qué manera podemos preparar al pueblo? ¿De qué manera prepararemos las

condiciones que hagan posible no sólo el hecho material de la expropiación,

sino también la utilización de la riqueza común en beneficio de todos?

Hemos visto anteriormente que la propaganda por sí sola, hablada o escrita,

es impotente para conquistar a toda la gran masa popular y convertirla a

nuestras ideas. Se requiere una educación práctica, que sea alternativamente

causa y efecto de una gradual transformación del ambiente.

Es necesario que a medida que se desarrollen en los trabajadores el

sentimiento de rebelión contra los injustos e inútiles sufrimientos de que son

víctimas y el deseo de mejorar sus condiciones, éstos luchen unidos entre sí

en forma solidaria para conseguir lo que desean.

Y nosotros, como anarquistas y como trabajadores, debemos incitarlos y

alentarlos a la lucha y luchar con ellos. Pero ¿son posibles estos

mejoramientos en el régimen capitalista? ¿Son útiles desde el punto de vista

de la futura emancipación integral de los trabajadores?

Cualesquiera sean los resultados prácticos de la lucha por los mejoramientos

inmediatos, la utilidad principal reside en la lucha misma. Con ella los obreros

aprenden que el patrón tiene intereses opuestos a los suyos y que no pueden

mejorar su condición, y menos aun emanciparse, sino uniéndose y

volviéndose más fuertes que los patrones. Si llegan a obtener lo que quieren,

estarán mejor, ganarán más, trabajarán menos, tendrán más tiempo y más

fuerza para reflexionar acerca de las cosas que les interesan, y sentirán

enseguida deseos mayores y experimentarán mayores necesidades. Si no

tienen éxito, se verán llevados a estudiar las causas del fracaso y a reconocer

la necesidad de una mayor unión, de mayor energía, y comprenderán, por

último, que para vencer con seguridad y en forma definitiva es necesario

destruir al capitalismo. La causa de la revolución, la causa de la elevación

moral del trabajador y de su emancipación no puede sino beneficiarse por el

hecho de que los trabajadores se unan y luchen por sus intereses. Pero, una

vez más, ¿es posible que los trabajadores logren, en el estado actual de

cosas, mejorar realmente sus condiciones de vida?

Esto depende de la concurrencia de una infinidad de circunstancias. Pese a lo

que dicen algunos, no existe una ley natural (ley de los salarios) que determine

la parte que corresponde al trabajador sobre el producto del trabajo; o si se

quiere formular una, sólo podría ser la siguiente: el salario no puede bajar

normalmente del monto necesario para la vida, ni puede subir normalmente

hasta el punto de que no deje ninguna ganancia al patrón. Está claro que en el

primer caso los obreros morirían y por lo tanto no cobrarían ya salario, y en el

segundo los patrones no tendrían interés en hacer trabajar y por lo tanto no

pagarían más salarios. Pero entre estos dos extremos imposibles existe una

infinita variedad de gradaciones, que van desde las condiciones miserables de

muchos trabajadores agrícolas hasta la situación casi decente de los obreros

de los buenos oficios en las grandes ciudades.

El salario, la longitud de la jornada y todas las otras condiciones de trabajo son

resultado de la lucha entre patrones y obreros. Aquéllos tratan de dar a los

trabajadores lo menos que pueden y de hacerlos trabajar hasta el agotamiento

completo, mientras éstos buscan, o deberían buscar, la manera de trabajar lo

menos y de ganar lo más posible. Cuando los trabajadores se contentan con

todo o, aun estando descontentos, no saben oponer una resistencia válida a

los patrones, quedan rápidamente reducidos a condiciones animales de vida;

en cambio, cuando tienen un concepto un poco elevado del modo en que

deberían vivir los seres humanos, y saben unirse y, mediante el rechazo del

trabajo y la amenaza latente o explícita de rebelión, imponer respeto a los

patrones, se los trata de una manera relativamente soportable. De modo que

puede decirse que el salario, dentro de ciertos límites, es el que el operario –

no como individuo, se entiende, sino como clase – pretende.

Luchando entonces, resistiendo contra los patrones, los trabajadores pueden

impedir hasta un cierto punto que sus condiciones empeoren, e incluso

obtener mejoramientos reales. Y la historia del movimiento obrero ya ha

demostrado esta verdad.

Es necesario, sin embargo, no exagerar el alcance de esta lucha librada entre

obreros y patrones en el terreno exclusivamente económico. Los patrones

pueden ceder, y a menudo lo hacen ante exigencias obreras enérgicamente

expresadas, mientras no se trate de pretensiones demasiado grandes, pero si

los obreros comenzaran –y es urgente que comiencen – a pretender un salario

que absorbiera toda la ganancia de los patrones y llegara, de esta manera, a

constituir una expropiación indirecta, es seguro que los patrones apelarían al

gobierno y tratarían de cohibir con la violencia a los obreros para mantenerlos

en su posición de esclavos asalariados.

Y aun antes, mucho antes de que los obreros puedan pretender que se les dé

en compensación de su trabajo el equivalente de todo lo que han producido, la

lucha económica se vuelve impotente para seguir produciendo el

mejoramiento de las condiciones de los trabajadores.

Los obreros lo producen todo y sin ellos no se puede vivir; por lo tanto,

parecería que si se rehúsan a trabajar pudieran imponer todo lo que quieren.

Pero la unión de todos los trabajadores, incluso de un solo oficio, y hasta de

un solo país, es difícil de obtener, y a la unión de los obreros se opone la de

los patrones. Los obreros viven al día y si no trabajan pronto les falta el pan,

mientras los patrones disponen, mediante el dinero, de todos los productos ya

acumulados, y por lo tanto pueden esperar tranquilamente que el hambre

reduzca a la sensatez a sus asalariados. La invención o la introducción de

nuevas máquinas hace inútil el trabajo de un gran número de obreros y

aumenta el gran ejército de los desocupados, a los que el hambre obliga a

venderse a cualquier precio. La inmigración aporta en seguida a los países

donde los obreros logran un nivel mejor, multitudes de trabajadores famélicos

que, quiéranlo o no, ofrecen a los patrones el modo de rebajar los salarios. Y

todos estos hechos, derivados necesariamente del sistema capitalista, llegan a

contrapesar el progreso de la conciencia y de la solidaridad obrera: a menudo

marchan más rápidamente que este progreso, lo detienen y lo destruyen. Y en

todos los casos subsiste siempre el hecho primordial de que la producción, en

el sistema capitalista, está organizada por cada capitalista para su beneficio

individual y no para satisfacer, como sería natural, de la mejor manera posible

las necesidades de los trabajadores.

De aquí el desorden, el desperdicio de fuerzas humanas, la escasez

deliberada de los productos, los trabajos inútiles y dañinos, la desocupación,

las tierras sin cultivar, el poco uso de las máquinas, etcétera, males todos

éstos que no se pueden evitar sino quitando a los capitalistas la posesión de

los medios de trabajo y, por lo tanto, la dirección de la producción. Se presenta

entonces rápidamente a los obreros que tratan de emanciparse, o incluso sólo

de mejorar seriamente sus condiciones, la necesidad de defenderse contra el

gobierno, de atacarlo, pues éste constituye, al legitimar el derecho de

propiedad y sostenerlo con la fuerza brutal, una barrera que se opone al

progreso y que hay que abatir si no se desea permanecer indefinidamente en

el estado actual o incluso empeorarlo.

De la lucha económica es necesario pasar a la lucha política, es decir, a la

lucha contra el gobierno, y en vez de oponer a los millones de los capitalistas

los escasos centavos acumulados con gran esfuerzo por los obreros, hay que

oponer a los fusiles y a los cañones que defienden la propiedad, los medios

mejores que el pueblo pueda encontrar para vencer a la fuerza con la fuerza.

d) La lucha política

Por lucha política entendemos la lucha contra el gobierno y el conjunto de los

individuos que detentan la potestad, cualquiera sea el modo en que la hayan

adquirido, de dictar las leyes e imponerlas a los gobernados, es decir, al

pueblo. Consecuencia del espíritu de dominio y de la violencia con que

algunos hombres se impusieron sobre los demás, el gobierno es al mismo

tiempo creador y criatura del privilegio y su defensor natural. Se dice

erróneamente que el gobierno cumple hoy la función de defensor del

capitalismo, pero que una vez abolido el capitalismo se volvería representante

y administrador de los intereses generales.

Ante todo el capitalismo no se podrá destruir sino cuando los trabajadores, una

vez expulsado el gobierno, tomen posesión de la riqueza social y organicen la

producción y el consumo en interés de todos, por sí mismos, sin esperar la

acción de un gobierno que aunque lo quisiera no podría ser capaz de hacerlo.

Pero hay algo más: si se destruyera al capitalismo y se dejase subsistir alguna

forma de gobierno, éste lo crearía de nuevo mediante la concesión de toda

clase de privilegios, puesto que al no poder contentar a todos tendría

necesidad de una clase económicamente poderosa que lo apoyara a cambio

de la protección legal y material que recibiría de él. Por consiguiente, no se

puede abolir el privilegio y establecer sólida y definitivamente la libertad y la

igualdad social sino aboliendo al gobierno, no a este o a aquel gobierno, sino a

la institución misma del gobierno.

Sin embargo, en esto, como en todos los hechos de interés general, más que

en cualquier otro caso, es necesario el consenso de la generalidad, y por ello

debemos esforzarnos en persuadir a la gente de que el gobierno es inútil y

dañino y que se puede vivir mejor sin él.

Pero como ya hemos repetido, la propaganda por sí sola es impotente para

convencer a todo el mundo, y si quisiéramos limitarnos sólo a predicar contra

el gobierno, esperando sin valernos de ningún otro medio el día en que el

público se convenciera de la posibilidad y utilidad de abolir completamente

toda clase de gobierno, ese día no llegaría nunca. Siempre predicando contra

toda clase de gobierno, siempre reclamando la libertad integral, debemos

favorecer todas las luchas por las libertades parciales, convencidos de que en

la lucha se aprende a luchar, y que comenzando a gustar de un poco de

libertad se termina queriéndola toda. Debemos estar siempre con el pueblo, y

aunque no logremos hacerle pretender mucho, tratar de que por lo menos

comience a pretender algo, y debemos esforzarnos para que aprenda, sea

poco o mucho lo que quiera, a quererlo conquistar por sí mismo, y sienta odio

y desprecio contra quienes están en el gobierno o quieren llegar a ocuparlo.

Puesto que el gobierno tiene hoy el poder de regular, mediante las leyes, la

vida social y ampliar o restringir la libertad de los ciudadanos, como nosotros

no podemos arrancarle aún este poder debemos tratar de disminuírselo y de

obligarlo a que lo utilice de la forma menos dañina posible.

Pero esto debemos hacerlo estando siempre fuera del gobierno y contra él,

presionándolo mediante la agitación en las calles, amenazando con tomar por

la fuerza lo que se reclama. Nunca debemos aceptar ninguna clase de función

legislativa, sea general o local, porque si lo hiciéramos disminuiríamos la

eficacia de nuestra acción y traicionaríamos el porvenir de nuestra causa. La

lucha contra el gobierno se resuelve, en último análisis, en lucha física,

material. El gobierno hace las leyes. Por lo tanto, debe contar con una fuerza

material (ejército y policía) para imponerlas, porque de otra manera, sólo las

obedecerían quienes quisieran y las leyes ya no lo serían, sino que

constituirían una simple propuesta que cada uno estaría en libertad de aceptar

o rechazar. Y los gobiernos tienen esta fuerza y se sirven de ella para poder

fortalecer con leyes su dominio y servir a los intereses de las clases

privilegiadas oprimiendo y explotando a los trabajadores.

El límite de la opresión del gobierno es la fuerza que el pueblo se muestre

capaz de oponerle. Puede haber conflicto abierto o latente, pero conflicto hay

siempre, pues el gobierno no se detiene ante el descontento y la resistencia

popular sino cuando siente el peligro de la insurrección.

Cuando el pueblo se somete dócilmente a la ley, o la protesta es débil y

platónica, el gobierno atiende a su propio beneficio sin preocuparse de las

necesidades populares; cuando la protesta se vuelve enérgica, insistente,

amenazadora, el gobierno cede o reprime, según sea más o menos iluminado.

Pero siempre se llega a la insurrección, porque si el gobierno no cede, el

pueblo termina rebelándose, y si el gobierno cede, el pueblo adquiere fe en sí

mismo y pretende cada vez más, hasta que resulta evidente la

incompatibilidad entre la libertad y la autoridad y estalla el conflicto violento.

Es necesario entonces prepararse moral y materialmente para que al estallar

la lucha violenta la victoria quede en manos del pueblo. La insurrección

victoriosa es el hecho más efi caz para la emancipación popular, puesto que el

pueblo, una vez sacudido el yugo, queda en libertad de darse las instituciones

que considere mejores, y la distancia que existe entre la ley, siempre

retrasada, y el grado de civilización a que ha llegado la masa de la población,

se recorre de un salto. La insurrección determina la revolución, es decir, la

rápida manifestación de las fuerzas latentes acumuladas durante la evolución

anterior.

Todo consiste en qué es capaz de querer el pueblo. En las insurrecciones

pasadas el pueblo, inconsciente de las razones verdaderas de sus males, ha

querido siempre muy poco y muy poco ha conseguido.

¿Qué querrá en la próxima insurrección?

Esto depende, en parte, de nuestra propaganda y de la energía que sepamos

desplegar. Deberemos impulsar al pueblo a expropiar a los propietarios y

comunizar la propiedad, y a organizar la vida social por sí mismo, mediante

asociaciones libremente constituidas, sin esperar las órdenes de nadie y

rehusándose a nombrar o a reconocer cualquier clase de gobierno, cualquier

cuerpo constituido, que bajo un nombre cualquiera (constituyente, dictadura,

etcétera) se atribuya, aunque sea a título provisorio, el derecho de dictar leyes

y de imponer a los demás por la fuerza su propia voluntad. Y si la masa del

pueblo no responde a nuestro llamado, deberemos –en nombre del derecho

que tenemos de ser libres aunque los demás quieran seguir siendo esclavos, y

mediante la eficacia del ejemplo – realizar por nuestra cuenta lo más posible

de nuestras ideas y no reconocer al nuevo gobierno y, mantener viva la

resistencia, y hacer que las localidades donde se acojan con simpatía nuestras

ideas se constituyan en comunidades anárquicas, rechacen toda injerencia

gubernativa, establezcan libres relaciones con las otras localidades que

pretendan vivir a su manera.

Deberemos, sobre todo, oponernos con todos los medios a la reconstitución

de la policía y del ejército, y aprovechar la ocasión propicia para impulsar a los

trabajadores de las localidades no anárquicas a aprovechar la falta de fuerza

represiva para imponer las mayores pretensiones que logremos inducirles a

plantear.

Y como quiera que marchen las cosas, seguir siempre luchando, sin un

instante de interrupción, contra los propietarios y contra los gobernantes,

teniendo siempre en vista la emancipación completa, económica, política y

moral, de toda la humanidad.

e) Conclusión

Deseamos entonces abolir radicalmente la dominación y la explotación del

hombre por el hombre; deseamos que los hombres, hermanados por una

solidaridad consciente y deseada, cooperen todos voluntariamente para el

bienestar de todos; deseamos que la sociedad esté constituida con el fin de

proporcionar a todos los seres humanos los medios para alcanzar el máximo

bienestar posible, el máximo desarrollo moral y material posible; deseamos

para todos pan, libertad, amor, ciencia. Y para llegar a este fin supremo

creemos necesario que los medios de producción estén a disposición de

todos, y que ningún hombre o grupo de hombres pueda obligar a los demás a

someterse a su voluntad ni ejercitar su influencia sino con la fuerza de la razón

y del ejemplo. Por lo tanto, expropiación de los detentadores del suelo y del

capital en beneficio de todos, y abolición del gobierno.

Y en espera de que esto pueda hacerse: propaganda del ideal; organización

de las fuerzas populares; lucha continua, pacífica o violenta según las

circunstancias, contra el gobierno y contra los propietarios, para conquistar lo

más que se pueda de libertad y de bienestar para todos.

 

Errico Malatesta.

Extraido de http://voznegra.entodaspartes.net/

Para descargar en Pdf: http://voznegra.entodaspartes.net/files/2008/12/programa-anarquista.pdf

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