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Programa anarquista

Este texto es el programa que tomo la Unione Anarchica Italiana como

propio en su congreso de Bologna. El texto fue redactado por Errico

Malatesta recuperando y utilizando como base otro texto suyo: “Nuestro

Programa”, texto que en chile también fue difundido a principios del siglo

XX. Recomendamos este texto, para rescatar el trabajo de los militantes

anarquistas de comienzos del siglo pasado y como un referente

programático a tomar en cuenta por quienes se interesan o ven como

suyo los objetivos anarco-comunistas.

Ediciones Voz Negra.

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El programa de la Unione Anarchica Italiana es el programa comunista–

anárquico revolucionario que fue sostenido ya desde hace cincuenta años en

Italia en el seno de la Primera Internacional bajo el nombre de programa

socialista, que más tarde se distinguió con el nombre de socialista–anárquico,

y que luego, como consecuencia de la creciente degeneración autoritaria y

parlamentaria del movimiento socialista y como reacción contra ella, se llamó simplemente anárquico.

a) ¿Qué queremos?

Creemos que la mayor parte de los males que afligen a los hombres dependen

de la mala organización social, y que si los hombres quisieran y supieran,

podrían destruirlos. La sociedad actual es el resultado de las luchas seculares

que los hombres han librado entre sí. Al no comprender las ventajas que todos podían extraer de la cooperación y de la solidaridad, y al ver en todo otro hombre –salvo a lo sumo los más cercanos por vínculos de sangre – un

competidor y un enemigo, han tratado de acaparar cada uno para sí la mayor

cantidad posible de goces sin preocuparse de los intereses de los demás.

Cuando se llegó a la lucha, naturalmente los más fuertes o los más

afortunados debían vencer, y someter y oprimir de diversas maneras a los

vencidos. Mientras el hombre sólo fue capaz de producir aquello que le

bastaba estrictamente para su mantenimiento, los vencedores estaban

reducidos a poner en fuga o masacrar a los vencidos y apoderarse de los

alimentos reunidos por éstos. Luego, cuando con el descubrimiento del

pastoreo y la agricultura un hombre pudo producir más de lo que necesitaba

para vivir, a los vencedores les resultó más conveniente reducir a la esclavitud a los vencidos y hacerlos trabajar para ellos.

Más tarde, los vencedores se dieron cuenta de que era más cómodo, más

productivo y seguro explotar el trabajo de otros con otro sistema: conservar

para sí la propiedad exclusiva de la tierra y de todos los medios de trabajo, y

dejar nominalmente libres a los despojados, los cuales, por lo demás, al no

tener medios de vida, se veían obligados a recurrir a los propietarios y a

trabajar por cuenta de éstos, en las condiciones que éstos querían.

Así, poco a poco, a través de toda una red complicadísima de luchas de toda

clase, invasiones, guerras, rebeliones, represiones, concesiones arrancadas,

asociaciones de vencidos que se unieron para la defensa y de vencedores que

se unieron para el ataque, se llegó al estado actual de la sociedad, en el cual

algunos detentan hereditariamente la tierra y toda la riqueza social, mientras la

gran masa de los hombres, desheredada de todo, es explotada y oprimida por

unos pocos propietarios.

De esto dependen el estado de miseria en que se encuentran generalmente

los trabajadores y todos los males que de la miseria derivan: ignorancia,

delitos, prostitución, deterioro físico, abyección moral, muerte prematura. De

ahí también la constitución de una clase especial (el gobierno), que provista de

medios materiales de represión tiene como misión legalizar y defender a los

propietarios contra las reivindicaciones de los proletarios, y luego se sirve de la

fuerza que posee para crear privilegios para sí misma y someter a su

supremacía, si le es posible, incluso a la clase propietaria misma. De ahí la

constitución de otra clase especial (el clero) que con una serie de fábulas

sobre la voluntad de Dios, sobre la vida futura, etcétera, trata de inducir a los

oprimidos a soportar dócilmente la opresión, e igual que el gobierno, aparte de

favorecer los intereses de los propietarios favorece también los suyos. De aquí

proviene la formación de una ciencia oficial que es, en todo lo que pueda servir

a los intereses de los dominadores, la negación de la ciencia verdadera. De

aquí el espíritu patriótico, los odios de raza, las guerras y las paces armadas, a

veces más desastrosas que las guerras mismas. De aquí el amor

transformado en tormento o en torpe mercado. De ahí el odio más o menos

larvado, la rivalidad, la sospecha entre todos los hombres, la incertidumbre y el

temor para todos.

Nosotros queremos cambiar radicalmente tal estado de cosas, y puesto que

todos estos males derivan de la lucha entre los hombres, de la búsqueda del

bienestar que cada uno realiza por su cuenta y contra todos los demás,

queremos poner remedio a ello sustituyendo el odio por el amor, la

competencia por la solidaridad, la búsqueda exclusiva del propio bienestar por

la cooperación fraternal para el bienestar de todos, la opresión y la imposición

por la libertad, la mentira religiosa y pseudo-científica por la verdad.

Por lo tanto:

1. Abolición de la propiedad privada de la tierra, de las materias primas y

de los instrumentos de trabajo, para que nadie tenga el medio de vivir

disfrutando del trabajo de otros, y todos, al tener garantizados los medios para

producir y vivir, sean verdaderamente independientes y puedan asociarse

libremente con los demás, para el interés común, y conforme a sus simpatías.

2. Abolición del gobierno y de todo poder que haga la ley y la imponga a

los otros: por lo tanto, abolición de monarquías, repúblicas, parlamentos,

ejércitos, policías, tribunales y cualquier otra institución dotada de medios

coercitivos.

3. Organización de la vida social por obra de libres asociaciones y

federaciones de productores y de consumidores creadas y modifi cadas según

la voluntad de sus componentes, guiados por la ciencia y la experiencia y

libres de toda imposición que no derive de las necesidades naturales, a las

cuales se somete cada uno voluntariamente, vencido por el sentimiento mismo

de la necesidad ineluctable.

4. Garantizar los medios de vida, de desarrollo, de bienestar para los niños

y para todos los que sean incapaces de proveer a sus necesidades.

5. Guerra a las religiones y a todas las mentiras, aunque se oculten, bajo

el manto de la ciencia. Instrucción científica para todos y hasta sus niveles

más elevados.

6. Guerra a las rivalidades y a los prejuicios patrióticos. Abolición de las

fronteras y fraternidad entre todos los pueblos.

7. Reconstrucción de la familia, de la manera que resulte de la práctica del

amor, libre de todo vínculo legal, de toda opresión económica o física, de todo

prejuicio religioso.

Éste es nuestro ideal.

b) Vías y medios

Hemos expuesto en líneas generales cuál es el fi n que queremos alcanzar,

cuál es el ideal por el que luchamos. Pero no basta desear una cosa: si se

quiere obtenerla de verdad hay que emplear los medios adecuados para

conseguirla. Y estos medios no son arbitrarios, sino que derivan

necesariamente del fi n al que se apunta y de las circunstancias en que se

lucha, ya que engañándose respecto de la elección de los medios no se

llegaría al fi n propuesto sino a otro, quizás opuesto, que sería consecuencia

natural y necesaria de los medios empleados.

Quien se pone en camino y equivoca la ruta no va adonde quiere sino adonde

lo lleva la ruta que recorre.

Por lo tanto, es necesario explicar cuáles son los medios que a nuestro

parecer conducen al fi n que nos hemos fi jado, y que nosotros tratamos de

emplear.

Nuestro ideal no es del tipo cuya consecución dependa del individuo

considerado aisladamente. Se trata de cambiar el modo de vivir en sociedad,

de establecer relaciones de amor y solidaridad entre los hombres, de

conseguir la plenitud de desarrollo material, moral e intelectual no para un

individuo solo, no para los miembros de una determinada clase o partido, sino

para todos los seres humanos; y esto no es cosa que se pueda imponer con la

fuerza sino que debe surgir de la conciencia iluminada de cada uno y

realizarse mediante el libre consentimiento de todos. Nuestra primera tarea

debe consistir, por lo tanto, en persuadir a la gente. Es necesario que

llamemos la atención de los hombres sobre los males que sufren y sobre la

posibilidad de destruirlos. Hay que suscitar en cada uno la simpatía por los

males de los demás y el vivo deseo del bien de todos.

A quien tenga hambre y frío le mostraremos cómo sería posible, e incluso fácil,

asegurar a todos la satisfacción de las necesidades materiales. A quien esté

oprimido y vilipendiado, le diremos cómo se puede vivir felizmente en una

sociedad de hombres libres e iguales; a quien esté atormentado por el odio y

el rencor, le señalaremos el camino que lleva a la paz y a la alegría del

corazón, que se siente aprendiendo a amar al prójimo.

Y cuando logremos hacer nacer en el alma de los hombres el sentimiento de

rebelión contra los males injustos y evitables de los que se sufre en la

sociedad actual, y hacer comprender cuáles son las causas de estos males y

cómo depende de la voluntad humana eliminarlos, cuando hayamos inspirado

el deseo vivo, predominante, de transformar la sociedad para el bien de todos,

entonces los convencidos, por impulso propio y por el de aquellos que los han

precedido en la convicción, se unirán y querrán, y podrán, realizar sus ideales

comunes.

Sería absurdo –como ya hemos dicho – y estaría en contradicción con

nuestras finalidades querer imponer la libertad, el amor entre los hombres, el

desarrollo integral de todas las facultades humanas, por medio de la fuerza.

Por consiguiente, es necesario contar con la libre voluntad de los demás, y lo

único que podemos hacer es provocar que se forme y manifieste dicha

voluntad. Pero sería igualmente absurdo y contrario a nuestra finalidad admitir

que quienes no piensan como nosotros nos impidan realizar nuestra voluntad,

siempre que ésta no lesione el derecho a una libertad igual a la nuestra.

Libertad entonces para todos de propagar y experimentar las propias ideas sin

otro límite que el que resulta naturalmente de la igual libertad de todos.

Pero a esto se oponen –y se oponen con fuerza brutal – quienes se benefician

con los actuales privilegios y dominan y regulan toda la vida social actual.

Ésos tienen en su mano todos los medios de producción, y por ende suprimen

no sólo la posibilidad de experimentar nuevos modos de convivencia social, no

sólo el derecho de los trabajadores a vivir libremente de su propio trabajo, sino

también el derecho mismo a la existencia, y obligan a quien no es propietario a

dejarse explotar y oprimir si no quiere morir de hambre.

Ellos tienen policías, jueces, ejércitos creados a propósito para defender sus

privilegios, y persiguen, encarcelan, masacran a los que quieren abolir esos

privilegios y reclaman medios de vida y la libertad para todos.

Celosos de sus intereses presentes e inmediatos, corrompidos por el espíritu

de dominación, temerosos del porvenir, ellos, los privilegiados, son incapaces

en general de un impulso generoso, y también lo son de una concepción más

amplia de sus intereses. Y sería locura esperar que renuncien voluntariamente

a la propiedad y al poder y se adapten a ser iguales a aquellos a los que hoy

tienen sometidos.

Dejando de lado la experiencia histórica –la cual demuestra que nunca una

clase privilegiada se ha desposeído, en todo o en parte, de sus privilegios, y

nunca un gobierno ha abandonado el poder si no se lo obligó a ello con la

fuerza o con el temor de la fuerza –, bastan los hechos contemporáneos para

convencer a cualquiera que la burguesía y los gobiernos se proponen emplear

la fuerza material para defenderse, no sólo contra la expropiación total, sino

también contra las más pequeñas pretensiones populares, y están siempre

listos para realizar las más atroces persecuciones y las más sanguinarias

masacres.

Al pueblo que quiere emanciparse no le queda otro camino que oponer la

fuerza a la fuerza. Resulta de cuanto hemos dicho que debemos trabajar para

despertar en los oprimidos el deseo vivo de una radical transformación social y

persuadirlos de que uniéndose tienen la fuerza necesaria para vencer;

debemos propagar nuestro ideal y preparar las fuerzas morales y materiales

necesarias para vencer a las fuerzas enemigas y organizar la nueva sociedad.

Y cuando tengamos la fuerza suficiente, debemos, aprovechando las

circunstancias favorables que se produzcan oreándolas nosotros mismos,

hacer la revolución social abatiendo con la fuerza al gobierno, expropiando con

la fuerza los propietarios, poniendo en común los medios de vida y e

producción e impidiendo que nuevos gobiernos vengan a imponer su voluntad

y a obstaculizar la reorganización socializada directamente por los

trabajadores.

Todo esto, sin embargo, es menos simple de lo que podría carecer a primera

vista. Tenemos que vérnoslas con los hombres tal cual son en la sociedad

actual, en condiciones morales y materiales muy desgraciadas, nos

engañaríamos si pensáramos que basta la propaganda ara elevarlos a ese

grado de desarrollo intelectual y oral que es necesario para la realización de

nuestros ideales.

Existe una acción recíproca entre el hombre y el ambiente social. os hombres

hacen la sociedad como ésta es y la sociedad hace a los hombres como ellos

son, y de esto resulta una especie e círculo vicioso. Para transformar a la

sociedad es necesario transformar a los hombres, y para transformar a los

hombres es necesario transformar a la sociedad.

La miseria embrutece al hombre, y para destruir la miseria es necesario que

los hombres tengan conciencia y voluntad. La esclavitud educa a los hombres

para que sean esclavos, y para que se liberen de la esclavitud tiene que nacer

en ellos la aspiración a la libertad. La ignorancia hace por cierto que los

hombres no conozcan las causas de sus males y no sepan remediarlos, y para

destruir la ignorancia es necesario que los hombres tengan el tiempo y el

modo de instruirse.

El gobierno acostumbra a la gente a sufrir la ley y a creer que ésta es

necesaria para la sociedad, y para abolir al gobierno se requiere que los

hombres estén persuadidos de la inutilidad y el carácter dañino de la ley.

¿Cómo salir de este círculo vicioso?

Afortunadamente la sociedad actual no ha sido formada por la voluntad

iluminada de una clase dominante, que haya podido reducir a todos los

dominados a instrumentos pasivos e inconscientes de sus intereses. La

sociedad es resultado de mil luchas intestinas, de mil factores naturales y

humanos que actúan en forma casual, sin criterio directivo, y por lo tanto no

existen divisiones netas ni entre los individuos ni entre las clases. Infinitas son

las variedades de las condiciones materiales, infinitos los grados de desarrollo

moral e intelectual, y no siempre –casi diríamos muy raramente – el puesto

que uno ocupa en la sociedad corresponde a sus facultades y aspiraciones.

Con muchísima frecuencia algunos individuos caen en condiciones inferiores a

aquellas a que están habituados, y otros, por circunstancias excepcionalmente

favorables, logran elevarse a condiciones superiores a aquellas en que

nacieron. Una parte notable del proletariado llegó ya a salir del estado de

miseria absoluta, embrutecedora, o no pudo ser reducido nunca a tal situación;

ningún trabajador, o casi ninguno, se encuentra en estado de inconsciencia

completa, de completa aquiescencia a las condiciones impuestas por los

patrones. Y las instituciones mismas, tal como las produjo la historia,

contienen contradicciones orgánicas que son como gérmenes de muerte que

al desarrollarse producen la disolución de la institución y la necesidad de

transformarla.

De ahí la posibilidad del progreso, pero no la posibilidad de llevar, por medio

de la propaganda, a todos los hombres al nivel necesario para que quieran y

hagan la anarquía, sin una transformación previa y gradual del ambiente.

El progreso debe marchar en forma contemporánea y paralela en los

individuos y en el ambiente. Tenemos que aprovechar de todos los medios, de

todas las posibilidades, de todas las ocasiones que nos ofrece el ambiente

actual, para actuar sobre los hombres y desarrollar su conciencia y sus

deseos, debemos utilizar todos los progresos ocurridos en la conciencia de los

hombres para inducirlos a reclamar e imponer las transformaciones sociales

mayores que son posibles y que sirven mejor para abrir el camino a progresos

ulteriores.

No debemos esperar a poder instaurar la anarquía, y entretanto limitarnos a la

simple propaganda. Si lo hiciésemos así, pronto habríamos agotado el campo,

es decir, habríamos convertido a todos aquellos que en el ambiente actual son

susceptibles de comprender y aceptar nuestras ideas, y nuestra ulterior

propaganda resultaría inútil; o si transformaciones del ambiente elevaran a

nuevos estratos populares a la posibilidad de recibir ideas nuevas, esto

ocurriría sin participación nuestra y, por lo tanto, en perjuicio de nuestras

ideas.

Debemos tratar que el pueblo, en su totalidad o en sus diversas fracciones,

pretenda, imponga, tome por sí mismo todas las mejoras, todas las libertades

que desee, a medida que llega a desearlas y tiene la fuerza necesaria para

imponerlas; y propagandeando siempre todo nuestro programa y luchando

siempre por su realización integral, debemos impulsar al pueblo a pretender e

imponer cada vez más, hasta que llegue a la emancipación completa.

c) La lucha económica

La opresión que hoy aflige más directamente a los trabajadores y que es la

causa principal de todas las sujeciones morales y materiales a que éstos están

sometidos es la opresión económica, es decir, la explotación que los patrones

y los comerciantes ejercen sobre ellos gracias al acaparamiento de todos los

grandes medios de producción e intercambio.

Para suprimir en forma radical y sin peligro de retorno esta opresión es

necesario que todo el pueblo esté convencido del derecho que tiene al uso de

los medios de producción y que ponga en práctica su derecho primordial

expropiando a los detentadores del suelo y de todas las riquezas sociales y

poniendo aquél y éstas a disposición de todos.

Pero ¿se puede comenzar esta expropiación ahora mismo? ¿Se puede pasar

hoy directamente, sin grados intermedios, del infierno en que se encuentra

ahora el proletariado al paraíso de la propiedad común?

Los hechos demostrarán de qué son capaces hoy los trabajadores. Nuestra

misión es preparar al pueblo moral y materialmente para esta expropiación

necesaria, e intentarla y volverla a intentar cada vez que una conmoción

revolucionaria nos dé ocasión para ello; hasta el triunfo definitivo. Pero ¿de

qué manera podemos preparar al pueblo? ¿De qué manera prepararemos las

condiciones que hagan posible no sólo el hecho material de la expropiación,

sino también la utilización de la riqueza común en beneficio de todos?

Hemos visto anteriormente que la propaganda por sí sola, hablada o escrita,

es impotente para conquistar a toda la gran masa popular y convertirla a

nuestras ideas. Se requiere una educación práctica, que sea alternativamente

causa y efecto de una gradual transformación del ambiente.

Es necesario que a medida que se desarrollen en los trabajadores el

sentimiento de rebelión contra los injustos e inútiles sufrimientos de que son

víctimas y el deseo de mejorar sus condiciones, éstos luchen unidos entre sí

en forma solidaria para conseguir lo que desean.

Y nosotros, como anarquistas y como trabajadores, debemos incitarlos y

alentarlos a la lucha y luchar con ellos. Pero ¿son posibles estos

mejoramientos en el régimen capitalista? ¿Son útiles desde el punto de vista

de la futura emancipación integral de los trabajadores?

Cualesquiera sean los resultados prácticos de la lucha por los mejoramientos

inmediatos, la utilidad principal reside en la lucha misma. Con ella los obreros

aprenden que el patrón tiene intereses opuestos a los suyos y que no pueden

mejorar su condición, y menos aun emanciparse, sino uniéndose y

volviéndose más fuertes que los patrones. Si llegan a obtener lo que quieren,

estarán mejor, ganarán más, trabajarán menos, tendrán más tiempo y más

fuerza para reflexionar acerca de las cosas que les interesan, y sentirán

enseguida deseos mayores y experimentarán mayores necesidades. Si no

tienen éxito, se verán llevados a estudiar las causas del fracaso y a reconocer

la necesidad de una mayor unión, de mayor energía, y comprenderán, por

último, que para vencer con seguridad y en forma definitiva es necesario

destruir al capitalismo. La causa de la revolución, la causa de la elevación

moral del trabajador y de su emancipación no puede sino beneficiarse por el

hecho de que los trabajadores se unan y luchen por sus intereses. Pero, una

vez más, ¿es posible que los trabajadores logren, en el estado actual de

cosas, mejorar realmente sus condiciones de vida?

Esto depende de la concurrencia de una infinidad de circunstancias. Pese a lo

que dicen algunos, no existe una ley natural (ley de los salarios) que determine

la parte que corresponde al trabajador sobre el producto del trabajo; o si se

quiere formular una, sólo podría ser la siguiente: el salario no puede bajar

normalmente del monto necesario para la vida, ni puede subir normalmente

hasta el punto de que no deje ninguna ganancia al patrón. Está claro que en el

primer caso los obreros morirían y por lo tanto no cobrarían ya salario, y en el

segundo los patrones no tendrían interés en hacer trabajar y por lo tanto no

pagarían más salarios. Pero entre estos dos extremos imposibles existe una

infinita variedad de gradaciones, que van desde las condiciones miserables de

muchos trabajadores agrícolas hasta la situación casi decente de los obreros

de los buenos oficios en las grandes ciudades.

El salario, la longitud de la jornada y todas las otras condiciones de trabajo son

resultado de la lucha entre patrones y obreros. Aquéllos tratan de dar a los

trabajadores lo menos que pueden y de hacerlos trabajar hasta el agotamiento

completo, mientras éstos buscan, o deberían buscar, la manera de trabajar lo

menos y de ganar lo más posible. Cuando los trabajadores se contentan con

todo o, aun estando descontentos, no saben oponer una resistencia válida a

los patrones, quedan rápidamente reducidos a condiciones animales de vida;

en cambio, cuando tienen un concepto un poco elevado del modo en que

deberían vivir los seres humanos, y saben unirse y, mediante el rechazo del

trabajo y la amenaza latente o explícita de rebelión, imponer respeto a los

patrones, se los trata de una manera relativamente soportable. De modo que

puede decirse que el salario, dentro de ciertos límites, es el que el operario –

no como individuo, se entiende, sino como clase – pretende.

Luchando entonces, resistiendo contra los patrones, los trabajadores pueden

impedir hasta un cierto punto que sus condiciones empeoren, e incluso

obtener mejoramientos reales. Y la historia del movimiento obrero ya ha

demostrado esta verdad.

Es necesario, sin embargo, no exagerar el alcance de esta lucha librada entre

obreros y patrones en el terreno exclusivamente económico. Los patrones

pueden ceder, y a menudo lo hacen ante exigencias obreras enérgicamente

expresadas, mientras no se trate de pretensiones demasiado grandes, pero si

los obreros comenzaran –y es urgente que comiencen – a pretender un salario

que absorbiera toda la ganancia de los patrones y llegara, de esta manera, a

constituir una expropiación indirecta, es seguro que los patrones apelarían al

gobierno y tratarían de cohibir con la violencia a los obreros para mantenerlos

en su posición de esclavos asalariados.

Y aun antes, mucho antes de que los obreros puedan pretender que se les dé

en compensación de su trabajo el equivalente de todo lo que han producido, la

lucha económica se vuelve impotente para seguir produciendo el

mejoramiento de las condiciones de los trabajadores.

Los obreros lo producen todo y sin ellos no se puede vivir; por lo tanto,

parecería que si se rehúsan a trabajar pudieran imponer todo lo que quieren.

Pero la unión de todos los trabajadores, incluso de un solo oficio, y hasta de

un solo país, es difícil de obtener, y a la unión de los obreros se opone la de

los patrones. Los obreros viven al día y si no trabajan pronto les falta el pan,

mientras los patrones disponen, mediante el dinero, de todos los productos ya

acumulados, y por lo tanto pueden esperar tranquilamente que el hambre

reduzca a la sensatez a sus asalariados. La invención o la introducción de

nuevas máquinas hace inútil el trabajo de un gran número de obreros y

aumenta el gran ejército de los desocupados, a los que el hambre obliga a

venderse a cualquier precio. La inmigración aporta en seguida a los países

donde los obreros logran un nivel mejor, multitudes de trabajadores famélicos

que, quiéranlo o no, ofrecen a los patrones el modo de rebajar los salarios. Y

todos estos hechos, derivados necesariamente del sistema capitalista, llegan a

contrapesar el progreso de la conciencia y de la solidaridad obrera: a menudo

marchan más rápidamente que este progreso, lo detienen y lo destruyen. Y en

todos los casos subsiste siempre el hecho primordial de que la producción, en

el sistema capitalista, está organizada por cada capitalista para su beneficio

individual y no para satisfacer, como sería natural, de la mejor manera posible

las necesidades de los trabajadores.

De aquí el desorden, el desperdicio de fuerzas humanas, la escasez

deliberada de los productos, los trabajos inútiles y dañinos, la desocupación,

las tierras sin cultivar, el poco uso de las máquinas, etcétera, males todos

éstos que no se pueden evitar sino quitando a los capitalistas la posesión de

los medios de trabajo y, por lo tanto, la dirección de la producción. Se presenta

entonces rápidamente a los obreros que tratan de emanciparse, o incluso sólo

de mejorar seriamente sus condiciones, la necesidad de defenderse contra el

gobierno, de atacarlo, pues éste constituye, al legitimar el derecho de

propiedad y sostenerlo con la fuerza brutal, una barrera que se opone al

progreso y que hay que abatir si no se desea permanecer indefinidamente en

el estado actual o incluso empeorarlo.

De la lucha económica es necesario pasar a la lucha política, es decir, a la

lucha contra el gobierno, y en vez de oponer a los millones de los capitalistas

los escasos centavos acumulados con gran esfuerzo por los obreros, hay que

oponer a los fusiles y a los cañones que defienden la propiedad, los medios

mejores que el pueblo pueda encontrar para vencer a la fuerza con la fuerza.

d) La lucha política

Por lucha política entendemos la lucha contra el gobierno y el conjunto de los

individuos que detentan la potestad, cualquiera sea el modo en que la hayan

adquirido, de dictar las leyes e imponerlas a los gobernados, es decir, al

pueblo. Consecuencia del espíritu de dominio y de la violencia con que

algunos hombres se impusieron sobre los demás, el gobierno es al mismo

tiempo creador y criatura del privilegio y su defensor natural. Se dice

erróneamente que el gobierno cumple hoy la función de defensor del

capitalismo, pero que una vez abolido el capitalismo se volvería representante

y administrador de los intereses generales.

Ante todo el capitalismo no se podrá destruir sino cuando los trabajadores, una

vez expulsado el gobierno, tomen posesión de la riqueza social y organicen la

producción y el consumo en interés de todos, por sí mismos, sin esperar la

acción de un gobierno que aunque lo quisiera no podría ser capaz de hacerlo.

Pero hay algo más: si se destruyera al capitalismo y se dejase subsistir alguna

forma de gobierno, éste lo crearía de nuevo mediante la concesión de toda

clase de privilegios, puesto que al no poder contentar a todos tendría

necesidad de una clase económicamente poderosa que lo apoyara a cambio

de la protección legal y material que recibiría de él. Por consiguiente, no se

puede abolir el privilegio y establecer sólida y definitivamente la libertad y la

igualdad social sino aboliendo al gobierno, no a este o a aquel gobierno, sino a

la institución misma del gobierno.

Sin embargo, en esto, como en todos los hechos de interés general, más que

en cualquier otro caso, es necesario el consenso de la generalidad, y por ello

debemos esforzarnos en persuadir a la gente de que el gobierno es inútil y

dañino y que se puede vivir mejor sin él.

Pero como ya hemos repetido, la propaganda por sí sola es impotente para

convencer a todo el mundo, y si quisiéramos limitarnos sólo a predicar contra

el gobierno, esperando sin valernos de ningún otro medio el día en que el

público se convenciera de la posibilidad y utilidad de abolir completamente

toda clase de gobierno, ese día no llegaría nunca. Siempre predicando contra

toda clase de gobierno, siempre reclamando la libertad integral, debemos

favorecer todas las luchas por las libertades parciales, convencidos de que en

la lucha se aprende a luchar, y que comenzando a gustar de un poco de

libertad se termina queriéndola toda. Debemos estar siempre con el pueblo, y

aunque no logremos hacerle pretender mucho, tratar de que por lo menos

comience a pretender algo, y debemos esforzarnos para que aprenda, sea

poco o mucho lo que quiera, a quererlo conquistar por sí mismo, y sienta odio

y desprecio contra quienes están en el gobierno o quieren llegar a ocuparlo.

Puesto que el gobierno tiene hoy el poder de regular, mediante las leyes, la

vida social y ampliar o restringir la libertad de los ciudadanos, como nosotros

no podemos arrancarle aún este poder debemos tratar de disminuírselo y de

obligarlo a que lo utilice de la forma menos dañina posible.

Pero esto debemos hacerlo estando siempre fuera del gobierno y contra él,

presionándolo mediante la agitación en las calles, amenazando con tomar por

la fuerza lo que se reclama. Nunca debemos aceptar ninguna clase de función

legislativa, sea general o local, porque si lo hiciéramos disminuiríamos la

eficacia de nuestra acción y traicionaríamos el porvenir de nuestra causa. La

lucha contra el gobierno se resuelve, en último análisis, en lucha física,

material. El gobierno hace las leyes. Por lo tanto, debe contar con una fuerza

material (ejército y policía) para imponerlas, porque de otra manera, sólo las

obedecerían quienes quisieran y las leyes ya no lo serían, sino que

constituirían una simple propuesta que cada uno estaría en libertad de aceptar

o rechazar. Y los gobiernos tienen esta fuerza y se sirven de ella para poder

fortalecer con leyes su dominio y servir a los intereses de las clases

privilegiadas oprimiendo y explotando a los trabajadores.

El límite de la opresión del gobierno es la fuerza que el pueblo se muestre

capaz de oponerle. Puede haber conflicto abierto o latente, pero conflicto hay

siempre, pues el gobierno no se detiene ante el descontento y la resistencia

popular sino cuando siente el peligro de la insurrección.

Cuando el pueblo se somete dócilmente a la ley, o la protesta es débil y

platónica, el gobierno atiende a su propio beneficio sin preocuparse de las

necesidades populares; cuando la protesta se vuelve enérgica, insistente,

amenazadora, el gobierno cede o reprime, según sea más o menos iluminado.

Pero siempre se llega a la insurrección, porque si el gobierno no cede, el

pueblo termina rebelándose, y si el gobierno cede, el pueblo adquiere fe en sí

mismo y pretende cada vez más, hasta que resulta evidente la

incompatibilidad entre la libertad y la autoridad y estalla el conflicto violento.

Es necesario entonces prepararse moral y materialmente para que al estallar

la lucha violenta la victoria quede en manos del pueblo. La insurrección

victoriosa es el hecho más efi caz para la emancipación popular, puesto que el

pueblo, una vez sacudido el yugo, queda en libertad de darse las instituciones

que considere mejores, y la distancia que existe entre la ley, siempre

retrasada, y el grado de civilización a que ha llegado la masa de la población,

se recorre de un salto. La insurrección determina la revolución, es decir, la

rápida manifestación de las fuerzas latentes acumuladas durante la evolución

anterior.

Todo consiste en qué es capaz de querer el pueblo. En las insurrecciones

pasadas el pueblo, inconsciente de las razones verdaderas de sus males, ha

querido siempre muy poco y muy poco ha conseguido.

¿Qué querrá en la próxima insurrección?

Esto depende, en parte, de nuestra propaganda y de la energía que sepamos

desplegar. Deberemos impulsar al pueblo a expropiar a los propietarios y

comunizar la propiedad, y a organizar la vida social por sí mismo, mediante

asociaciones libremente constituidas, sin esperar las órdenes de nadie y

rehusándose a nombrar o a reconocer cualquier clase de gobierno, cualquier

cuerpo constituido, que bajo un nombre cualquiera (constituyente, dictadura,

etcétera) se atribuya, aunque sea a título provisorio, el derecho de dictar leyes

y de imponer a los demás por la fuerza su propia voluntad. Y si la masa del

pueblo no responde a nuestro llamado, deberemos –en nombre del derecho

que tenemos de ser libres aunque los demás quieran seguir siendo esclavos, y

mediante la eficacia del ejemplo – realizar por nuestra cuenta lo más posible

de nuestras ideas y no reconocer al nuevo gobierno y, mantener viva la

resistencia, y hacer que las localidades donde se acojan con simpatía nuestras

ideas se constituyan en comunidades anárquicas, rechacen toda injerencia

gubernativa, establezcan libres relaciones con las otras localidades que

pretendan vivir a su manera.

Deberemos, sobre todo, oponernos con todos los medios a la reconstitución

de la policía y del ejército, y aprovechar la ocasión propicia para impulsar a los

trabajadores de las localidades no anárquicas a aprovechar la falta de fuerza

represiva para imponer las mayores pretensiones que logremos inducirles a

plantear.

Y como quiera que marchen las cosas, seguir siempre luchando, sin un

instante de interrupción, contra los propietarios y contra los gobernantes,

teniendo siempre en vista la emancipación completa, económica, política y

moral, de toda la humanidad.

e) Conclusión

Deseamos entonces abolir radicalmente la dominación y la explotación del

hombre por el hombre; deseamos que los hombres, hermanados por una

solidaridad consciente y deseada, cooperen todos voluntariamente para el

bienestar de todos; deseamos que la sociedad esté constituida con el fin de

proporcionar a todos los seres humanos los medios para alcanzar el máximo

bienestar posible, el máximo desarrollo moral y material posible; deseamos

para todos pan, libertad, amor, ciencia. Y para llegar a este fin supremo

creemos necesario que los medios de producción estén a disposición de

todos, y que ningún hombre o grupo de hombres pueda obligar a los demás a

someterse a su voluntad ni ejercitar su influencia sino con la fuerza de la razón

y del ejemplo. Por lo tanto, expropiación de los detentadores del suelo y del

capital en beneficio de todos, y abolición del gobierno.

Y en espera de que esto pueda hacerse: propaganda del ideal; organización

de las fuerzas populares; lucha continua, pacífica o violenta según las

circunstancias, contra el gobierno y contra los propietarios, para conquistar lo

más que se pueda de libertad y de bienestar para todos.

 

Errico Malatesta.

Extraido de http://voznegra.entodaspartes.net/

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Nuestro programa

Traducción  de  J.   PRAT

Nada nuevo podemos decir. La propagada no es y no puede ser más que la repetición continua, incansable, de aquellos    principios que deben servirnos de guía en la conducta que debe­mos seguir en las varias contingencias de la vida.

Repetiremos, pues, con palabras más o menos di­ferentes, pero con un fondo constante, nuestro viejo programa socialista-anarquista revolucionario.

Nosotros creemos que la mayor parte de los males que afligen a los hombres dependen de la mala orga­nización social, y que los hombres, queriendo y sabien­do, pueden destruirlos.

La sociedad actual es el resultado de las luchas se­culares libradas por los hombres. No comprendiendo las ventajas que podrían sacar de la cooperación y de la solidaridad, viendo en los demás hombres (excep­to los más vecinos por los vínculos de la sangre) un competidor y un enemigo, han procurado acaparar, ca­lía uno para sí, la mayor cantidad posible de disfrutes sin preocuparse del interés de los demás.

Dada esta lucha, naturalmente debían, salir vence­dores los más fuertes o los más afortunados, sometien­do y oprimiendo a los vencidos en. modos diversos.

Mientras el hombre no fue capaz de producir sino lo que necesitaba para su sostén, los vencedores no po­dían hacer otra cosa que matar al vencido y apoderar­se de los alimentos por éste cosechados.

Más tarde, cuando con el descubrimiento del pas­toreo y de la agricultura un hombre pudo ya produ­cir más de lo que necesitaba para vivir, los vencedo­res encontraron más ventajoso reducir los vencidos a esclavitud y hacerles producir para sus dueños.

Más tarde aún, los vencedores se dieron cuenta de que era más cómodo, más productivo y más seguro explotar el trabajo ajeno con otro sistema: retener la propiedad exclusiva de la tierra y de todos los medios de trabajo y dejar nominalmente libres a los despeja­dos, los cuales, no teniendo ya medios con que vivir, venían obligados a recurrir a los propietarios y a tra­bajar para éstos en las condiciones que éstos querían.

De este modo, poquito a poco, a través dé toda una red complicadísima de luchas de todo género, invasio­nes, guerras, rebeliones, represiones, concesiones arran­cadas, asociaciones de vencidos unidos para la defensa y de vencedores unidos para la ofensa, se ha llegado al estado actual de la sociedad, en la cual unos cuantos detienen hereditariamente la tierra y toda la riqueza social, mientras la gran masa de los hombres, deshere­dada de todo, se ve explotada y oprimida por unos po­cos propietarios.

De este estado de cosas depende el estado de mise­ria en que generalmente se encuentran los ¡trabajado­res y además todos todos los males que de la miseria derivan: ignorancia, delitos, prostitución, miseria físi­ca., abyección moral y muertes prematuras. De este modo depende la constitución de una   clase   especial (el gobierno), la cual, provista de medios materiales de ¡represión, tiene la misión de legalizar y defender a los propietarios contra las reivindicaciones de los pro­letarios, sirviéndose, además, de esta ‘ fuerza, para crearse a sí misma ciertos privilegios y para- someter­se, cuando puede, hasta la misma clase pro­pietaria. De esto depende la constitución de otra clase especial (el clero), la cual, con una serie de fábulas sobre la voluntad de Dios, sobre la vida futura, etc., procura persuadir a los oprimidos a que soporten dó­cilmente al opresor, y como el gobierno, al propio tiem­po que trabaja por el interés de los propietarios, tra­baja también por sus propios intereses. De esto depen­de la formación de una ciencia oficial que es, en todo aquello que puede servir lo intereses de los dominado­res, la negación de la verdadera ciencia. De esto de­pende el espíritu patriótico, loa odios de raza, las gue­rras y la paz armada, más desastrosa que las mismas guerras. De esto depende el amor transformado en tor­mento o en mercado vil. De esto depende el odio más o menos intenso, la rivalidad, la desconfianza entre los hombres, la incertidumbre y el miedo para tedios.

Y este estado de cosas es lo que nosotros queremos cambiar radicalmente. Y puesto que todos estos males derivan de la lucha entre los hombres, de esta busca del bienestar individual efectuada por cuenta propia y contra todo, queremos remediarlo sustituyendo el amor al odio, la solidaridad a la competencia, la cooperación fraternal para bienestar de todos a la busca exclusiva del propio bienestar, la libertad a la opresión y a la imposición, y la verdad a la mentira religiosa y pseudo-científica.

Por consiguiente:

1- Abolición de la propiedad privada de la tierra, ¿e las primeras materias y de los instrumentos -de tra­bajo, a fin de que nadie pueda tener modo de vivir explotando el trabajo ajeno, y teniendo todos los hom­bres garantizados los medios de producir y vivir, pue­dan ser verdaderamente independientes y puedan aso­ciarse a los demás libremente en vista del interés co­mún y conforme a las propias simpatías.

29 Abolición del gobierno y de todo poder que ha­ga ley y la imponga a los demás, o sea: abolición de las monarquías, de las repúblicas, de los parlamentarios, de los ejércitos, de las policías, de las magistraturas y de todas las demás instituciones dotadas de medios coercitivos,

3g Organización de la vida social mediante la obra de libres asociaciones y federaciones de productores y de consumidores, hechas y modificadas a tenor de la voluntad de los componentes, guiados por la ciencia y la experiencia y libres de toda Imposición que no derive de las necesidades naturales, a las cuales, venci­do el hombre por el sentimiento de la misma necesi­dad inevitable, voluntariamente se somete.

49 Garantizados los medios de vida, de desarrollo y de bienestar a los níños y a todos los que no estén en estado de proveer a sus necesidades.

59 Guerra a las religiones y a todas las mentiras, aunque se oculten bajo el manto de la ciencia. Instruc­ción científica para todos hasta en su más elevado gra­do.

6? Guerra al patriotismo. Abolición de las fronte­ras fraternización de todos los pueblos.

7? Reconstitución de la familia, de modo que resulte de la práctica del amor libre de todo vinculo le­gal de toda opresión económica o física, de todo pre­juicio religioso.

Este es nuestro ideal.

*  *   *

Hemos expuesta a grandes rasgos cuál es la fina­lidad que perseguimos, el ideal por el cual luchamos.

Pero no basta con desear una cosa. Si verdadera­mente se quiere obtenerla es necesario emplear los me­dios adecuados a su conseguimiento. Y estos medios no son arbitrarios: derivan, necesariamente, del fin a que se tiende y de las circunstancias en que se lucha; de modo que si nos engañamos en la elección de los medios no llegaremos a los fines que nos propongamos, sino a otro fin, tal vez muy opuesto, que será consecuencia natural, necesaria, de los medios que hayamos emplea­do. El que se pone en camino y lo equivoca, no va adonde quiere, sino allí donde conduce el camino que recorrió.

Es necesario, pues, que digamos cuáles son los medios que según nosotros conducen al fin que nos proponemos y que nosotros queremos emplear.

Nuestro ideal no es de aquellos cuyo consegui­miento depende del individuo considerado aisladamen­te. Se trata de cambiar el modo de vivir en sociedad, de establecer entre los hombres relaciones de amor y solidaridad, de conseguir la plenitud del desarrollo material, moral e intelectual, no para un solo indivi­duo, ni para les miembros de una dada clase o par­tido, sino para todos los seres humanos, y esto no es una cosa que pueda imponerse con la fuerza, sino que debe surgir de la conciencia iluminada de cada uno y actuarse mediante el libre consentimiento de todos.

Nuestro primer deber, pues, consiste en persua­dir a la gente.

Es necesario que nosotros llamemos la atención de los hombres sobre los males que sufren y sobre la posibilidad de destruirlos. Es necesario que suscite­mos en cada uno la simpatía para con los ajenos ma­les y el vivo deseo del bien de todos.

Al que tenga hambre y frío le enseñaremos có­mo sería posible y fácil asegurar a todos la satisfac­ción de las necesidades materiales. Al oprimido y vi­lipendiado le diremos que se puede vivir feliz en una sociedad de libres y de iguales. Al atormentado por el odio y el rencor le enseñaremos el camino para alcan­zar, amando a sus semejantes, la paz y la alegría del corazón.

Y cuando hayamos conseguido hacer nacer en el ánimo de los hombres el sentimiento de rebelión con­tra los males injustos e inevitables que se sufren en la sociedad presente, y cuando les hayamos hecho comprender las causas de estos males y que de la vo­luntad humana depende eliminarlos; cuando hayamos Inspirado el deseo vivo, prepotente, de transformar la sociedad en bien de todos, entonces los convenci­dos por impulso propio y por impulso de los que les precedieron en la convicción, se unirán y querrán y podrán actuar los comunes ideales.

Hemos dicho ya que sería absurdo y en contra­dicción con nuestro objetivo querer imponer la liber­tad, el amor entre loa hombres, el desarrollo integral de todas las facultades humanas por medio de la fuer­za. Es necesario, pues, contar con la ubre voluntad de los demás, y lo único que podemos hacer es provo­car la formación y la manifestación de dicha volun­tad. Pero sería igualmente absurdo y contrario a nuestro objeto admitir que los que no piensan como nosotros vayan a impedirnos actuar nuestra volun­tad, siempre que ésta no lesione su derecho a una libertad igual a la nuestra.

Libertad, por consiguiente, para todos de pro­pagar y experimentar las propias ideas, sin otro lí­mite que el que resulta naturalmente de la igual li­bertad de todos.

Pero a esto se oponen — y se oponen con la fuer­za brutal — los que se benefician con los actuales pri­vilegios y dominan y reglamentan la vida social pre­sente.

Tienen estos en sus manos todos los medios de producción, y por lo tanto suprimen, no tan solo la po­sibilidad de experimentar nuevos modos de conviven­cia social, no tan sólo el derecho dé los trabajadores a vivir libremente con el propio trabajo, sino también el mismísimo derecho a la existencia, y obligan al que no es propietario a que se deje explotar y oprimir si no quiere morirse de hambre.

Tienen a su disposición la policía, la magistra­tura y los ejércitos creados expresamente para defen­der sus privilegios, y persiguen, encarcelan y matan a los que tienen cometidos.

Dejando a un lado la experiencia histórica {la que demuestra que jamás una clase privilegiada se ha despojado, en todo o en parte, de sus privilegios, que jamás un gobierno ha abandonado el poder sin que la fuerza le haya obligado a ello) bastan los hechos contemporáneos para convencer a cualquiera de que la burguesía y los gobiernos emplean la fuerza mate­rial para defenderse, no ya contra la expropiación to­tal, sino contra las más pequeñas pretensiones popu­lares, y que están siempre dispuestos a las más atro­ces persecuciones y a las matanzas más sangrientas.

Al pueblo que quiere emanciparse no le queda otro recurso que oponer la fuerza a la fuerza.

*     *   *

De cuanto hemos dicho, resulta que debemos tra­bajar para despertar en los oprimidos el deseo de una radical transformación social y persuadirlos de que uniéndose tendrán la fuerza para vencer; debemos propagar nuestro ideal y preparar las fuerzas morales y materiales necesarias para poder vencer a las, fuerzas enemigas y para organizar la nueva sociedad. Y cuando tengamos la fuerza suficiente debemos, aprovechando las circunstancias favorables que se producen o creándolas nosotros mismos, hacer la re­volución social, derribando con la fuerza el gobierno, expropiando con la fuerza a los propietarios, y po­niendo en común los medios de vida y de producción, e impidiendo al propio tiempo que vengan nuevos go­biernos a imponernos su voluntad y a dificultar la re­organización social hecha directamente por los inte­resados.”

Todo esto, empero, es menos simple de lo que a primera vista podría parecer.

Tenemos que habérnoslas con hombres de la ac­tual sociedad, hombrea que están en condiciones mo­rales y materiales pésimas, y nos engañaríamos sí pensáramos que basta la propaganda para elevarles a aquel grado de desarrollo intelectual y moral que es nectario para la actuación de nuestros ideales.

Entre el hombre y el ambiente social hay una ac­ción recíproca. Los hombres hacen la sociedad tal co­mo ésta es y la sociedad hace los hombres tal como éstos son, y de esto resulta una especie de círculo vi­cioso: para transformar la sociedad es necesario transformar los hombres y para transformar los hombres es necesario transformar la sociedad.

La miseria embrutece al hombre, y para destruir la miseria es necesario que los hombres tengan consciencia y voluntad. La esclavitud educa a los hombres para esclavos, y para libertarse de la esclavitud se necesitan hombres que aspiren a ser libres. La igno­rancia deja a los hombres sin el conocimiento de las causas de sus males y sin que sepan como remediar­los, y para destruir la ignorancia es necesario que los hombres tengan tiempo y modo de instruirse.

El gobierno acostumbra a la gente a sufrir la ley y a creer que la ley es necesaria a la sociedad, y para abolir el gobierno es ‘necesario que los hombres se persuadan de su inutilidad y de su nocividad.

¿Cómo salir de este círculo vicioso?

Afortunadamente la sociedad actual no ha sido formada por la voluntad esclarecida de una clase do­minante que haya podido reducir todos los dominados a instrumentos pasivos e inconscientes de sus intere­ses. Esta sociedad es el resultado de mil luchas in­testinas, de mil factores naturales y humanos agentes casuales sin criterios directivos, y por consiguiente no hay divisiones netas ni entre los hombres ni entre las clases.

Infinitas son las variedades de condiciones ma­teriales; infinitos los grados de desarrollo moral e intelectual; y no siempre — diremos casi muy rara­mente — el puesto que uno ocupa en la sociedad co­rresponde a sus aspiraciones. Muy a menudo los hombres caen en condiciones inferiores a las que es­tán habituados, y otros, por circunstancias excepcionalmente favorables, consiguen elevarse a condicio­nas superiores a aquellas en que nacieron. Una par­te notable del proletariado ha logrado ya salir del es­tado de miseria absoluta, embrutecedora, o no ha po­dido nunca reducírsele a ella; ningún trabajador, o casi ninguno, se encuentra en el estado de inconscien­cia completa, de completa adaptación a las condicio­nes que quisieran los patronos. Y las mismas institu­ciones, tales como las ha producido la historia, con­tienen contradicciones orgánicas que son como gérme­nes de muerte, los que al desarrollarse producen la disolución de la institución y la necesidad de la trans­formación.

De aquí la posibilidad del progreso; pero no la po­sibilidad de llevar, por medio de la propaganda, todos los hombres al nivel necesario para que quieran y ac­túen la anarquía, sin una anterior gradual transfor­mación del ambiente.

El progreso debe marchar contemporáneamente, paralelamente en los individuos y en el ambiente. Debemos aprovechar todos los medios, todas las posibi­lidades, todas las ocasiones que nos deja el ambiente actual, para obrar sobre los hombres y desarrollar su conciencia y sus deseos; debernos utilizar todos los progresos realizados en la conciencia de loa hombres para inducirles a reclamar e imponer aquellas mayo­res transformaciones sociales que son posibles y que mejor pueden abrir paso a progresos ulteriores.

Nosotros no debemos esperar a actuar la anar­quía limitándonos a la simple propaganda. Si así hiciéramos habríamos agotado pronto el campo de acción; habríamos convertido a todos aquellos que en el ambiente actual son susceptibles de comprender y aceptar nuestras ideas, y nuestra ulterior propagan­da quedaría estéril; o si de las transformaciones de ambiente surgiesen nuevos estratos populares a la po­sibilidad de recibir nuevas ideas, sucedería esto sin la obra nuestra, tal vez contra nuestra obra, y por lo tanto acaso en perjuicio de nuestras ideas.

Debemos procurar que el pueblo, en su totalidad o en sus varias fracciones, pretenda, imponga, actúe por sí mismo todas las mejoras, todas las libertades que desea, tan pronto como las desee y tenga fuerza para imponerlas, y propagando siempre entero nues­tro programa y luchando siempre en pro de su ac­tuación integral, debemos empujar al pueblo a que pretenda e imponga cada vez mayores cosas, hasta que llegue a su emancipación completa.

*      *    *

La opresión que más directamente pesa sobre los trabajadores y que es causa principal de todas las su­jeciones morales y materiales a que están sometidos los trabajadores, es la opresión económica, es decir, la explotación que los patronos y los comerciantes ejercen sobre los obreros gracias a la acaparación de todos los grandes medios de producción y de cambio.

Para suprimir radicalmente y sin peligro de re­torno esta opresión, es necesario que todo el pueblo esté convencido del derecho que tiene al uso de los me­dios de producción, y que actúe este derecho suyo pri­mordial expropiando a los detentadores del suelo y de todas las riquezas sociales poniendo éstas y aquél a disposición de todos.

¿Pero se puede ahora mismo efectuar esta ex­propiación? ¿Se puede hoy pasar directamente, sin grandes intermedios, del infierno en que se encuentra el proletariado al paraíso de la propiedad común?

La prueba de que el pueblo no es aún capaz de expropiar a los propietarios es que no les expropia.

¿Qué debe hacerse mientras no llega el día de la expropiación?

Nuestro deber está en preparar el pueblo mo­ral y materialmente para esta necesaria expropiación, e intentarla y reintentarla cada vez que una sacudi­da revolucionaria nos dé ocasión, hasta el triunfo de­finitivo. ¿Pero cómo prepararemos al pueblo? ¿Cómo preparar las condiciones que hacen sea posible, no só­lo el hecho material de la expropiación, sino la utili­zación, a beneficio de todos, de la riqueza común?

Hemos dicho anteriormente que la sola propagan­da, hablada o escrita, es impotente para conquistar a. nuestras ideas toda-la gran masa popular. Precisa, pues, una educación práctica que sea tan pronto cau­sa como efecto de una gradual transformación del ambiente. Precisa que a medida que se desarrollen en los trabajadores el sentido de rebelión contra los in­justos e Inútiles sufrimientos de que son víctimas y el deseo de mejorar sus condiciones, luchen, unidos y solidarios, para conseguir lo que desean.

Y nosotros, como anarquistas y como trabajado­res, debemos impulsarles y estimularles a la lucha y luchar con ellos.

¿Pero son posibles en un régimen capitalista estos mejoramientos? ¿Son útiles, desde el punto de vista de_ la futura emancipación integral de los traba­jadores?

Sean los que fueren los resultados prácticos de la lucha para las mejoras inmediatas, su utilidad principal está en la misma lucha. Con esta lucha los obreros aprenden a ocuparse de sus intereses de clase, aprenden que el patrono tiene intereses opuestos a los suyos y que no pueden mejorar de condición y aún emanciparse sino uniéndose y haciéndose mas fuertes que los patronos. Si consiguen obtener lo que desean, es­tarán mejor, ganarán más, trabajarán menos, dispon­drán de más tiempo para reflexionar sobre las cosas que les interesan y sentirán en seguida mayores de­seos y mayores necesidades. Si no consiguen lo que desean, se verán llevados a estudiar las causas del fracaso y a reconocer la necesidad de una mayor unión de una energía mayor, y comprenderán al fin que pa­ra vencer con seguridad y definitivamente es necesa­rio destruir el capitalismo. La causa de la revolución, la causa de la elevación moral del trabajador y de su emancipación, saldrá ganando del hecho que los trabajadores se unan y luchen por sus intereses.

¿Pero es posible, preguntamos otra vez, que loa trabajadores logren, dentro del actual estado de co­sas, mejorar realmente sus condiciones?

Esto depende del concurso de una infinidad de circunstancias.

A pesar de lo  que sostienen  algunos, no existe una ley natural   (ley de los salarios)  que determine la parte que corresponde al trabajador sobre el pro­ducto de su trabajo; o, si se quiere formular una ley, no puede ser más que ésta: el salario no puede des­cender normalmente por debajo de aquel tanto que es necesario a la vida, ni puede normalmente subir tanto que no deje ningún beneficio al patrono. Claro es que en el primer caso los obreros morirían o no percibi­rían ya salario, y en el segundo caso los patronos ce­sarían de hacer trabajar y por tanto no pagarían más salarios.   Pero entre   estos dos extremos   imposibles hay una infinidad de grados, que van desde las condi­ciones casi animalescaz de gran parte de los trabaja­dores   agrícolas   hasta aquellas   casi decentes   de los obreros de los oficios buenos en las grandes ciudades. El salario, la duración de la jornada de traba­jo y las demás condiciones de trabajo son el resulta­do de la lucha entre patronos y obreros. Aquéllos pro­curan dar a éstos lo menos posible y hacerles trabajar hasta extenuarles, y éstos procuran, o deberían pro­curar, trabajar lo menos posible y ganar lo más que puedan. Allí donde los trabajadores se contentan de cualquier modo y aún descontentos no saben oponer una válida resistencia a   los patronos,    prontamente quedan reducidos a unas condiciones de vida animalesca; en cambio, allí donde tienen un concepto algún tanto elevado del modo cómo deberían vivir los seres humanos   y saben unirse y mediante la huelga y  la amenaza latente o explícita de rebelión imponen res-peto a los patronos, éstos les tratan de modo relati­vamente soportable. De modo que puede decirse que el salario, dentro ciertos límites, es lo que el obrero (no como individuo, se entiende, sino como clase) pretende.

Luchando, resistiendo contra los patronos, pue­den, pues, los obreros impedir, hasta cierto punto, que pus condiciones empeoren y aún obtener mejoras reales. La historia del movimiento obrero ha demos­trado ya esta verdad.

Empero, es necesario no exagerar el alcance de esta lucha combatida entre obreros y patronos sobre el terreno exclusivamente económico. Los patronos pueden ceder, y a menudo ceden, ante las exigencias obreras enérgicamente formuladas, mientras no se trate de pretensiones demasiado grandes; pero tan pronto como los obreros comiencen (y es urgente que comiencen) a pretender un tratamiento que absorba el beneficio del patrono, haciendo así una expropiación indirecta, podemos estar seguros de que los patronos llamarán al gobierno en su auxilio y procurarán obli­gar por medio de la violencia a los obreros a perma­necer en sus posiciones de esclavos asalariados.

Y aún antes, mucho antes de que los obreros puedan pretender recibir en compensación de su tra­bajo “el equivalente de todo lo que han producido, la lucha económica se vuelve impotente para continuar produciendo el mejoramiento de las condiciones de los trabajadores.

Los obreros lo producen todo y sin ellos no se puede vivir; parece, pues, que negándose a trabajar han de poder imponer lo que quieran. Pero la unión de todos los trabajadores, aún de un solo oficio, es di­fícil de obtener, y a la unión de los operarios se opo­ne la unión de los patronos. Los obreros viven al día y si no trabajan pronto se mueren de hambre, míentras que los patronos disponen, mediante el dinero, de todos los productos ya acumulados, y por lo tanto pueden esperar muy tranquilamente que el hambre reduzca a discreción a sus asalariados. El invento o la introducción de nuevas máquinas vuelve inútil la obra de gran número de obreros y aumenta el ejército ele los sin —trabajo que el hambre obliga a venderse a cualquiera condición. La inmigración aporta en se­guida, en aquellos países donde los trabajadores vi­ven algo mejor, una oleada de trabajadores famélicos que, queriendo o no, ofrecen a los patronos modo de rebajar los salarios. Y todos estos hechos, derivados necesariamente del sistema capitalista, consiguen contrabalancear el progreso de la conciencia y de la solidaridad obrera: a menudo caminan más rápida­mente que este progreso y lo detienen y lo destruyen. Pronto se presenta, pues para los obreros que inten­tan emanciparse, o simplemente mejorar de condición, la necesidad de defenderse contra el gobierno, la nece­sidad de atacar al gobierno que legitimando el derecho de propiedad y sosteniéndolo con la fuerza brutal, cons­tituye una barrera al progreso, barrera que debe de­rribarse con la fuerza de no querer permanecer inde­finidamente en el estado actual o peor,

.De la lucha económica hay que pasar a la lucha política, es decir, a la lucha contra el gobierno; y en lugar de oponer a los millones de los capitalistas los escasos céntimos ahorrados con privaciones mil por los obreros, se hace preciso oponer a los fu­siles y a los cañones que defienden la propiedad aquellos mejores medios que el pueblo encuentre para vencer la fuerza con la fuerza.

Por la lucha política entendemos la lucha contra el gobierno.

Gobierno es el conjunto -de aquellos individuos que-detentan el poder de hacer la ley e imponerla a los gobernados, o sea, al público.-

Consecuencia del espíritu de dominio y de la vio­lencia con los cuales algunos hombres se han impuesto a los demás, el gobierno es, al propio tiempo, creador y criatura del privilegio y su defensor natural.

Equivocadamente se dice que el gobierno desem­peña hoy la función de defensor del capitalismo, pero que abolido el capitalismo el gobierno se trocaría en representante y gerente de los intereses generales. Ante todo el capitalismo no podrá destruirse sino cuando los trabajadores, una vez arrojado el gobier­no, tomen posesión de la riqueza social y organicen la producción y el consumo en interés de todos, por sí mismos) sin esperar la obra de un gobierno, el cual, aunque quisiera, no sería capaz de hacerlo. Pero hay más: si el capitalismo quedase destruido y se dejare subsistir un gobierno, éste, mediante la concesión de toda clase de privilegios, lo crearía nuevamente, pues­to que, no pudiendo contentar a todo el mundo, tendría necesidad de una clase económicamente potente que lo apoyaría a cambio de las protecciones legales y ma­teriales que del gobierno recibe.

Por consiguiente, no se puede abolir el privilegio y establecer sólida y definitivamente la libertad y la igualdad social, sino aboliendo el gobierno, no éste o aquél gobierno, sino la misma institución del gobierno.

Pero en este como en todos los hechos de interés general y en éste más que en cualquier otro, se necesi­ta el consentimiento de la generalidad, y por esto de­bemos esforzarnos en persuadir a la gente de que el gobierno es inútil y dañoso y que se puede vivir mejor sin gobierno.

Pero como ya dijimos, la propaganda por sí sola es impotente para convencer a todos, y si nosotros qui­siéramos .limitarnos a predicar contra el gobierno es­perando pasivamente el día en que el público esté con­vencido de la posibilidad y utilidad de abolir por com­pleta toda clase de gobierno, este día no vendría nunca.

Predicando constantemente contra toda especie de gobierno y siempre reclamando la libertad integral, debemos apoyar todas las luchas por las libertades par­ciales, convencidos de que en la lucha se aprende a lu­char y de que comenzando a catar la libertad se acaba queriéndola toda. Nosotros debemos estar siempre con el pueblo, y cuando no consigamos hacerle pretender mucho, procurar que por lo menos pretenda algo, y debemos esforzarnos para que aprenda, poco o mucho, lo que quiera, a conquistarlo por sí mismo y a que odie y desprecie al que está en el gobierno o quiera ser go­bierno.

Puesto que el gobierno tiene hoy poder para re­glamentar, mediante las leyes, la vida social y ampliar o restringir la libertad de los ciudadanos, debemos, no pudiendo arrancarle aún este poder, obligarle a que haga de él un uso lo menos dañino posible. Pero esto debemos hacerlo estando siempre fuera y contra el gobierno, haciendo presión sobre él mediante la agita­ción de la calle, amenazando tomarnos por las malas lo qué pretendamos. Jamás debemos aceptar una fun­ción legislativa cualquiera, sea general o local, porque de hacer lo contrario disminuiríamos la eficacia de nuestra acción y traicionaríamos el porvenir de nues­tra causa.

*     *    *

La lucha con el gobierno se resuelve, en último análisis, en lucha física, material.

El gobierno hace la ley. Este debe, pues, tener una fuerza material (ejército y policía) para imponer la ley, porque de otro modo no obedecería sino el que quisiere y la ley no sería ya ley, sino una simple pro­posición que cada individuo sería libre de aceptar o de rechazar. Y los gobiernos tienen esta fuerza y se sir­ven de ella para poder con leyes fortificar su dominio y defender los intereses de las clases privilegiadas, oprimiendo y explotando a los trabajadores.

El límite a la opresión gubernamental está en la fuerza que el pueblo se muestre capaz de oponerle,

Puede haber conflicto abierto o latente, pero el conflicto siempre existe, porque el gobierno no se de­tiene ante el descontento y la resistencia, sino cuando siente el peligro de la insurrección.

Cuando el pueblo se somete dócilmente a la ley o la protesta es débil y platónica, el gobierno hace lo que tiene por conveniente sin preocuparse de las necesida­des populares; cuando la protesta se hace viva, insis­tente y amenazadora, el gobierno, según sea más o me­nos clarividente, cede o recurre a la represión. Pero siempre se llega a la insurrección, porque si el gobier­no no cede el pueblo acaba por rebelarse, y, si cede, el pueblo adquiere confianza en sí mismo y pide cada vez más, hasta que 7a incompatibilidad entre la libertad y la autoridad se hace evidente y estalla el conflicto vio­lento.

Es necesario, por lo tanto, prepararse moral y ma­terialmente para que cuando estalle la lucha violenta la victoria quede de parte del pueblo.

* *  *

La insurrección victoriosa es el hecho más eficaz para la emancipación popular, puesto que el pueblo, sa­cudido ya el yugo, queda libre de darse a sí mismo aquellas instituciones que cree mejores, y el tiempo que media entre la ley, siempre en retardo, o el grado de civilización a que llegó la masa de la población., se cruza de un salto. La insurrección determina la revo­lución, es decir, la actuación rápida de las fuerzas la­tentes acumuladas durante la precedente evolución,

Todo estriba en lo que el pueblo sea capaz de que­rer.

En las pasadas insurrecciones el pueblo, incons­ciente de las verdaderas razones de sus males, quiso siempre muy poco y muy poco consiguió.

¿Qué es lo que querrá en la próxima insurrec­ción?

Esto depende en parte de nuestra propaganda y de la energía que sepamos desarrollar.

Deberemos impulsar al pueblo a que expropie a los propietarios y que ponga en común la riqueza, a que organice la vida social por sí mismo, mediante aso­ciaciones libremente constituidas, sin esperar órdenes de nadie y negándose a nombrar o reconocer un go­bierno cualquiera; o un cuerpo cualquiera que preten­da .el derecho de hacer la ley e imponer su voluntad a los demás.

Y si la masa del pueblo no responde a nuestro lla­mamiento, deberemos —en nombre del derecho que tenemos a ser libres aunque los demás quieran conti­nuar siendo esclavos, y por la eficacia del ejemplo—-actuar cuanto “podamos nuestras ideas, no reconociendo el nuevo gobierno, manteniendo viva la resistencia, y hacer de modo que los municipios que las hayan aco­gido simpáticamente rechacen toda ingerencia guber­namental y se obstinen a vivir como les plazca.

Y   deberemos, sobre todo, oponernos por todos los medios a la reconstitución de la policía y del ejército y aprovechar la ocasión propicia para llevar los traba­jadores a la huelga general con todas aquellas mayores pretensiones que hayamos podido inculcarle.

Y   suceda lo que suceda, continuar luchando, sin interrupción, contra los propietarios y contra el go­bierno, teniendo siempre por mira la emancipación completa, económica, política y moral de toda la hu­manidad.

Queremos, por lo tanto, abolir radicalmente el do­minio y la explotación del hombre por el hombre, que­remos que los hombres, hermanados por una solidari­dad consciente y querida, cooperen todos voluntaria­mente en el bienestar- de todos; queremos que la so­ciedad se constituya con el fin de suministrar a todos los seres humanos los medios de alcanzar el máximo bienestar posible, el máximo posible desarrollo moral y material; queremos para todos pan, libertad, amor y ciencia.

Y                                            para conseguir este fin supremo creemos nece­sario que los medios de producción estén a disposición
de todos, y que ningún hombre, o grupo de hombres,
pueda obligar a los demás a someterse a su voluntad,
ni ejercer su influencia de otro modo que con la fuer­za de la razón y del ejemplo. Por consiguiente: expro­piación de los detentadores del suelo y del capital a
beneficio de todos y abolición del gobierno. E interi­namente esto no se haga, propaganda del ideal; orga­nización de las fuerzas populares; lucha continua, pa­cífica o violenta, según las circunstancias, contra el
gobierno y contra los propietarios, a fin de conquistar
toda la libertad y todo el bienestar que se pueda.

*    *    *

LAS DOS TENDENCIAS

¿LIBERTAD   O   ESCLAVITUD?

No pueden durar perpetuamente las condiciones actuales de la sociedad. Sobre esto convienen todos, por lo menos todos aquéllos que piensan.

Cuando se cree que los sufrimientos son un casti­go o una prueba que nos impone Dios, y que en otro mundo, después de muertos, se nos pagará con creces todos los males que en éste soportamos, la cosa puede ir tirando, se puede aguantar el mal.

Pero esta fe, que jamás ha sido, por lo demás, bastante eficaz, puesto que nunca impidió que la gen­te se preocupase de sus intereses terrenales, ha dismi­nuido grandemente, y pronto se extinguirá del todo. Los mismos curas, que intentan salvar la religión y salvarse ellos salvándola, vence obligados a darse aires de querer resolver la cuestión social y atenuar los ma­les del proletariado.

Tan pronto como los trabajadores comprenden su situación en la sociedad —y, afortunadamente, ya son muchos los que la comprenden, — es imposible que con­sientan para siempre trabajar y morirse de hambre,

producir durante toda su vida por cuenta de los patro­nes y no tener en perspectiva sino una vejez sin techo y sin pan asegurados. Es imposible que, siendo pro­ductores de una riqueza siempre creciente, no quie­ran, al fin, poseer una parte de ella, suficiente para sa­tisface!’ siquiera sus más primordiales necesidades. Es Imposible que, ya más instruidos, afinados por el con­tacto de la civilización, aunque ésta sea beneficiosa a otros, habiendo experimentado la fuerza que pueden darles la unión y el atrevimiento, es imposible, repito, que no pretendan algún día aquel mínimo de bienestar y de seguridad sin el cual la vida humana no sería po­sible .

En otros tiempos, y no muy distantes, cuando aún florecía el artesano y los capitales no estaban tan con­centrados y las empresas no eran tan colosales, los pro­letarios más inteligentes y más enérgicos tenían la es­peranza de poder arrinconar un capitalito y convertir­se en pequeños propietarios, en, pequeños patrones, y esta esperanza absorbía sus energías y les hacía sopor­tar sus presentes miserias. Queda aún en varios paí­ses el recurso de la emigración y la esperanza de enri­quecerse en América, pero también este recurso de de­sesperados va desvaneciéndose. Actualmente, el que es proletario sabe o va aprendiéndolo que, por regla ge­neral, está condenado a continuar siendo explotado to­da su vida, salvo el caso de que adviniere un cambio radical en el orden social. Y por esto reclama este cambio y se une a los demás proletarios, pava conquis­tar la fuerza necesaria que pueda imponerlo.

Los burgueses y los gobernantes que les represen­tan y les defienden, conocen este deseo proletario y ven la necesidad de hacer algo en este sentido, para evitarse sucumbir en un terrible cataclismo social.

Las masas se agitan, se organizan, adquieren con­ciencia de su fuerza. Las cárceles y las matanzas no pueden constituir un remedio  permanente; precisa ti­rar un hueso al perro rabioso para que no muerda.

De otra parte, los burgueses inteligentes comien­zan a comprender que el trabajador bien alimentado y contento produce más; que el esclavo bien tratado es de más fácil manejo; que actuar de amo en medio de siervos alegres, satisfechos y agradecidos es más pla­centero y más seguro que estar en medio de gente que sufre, maldice, odia y maquina venganzas. Compren­den que es necesario instruir a los_ trabajadores para que sean productores eficaces, Y la instrucción es germen de rebelión.

Los progresos de las ciencias médicas demuestran, mejor de lo que lo ha hecho la ciencia económica, que cada individuo está interesado en que los demás vivan en buenas condiciones. Cuando se piensa que un tío del rey de Inglaterra, joven, lleno de salud, murió víc­tima del tifus, según demostraron !as averiguaciones hechas, porque un pantalón encargado a una gran sas­trería lo hizo, efectivamente, un obrero miserable, en un fétido tugurio, en el cual trabajaba y vivía con su familia, la que en aquellos momentos tenía un pequeñuelo atacado de dicha enfermedad… uno se pregun­ta: ¿cómo garantizarse contra las enfermedades in­fecciosas, si, aun siendo ricos, se está siempre en con­tacto con las gentes pobres, las cuales es imposible cui­den de las reglas más esenciales de la higiene?

Todo tiende, por consiguiente, a cambiar las actuales condiciones sociales en el sentido de un mayor bienestar y mayor justicia para todos. Las mismas clases dominantes están en ello interesadas.

Ciertamente que, dejada bajo la dirección de la burguesía, la evolución social sería lentísima, por la tendencia que tiene el que manda a huir de innovacio­nes, por los medios de que esta clase dispone para atraerse, co interesarse,  corromper y absorber a los elementos más inteligentes y activos que surgen en­tre el proletariado, y porque, efectuada por burgueses y en interés de la dominación burguesa, cualquiera mejora sería un obstáculo puesto a ulteriores, mejoras que se exigieran. Si las masas proletarias, animadas y empujadas por los revolucionarios, no ponen a ello remedio, pasarán muchas generaciones antes de que se realice una sensible mejora general, antes de que desaparezcan para todos el hambre, que mata; la mi­seria, que embrutece; y la desesperación, que empuja al delito.

Pero antes o después, a saltos o gradualmente, las condiciones sociales tienen que cambiar, porque es im­posible que los trabajadores las soporten eternamente y porgue está en interés de todos que cambien.

Ahora bien; ¿qué cambio será éste y hasta qué punto llegará?

La sociedad actual está dividida en propietarios y proletarios. Puede cambiar aboliendo la condición de proletario y haciendo que todos sean copropietarios, o puede cambiar conservando esta distinción funda­mental, pero asegurando a los proletarios un mejor tratamiento.

En el primer1 caso, los hombres serían libres, socialmente iguales, y organizarían la vida social confor­me a los deseos de cada uno, y todas las potencialida­des de la naturaleza humana podrían desarrollarse con la exuberante variedad. En el segundo caso, los pro­letarios, bestias útiles y bien cebadas, se adaptarían a la posición de esclavos contentos de tener buenos amos.

Libertad o esclavitud, anarquía o estado servil.

Estas dos posibles soluciones dan lugar a dos ten­dencias divergentes, que están representadas, en sus manifestaciones más consecuentes, la una, por los anar­quistas; la otra, por los llamados socialistas reformis­tas. Con esta diferencia: que mientras los anarquistas saben y dicen lo que quieren, es decir, la destruc­ción del Estado y la organización libre de la sociedad sobre la base de la igualdad económica, los reformistas, al contrario, se hallan en contradicción consigo mis­mos, porque sf; llaman socialistas y, en cambio, su ac­ción tiende a sistematizar y perpetuar, humanizándo­lo, el sistema capitalista, y, por consiguiente, niegan el socialismo, que significa, sobre todo, abolición de la división de los hombres en proletarios y propietarios.

Deber de los anarquistas —y de buena gana di­remos deber de todos los verdaderos socialistas— es oponerse a esta tendencia hacia el estado servil, hacia un estado de esclavitud atenuada que castraría la Hu­manidad de sus mejores dotes, que privaría a la civili­zación progresiva de sus flores más bellas, tendencia que sirve para mantener entre tanto el estado de mi­seria y de degradación en que se encuentran las masas, persuadiéndolas de que tengan paciencia y esperen en la providencia del Estado y en la bondad e inteligencia de los patrones.

Todas las llamadas legislaciones sociales, todas las medidas estatales, decretadas y propuestas para “pro­teger” el trabajo y asegurar a los trabajadores un mí­nimo de bienestar y de seguridad, así como todos los medios empleados por los capitalistas inteligentes para atar el proletariado a la fábrica mediante premios, pensiones y otros beneficios, cuando no son una menti­ra y una trampa, son un paso hacia este estado servil, que amenaza la emancipación de los trabajadores y el progreso de la Humanidad.

Salario mínimo establecido por la ley, limitación legal de la jornada de trabajo, arbitraje obligatorio, contrato colectivo de trabajo con valor jurídico, perso­nalidad jurídica de los sindicatos obreros, medidas hi­giénicas en las fábricas y prescritas por el Gobierno, seguros estatales para las enfermedades, falta de trabajo, accidentes del trabajo, pensiones de la vejez, co­participación en los beneficios, etc., etc., son medidas todas conducentes a que los proletarios continúen sien­do proletarios, y los propietarios, propietarios; medi­das todas que dan al trabajador (cuando se lo dan) un poco más de bienestar y de seguridad, pero que le pri­van de aquella poca libertad que tienen y tienden a per­petuar la división de los hombres en amos y siervos.

Bueno es, ciertamente, en espera de la revolución —y hasta sirve para despertarla más fácilmente,— que los trabajadores procuren ganar más jornal y traba­jar menos horas y en mejores condiciones; bueno es que los desocupados no se mueran de hambre, que los enfermos y los viejos no queden abandonados. Tero todo esto los trabajadores pueden y deben obtenerlo  por si mismos, con la lucha directa contra los patro­nes, mediante su organización, con la acción individual y colectiva, desarrollando en cada individuo el senti­miento de dignidad personal y la conciencia de sus de­rechos.

Los “dones” del Estado, los “dones” de los patro­nos son frutos envenenados que en sí mismos llevan la semilla de la esclavitud.  Es necesario rechazarlos.

Extraido y digitalizado de aqui:

http://www.memoriachilena.cl//temas/documento_detalle.asp?id=MC0018297

Para descargar en word: http://www.mediafire.com/?wyiw4dqzdzm