En tiempo de elecciones

El escrito que aquí publicamos, En tiempos de elecciones, de Errico Malatesta, es uno de sus más conocidos ensayos a nivel mundial.

Quizá, en los tiempos actuales, a muchos les parecerán francamente exageradas las afirmaciones en él vertidas, puesto que mucha agua ha corrido bajo el molino desde la época en que Malatesta lo escribió. Sin embargo, los conceptos que explayan los dos personajes (Carlos y Luis), a través de quienes Errico transmite sus pensamientos, son de una actualidad asombrosa.

En efecto, hoy, por lo menos en la República Mexicana, cientos de miles, si no es que millones de personas, expresan ideas muy similares a las que Malatesta estampó hace ya mucho tiempo.

La postura de la corriente anarquista proclive al abstencionismo, es claramente expresada por Malatesta. Sobre esto cabe aclarar que, pésele a quien le pese, el anarquismo no se agota en lo que nosotros denominamos el dogma del abstencionismo, puesto que existen otras corrientes, plenamente insertas en el cauce libertario, que no comulgan con el abstencionismo elevado a la categoría de artículo de fe.

Poner el abstencionismo como elemento sine qua non distintivo del anarquista, es propio, lo repetimos, de una corriente específica en el seno del movimiento libertario, y no de todas las corrientes.

Queríamos hacer hincapié en ello con el objeto de poder transmitir lo plurifacético del movimiento anarquista, rasgo éste del que, a nuestro parecer, emerge su inmensa riqueza. Pues el objetivo no es descalificar sino reflexionar.

Chantal López y Omar Cortés

Luis.- ¡Buen vino es éste, amigo!

Carlos.- Psch, no es malo… pero sí es caro.

Luis.- ¿Caro? ¡Seguramente! Con tanto impuesto y con tantas contribuciones como se pagan al gobierno y al municipio, el litro viene a costar el doble de lo debido. ¡Y si fuese tan solo el vino! El pan, la carne, la casa, todo cuesta un ojo de la cara; y si el trabajo falta no se puede pagar ni aún lo más necesario. En fin, que no hay modo de poder vivir.

Sin embargo todo el mal viene de nosotros mismos. Si nosotros quisiéramos, todo se podría remediar. Precisamente, ahora es la ocasión para poner manos a la obra.

Carlos.- ¿Sí? Veamos, veamos cómo.

Luis.- Es una cosa muy sencilla. ¿Eres elector?

Carlos.- Sí lo soy; pero como si no lo fuera, porque no he de votar.

Luis.- He ahí el mal. ¡Y después nos lamentamos! ¿No comprendes que tú mismo eres tu propio asesino y el de tu familia? Tú eres uno de tantos que por su indolencia y su rebajamiento merecen la miseria en que yacen. Y todavía es poco. Tú…

Carlos.- Bueno, bueno, no te sobresaltes. A mí me gusta razonar y no quiero más que ser convencido. ¿Pero qué conseguiría si fuese a votar?

Luis.- ¡Cómo! ¿Qué necesidad hay de razonar tanto? ¿Quiénes hacen las leyes? ¿No son los diputados y los ministros? Así pues, si eligiéramos buenos diputados y buenos concejales, habría buenos ministros y buenos municipios y, en consecuencia, serían mejores las leyes, se rebajarían las contribuciones, se suprimirían impuestos tan odiosos como el de consumo, sería protegido el trabajo y, por ende, la miseria en que vivimos no sería tan espantosa.

Carlos.- ¡Buenos diputados, buenos ministros y buenos concejales! ¡Bonito canto de sirena! Se necesita estar sordo y ciego para no comprender que todos son lo mismo. Como tú, hablan todos los que tienen necesidad de ser elegidos. Todos buenos, todos democráticos; nos pasan la mano por el lomo, llaman a nuestras compañeras para saludarlas, a nuestros niños para besarlos; nos prometen ferrocarriles, puentes, agua potable, trabajo, pan a buen precio, protección del Estado… todo lo que se quiera. Y después, si te he visto no me acuerdo. Una vez elegidos, adiós promesas. Nuestras compañeras y nuestros hijos pueden morirse de hambre; nuestro país puede verse asolado por las fiebres y toda clase de calamidades; el trabajo se paraliza y pan falta para la mayor parte, y el hambre, la miseria, hacen estragos por doquier. ¡Pero qué! El diputado no se ocupa para nada de nuestros desastres.

Para estas cosas está la policía. Para otro año se reanudará la burla. Por el momento, pasada la fiesta, engañado el santo. ¿Y sabes? El partido político, el color político, nada importa; todos, todos son iguales. La única diferencia es que los unos se nos presentan cínicamente como son, mientras que los otros nos llevan con su charla adonde quieren, haciéndose pagar banquetes y otras zarandajas.

Luis.- Perfectamente; más, ¿por qué elegir a los burgueses? ¿No sabes que los burgueses viven del trabajo de los demás? ¿Y cómo quieres que piensen en hacer el bien del pueblo? Si el pueblo fuera libre, se habría concluido la cucaña política para esos caballeros del bien vivir. Verdad es que si quisieran trabajar estarían aún mejor, pero esto no lo entienden; no piensan más que en sacar cuanto pueden la sangre del pobre pueblo.

Carlos.- ¡Oh! Ahora sí que empiezas a hablar bien. Solamente los burgueses o los que quieren ser diputados para llegar a ser burgueses, se ocupan de los burgueses.

Luis.- Pues bien, evitemos esto. Nombremos diputados a los amigos probados, consecuentes, diputados populares, y así estaremos seguros de no ser engañados.

Carlos.- ¡Eh, alto! No hay tantos de esos amigos probados. Pero ya que eres curioso nombremos, nombremos esos diputados ¡como si tú y yo pudiéramos nombrar a quien mejor nos pareciera!

Luis.- ¿Tú y yo? No se trata únicamente de nosotros dos. Es cierto, ciertísimo, que nosotros dos nada podemos hacer; pero si cualquiera de nosotros se esforzase por convertir a los demás, y éstos procedieran como nosotros, pronto contaríamos con la mayoría de los electores y podríamos elegir el diputado que mejor nos pareciera. Y si lo que nosotros hiciéramos aquí lo hicieran en los demás colegios electorales, llegaríamos a tener de nuestra parte la mayoría del parlamento y entonces…

Carlos.- Y entonces vuelta a la cucaña política para los que fueran al parlamento… ¿no es verdad?

Luis.- Pero…

Carlos.- ¿Pero me tomas como cosa de juego? ¡Qué mal vas! No parece sino que ya cuentas con la mayoría y todo lo arreglas a tu antojo.

La mayoría, amigo, la tienen los que mandan, la tienen siempre los ricos. Ahí tienes un pobre diablo, un labrador con su mujer enferma y cinco hijos chiquitillos; anda y persuádele de que debe sufrir los rigores de la miseria, de que debe consentir en verse en medio de la vía pública como un perro vagabundo, no sólo él sino también los suyos, por el placer de dar el voto a quien no sea del gusto del burgués. Anda y convence a todos los que el burgués puede hacer morir de hambre cuando le plazca.

Desengáñate: el pobre nunca es libre; y por tanto no sabría por quien votar. Y si supiera y pudiera, aún tendría necesidad de votar a sus señores. Así tendrían éstos lo que desean, y buenas noches.

Lo mismo en el campo que en la ciudad, el trabajador es esclavo del que manda o del que más tiene. En nuestros villorrios, en nuestras aldeas, en los más reducidos lugares, el cacique es dueño y señor de todos los electores. Un simple alcalde de barrio tiene más poder en una aldea que un banquero en la ciudad. La sola presencia de un representante de la tiranía, se lleva por delante a todos los electores habidos y por haber.

Por desgracia, nuestros compañeros del campo se ven obligados a votar por quien manda el cacique, o el alcalde, o el que les presta a un interés usurario algún dinero.

En las poblaciones grandes o pequeñas, el obrero industrial está totalmente supeditado al fabricante, al maestro; y cuando no al médico, o al abogado, al notario, al casero, hasta al tendero de aceite y vinagre. Ve y diles que voten, y contestarán que desgraciadamente han de votar, quieran o no, por quien les manden.

¡Pobre del que se atreve a tener opiniones propias!

Luis.- Sin duda la cosa no es fácil. Se necesita trabajar, propagar para hacer comprender al pueblo cuáles son sus derechos y animarle a afrontar la ira de los burgueses. Necesitamos unirnos, organizarnos para impedir a los burgueses que coarten la libertad de los trabajadores, arrojándoles a la calle cuando no siguen sus consejos.

Carlos.- ¿Y todo esto para votar por don Fulano o don Mengano? ¡Qué simple eres! Sí, todo lo que dices debemos hacerlo, pero de un modo distinto: debemos hacerlo para que el pueblo comprenda que cuanto hay en el mundo es suyo y se le roba; y que por tanto tiene el derecho, y si se quiere hasta la fuerza, de arrebatarlo, y de arrebatarlo o recuperarlo por sí mismo, sin esperar gracias de nadie.

Luis.- Pero, en fin, ¿cómo hacerlo? Alguno ha de dirigir al pueblo, organizar las fuerzas sociales, administrar justicia y garantizar la seguridad pública.

Carlos.- No, no. Nada de eso.

Luis.- ¿Y cómo entonces? ¡El pueblo es tan ignorante!

Carlos.- ¿Ignorante? El pueblo lo es, en verdad, porque si no lo fuera, pronto enviaría a paseo toda la jerigonza gubernamental. Pero yo creo que tus propios intereses te lo harán pronto comprender. Si dejáramos al pueblo obrar por su cuenta, arreglaría sus cosas mejor que todos los ganapanes que, con el pretexto de gobernarlo, lo explotan y tratan como a una bestia.

Es curioso lo que te ocurre con esta historieta de la ignorancia popular. Cuando se trata de dejar al pueblo que haga lo mejor que le parezca, dices que no tiene capacidad ninguna; cuando, por el contrario, se trata de hacerle nombrar diputados, entonces se le reconoce ya una cierta capacidad… y si nombra alguno de los nuestros, entonces se le atribuye una sapiencia estupenda…

¿No es cien veces más fácil administrar cada uno por sí mismo lo que le pertenezca, que encontrar uno que sea capaz de hacerlo por otro? No sólo, en este último caso, se necesita conocer cómo había de hacerse todo para juzgar la idea del que se escogiese, sino también saber discernir la sinceridad, el talento y las demás cualidades del que solicitare nuestros votos. ¿Y si el diputado quisiera servir sinceramente nuestros intereses, no debería preguntar por nuestra opinión, indagar nuestros deseos, acatar nuestras decisiones? Y entonces, ¿por qué dar a nadie el derecho de obrar a su antojo y de engañarnos y traicionarnos si bien lo juzga?

Luis.- Pero como los hombres no pueden hacerlo todo por sí mismos, como no sirven para todo, de aquí la necesidad de que alguno cuide de la cosa pública y arregle los asuntos de la política.

Carlos.- Yo no sé qué es lo que tú entiendes por política. Si entiendes que es el arte de engañar al pueblo y robarle haciéndole gritar lo menos posible, persuádete de que haríamos nosotros mismos otra cosa. Si por política entiendes el interés general, y el modo de hacerlo todo de acuerdo con la mayor ventaja para cada uno, entonces es una cosa de la que debemos ocuparnos y entender todos, como todos, por ejemplo, sabemos acudir a la mesa de un café sin incomodarnos los unos con los otros, divirtiéndonos sin molestia para nadie. ¡Qué diantre! No parece sino que hasta para sonarnos habríamos de necesitar un especialista y darle por añadidura el derecho de arrancarnos la nariz, si no nos sonábamos a su gusto.

Por lo demás, se comprende que el zapato debe hacerlo el zapatero y la casa el albañil. Pero nadie sueña en dar al zapatero y al albañil el derecho de gobernarse, administrarse… Pero volvamos al asunto.

¿Qué han hecho a favor del pueblo los que han ido y van al parlamento y al municipio para hacer el bien general? ¿Y, aún los mismos socialistas, se han mostrado mejores que los demás? Nada, lo que te he dicho, todos son iguales.

Luis.- ¿También la emprendes con los socialistas? ¿Qué quieres que hagamos, si verdaderamente no podemos hacer nada? Somos pocos, y aunque en algún municipio tengamos mayoría, estamos completamente sitiados por las leyes y la influencia de la burguesía que nos ata de pies y manos.

Carlos.- ¿Y por qué vais entonces a votar? ¿Por qué insistís, si no podéis hacer nada? Será porque los elegidos podrán hacer algo para sí mismos, en su provecho propio.

Luis.- Dispensa un momento: ¿Eres anarquista?

Carlos.- ¿Qué te importa lo que soy? Escucha lo que digo, que si ves que mis argumentos son buenos, apruébalos, si no, combátelos y trata de convencerme. Sí, soy anarquista, ¿y qué?

Luis.- ¡Oh, nada! Yo tengo mucho gusto en discutir contigo. También yo soy socialista, pero no anarquista, porque me parece que tus ideas son demasiado avanzadas. Más, comprendo que en muchas cosas tienes razón. Si hubiera sabido que eras anarquista, no te hubiera dicho que por medio de las elecciones y del parlamento puede obtenerse el bien deseado, porque mientras seamos pobres, serán siempre los ricos los que confeccionen las leyes, y las harán siempre en provecho propio.

Carlos.- ¡Pero tú eres, entonces, un embaucador! ¡Cómo! ¿Sabes la verdad y predicas la mentira? Cuando no sabías que yo era anarquista, decías que eligiendo buenos diputados y buenos concejales se convertiría la Tierra en un verdadero paraíso; ahora que ya sabes lo que soy y que no puede engañárseme en un dos por tres, dices que con el parlamentarismo nada se puede conseguir. ¿Por qué entonces, quebrarme la cabeza con la propaganda de las elecciones? ¿O es que te pagan para engañar a los infelices trabajadores? Sin embargo, yo sé que eres un buen obrero, que eres de los que viven a fuerza de mucho esfuerzo. ¿Por qué, entonces, engañas a tus compañeros haciéndoles que favorezcan los intereses de cualquier renegado, que con la excusa del socialismo lo que busca es darse tono de señor, de gran señor, de gran burgués?

Luis.- No, no, amigo mío. No me juzgues tan mal. Si yo procuro que lo obreros voten, es en interés de la propaganda solamente. ¿No comprendes cuántas ventajas tiene para nosotros el que haya alguno de los nuestros en el parlamento? Puede hacer la propaganda mejor que cualquier otro, porque viaja como le parece y sin que la policía le estorbe mucho; además, cuando habla en la Cámara, todo el mundo se ocupa de las ideas socialistas y las discute. ¿No es eso propaganda? ¿No vamos ganando siempre algo?

Carlos.- ¡Y para propagar te conviertes en agente electoral! ¡Bella propaganda la tuya! Anda, ve y dile a las gentes que todo han de esperarlo del parlamento, que la revolución no conduce a nada, que el obrero no tiene otra cosa que hacer más que depositar un pedazo de papel en la urna y esperar con la boca abierta a que caiga el maná del cielo. ¡Bonita, magnífica, sublime propaganda!

Luis.- Tienes razón, pero ¡qué hacer! ¿Cómo decir a los trabajadores que no se puede esperar nada del parlamento, que los diputados para nada sirven, y propagarles luego que deben votar? Dirían que los tomamos como juguetes.

Carlos.- Bien sé que se necesita algo para decidir a la gente a que vote y elija diputados. Y no sólo se necesita hacer algo, sino también prometer mucho que no se ha de poder cumplir; se necesita hacer la corte a los señores, ser benévolo con el gobierno, encender una vela a San Miguel y otra al diablo, y burlarse de todos. Si no, no se es elegido. ¿Y a qué me vienes a hablar de propaganda, si todo lo que hacéis es contrario completamente a ella?

Luis.- No digo que no tengas razón; más, en fin, convén conmigo que es siempre ventaja tener alguno de los nuestros que pueda levantar la voz en la Cámara, y defender las ideas de emancipación del proletariado.

Carlos.- ¿Una ventaja? Para ellos y aún para alguno de sus amigos, no digo que no. Más para la masa general del pueblo, de ningún modo. ¡Si por lo menos no fuese esto ya evidente hasta la saciedad! Allá va un año tras otro en que hemos sido bastante necios para mandar al parlamento diputados socialistas. Los hay en la Cámara francesa, los hay en la italiana, los hay en la alemana, en la española y en la argentina, en número bastante crecido y ¿qué hemos obtenido? Que los unos se hagan monárquicos, los otros se alíen con los republicanos, y nadie se ocupe de los intereses populares. ¡Pobres obreros republicanos! Creen hacer un gran bien y no reparan en que son miserablemente engañados. Volviendo a nuestro primer asunto, esto es, a lo que hemos obtenido con el nombramiento de diputados socialistas, resulta que éstos eran perseguidos y tratados como malhechores cuando decían la verdad, y hoy son muy estimados de los grandes señores, y el ministro y el consejero les tienden la mano. Y si son condenados es por cuestiones puramente burguesas que nada tienen que ver con la causa del obrero y, por tanto, no tienen excusa. Todos son perros de una misma raza, o como suele decirse, los mismos perros con distintos collares, que acaban siempre por ponerse de acuerdo para roer el hueso popular, para acabar con la sangre del pueblo. ¡No tengas cuidado, que semejantes personajes expongan sus pechos en un movimiento revolucionario!

Luis.- Eres demasiado severo. Los hombres son hombres y, necesariamente, hay que disculpar sus debilidades. Por lo demás, ¿qué se puede decir si los que hemos nombrado hasta ahora, no han sabido cumplir con su deber, o no han tenido valor suficiente para cumplirlo? ¿Quién dijo que elijamos siempre los mismos? Nombremos, pues, otros mejores.

Carlos.- ¡Ya! Y así el partido socialista vendrá a convertirse en una fábrica de embaucadores. ¿Crees tú que no hemos tenido ya bastantes traidores? ¿O es que hay que colocar a los demás en situación de que lo sean? En fin, ¿crees o no crees que el que al molino va, en la harina se le conoce? El que se mezcla con los burgueses, le toma gusto a vivir sin trabajar. Cuanta más gente pase por el poder, tanta más se corromperá. Aunque pasase alguno que tuviera bastante buen temple para no corromperse, sería lo mismo, porque amando la causa popular, no podría oponerse a la propaganda con la esperanza de ser útil más tarde.

Yo creo firmemente en la sinceridad del que, diciéndose socialista, corre todos los riesgos, se expone a perder su jornal, a ser perseguido y encarcelado. En cambio, me inspiran poca confianza los que hacen del socialismo un oficio, que nada hacen que pueda comprometerles, que buscan la popularidad huyendo del peligro, esto es, que saben nadar y guardar la ropa, como suele decirse gráficamente. Me parece que son como los curas, que predican para su santo negocio.

Luis.- Traspasas el límite de lo racional, amigo mío, porque entre los que has insultado, están los que han trabajado y sufrido por la causa común, están los que tienen un pasado…

Carlos.- No vengas ahora a romperme la cabeza con el pasado. El mismo Crispi ha sido en otros tiempos revolucionario, ha expuesto la piel y ha sufrido como tantos otros. ¿Vamos por esto a respetarlo ahora que se ha convertido en un reaccionario, en un tiranuelo de los más repugnantes?

Esos individuos de quienes hablas son los mismos que deshonran y mancillan su propio pasado, y en nombre de ese mismo pasado podemos condenarlos porque han renegado de él. En todas partes hay ejemplos de lo que digo: la mayor parte de los prohombres republicanos de la republicana Francia han sido más o menos revolucionarios en otros tiempos, y hoy son unos doctrinarios de la peor estofa. Hay en el partido conservador inglés quien ha llegado en otras épocas hasta a aceptar el programa de la Internacional. En España, no sólo Castelar y Salmerón, sino también Sagasta y Cánovas, entre muchos republicanos y monárquicos, fueron, quien más quien menos, revolucionarios decididos, y hoy todos se avienen con las ideas y procedimientos más retrógrados, explotando al pueblo desde el poder unos, engañándole desde la oposición otros.

Luis.- Bueno, hombre, no sé como he de convencerte. Vaya enhoramala el parlamentarismo, pero has de convenir que en cuanto al municipio ya es otra cosa. Aquí es más fácil obtener mayoría y hacer el bien del pueblo.

Carlos.- ¡Pero si tú mismo has dicho que los concejales están atados de pies y manos y que al fin y a la postre, tanto en la Cámara como en el municipio, son siempre los ricos los que mandan! Por lo demás, ya hemos visto bastantes ejemplos. En la vecina ciudad lo mismo que en cualquiera, han ido los socialistas al ayuntamiento y, ¿sabes lo que han hecho? Habían prometido suprimir el impuesto de consumos y facilitar los medios para que los niños pudieran ir cómodamente a la escuela desde el pueblo a la ciudad, y nada han hecho. Y después, cuando el pueblo murmura, aquellos señores socialistas hablan en sus mismos periódicos del eterno descontento, como pudieran hacerlo los mismos representantes de la autoridad y de la burguesía. Además, cuando van al municipio, no tienen dónde caerse muertos, y luego se procuran buenas colocaciones para sí y sus parientes, de modo que puedan vivir sin trabajar, y luego dicen que quieren hacer el bien del pueblo.

Luis.- ¡Pero esas son calumnias!

Carlos.- Admitamos que hay algo de calumnioso, ¿y lo que yo he visto con mis propios ojos? Dicen que cuando el río suena agua lleva, y en esta ocasión no puede ser más cierto; lo cual perjudica en gran modo al partido socialista. El socialismo, que debiera ser la esperanza y el consuelo del pueblo, de la clase trabajadora, se hace objeto de sus maldiciones cuando se halla en el poder, en el parlamento o en el municipio. ¿Aún dirás que ésta es propaganda propiamente dicha?

Luis.- ¡No seas así! Si no estás satisfecho de los que nos representan, nombremos otros; la culpa la tienen siempre los electores, porque son los burgueses los que nombran a los que quieren.

Carlos.- ¡Y dale! ¿Hablo con una piedra o con quién hablo? Si, señor, la culpa la tienen los electores y los no electores, porque debieran prescindir de los parlamentos y de los municipios, como cosa completamente inútil para el bien del pueblo. Farsa por farsa, debemos quedarnos sin ninguna. El parlamento, las diputaciones y los municipios, son farsas que nos cuestan muy caras y que para nada sirven. Y tú, que no ignoras que aquellos de los nuestros que van al parlamento, a la diputación o al municipio, conviértanse o no en embaucadores, nada pueden hacer por la clase trabajadora, salvo echarle tierra en los ojos para mayor tranquilidad de los señores; tú debes esforzarte para destruir esa estúpida fe en el sufragio.

La causa fundamental de la miseria y de todos los males sociales es la propiedad individual (a causa de la cual el hombre no puede producir sino aceptando las condiciones que le imponga el que monopoliza la tierra y los instrumentos de trabajo) y el gobierno, el cual defiende a los explotadores y explota por su propia cuenta.

Y los burgueses, antes que dejen que se ponga la mano sobre estas dos instituciones: la propiedad y el gobierno, las defenderán a todo trance. Engañan, mistifican y pervierten todo, y cuando esto no basta, a la prisión, al destierro y hasta al cadalso apelan contra nosotros. ¡Si quieres mejor elección!

Nosotros queremos la revolución; una revolución completa que no deje la menor memoria de la infamia actual. Se necesita declararlo todo, tierra e instrumentos de trabajo, propiedad común; se necesita, es preciso que todos tengamos pan, casa y vestidos; es indispensable que los campesinos supriman al burgués y cultiven la tierra por su propia cuenta y la de sus compañeros de trabajo; que el obrero industrial prescinda también del burgués que le explota, y organice la producción en beneficio general; y, además, es muy necesario no volverse a acordar del gobierno, no dar poder a nadie y hacer cada uno todas las cosas por sí mismo. Cada cual se entenderá dentro de un municipio o pueblo con sus compañeros de oficio y con todos los que tengan necesidad de entenderse en los pueblos más cercanos. Los municipios se entenderán unos con otros; las comarcas con las comarcas, las regiones con las regiones también. Los de un mismo oficio en diferentes localidades se entenderán entre sí, y así se llegará al acuerdo general, y se llegará ciertamente porque en ello va el interés de todos. Entonces, no nos veremos como el perro y el gato, no estaremos en guerra permanente, no pereceremos en manos de una concurrencia infame. Las máquinas ya no serán de utilidad exclusiva de los burgueses ni servirán para dejar sin trabajo y sin pan a la mayor parte de los nuestros, de los que producen y están siempre condenados a la esclavitud y a la miseria; pero servirán en cambio, para hacer el trabajo menos pesado, más útil y más ventajoso para todos. No habrá ya tierras incultas, ni sucederá que el que las cultive no produzca más que la décima parte de lo que debe producir, porque se aplicarán todos los medios ya conocidos para aumentar y mejorar la producción de la tierra y de la industria, de tal modo que el hombre podrá satisfacer siempre sus necesidades espléndidamente.

Luis.- Todo lo que dices es muy bello y verlo quisiera. Yo también encuentro muy buenas vuestras aspiraciones, pero ¿cómo realizarlas? Ya sé que el único medio es la revolución, y que por muchas vueltas que se le dé, por la revolución se acabará. Mas, como por el momento la revolución no podemos hacerla, hacemos en tanto lo que podemos y no pudiendo hacer otra cosa mejor, agitamos la opinión por medio de las elecciones. Así nos movemos siempre, y siempre se hace propaganda.

Carlos.- ¡Cómo! ¿Hablas ahora de propaganda? ¿No sabes qué clase de propaganda has hecho con las elecciones? Vosotros habéis dejado a un lado el programa socialista y os mezcláis con todos esos charlatanes demócratas, que no se ocupan más que de conquistar el poder y hacer luego lo que han hecho todos sus compañeros en democracia, ocuparse ante todo de sí mismos. Vosotros habéis introducido la división y la guerra personal entre los socialistas. Vosotros habéis abandonado la propaganda de los principios por la propaganda a favor de Zutano o de Mengano.

Ya no habláis de revolución, y aunque habléis no pensáis, ni por asomo, en hacerla, en provocarla; y esto es natural, porque el camino del parlamento no es el de las barricadas. Habéis corrompido a un cierto número de compañeros que sin la tentación a que los sometisteis hubieran permanecido honrados. Habéis fomentado ciertas ilusiones que hicieron olvidar la revolución, y cuando se desvanecieron, nos hicieron desconfiar de todo y de todos. Habéis desacreditado al socialismo entre las masas que empezaron a considerarse como un partido de gobierno, y han sospechado de vosotros y os han despreciado, como hace siempre el pueblo con todos los que llegan o pretenden llegar al poder.

Luis.- Dime, entonces, ¿qué es lo que debemos hacer? ¿Qué hacéis vosotros? ¿Por qué en vez de hacernos la guerra no tratáis de hacernos mejores?

Carlos.- Yo no te he dicho que nosotros hayamos hecho y hagamos todo lo que se puede y debe hacer. Aún de esto mismo tenéis vosotros mucha culpa, porque con vuestras mistificaciones y deserciones habéis paralizado por muchos años nuestra acción, y nos habéis obligado a emplear grandes esfuerzos para combatir vuestra tendencia, que si hubiera prevalecido, no hubiera quedado del socialismo más que el nombre. Pero esto creemos que no se repetirá. Por una parte, nosotros hemos aprendido mucho y estamos en situación de aprovechar la experiencia obtenida y corregir los errores del pasado. Por otra, entre vosotros mismos la gente empieza a ver con malos ojos las malditas elecciones. La experiencia es de tantos años y vuestros representantes se han significado tan poco, que hoy todos los que aman sinceramente la causa y tienen espíritu revolucionario, tienen forzosamente que abrir los ojos.

Luis.- Y bien, haced la revolución, y estad seguros que nosotros nos encontraremos a vuestro lado, cuando hagáis las barricadas. ¿Nos tomáis acaso por cobardes?

Carlos.- Es una cosa muy cómoda, ¿no es verdad? ¡Haced la revolución, y luego, cuando esté hecha, nos veremos! Pero si vosotros sois revolucionarios, ¿por qué no ayudáis a prepararla?

Luis.- Escucha: por mi parte, te aseguro que si viera un medio práctico para poder ser útil a la revolución, enviaría al diablo elecciones y candidatos, porque, a decir verdad, comienzo a tener yo también la cabeza llena de política, y confieso también que lo que me has dicho hoy me ha hecho un poco de impresión; no te puedo decir que no tengas razón.

Carlos.- ¿No sabes lo que se puede hacer? ¡Pero si yo te digo que la práctica de la lucha electoral hace perder hasta el criterio de la buena propaganda socialista y revolucionaria! Y, sin embargo, basta saber lo que se quiere y quererlo firmemente para encontrar mil cosas útiles para hacer. Ante todo, propaguemos los verdaderos principios socialistas, y en lugar de contar mentiras y dar falsas esperanzas a los electores y a los no electores, incitemos en esas mentes el espíritu de rebelión y el desprecio al parlamentarismo. Hagamos de modo que los trabajadores no voten, y que las elecciones se las hagan ellos, gobierno y capitalistas, en medio de la indiferencia y del desprecio del pueblo; porque cuando se ha destruido la fe en las urnas, nace lógicamente la necesidad de hacer la revolución. Vayamos a los grupos y a las reuniones electorales, pero para desbaratar los planes y las mentiras de los candidatos, y para explicar siempre los principios socialistas-anárquicos, es decir, la necesidad de quitar el gobierno y desposeer a los propietarios. Entremos en todos los sindicatos obreros, hagamos otros nuevos, y siempre para hacer la propaganda y hablar de todo aquello que debemos hacer para emanciparnos. Pongámonos en la primera fila en las huelgas, provoquémoslas siempre para ahondar el abismo entre patronos y obreros y empujemos siempre las cosas cuanto más adelante mejor. Hagamos comprender a todos aquellos que mueren de hambre y de frío, que todas las mercancías que llenan los almacenes les pertenecen a ellos, porque ellos fueron los únicos constructores, e incitémosles y ayudémosles para que las tomen. Cuando suceda alguna rebelión espontánea, como varias veces ha acontecido, corramos a mezclarnos y busquemos de hacer consistente el movimiento exponiéndonos a los peligros y luchando juntos con el pueblo. Luego, en la práctica, surgen las ideas, se presentan las ocasiones. Organicemos, por ejemplo, un movimiento para no pagar los alquileres; persuadamos a los trabajadores del campo de que se lleven las cosechas para sus casas, y si podemos, ayudémoslos a llevárselas y a luchar contra dueños y guardias que no quieran permitirlo. Organicemos movimientos para obligar a los municipios a que hagan aquellas cosas grandes o chicas que el pueblo desee urgentemente, como, por ejemplo, quitar los impuestos que gravan todos los artículos de primera necesidad. Quedémonos siempre en medio de la masa popular y acostumbrémosla a tomarse aquellas libertades que con las buenas formas legales nunca le serían concedidas.

En resumen: cada cual haga lo que pueda según el lugar y el ambiente en que se encuentra, tomando como punto de partida los deseos prácticos del pueblo, y excitándole siempre nuevos deseos. Y en medio de toda esta actividad, vayamos eligiendo aquellos elementos que poco a poco van comprendiendo y aceptando con entusiasmo nuestras ideas; juntémonos en pacto mutuo, y preparemos así las fuerzas para una acción decisiva y general.

Ved, dentro de poco, por ejemplo, viene el asunto del Primero de Mayo. En todo el mundo los obreros se preparan a efectuar una grandiosa manifestación para ese día, no trabajando. Hay muchos que lo hacen simplemente para obtener la jornada de ocho horas de trabajo, pero hay también aquellos que no se conforman con esto. Y piensan quitarse de encima, de una manera radical, todas esas sanguijuelas que con el nombre de capitalistas o patronos, chupan la sangre a los trabajadores. Y bien, nosotros debemos aceptar este práctico terreno de acción que nos ofrecen las masas mismas. Trabajemos entonces desde ahora e incansablemente, para que el próximo Primero de Mayo nadie trabaje y nadie vuelva a hacerlo sino como trabajador libre, asociado a compañeros libres y en talleres de propiedad de todos. Y cuando venga ese Primero de Mayo, salgamos a la calle con la muchedumbre y hagamos aquello que la disposición del pueblo nos aconseje. No será quizás la revolución, porque los gobiernos están muy prevenidos y el pueblo aún no sabe luchar; pero, ¡quién sabe!… si pudiéramos dar al movimiento una gran extensión, los gobiernos se verían impotentes para reprimirlo. De cualquier modo, el pueblo tendrá ocasión de ver y sentir su fuerza, y una vez que se haya dado cuenta de su fuerza y la haya visto desplegada, no tardará en servirse de ella.

Luis.- ¡Muy bien; me gusta! ¡Al diablo las elecciones y pongámonos manos a la obra! Venga esa mano. ¡Viva la anarquía y la revolución social!

Carlos.- ¡Viva!

ANARQUISTAS PROGUBERNAMENTALES

Acaba de aparecer un manifiesto firmado por Kropotkin, Grave, Malato y una docena de viejos compañeros más, en el cual se hacen eco de quienes apoyan a los gobiernos de la Entete, que exigen la guerra a muerte y el aniquilamiento de Alemania, y toman posición contra cualquier idea de “paz prematura”.

La prensa capitalista publica, con natural satisfacción, extractos del manifiesto, y lo anuncia como obra de “líderes del movimiento anarquista internacional”.

Los anarquistas, que en su casi totalidad permanecieron fieles a sus convicciones, tienen el deber de protestar contra este intento de implicar al anarquismo en la continuación de una feroz matanza que nunca ha prometido ningún beneficio para la causa de la justicia y la libertad, y que ahora se muestra absolutamente estéril e infructuosa, incluso desde el punto de vista de los gobiernos de ambos bandos.

Está fuera de duda la buena fe y las buenas intenciones de quienes firmaron el manifiesto, pero por más penoso que pueda ser disentir con viejos amigos que han prestado tantos servicios a lo que en el pasado era nuestra causa común, no podemos -haciendo honor a nuestra sinceridad y al interés en nuestro movimiento en pro de la emancipación- dejar de disociarnos de compañeros que se consideran capaces de reconciliar las ideas anarquistas con la cooperación con los gobiernos y las clases capitalistas de ciertos países en su lucha contra los capitalistas y los gobiernos de ciertos otros países.

Durante la actual guerra hemos visto republicanos que se ponen al servicio de reyes, socialistas que hacen causa común con la clase dirigente, laboristas que sirven a los intereses de los capitalistas, pero en realidad todas estas personas son, en distinto grado, conservadores, creyentes en la misión del Estado, y se puede comprender que hayan vacilado y se hayan desorientado hasta caer en los brazos del enemigo, cuando el único remedio residía en la destrucción de todas las ataduras gubernamentales y el desencadenamiento de la revolución social. Pero tal vacilación es incomprensible en el caso de los anarquistas.

Sostenemos que el Estado es incapaz de hacer el bien. En el campo de las relaciones internacionales y también en el de las relaciones individuales sólo puede combatir la agresión transformándose él mismo en agresor, y sólo puede evitar el crimen organizado cometiendo crímenes aun mayores.

Inclusive suponiendo -lo que está lejos de ser cierto- que Alemania sola fuera responsable de la actual guerra, está demostrado que si se mantienen los métodos gubernamentales, la única manera de resistir a Alemania consiste en suprimir toda libertad y revivir el poder de todas las fuerzas reaccionarias. Excepto la revolución popular, no hay otro modo de resistir la amenaza de un ejército disciplinado, salvo tratar de disponer de un ejército más fuerte y más disciplinado, de modo que los más encarnizados antimilitaristas, si no son anarquistas y temen la destrucción del Estado, se ven inevitablemente llevados a transformarse en ardientes militaristas.

De hecho, con la esperanza problemática de aplastar al militarismo prusiano renunciaron a todo el espíritu y las tradiciones de libertad, prusianizaron a Inglaterra y a Francia, se sometieron al zarismo, reestablecieron el prestigio del vacilante trono de Italia.

¿Podemos aceptar los anarquistas este estado de cosas por un solo instante, sin renunciar a todo derecho a llamarnos anarquistas? Para mí, inclusive la dominación extranjera sufrida por la fuerza y capaz de suscitar la rebelión es preferible a la opresión interna aceptada con humildad y casi con gratitud, en la creencia de que por este medio nos preservamos de un mal mayor.

Es inútil decir que se trata de un momento excepcional y que después de haber contribuido a la victoria de la Entete en “esta guerra” volveremos a nuestro propio campo para luchar por nuestros ideales.

Si hoy es necesario trabajar en armonía con el gobierno y los capitalistas para defendernos contra “la amenaza alemana” lo será también después, así como durante la guerra.

Por más grande que sea la derrota del ejército alemán -si ocurre que se lo derrote-, nunca resultará posible impedir que los patriotas alemanes piensen en la venganza y se preparen para ella, y los patriotas de los demás países, muy razonablemente desde su propio punto de vista, querrán estar listos para que no los vuelvan a tomar desprevenidos. Esto significa que el militarismo prusiano se transforma en una institución permanente y regular en todos los países.

¿Qué dirán luego los que se autodenominan anarquistas y desean hoy la victoria de una de las alianzas en guerra? ¿Seguirán llamándose antimilitaristas y predicando el desarme, la necesidad de rehusarse a hacer el servicio militar, y el sabotaje contra la defensa nacional, para terminar, ante la primera amenaza de guerra, como sargentos reclutadores de los gobiernos que ellos trataron de desarmar y paralizar?

Se dirá que estas cosas terminarán cuando el pueblo alemán se libere de sus tiranos y deje de ser una amenaza para Europa, al destruir el militarismo en su propio país. Pero si éste es el caso, los alemanes piensan con razón que la dominación inglesa y francesa -y no digamos la de la Rusia zarista- no sería más agradable para los alemanes que la dominación alemana para los franceses y los ingleses, desearán primero esperar que los rusos y los demás pueblos destruyan su propio militarismo y, entretanto, seguirán fortaleciendo al ejército de su propio país.

Y entonces, ¿cuánto tiempo demorará la revolución? ¿Cuánto se tardará en llegar a la anarquía? ¿Debemos esperar siempre a que los demás empiecen?

La línea de conducta de los anarquistas está claramente señalada por la lógica misma de sus aspiraciones. Debería impedirse la guerra produciendo la revolución, o por lo menos haciendo que el gobierno la temiera. Ha faltado hasta ahora la fuerza o la habilidad necesaria para ello.

¡Muy bien! Sólo hay un remedio: mejorar el futuro. Tenemos que evitar más que nunca el compromiso, ahondar el abismo entre capitalistas y los esclavos asalariados, entre dominadores y dominados, predicar la expropiación de la propiedad privada y la destrucción de los estados como el único medio para garantizar la fraternidad entre los pueblos y la justicia y la libertad para todos, y debemos prepararnos para llevar a cabo estar cosas.

Entretanto, me parece que es criminal hacer algo que tienda a prolongar la guerra, en la que se asesina a hombres y se destruye riqueza, además de obstaculizar la reanudación de la lucha por la emancipación. Me parece que predicar “la guerra hasta el fin” es realmente hacerles el juego a los gobernantes alemanes, que están engañando a sus súbditos e inflamando su ardor de lucha al persuadirlos de que sus oponentes desean aplastar y esclavizar al pueblo alemán.

En la actualidad, como siempre, éste debe ser nuestro grito de lucha: ¡Abajo los capitalistas y los gobiernos, todos los capitalistas y todos los gobiernos!

¡Vivan los pueblos, todos los pueblos!

AMOR Y ANARQUIA

Al principio puede parecer extraño que la cuestión del amor y todas las que le son conexas preocupen mucho a un gran número de hombres y de mujeres mientras hay otros problemas más urgentes, si no más importantes, que debieran acaparar toda la atención y toda la actividad de los que buscan el modo de remediar los males que sufre la humanidad.

Encontramos diariamente gentes aplastadas bajo el peso de las instituciones actuales; gentes obligadas a alimentarse malamente y amenazadas a cada instante de caer en la miseria más profunda por falta de trabajo o a consecuencia de una enfermedad; gentes que se hallan en la imposibilidad de criar convenientemente a sus hijos, que mueren a menudo careciendo de los cuidados necesarios; gentes condenadas a pasar su vida sin ser un solo día dueñas de sí mismas, siempre a merced de los patronos o de la policía; gentes para las cuales el derecho de tener una familia y el derecho de amar es una ironía sangrienta y que, sin embargo, no aceptan los medios que les proponemos para sustraerse a la esclavitud política y económica si antes no sabemos explicarles de qué modo, en una sociedad libertaria, la necesidad de amar hallará su satisfacción y de qué modo comprendemos la organización de la familia. Y, naturalmente, esta preocupación se agranda y hace descuidar y hasta despreciar los demás problemas en personas que tienen resuelto, particularmente, el problema del hambre y que se hallan en situación normal de poder satisfacer las necesidades más imperiosas porque viven en un ambiente de bienestar relativo.

Este hecho se explica dado el lugar inmenso que ocupa el amor en la vida moral y material del hombre, puesto que en el hogar, en la familia, es donde el hombre gasta la mayor y mejor parte de su vida. Y se explica también por una tendencia hacia el ideal que arrebata al espíritu humano tan pronto como se abre a la conciencia.

Mientras el hombre sufre sin darse cuenta los sufrimientos, sin buscar el remedio y sin rebelarse, vive semejante a los brutos, aceptando la vida tal como la encuentra.

Pero desde que comienza a pensar y a comprender que sus males no se deben a insuperables fatalidades naturales, sino a causas humanas que los hombres pueden destruir, experimenta en seguida una necesidad de perfección y quiere, idealmente al menos, gozar de una sociedad en que reine la armonía absoluta y en que el dolor haya desaparecido por completo y para siempre.

Esta tendencia es muy útil, ya que impulsa a marchar adelante, pero también se vuelve nociva si, con el pretexto de que no se puede alcanzar la perfección y que es imposible suprimir todos los peligros y defectos, nos aconseja descuidar las realizaciones posibles para continuar en el estado actual.

Ahora bien, y digámoslo en seguida, no tenemos ninguna solución para remediar los males que provienen del amor, pues no se pueden destruir con reformas sociales, ni siquiera con un cambio de costumbres. Están determinados por sentimientos profundos, podríamos decir fisiológicos, del hombre y no son modificables, cuando lo son, sino por una lenta evolución y de un modo que no podemos prever.

Queremos la libertad; queremos que los hombres y las mujeres puedan amarse y unirse libremente sin otro motivo que el amor, sin ninguna violencia legal, económica o física.

Pero la libertad, aun siendo la única solución que podemos y debemos ofrecer, no resuelve radicalmente el problema, dado que el amor, para ser satisfecho, tiene necesidad de dos libertades que concuerden y que a menudo no concuerdan de modo alguno; y dado también que la libertad de hacer lo que se quiere es una frase desprovista de sentido cuando no se sabe querer alguna cosa.

Es muy fácil decir: “Cuando un hombre y una mujer se aman, se unen, y cuando dejan de amarse, se separan”. Pero sería necesario, para que este principio se convirtiese en regla general y segura de felicidad, que se amaran y cesaran de amarse ambos al mismo tiempo. ¿Y si uno ama y no es amado? ¿Y si mientras uno aún ama, el otro ya no le ama y trata de satisfacer una nueva pasión? ¿Y si uno ama a un mismo tiempo varias personas que no pueden adaptarse a esta promiscuidad?

“Yo soy feo -nos decía una vez un amigo- ¿Qué haré si nadie quiere amarme?” La pregunta mueve a risa, pero también nos deja entrever verdaderas tragedias.

Y otro, preocupado por el mismo problema, nos decía: “Actualmente, si no encuentro el amor, lo compro, aunque tenga que economizar mi pan. ¿Qué haré cuando no haya mujeres que se vendan?” La pregunta es horrible, pues muestra el deseo de que haya seres humanos obligados por el hambre a prostituirse; pero es también terrible… y terriblemente humano.

Algunos dicen que el remedio podría hallarse en la abolición radical de la familia; la abolición de la pareja sexual más o menos estable, reduciendo el amor al solo acto físico, o por mejor decir, transformándolo, con la unión sexual como añadidura, en un sentimiento parecido a la amistad, que reconozca la multiplicidad, la variedad, la contemporaneidad de afectos.

¿Y los hijos?… Hijos de todos.

¿Puede ser abolida la familia? ¿Es de desear que lo sea?

Hagamos observar antes que nada, que, a pesar del régimen de opresión y de mentira que ha prevalecido y prevalece aún en la familia, ésta ha sido y continua siendo el mas grande factor de desarrollo humano, pues en la familia es donde el hombre normal se sacrifica por el hombre y cumple el bien por el bien, sin desear otra compensación que el amor de la compañera y de los hijos.

Pero, se nos dice, una vez eliminadas las cuestiones de intereses, todos los hombres serán hermanos y se amarán mutuamente.

Ciertamente, no se odiarán; cierto que el sentimiento de simpatía y de solidaridad se desarrollaría mucho y que el interés general de los hombres se convertiría en un factor importante en la determinación de la conducta de cada uno.

Pero esto no es aún el amor. Amar a todo el mundo se parece mucho a no amar a nadie.

Podemos, tal vez socorrer, pero no podemos llorar todas las desgracias, pues nuestra vida se deslizaría entera entre lágrimas y, sin embargo, el llanto de la simpatía es el consuelo más dulce para un corazón que sufre. La estadística de las defunciones y de los nacimientos puede ofrecernos datos interesantes para conocer las necesidades de la sociedad; pero no dice nada a nuestros corazones. Nos es materialmente imposible entristecernos por cada hombre que muere y regocijarnos por cada nacimiento.

Y si no amamos a alguien más vivamente que a los demás; si no hay un solo ser por el cual no estemos particularmente dispuestos a sacrificarnos; si no conocemos otro amor que este amor moderado, vago, casi teórico, que podemos sentir por todos, ¿no resultaría la vida menos rica, menos fecunda, menos bella? ¿No se vería disminuida la naturaleza humana en sus más bellos impulsos? ¿Acaso no nos veríamos privados de los goces más profundos? ¿No seríamos más desgraciados?

Por lo demás, el amor es lo que es. Cuando se ama fuertemente se siente la necesidad del contacto, de la posesión exclusiva del ser amado.

Los celos, comprendidos en el mejor sentido de la palabra, parecen formar y forman generalmente una sola cosa con el amor. El hecho podrá ser lamentable, pero no puede cambiarse a voluntad, ni siquiera a voluntad del que personalmente los sufre.

Para nosotros el amor es una pasión que engendra por sí misma tragedias. Estas tragedias no se traducirán más, ciertamente, en actos violentos y brutales si el hombre tuviese el sentimiento de respeto a la libertad ajena, si tuviese bastante imperio sobre sí mismo para comprender que no se remedia un mal con otro mayor, y si la opinión publica no fuese, como hoy, tan indulgente con los crímenes pasionales; pero las tragedias no serían por esto menos dolorosas.

Mientras los hombres tengan los sentimientos que tienen – y un cambio en el régimen económico y político de la sociedad no nos parece suficiente para modificarlos por entero – el amor producirá al mismo tiempo que grandes alegrías, grandes dolores. Se podrá disminuirlos o atenuarlos, con la eliminación de todas las causas que pueden ser eliminadas, pero su destrucción completa es imposible.

¿Es ésta una razón para no aceptar nuestras ideas y querer permanecer en el estado actual? Así se obraría como aquel que no pudiendo comprarse vestidos lujosos prefiriese ir desnudo, o que no pudiendo comer perdices todos los días renunciase al pan, o como un médico que, dada la impotencia de la ciencia actual ante ciertas enfermedades, se negase a curar las que son curables.

Eliminemos la explotación del hombre por el hombre, combatamos la pretensión brutal del macho que se cree dueño de la hembra, combatamos los prejuicios religiosos, sociales y sexuales, aseguremos a todos, hombres, mujeres y niños, el bienestar y la libertad, propaguemos la instrucción y entonces podremos regocijarnos con razón si no quedan más males que los del amor.

En todo caso, los desgraciados en amor podrán procurarse otros goces, pues no sucederá como hoy, en que el amor y el alcohol constituyen los únicos consuelos de la mayor parte de la humanidad.


* Tomado del libro Socialismo y Anarquía.

La anarquia

La palabra anarquía proviene del griego y significa sin gobierno; es decir la vida de un pueblo que se rige sin autoridad constituida, sin gobierno.

Antes que toda una verdadera categoría de pensadores haya llegado a considerar tal organización como posible y como deseable, antes de que fuese adoptada como objetivo por un movimiento que en la actualidad constituye uno de los más importantes factores en las modernas luchas sociales, la palabra anarquía era considerada, por lo general, como sinónima de desorden, de confusión, y aún hoy mismo se toma en este sentido por las masas ignorantes y por los adversarios interesados en ocultar o desfigurar la verdad.

No hemos de detenemos a profundizar en estas digresiones filológicas, por cuanto entendemos que la cuestión, más bien que de filología, reviste un marcado carácter histórico. El sentido vulgar de la palabra no desconoce su significado verdadero, desde el punto de vista etimológico, sino que es un derivado o consecuencia del prejuicio consistente en considerar al gobierno como un órgano indispensable para la vida social, y que, por tanto, una sociedad sin gobierno debe ser presa y víctima del desorden, oscilante entre la omnipotencia de unos y la ciega venganza de otros.

La existencia y persistencia de este prejuicio, así como la influencia ejercida por el mismo en la significación dada por el común sentir a la palabra anarquía, explícanse fácilmente.

De igual modo que todos los animales, el hombre se adapta, se habitúa a la condiciones del medio en que vive, y por herencia transmite los hábitos y costumbres adquiridos. Nacido y criado en la esclavitud, heredero de una larga progenie de esclavos, el hombre, cuando ha comenzado a pensar, ha creído que la servidumbre era condición esencial de vida: la libertad le ha parecido un imposible. Así es como el trabajador, constreñido durante siglos a esperar y obtener el trabajo s decir, el pan- de la voluntad, y a veces del humor de un amo, y acostumbrado a ver continuamente su vida a merced de quien posee tierra y capital, ha concluido por creer que era el dueño, el señor o patrono quien le daba de comer. Ingenuo y sencillo, ha llegado a hacerse la pregunta siguiente: “¿Como me arreglaría yo para poder comer si los señores no existieran?”.

Tal sería la situación de un hombre que hubiese tenido las extremidades inferiores trabadas desde el día de su nacimiento, si bien de manera que le consintiesen moverse y andar dificultosamente; en estas condiciones podría llegar a atribuir la facultad de trasladarse de un punto a otro a sus mismas ligaduras, siendo así que estas no habrían de producir otro resultado que el de disminuir y paralizar la energía muscular de sus piernas.

Y si a los efectos naturales de la costumbre se agrega la educación recibida del mismo patrón, del sacerdote, del maestro, etc. -interesados todos en predicar que el gobierno y los amos son necesarios, y hasta indispensables-; si se añaden el juez y el agente de policía, esforzándose en reducir al silencio a todo aquél que de otro modo discurra y trate de difundir y propagar su pensamiento, se comprenderá cómo el cerebro poco cultivado de la masa ha logrado arraigar el prejuicio de la utilidad y de la necesidad del amo y del gobierno.

Figuraos, pues, que el hombre de las piernas trabadas, de quien antes hemos hablado, le expone el médico toda una teoría y le presenta miles de ejemplos hábilmente inventados, a fin de persuadirle de que, si tuviera las piernas libres, le sería imposible caminar y vivir; en este supuesto, el individuo en cuestión se esforzaría en conservar sus grillos o ligaduras, y no vacilaría en considerar como enemigos a quienes desearen desembarazarse de ellos.

Ahora bien, puesto que se ha creído que el gobierno es necesario, puesto que se ha admitido que sin gobierno no puede haber otra cosa sino confusión y desorden, es natural y hasta lógico que el término anarquía, que significa la ausencia o carencia de gobierno, venga a significar igualmente la ausencia de orden.

Y cuenta que el hecho no carece de precedentes en la historia de las palabras. En las épocas y países donde el pueblo ha creído necesario el gobierno de uno solo (monarquía), la palabra república, que significa el gobierno de la mayoría, se ha tomado siempre como sinónima de confusión y de desorden, según puede comprobarse en el lenguaje popular de casi todos los países.

Cambiad la opinión, persuadid al público de que no sólo el gobierno dista de ser necesario, sino que es en extremo peligroso y perjudicial… y entonces la palabra anarquía, justamente por eso, porque significa ausencia de gobierno, significará para todos orden natural, armonía de necesidades e intereses de todos, libertad completa en el sentido de una solidaridad asimismo completa.

Resulta impropio decir que los anarquistas han estado poco acertados al elegir su denominación, ya que este nombre es mal comprendido por la generalidad de las gentes y se presta a falsas interpretaciones. El error no depende de¡ nombre sino de la cosa; y la dificultad que los anarquistas encuentran en su propaganda, no depende del nombre o denominación que se han adjudicado, sino del hecho de que su concepto choca con todos los prejuicios inveterados que conserva el pueblo acerca de la función del gobierno o, como se dice de ordinario, acerca del Estado.Antes de proseguir será conveniente hacer algunas ligeras indicaciones respecto a esta última palabra, causa, a nuestro entender, de numerosas interpretaciones erróneas.

Los anarquistas se sirven ordinariamente de la palabra Estado para expresar todo el conjunto de instituciones políticas, legislativas, judiciales, militares, financieras, etc., por medio de las cuales se sustrae al pueblo la gestión de sus propios asuntos, la dirección de su propia seguridad, para confiarlos a unos cuantos que -usurpación o delegación se encuentran investidos de la facultad de hacer leyes sobre todo y para todos y de compeler al pueblo a ajustar a ellas su conducta, valiéndose, al efecto, de la fuerza de todos.

En este supuesto la palabra Estado significa por tanto como gobierno, o se quiere, la expresión impersonal, abstracta de este estado de cosas cuya personificación está representada por el gobierno: las expresiones abolir el Estado, sociedad sin estado, etc., responden, pues, perfectamente a la idea que los anarquistas quieren expresar cuando hablan de la abolición de toda organización política fundada en la autoridad y de la constitución de una sociedad de hombres libres e iguales fundada en la armonía de los intereses y sobre el concurso voluntario de todos, a fin de satisfacer las necesidades sociales.

La palabra Estado tiene, empero, otras muchas significaciones, algunas de ellas susceptibles de inducir a error, sobre todo cuando se trata o discute con hombres que, a causa de su triste posición social, no han tenido ocasión de habituarse a las delicadas distinciones del lenguaje científico 0 cuando -y entonces peor- se trata con adversarios de mala fe, interesados en confundir los términos y en no querer comprender las cosas.

Se toma, por ejemplo, la palabra Estado para indicar una sociedad determinada, tal o cual colectividad humana reunida en cierto y limitado territorio, constituyendo lo que se llama una persona moral, independientemente de la forma de agrupación de los miembros y de las relaciones que entre ellos puedan existir; algunas veces se emplea simplemente como sinónima de sociedad, y a causa de estos y otros diversos significados de la citada palabra, los adversarios creen, o fingen creer, que los anarquistas pretenden la abolición de todo vínculo de conexión social, de todo trabajo colectivo y tratan de reducir el hombre al aislamiento, o sea a una condición peor que la de los salvajes.

Por Estado compréndese también la administración superior de un país, el poder central, distinto del poder provincial y del poder municipal, por lo cual otros estiman que los anarquistas desean una simple descentralización territorial, dejando intacto el principio gubernamental, lo cual equivale a confundir la anarquía con el cantonalismo y el comunalismo.

Por ultimo, Estado significa condición, modo de ser, régimen social, etc. Así, por ejemplo, decimos: «Es menester cambiar el «estado económico de la clase obrera», y otras frases semejantes que pudieran parecer, a primera vista, contradictorias.

Por estas razones creemos que sería más conveniente a nuestros propósitos abstenerse, en cuanto sea posible, de emplear la frase abolición del Estado, y sustituirla por esta otra expresión clara y más concreta: abolición del gobierno. Así nos proponemos obrar por lo que concierne a la redacción de las páginas siguientes de este estudio.

Hemos dicho anteriormente, que la «Anarquía es la sociedad sin gobierno».

Ahora bien: ¿es factible la supresión de los gobiernos?, ¿es deseable?, ¿puede preverse? Veamos:

¿Qué es el gobierno?

La tendencia metafísica (que es una enfermedad del espíritu por causa de la cual el hombre, después de haber sufrido una especie de alucinación, se ve inducido a tomar lo abstracto por real), la tendencia metafísica, decimos, que, no obstante, y a pesar de los triunfos de la ciencia positiva tiene todavía tan profundas raíces en el espíritu de la mayoría de los contemporáneos, hace que muchos conciban el gobierno como una entidad moral, dotada de ciertos atributos de razón, de justicia, de equidad, independientes de las personas en que encarna.

Para ellos, el gobierno, o mas bien, el Estado, es el poder social abstracto; es el representante, abstracto siempre, de los intereses generales; es ya la expresión «derecho de todos», considerado como límite de los derechos de cada uno. Este modo de concebir el gobierno aparece apoyado por los interesados, a quienes importa salvar el principio de autoridad y hacerle prevalecer sobre las faltas y errores de los que se turnan en el ejercicio del poder.

Para nosotros el gobierno es la colectividad de gobernantes: reyes, presidentes, ministros, diputados, etc., son aquellos que aparecen adornados de la facultad de hacer las leyes para reglamentar las relaciones de los hombres entre sí, y hacer ejecutar estas leyes; debe decretar y recaudar los impuestos; debe forzar al servicio militar; debe juzgar y castigar las infracciones y contravenciones a las leyes; debe intervenir y sancionar los contratos privados; debe monopolizar ciertos ramos de la producción y ciertos servicios públicos, por no decir toda la producción y todos los servicios; debe favorecer o impedir el cambio de productos; debe declarar la guerra y ajustar la paz con los gobernantes de otros países; debe conceder o suprimir franquicias, etc. Los gobernantes, en una palabra, son los que tienen la facultad en grado más o menos elevado de servirse de las fuerzas sociales, o sea de la fuerza física, intelectual y económica de todos, para obligar a todo el mundo a hacer lo que entre en sus designios particulares. Esta facultad constituye, en nuestro sentir, el principio de gobierno, el principio de autoridad.

Pero… ¿cual es la razón de ser del gobierno?

¿Por qué abdicar en manos de unos cuantos individuos nuestra propia libertad y nuestra propia iniciativa? ¿Por qué concederles la facultad de ampararse, con o en contra de la voluntad de cada uno, de la fuerza de todos y disponer de ella a su antojo? ¿Hállanse, acaso, tan excepcionalmente dotados que puedan, con alguna apariencia de razón, sustituir a la masa y proveer a los intereses de los hombres mejor que pudieran efectuarlo los propios interesados? ¿Son, tal vez, infalibles e incorruptibles hasta el punto de que se les pueda confiar, prudentemente la suerte de cada uno y la de todos?

Y, aun cuando existiesen hombres de una bondad y de un saber infinitos, aun cuando por una hipótesis, irrealizada e irrealizable, el poder gobernar se confiase a los más capaces y a los mejores, la posesión del poder nada absolutamente agregaría a su potencia bienhechora, sino que produciría el resultado de paralizarla, de destruirla por la necesidad en que se encontrarían de ocuparse de tantas cosas para ellos incomprensibles y por la de malgastar la mejor parte de sus energías y actividades en la empresa de conservar el poder a todo trance, en la de contentar a los amigos, en la de acallar a los descontentos y en la de combatir a los rebeldes.

Por otra parte, buenos o malos, sabios o ignorantes, ¿qué son los gobernantes? ¿Quién los designa y eleva para tan alta función? ¿Se imponen ellos mismos por el derecho de guerra, de conquista o de revolución? Pues entonces, si esto es así, ¿qué garantía tiene el pueblo de que habrán de inspirar sus actos en la utilidad general? Esto es una pura cuestión de usurpación; y a los gobernados, si están descontentos, no les queda otro recurso sino acudir la lucha para librarse del yugo.

¿Son elegidos por una clase o por un partido? Pues entonces serán los intereses y las ideas de esta clase o de este partido los que triunfen, mientras que la voluntad y los intereses de los demás serán sacrificados. ¿Se les elige por sufragio universal? En este caso el único criterio está constituido por el número, cosa que, ciertamente, no significa ni acredita equidad, razón ni capacidad; los que sepan engañar mejor a la masa, serán quienes resulten elegidos, y la minoría compuesta algunas veces de la mitad menos uno, resultará sacrificada; esto sin contar con que la experiencia demuestra la imposibilidad absoluta de hallar un mecanismo electoral en virtud del cual los candidatos electos sean, por lo menos, los representantes genuinos de la mayoría.

Numerosas y variadas son las teorías mediante las cuales se ha tratado de explicar y de justificar la existencia del gobierno. Todas, en suma, fúndanse en el preconcepto, confesado o tácito, de que los hombres tienen intereses contrarios y de que se necesita una fuerza externa y superior, para obligar a unos a respetar el derecho de los otros, prescribiendo e imponiendo determinada norma de conducta, que armonizaría, en la medida de lo posible, los intereses en pugna y que proporcionaría a cada uno la satisfacción más grande con el menor sacrificio concebible.

Dicen los teorizantes del autoritarismo:

«Si los intereses, las tendencias, los deseos de un individuo aparecen en oposición a los intereses, las tendencias, los deseos de otro individuo o con los de la misma sociedad, ¿quién tendrá el derecho y la fuerza de obligar a uno a respetar los intereses de otro? ¿Quién podrá impedir a un determinado ciudadano violar la voluntad general? La libertad de cada uno icen- tiene por límite la voluntad de los demás, pero ¿quién habrá de establecer este límite y quién lo hará respetar? Los antagonismos naturales de intereses y pasiones crean, pues, la necesidad del gobierno y justifican la existencia de la autoridad, que desempeña el papel de moderadora en la lucha social y asigna los límites de los derechos y de los deberes de todos y de cada uno».

Tal es la teoría, pero las teorías, para ser justas, deben hallarse basadas en los hechos y ser suficientes a explicarlos; y es bien sabido que en economía social se inventan, con sobrada frecuencia, teorías para justificar hechos, es decir, para defender el privilegio y hacerlo aceptar tranquilamente por las víctimas del mismo.

En efecto, recordemos algunos ejemplos:

En todo el curso de la historia, de igual modo que en la época actual, el gobierno es, o la dominación brutal, violenta, arbitraria de algunos sobre la masa, o es un instrumento ordenado para asegurar la dominación y el privilegio a aquéllos que, por fuerza, por astucia o por herencia, han acaparado todos los medios de vida, sobre todo el suelo, de los cuales se sirven para mantener al pueblo en perpetua servidumbre y hacerle trabajar en lugar de y para ellos.

Oprímese a los hombres de dos maneras: o directamente, por la fuerza bruta, por la violencia física, o indirectamente, merced a la privación de los medios de subsistencia, reduciéndolos, de esta manera, a la impotencia; el primer modo es el origen del poder, es decir, del privilegio político; el segundo es el origen del privilegio económico.

Todavía puede oprimiese a los hombres actuando sobre su inteligencia y sobre sus sentimientos, modo de obrar que origina y constituye el poder universitario y el poder religioso; pero como el pensamiento no es sino una resultante de fuerzas materiales, el engaño y los organismos o corporaciones instituido para juzgarlo, no tienen razón de ser sino en tanto que resultado de los privilegios económicos y políticos, y un medio de defenderlos y consolidarlos.

En las sociedades primitivas poco numerosas, de relaciones sociales poco complicadas, cuando una circunstancia cualquiera ha impedido que se establezca hábitos y costumbres de solidaridad o ha destruido las preexistentes estableciendo después la dominación del hombre por el hombre, vemos que los dos poderes político y económico se encuentran reunidos en las mismas manos. Manos que en ocasiones pueden ser las de una misma persona. Los que por la fuerza han vencido y amedrentado a los otros, disponen de vidas y haciendas de los vencidos, y les obligan a servirles, a trabajar en su provecho y hacer en todo y por todo su voluntad. Así resultan, a la vez, propietarios, legisladores, reyes, jueces y verdugos.

Pero con el desarrollo y acrecentamiento de la sociedad, con el aumento de las necesidades, con la complicación de las relaciones sociales, se hace imposible la persistencia de semejante despotismo. Los dominadores, bien para afianzar su seguridad, bien por comodidad, bien por imposibilidad de obrar de otro modo, se ven en la dura necesidad, por una parte, de buscar el apoyo de una clase privilegiada o el de cierto número de individuos cointeresados en su dominación, y por otra parte, de conducirse de manera que cada uno provea como sepa y como pueda a su propia existencia, reservándose para sí el mando y la dominación suprema, es decir, el derecho de explotar lo más posible a todo el mundo, al propio tiempo que el medio de satisfacer el ansia y la vanidad de mando. Así es como a la sombra del poder, con su protección y su complicidad, y frecuentemente a sus espaldas, por falta de intervención, se desenvuelve la propiedad privada, o por mejor decir, la clase de los propietarios; éstos concentran poco a poco en sus manos los medios de producción, las verdaderas fuentes de vida, agricultura, industria, comercio, etc., concluyendo por constituir un poder que, por la superioridad de sus medios y la multiplicidad de intereses que abraza, llega siempre a someter, más o menos abiertamente, al poder político, o sea el gobierno, para hacer de él su gendarme.

Este fenómeno se ha reproducido diversas veces en la historia. Cada vez que en una invasión o en una empresa militar la violencia física y brutal se han enseñoreado de una sociedad, han mostrado los vencedores la tendencia a concentrar en sus manos el gobierno y la propiedad. Pero siempre la necesidad sentida por el gobierno de obtener la complicidad de una clase poderosa, las exigencias de la producción, la imposibilidad de vigilarlo y dirigirlo todo, restablecieron la propiedad privada, la división de los poderes y, con ella, la dependencia efectiva de aquellos que han poseído la fuerza, los gobernantes, en provecho de los poseedores de las fuentes de la fuerza, los propietarios. El gobierno acaba siempre y totalmente por ser el guardián del propietario.

Jamás se ha acentuado tanto este fenómeno como en nuestros días. El desarrollo de la producción, la expansión inmensa del comercio, la potencia desmesurada adquirida por el numerario y todos los hechos económicos provocados por el descubrimiento de América, por la invención de las máquinas, etc., han asegurado una tal supremacía a la clase capitalista, que, no contenta con disponer del apoyo gubernamental, ha pretendido que el gobierno que reconociese por origen el derecho de conquista (de derecho divino, según dicen los reyes y sus partidarios), por mucho que las circunstancias parecieran someterle a la clase capitalista, conservaba siempre una actitud altanera y desdeñosa hacia sus antiguos esclavos enriquecidos, y ofrecía en toda ocasión rasgos y veleidades de independencia y de dominación. Esta clase de gobierno era, ciertamente el defensor, el gendarme de los propietarios; pero, así y todo, era un gendarme que se estimaba en algo y se permitía ciertas arrogancias con las personas a quienes debía acompañar y defender, salvo en los casos en que éstas se desembarazaban de él a la vuelta de la primera esquina. La clase capitalista ha sacudido y continúa sacudiendo su yugo, empleando medios más o menos violentos, a fin de substituir el referido gobierno por otro elegido por ella misma, compuesto de individuos de su clase, sujeto continua y directamente a su intervención e inspección y de modo especial organizado para la defensa contra posibles reivindicaciones de los desheredados. De aquí el origen del sistema parlamentario moderno.

Hoy día, el gobierno, compuesto de propietarios y de gentes puestas a su servicio, hállase del todo a disposición de los propietarios, hasta el punto de que los más ricos llegan hasta a desdeñar el formar parte de él. Rothschild no tiene necesidad ni de ser diputado ni de ser ministro; le basta simplemente con tener a su disposición a los ministros y a los diputados.

En multitud de países el proletariado obtiene nominalmente una mayor participación en la elección del gobierno. Es ésta una concesión hecha por la burguesía, sea para obtener el concurso del pueblo en la lucha contra el poder real o aristocrático, sea para apartar al pueblo de la idea de emanciparse concediéndole una apariencia o sombra de soberanía.

Háyalo o no previsto la burguesía, desde que ha concedido al pueblo el derecho de sufragio, lo cierto es que tal derecho ha resultado siempre, en toda ocasión y en todo lugar, ilusorio y bueno tan sólo para consolidar el poder de la burguesía, engañando a la parte más exaltada del proletariado con la esperanza remota de poder escalar las alturas del poder.

Aun con el sufragio universal, y, hasta podríamos decir: sobre todo con el sufragio universal, el gobierno ha continuado siendo el gendarme de la burguesía. Si fuera cosa distinta, si el gobierno adoptase una actitud hostil, si la Democracia pudiera ser otra cosa que un medio de engañar al pueblo, la burguesía, amenazada en sus intereses, se aprestaría a la rebelión sirviéndose de toda la fuerza y toda la influencia que la posesión de la riqueza le proporciona para reducir al gobierno a la función de simple gendarme puesto a su servicio.

En todo lugar y tiempo, sea cualquiera el nombre ostentado por el gobierno, sean cualesquiera su origen y organización, su función esencial vemos que es siempre la de oprimir y explotar a las masas, la de defender a los opresores y a los acaparadores; sus órganos principales, característicos, indispensables, son el gendarme y el recaudador de contribuciones, el soldado y el carcelero, a quienes se unen indefectiblemente el tratante de mentiras, cura o maestro, pagados y protegidos por el gobierno para envilecer las inteligencias y hacerlas dóciles al yugo.

Cierto que a estas funciones primordiales, a estos organismos esenciales del gobierno, aparecen unidos en el curso de la historia otras funciones y otros organismos. Admitimos de buen grado, por tanto, el que nunca o casi nunca ha existido en un país algo civilizado, un gobierno que, además de sus funciones opresoras y expoliadoras, no se haya asignado otras útiles o indispensables a la vida social, pero esto no impide que el gobierno sea, por su propia naturaleza, opresivo y expoliador, que esté forzosamente condenado, por su origen y su posición a defender y confortar a la clase dominante; este hecho confirma no sólo lo que antes hemos dicho, sino que lo agrava más.

En efecto, el gobierno toma sobre sí la tarea de proteger, en mayor o menor grado, la vida de los ciudadanos contra los ataques directos y brutales. Reconoce y legaliza un cierto número de derechos y deberes primordiales y de usos y costumbres, sin los cuales la vida en sociedad resultaría imposible. Organiza y dirige algunos servicios públicos como son los correos, caminos, higiene pública, régimen de las aguas, protección de los montes, etc… Crea orfelinatos y hospitales y se complace en aparecer, y esto se comprende, como el protector y el bienhechor de los pobres y de los débiles. Pero basta con observar cómo y por qué desempeña estas funciones para obtener la prueba experimental, práctica, de que todo lo que el gobierno hace está inspirado siempre en el espíritu de dominación y ordenado para la mejor defensa, engrandencimiento y perpetuación de sus propios privilegios, así como los de la clase por él defendida y representada.

Un gobierno no puede existir mucho tiempo sin desfigurar su naturaleza bajo una máscara o pretexto de utilidad general; no hay posibilidad de que haga respetar la vida de los privilegiados sin fingir que trata o procura hacer respetar la de todos; no puede exigir la aceptación de los privilegios de unos pocos sin aparentar que deja a salvo los derechos de todos. «La ley -dice Kropotkin- o sea los que la hacen, el gobierno, ha utilizado los sentimientos sociales del hombre para hacer cumplir, con los preceptos de moral que el hombre aceptaba, órdenes útiles a la minoría de los expoliadores, contra los cuales él se habría, seguramente, rebelado».

Un gobierno no puede pretender que la sociedad se disuelva, porque entonces desaparecería para él y para la clase dominante la materia explotable. Un gobierno no puede permitir que la sociedad se rija por sí misma, sin intromisión alguna oficial, porque entonces el pueblo advertirá bien pronto que el gobierno no sirve para nada, si se exceptúa la defensa de los propietarios que lo esquilman, y se prepararía a desembarazarse de unos y del otro.

Hoy día, ante las reclamaciones insistentes y amenazadoras del proletariado, muestran los gobiernos la tendencia de interponerse en las relaciones entre patronos y obreros. Ensayan desviar de este modo el movimiento obrero e impedir, por medio de algunas falaces reformas, el que los pobres tomen por su mano todo aquello de lo cual necesiten, es decir, una parte del bienestar general, igual a aquella de que los otros disfrutan.

Es menester además no olvidar, por una parte, que los burgueses, los proletarios, están ellos mismos preparados en todo momento para declararse la guerra, para comerse unos a otros, y, por otra parte que el gobierno, aunque hijo, esclavo y protector de la burguesía, tiende, como todo siervo, a emanciparse, y como todo protector, tiende a dominar al protegido. De aquí este juego de componendas, de tira y afloja, de concesiones hoy acordadas y mañana suprimidas, esta busca de aliados entre los conservadores contra el pueblo, y entre el pueblo contra los conservadores, juego que constituye la ciencia de los gobernantes y que es la ilusión de cándidos y holgazanes acostumbrados a esperar el maná que ha de caer de lo alto.

Con todo esto, el gobierno no cambia, sin embargo, de naturaleza; si el gobierno se aplica a regular y a garantizar los derechos y deberes de cada uno, pronto pervierte el sentimiento de justicia, calificando de crimen y castigando todo acto que ofenda o amenace los privilegios de los gobernantes y de los propietarios; así es como declara justa, legal, la más atroz explotación de los miserables, el lento y continuo asesinato moral y material perpetrado por los poseedores en detrimento de los desposeídos.

Si se asigna el papel de «administrador de los servicios públicos», no Olvida ni desatiende en ningún caso los intereses de los gobernantes ni de los propietarios, y tan sólo se ocupa de los de la clase trabajadora en tanto que esto puede ser indispensable para obtener como resultado final el que la masa consienta en pagar. Cuando ejerce el papel de maestro impide la propaganda de la verdad y tiende a preparar el espíritu y el corazón de la juventud para que de ella salgan los tiranos implacables o esclavos dóciles, según sea la clase a que pertenezcan. Todo en manos del gobierno se convierte en medio de explotación, todo se reduce a instituciones de policía para tener encadenado al pueblo.

Y en verdad que no puede ser de otro modo. Si la vida humana es lucha entre hombres, tiene que haber naturalmente vencedores y vencidos, y el gobierno -que es el premio de la lucha o un medio para asegurar a los vencedores los resultados de la victoria y perpetuarlos- no estará jamás, esto es evidente, en manos de los vencidos, bien que la lucha haya tenido efecto en el terreno de la fuerza física o intelectual, bien que se haya realizado en el terreno económico. Los que han luchado para vencer, para asegurarse mejores condiciones, para conquistar privilegios, mando o poder, una vez obtenido el triunfo, no habrán de servirse de él, ciertamente, para defender los derechos de los vencidos, sí para poner trabas y limitaciones a su propia voluntad y a la de sus amigos y partidarios.

El gobierno, o como se llama, el Estado justiciero, moderador de las luchas sociales, administrador imparcial de los intereses públicos, es una mentira, una ilusión, una utopía jamás realizada y jamás realizable.

Si los intereses de los hombres debieran ser contrarios unos a otros, si la lucha entre los hombres fuese una ley necesaria de las sociedades humanas, si la libertad de unos hubiera de constituir un límite a la libertad de los otros, entonces, cada uno trataría siempre de hacer triunfar sus propios intereses sobre los de los demás; cada uno procuraría aumentar su libertad en perjuicio de la libertad ajena. Si fuera cierto que debe existir un gobierno, no porque sea más o menos útil a la totalidad de los miembros de una sociedad, sino porque los vencedores quieren asegurar los frutos de la victoria sometiendo fuertemente a los vencidos, eximiéndose de la carga de estar continuamente a la defensiva, encomendando su defensa a hombres que de ello hagan su profesión habitual, entonces la humanidad estaría destinada a perecer o a debatirse eternamente entre la tiranía de los vencedores y la rebelión de los vencidos.

Felizmente, el porvenir de la humanidad es mas sonriente, porque la norma que la orienta es más saludable. Esta norma es la de la solidaridad.

El hombre posee, a manera de propiedad fundamental, necesaria, el instinto de su propia conservación, sin el cual ningún ser viviente podría existir, y el instinto de conservación de la especie, sin el cual ninguna especie hubiera podido formarse ni persistir. El hombre se ve, pues, naturalmente forzado a defender su existencia y su bienestar, así como la existencia y el bienestar de su descendencia contra todo y contra todos.

Los vivos tienen, en la naturaleza, dos maneras de asegurarse la existencia y de hacerla más apacible; por un lado, la lucha individual contra los elementos y contra los otros individuos de la misma especie y de especies diferentes; por el otro, el apoyo mutuo, la cooperación, que pudiera recibir el hombre de su asociación para la lucha contra todos los factores y agentes naturales contrarios a la existencia, al desarrollo y al bienestar de los asociados.

No podríamos, en el limitado espacio de este estudio, indicar siquiera la participación respectiva de ambos principios en la evolución de la vida orgánica, la lucha y la cooperación. Basta a nuestro objetivo hacer constar cómo en la humanidad, la cooperación -forzosa o voluntaria- se ha convertido en el único medio de progreso, de perfeccionamiento, de seguridad, y cómo la lucha invertida en atávica- ha venido a resultar completamente inepta para favorecer el bienestar de los individuos y causa, por el contrario, de males para todos, lo mismo vencedores que vencidos.

La experiencia, acumulada y transmitida de una a otra por generaciones sucesivas, enseña que el hombre que se une a otros asegura mejor su conservación y favorece su bienestar. Así, como consecuencia de la lucha misma por la existencia emprendida contra el medio ambiente y contra los individuos de una especie, se ha desarrollado entre los hombres el instinto de la sociabilidad, que ha transformado de modo completo las condiciones de su existencia. Por la fuerza de este instinto el hombre pudo salir de la animalidad, adquirir una gran fuerza y elevarse mucho sobre el nivel de los demás animales, de modo que los filósofos espiritualistas han creído indispensable inventar, para explicarla el alma inmaterial e inmortal.

Numerosas causas concurrentes han contribuido a la formación de este instinto social, que, partiendo de la base animal del instinto de la conservación de la especie sea el sentido social restringido a la familia natural- ha llegado a un grado eminente de intensidad y de extensión para constituir, en lo sucesivo, el fondo mismo de la naturaleza moral del hombre.

El hombre, salido de los tipos inferiores de la animal¡dad, hallábase débil y desarmado para la lucha individual contra los animales carnívoros; pero dotado de un cerebro capaz de notable desarrollo, de un órgano bucal apto para expresar por sonidos diversos las diferentes vibraciones cerebrales, y de manos especialmente adaptadas para dar forma deseable a la materia, debía sentir bien pronto la necesidad y calcular las ventajas de la asociación; puede decirse que salió de la animalidad cuando se hizo sociable y cuando adquirió el uso de la palabra, consecuencia y factor potentísimo, a la vez, de la sociabilidad.

En los comienzos de la humanidad el número de hombres era por demás restringido; la lucha por la existencia, entablada de hombre a hombre, era menos áspera, menos continuada, hasta menos necesaria, incluso fuera de la asociación, lo cual debía favorecer en sumo grado el desarrollo de los sentimientos de simpatía y permitir contrastar y apreciar el valor y utilidad del apoyo mutuo.

En fin, la capacidad adquirida por el hombre, merced a sus primitivas cualidades aplicadas, en cooperación con un número mayor o menor de asociados, a la tarea de modificar el medio ambiente y de adaptarlo a sus necesidades; la multiplicación de los deseos crecientes a la par que los medios de satisfacerlos y convirtiéndose poco a poco en necesidades; la división del trabajo, que es la consecuencia de la explotación metódica de la naturaleza en provecho del hombre, han hecho de la vida social el medio ambiente indispensable al hombre, fuera del cual le es imposible la vida, si no quiere caer en un estado de bestialidad.

Y por el refinamiento de la sensibilidad, consecuencia de la multiplicidad de relaciones; por la costumbre adquirida en la especie, merced a la transmisión hereditaria durante miles y miles de años, esta necesidad de vida social, de cambio de pensamientos y de afecciones entre los hombres, ha llegado a convertirse en un modo de ser, necesario e indispensable, a nuestro organismo. Se ha transformado en simpatía, en amistad, en amor, y subiste con independencia de las ventajas materiales que la asociación produce, hasta tal extremo que, por satisfacerlas, se afronta toda suerte de penalidades y de sufrimientos, incluso la muerte.

En suma, las enormes ventajas que la asociación aporta al hombre; el estado de inferioridad física (no proporcionada a su superioridad intelectual) en que se halla con relación al animal, si permanece en el aislamiento; la posibilidad para el hombre de asociarse a un número siempre creciente de individuos, en relaciones cada día mas íntimas y complejas, hasta llegar a extender la asociación a toda la humanidad, a toda la vida; la posibilidad, sobre todo, de producir trabajando en cooperación con sus semejantes, más de lo indispensable para la vida; los sentimientos de afección, en fin, que todo ello se derivan, han dado a la lucha por la existencia, entre la especie humana, un carácter enteramente distinto del que reviste la lucha por la existencia entre los demás animales.

Sea ello lo que quiera, hoy día se sabe -y las investigaciones de los naturalistas contemporáneos aportan sin cesar nuevas pruebas- que la cooperación ha tenido y tiene, en el desenvolvimiento del mundo orgánico, una importante participación. tan importante que ni siquiera sospecharían los que tratasen de justificar, a duras penas por cierto, el reino de la burguesía por medio de las teorías darwinistas, porque la distancia entre la lucha humana y la lucha animal aparece enorme y proporcional a la distancia que separa al hombre de los demás animales.

Estos últimos combaten, sea individualmente, sea en pequeños grupos, permanentes o transitorios, contra toda la naturaleza, incluso contra el resto de los individuos de su propia especie. s animales, aun comprendiendo los más sociales, como las hormigas, las abejas, etc., son solidarios entre los individuos del mismo hormiguero o la misma colmena, pero son indiferentes con relación a las otras comunidades de su misma especie, si es que no las combaten, como con frecuencia ocurre. La lucha humana, por el contrario, tiende siempre a extender más y más la asociación entre los hombres, a solidarizar sus intereses, a desarrollar el sentimiento de amor de cada hombre hacia todos los demás, a vencer y a dominar la naturaleza exterior con la humanidad. Toda lucha directa para conquistar ventajas, independientemente de los demás hombres o contra ellos, es contraria a la naturaleza social del hombre moderno y le aproxima a la animalidad.

La solidaridad, es decir, la armonía de intereses y de sentimientos, el concurso de cada uno al bien de todos y todos al bien de cada uno, es la única posición por la cual el hombre puede explicar su naturaleza y lograr el más alto grado de desarrollo y el mayor bienestar posible. Tal es el fin hacia el que marcha sin cesar la humanidad en sus sucesivas evoluciones, constituyendo el principio superior capaz de resolver todos los actuales antagonismos, de otro modo insolubles, y de producir como resultado el que la libertad de cada uno no encuentre límite, sino el complemento y las condiciones necesarias a su existencia, en la libertad de los demás.

«Nadie -decía Miguel Bakunin- puede reconocer su propia humanidad, ni por consiguiente realizarla en su vida, si no reconociéndola en los demás y cooperando a la realización por los otros emprendida. Ningún hombre puede emanciparse, si no emancipa con él, a su vez, a todos los hombres que tenga a su alrededor. Mi libertad es la libertad de todos, puesto que yo no soy realmente libre -libre no sólo en potencia, sino en acto- más que cuando mi libertad y mi derecho hallan su conformación y su sanción en la libertad y en el derecho de todos los hombres, mis iguales».

«La situación de los otros hombres me importa mucho, porque, por independiente que me parezca mi posición social, sea yo papa, zar, emperador o primer ministro, soy siempre el producto de lo que sean los últimos de estos hombres; si son ignorantes, miserables, esclavos, mi existencia estará determinada por su ignorancia, por su miseria o por su esclavitud. Yo, hombre inteligente y avisado, por ejemplo, seré estúpido por estupidez; yo, valeroso, seré esclavo por su esclavitud; yo, rico, temblaré ante su miseria; yo, privilegiado, palideceré ante su injusticia. Yo, que deseo ser libre, no puedo serlo, porque a mi alrededor todos los hombres no quieren ser libres todavía, y al no quererlo resultan, para mí, instrumentos de opresión».

La solidaridad es, pues, la condición en cuyo seno alcanza el hombre el más alto grado de seguridad y de bienestar; por consecuencia, el egoísmo mismo, o sea la consideración exclusiva de su propio interés, conduce al hombre y a la sociedad hacia la solidaridad, o, dicho de otro modo, egoísmo y altruismo Consideración de los intereses de los otros- se confunden en un solo sentimiento, de igual modo que un solo interés se confunden el de¡ individuo y el de la sociedad.

Pero el hombre no podía pasar en seguida de la animalidad a la humanidad, de la lucha brutal de hombre a hombre, a la lucha solidaria de todos los hombres, fraternalmente unidos contra la naturaleza exterior.

Guiado por las ventajas que ofrecen la asociación y la división del trabajo resultante de ella, el hombre iba evolucionando hacia la solidaridad, pero esta evolución se ha visto interrumpida por un obstáculo que la ha obligado a cambiar de dirección, desviándola, todavía hoy mismo, de su verdadero fin. El hombre descubrió que podía, hasta cierto punto, y para las necesidades materiales y primordiales, únicas hasta entonces sentidas por él, realizar y aprovecharse de las ventajas de la cooperación, sometiendo a los demás hombres a su capricho en lugar de asociarse con ellos, y como los instintos feroces y antisociales, heredados de antepasados simiescos, latían potentes todavía en él, forzó a los más débiles a trabajar en su provecho, dando preferencia a la dominación sobre la asociación. Pudo suceder, y en la mayoría de los casos sucedió, que explotando a los vencidos se dio cuenta el hombre por primera vez de las ventajas que la asociación podría aportarle, de la utilidad que el hombre podría obtener del apoyo del hombre.

El conocimiento de la utilidad de la cooperación que debía conducir al triunfo de la solidaridad en todas las relaciones humanas, condujo, por el contrario, a la propiedad individual y al gobierno, es decir, a la explotación del trabajo de todos por un puñado de privilegiados.

Esto ha sido siempre la asociación, la cooperación, fuera de la cual es imposible la vida humana, pero esto era una especie de cooperación impuesta y regulada por unos cuantos en interés particular suyo.

De este hecho se deriva la gran contradicción, que ocupa por completo las páginas de la historia de los hombres, entre la tendencia a asociarse y fraternizar para la conquista y la adaptación del mundo exterior a las necesidades del hombre y para la satisfacción de los sentimientos efectivos y la tendencia a dividirse en tantas unidades separadas y hostiles por parte de los grupos determinados por las condiciones geográficas y etnográficas, las posiciones económicas, los hombres que logrando conquistar una ventaja tratan de asegurarla y aumentarla, los que esperan obtener un privilegio y los que, victimas de una injusticia, se rebelan y tratan de sacudir el yugo.

El principio de cada uno para sí, que es la guerra de todos contra todos, ha venido, en el curso de la historia, a complicar, a desviar y paralizar la lucha de todos contra la naturaleza, única capaz de proporcionar el bienestar a la humanidad, por cuanto ésta no puede alcanzar su perfección completa sino basándose en el principio de todos para cada uno y uno para todos.

La humanidad ha experimentado males inmensos por consecuencia de la intromisión, la dominación y a explotación en el seno de la asociación humana. Pero no obstante la opresión atroz a que las masas han sido sometidas, la miseria, los vicios, los delitos, la degradación que la misma miseria y la esclavitud producían entre los esclavos y entre los amos, las ansias acumuladas, las guerras exterminadoras, y el antagonismo de los intereses artificialmente creados, el instinto social ha logrado sobreponerse y desarrollarse. Siendo siempre la cooperación la condición necesaria para que el hombre pueda luchar con éxito contra la naturaleza exterior, ha permanecido también como la causa permanente de la aproximación de los hombres y del desenvolvimiento del sentimiento de simpatía entre ellos. Merced a la fuerza de la solidaridad, más o menos extendida, que entre los oprimidos ha existido en todo tiempo y lugar, es como éstos han podido soportar la opresión, y como la humanidad ha resistido los gérmenes mortales introducidos en su seno.

Hoy día, el inmenso desarrollo alcanzado por la producción, el acrecentamiento de las necesidades que no pueden ser satisfechas sino mediante el concurso de gran número de hombres residentes en distintos países, los medios de comunicación, la costumbre y frecuencia de los viajes, la ciencia, la literatura y el comercio, han reducido y continúan reduciendo a la humanidad en un solo cuerpo cuyas partes, solidarias entre sí, no encuentran su plenitud ni la libertad de desarrollo debidas, sino en la salud de las otras partes y en la del todo.

El habitante de Nápoles se halla tan interesado en el saneamiento de las lagunas de sus ciudad como en el mejoramiento de las condiciones higiénicas de los pueblos situados en las orillas del Ganges, de donde le viene el cólera morboso. La libertad, el bienestar, el porvenir de un montañés perdido entre los desfiladeros de los Apeninos, no dependen únicamente del bienestar o de la miseria en que los vecinos de su aldea se hallen, ni de las condiciones generales del pueblo italiano, sino que dependen también de los trabajadores de América, de Australia, del descubrimiento de un sabio sueco, de las condiciones morales y materiales de los chinos, de la guerra o de la paz existentes en el continente africano, en suma, de todas las circunstancias grandes o pequeñas que, en un punto cualquiera del globo terráqueo, ejerzan su influencia sobre un ser humano.

En las condiciones actuales de la sociedad, esta solidaridad, que une a todos los hombres, es en gran parte inconsciente, puesto que surge espontáneamente de los conflictos de intereses particulares, al paso que los hombres preocúpense poco o nada de los intereses generales. Esto nos ofrece la más evidente prueba de que la solidaridad es la norma natural de la humanidad, que se explica y se impone, a pesar de todos los antagonismos creados por la constitución social actual.

Por otra parte, las masas oprimidas, que nunca han estado, ni pueden estar, completamente resignadas a la opresión y a la miseria, y hoy menos que nunca, se muestran ávidas de justicia, de libertad, de bienestar y comienzan a comprender que sólo es posible emanciparse por medio de la unión, por medio de la solidaridad con todos los oprimidos, con todos los explotados del mundo entero. Han llegado a comprender, por fin, que la condición sine qua non de su emancipación es la posesión de los medios de producción, del suelo y de los instrumentos de trabajo, en una palabra, la abolición de la propiedad individual. La ciencia, la observación de los fenómenos sociales, demuestran que esta abolición sería de inmensa utilidad para los mismos privilegiados actuales a cambio de que se avinieran solamente a renunciar a sus instintos de dominación y a concurrir como todos al trabajo para el bienestar común.

Ahora bien, si un día las masas oprimidas se negasen a trabajar para los demás, si despojasen a los propietarios de la tierra y de los instrumentos de trabajo a fin de servirse de ellos por su cuenta y en su beneficio, es decir, en provecho o beneficio de todos; si deseasen emanciparse de la dominación, del imperio de la fuerza bruta y del privilegio económico; si la fraternidad entre los pueblos, el sentimiento de solidaridad humana robustecido por la comunidad de intereses lograsen poner fin a las guerras y a las conquistas, ¿cuál sería, llegado el caso, la razón de ser de un gobierno?

Una vez abolida la propiedad individual, el gobierno, que es su defensor, debería desaparecer, y si sobreviviese veríase continuamente obligado a reconstruir, bajo una forma cualquiera, una clase privilegiada y opresiva.

La abolición del gobierno no significa ni puede significar destrucción de la cohesión social, sino que, por el contrario, la cooperación que actualmente resulta forzada, que actualmente existe tan solo en provecho de unos cuantos, será libre, voluntaria y directa, existirá en beneficio de todos y resultaría para ellos intensa y eficaz en grado SUMO.

El instinto social, el sentimiento de solidaridad, se desarrollará en el más alto grado; cada hombre hará todo cuanto pueda en el bien de sus semejantes, no solo para dar satisfacción a sus sentimientos efectivos, sino por interés propio bien comprendido.

Del libre concurso de todos, merced a la agrupación espontánea de los hombres, según sus necesidades y sus simpatías, de abajo arriba, de lo simple a los compuesto, partiendo de los intereses más inmediatos para llegar a los más generales, surgirá una organización social cuyo objeto sea el mayor bienestar y la mayor libertad de todos, que reunirán toda la humanidad en fraternal comunidad; que se modificará y se mejorará según las circunstancias y las enseñanzas de la experiencia.

Esta sociedad de hombres libres, esta sociedad de personas solidarias y fraternas, esta sociedad de amigos, es lo que representa la Anarquía.

Hasta aquí hemos considerado al gobierno tal cual es, tal cual debe necesariamente ser en el seno de una sociedad fundada en el privilegio, en la explotación y en la opresión del hombre por el hombre, basada en el antagonismo de intereses, en la lucha intersocial, en una palabra, en la propiedad individual.

Hemos visto como este estado de lucha, lejos de ser una condición necesaria de la vida de la humanidad, es contrario a los intereses de los individuos y de la especie humana; hemos visto como la cooperación, la solidaridad, es la norma del progreso humano y hemos sacado en consecuencia de todo ello, que mediante la abolición de la propiedad individual y de todo predominio del hombre sobre el hombre, el gobierno perdería toda razón de ser y debería desaparecer. «Pero -podría objetársenos- cambiad el principio sobre el que actualmente se funda la organización social, sustituid con la solidaridad la lucha, con la propiedad común la propiedad privada, y no habréis hecho sino cambiar la naturaleza del gobierno que, en lugar de ser el protector y el representante de los intereses de una clase, sería -supuesto que las clases no habrían de existir- el representante de los intereses de toda la sociedad, con la misión de asegurar y de regularizar, en intereses de todos, la cooperación social, de desempeñar los servicios públicos de una importancia general, de defender a la sociedad contra las posibles tentativas encaminadas a restablecer los privilegios, de prevenir los atentados cometidos por algunos contra la vida, el bienestar o la libertad de cada uno.

Existen en la sociedad funciones muy necesarias que reclaman gran dosis de constancia y mucha regularidad para poder dejarlas abandonadas a la libre iniciativa y voluntad de los individuos, sin riesgo de ver caer todo en la confusión más deplorable.

¿Quién organizará y quién asegurará, sin gobierno, el servicio de alimentación, de distribución, de higiene, de correos, de telégrafos, de ferrocarriles, etc.? ¿Quién tomará a su cargo la instrucción pública? ¿Quién emprenderá esos y trabajos de exploración, de saneamiento y de investigación científica que transforman la faz de la tierra y centuplican las fuerzas del hombre?

»¿Quién velará por la conservación y el aumento de capital social, a fin de transmitirlo mejorado a la humanidad futura?

»¿Quién impedirá la devastación de los montes, la explotación y el aprovechamiento irracional y codicioso, que puede dar por consecuencia el agotamiento de suelo?

»¿Quién tendrá el encargo y la autoridad necesarias para prevenir y reprimir los delitos, es decir, los actos antisociales?

»¿Y aquellos que, faltando a la norma de la solidaridad social, no quisieran trabajar?

»¿Y aquellos que propagasen en un país una epidemia, rehusando someterse a las prescripciones higiénicas, reconocidas útiles por la ciencia?

»¿Y si hubiera individuos que, locos o no locos, quisieran arrasar las cosechas, violar a las niñas o abusar de su fuerza física en perjuicio de los débiles?

»Destruir la propiedad individual y abolir los gobiernos existentes sin reconstruir un gobierno que organice la vida colectiva y asegure la solidaridad social, no sería abolir los privilegios y proporcionar al mundo la paz y el bienestar: sería destruir todo vínculo social, hacer retroceder la humanidad hacia la barbarie, hacia el reinado de cada uno para sí que representa el triunfo de la fuerza bruta, como primera consecuencia y el del privilegio económico como segunda».

Tales son las objeciones que nos oponen los autoritarios, incluso los socialistas, es decir, los que debieran tratar de abolir la propiedad individual y el gobierno de clases, derivado de ella.

A ellas las respondemos con lo siguiente:

En primer lugar, no es cierto que por consecuencia del cambio de las condiciones sociales, hubiera de cambiar el gobierno de naturaleza y de función. Órgano y función son términos inseparables. Despojad a un órgano de su función, y o bien el órgano muere o bien la función se restablece; introducid un ejército en un país donde no exista motivo ni razón de guerra interior o exterior y el ejército provocara la guerra o caso de no lograrlo, se disolverá. Una policía allí donde no halla delitos que descubrir o delincuentes a quienes aprehender, provocará su realización o inventará los unos y los otros y en caso contrario, que a causa de esta institución dejará de existir.

Funciona en Francia, desde hace varios siglos, una institución actualmente adjunta a la Administración de Montes, denominada la «Louveterie», cuyos funcionarios están encargados de promover y realizar la destrucción de los lobos y otros animales dañinos. Pues bien, nadie se extrañará si decimos que a causa de esta institución es por lo que existen lobos en Francia, donde en las estaciones rigurosas ocasionan numerosas víctimas. El público se preocupa poco de los lobos, puesto que existen funcionarios encargados de su persecución. Estos practican su caza, pero de modo tan inteligente, que dan las batidas con tiempo suficiente para permitir su incesante reproducción, pues sería lástima que la especie se extinguiera; así resulta que los campesinos franceses tienen poca fe en la eficacia de estos funcionarios de la Administración, a quienes consideran como conservadores de lobos, y se comprende: ¿qué iba a ser de ellos si los lobos desaparecieran totalmente?

Un gobierno, es decir un cierto número de personas encargadas de hacer las leyes, ejercitadas en servirse de la fuerza de todos para obligar a cada uno a respetarlas, constituyen ya, de por sí, una clase privilegiada y separada del pueblo. Clase que habrá de buscar intuitivamente, como todo cuerpo constituido, el aumento de sus atribuciones, el sustraerse a la intervención y fiscalización de las masas, el imponer sus tendencias y el hacer prevalecer sus intereses particulares. Colocado en una posición privilegiada, el Gobierno se halla en antagonismo con el resto de país, cuya fuerza utiliza diariamente.

Por lo demás, el gobierno, aún cuando él mismo tratase de conseguirlo, no lograría contentar a todo el mundo; si se limitase a dar satisfacción a algunos, se vería obligado a ponerse en guardia contra los descontentos y a cointeresar, por tanto a una parte del pueblo, para obtener su apoyo. De este modo se reanudaría la vieja historia de la clase privilegiada constituida con la complicidad del Gobierno que, si esta vez no se hacía propietaria del suelo, acapararía, ciertamente, posiciones ventajosas creadas al efecto y no sería ni menos opresora ni menos expoliadora que lo es la actual clase capitalista.

Los gobernantes, habituados al mando, no se avendrían a verse confundidos y englobados con la multitud; si no pudieran conservar el poder, se asegurarían, por lo menos, posiciones privilegiadas para el caso en que se vieran forzados a entregar el poder a otros. Usarían todos los medios que el mando proporciona para hacer elegir como sucesores a sus propios amigos, a fin de ser apoyados y protegidos por estos a su vez. El gobierno se transmitiría recíprocamente de unas a otras manos, y la democracia, que es el pretendido gobierno de todos, acabaría como siempre en una oligarquía, que es el gobierno de algunos, el gobierno de una clase.

¡Qué oligarquía tan omnipotente, tan opresora, tan absorbente, no sería, pues la que tuviera a su cargo, es decir, a su disposición, todo el capital social, todos los servicios públicos, desde la alimentación hasta la fabricación de fósforos, desde las universidades hasta los teatros de opereta!.

Mas supongamos que el gobierno no constituye en sí una clase privilegiada y que puede vivir sin crear a su alrededor una nueva clase de privilegiados, siendo únicamente el representante, el esclavo, si se quiere, de toda la sociedad. ¿En qué y cómo aumentaría la fuerza, la inteligencia, el anhelo de solidaridad, el cuidado de bienestar de todos de la humanidad futura, que en determinado momento existieran en la sociedad?

Se repite siempre la antigua historia del hombre encadenado, que habiendo logrado vivir a pesar de las cadenas, las considera como condición indispensable de su existencia.

Estamos acostumbrados a vivir bajo un gobierno que acapara todas las fuerzas, todas las inteligencias, todas las voluntades que puede dirigir para sus fines, y crea obstáculos, suprime aquéllos que pueden serle hostiles o, por lo menos, inútiles, y nosotros nos imaginamos que cuanto se ha hecho en la sociedad es obra de los gobernantes, y que sin gobierno no quedaría a la sociedad ni fuerza, ni inteligencia, ni buena voluntad. Así (ya lo hemos dicho anteriormente) el propietario que se ha apoderado del suelo, lo hace cultivar en provecho particular suyo, no dejando al trabajador sino lo estrictamente necesario para que pueda y quiera seguir trabajando y el trabajador servil piensa que no podría vivir sin el patrón, como si éste hubiera creado la tierra y las fuerzas de la naturaleza.

¿Qué es lo que el gobierno puede añadir a las fuerzas morales y materiales existentes en una sociedad? ¿Será el gobierno, por casualidad, como el dios de la Biblia, y podrá sacar cosa alguna de la nada? Puesto que nada ha sido creado en el mundo comúnmente denominado material, nada se crea tampoco en esta forma más compleja del mundo material que se llama mundo social. Por esto los gobiernos no pueden disponer sino de fuerzas ya existentes en el seno de la sociedad, excepción hecha de las grandes fuerzas que paralizan y destruyen por efecto de su misma acción, las fuerzas rebeldes, las fuerzas perdidas en los frotamientos y choques, necesariamente muy numerosos, en un mecanismo artificial en tan sumo grado.

Y si ellos dan de sí alguna cosa, esto ocurre en tanto que son hombres, y no porque sean gobierno. En fin, de todas las fuerzas materiales y morales que quedan a disposición del gobierno, sólo una parte se emplea de modo verdaderamente útil a la sociedad. El resto se almacena para poder refrenar las fuerzas rebeldes. O se le aparta del fin de utilidad general, empleándolas en provecho de unos cuantos y en perjuicio de la mayoría.

Larga y detenidamente se ha disertado acerca de la participación respectiva que tiene en la vida y en el progreso de la sociedades humanas la iniciativa individual y la acción social; y se ha llegado, con los artificios habituales del lenguaje metafísico, a embrollar de tal manera las cosas, que hasta han parecido audaces aquéllos que han afirmado que todo se rige y todo marcha en el mundo humano mediante la iniciativa individual. En realidad, esto es una verdad de sentido común que aparece evidente tan luego como trata uno de darse cuenta de las cosas representadas por las palabras. El ser real es el hombre, es el individuo; la sociedad o colectividad y el Estado o gobierno que pretende representarlas, si no son abstracciones vacías de sentido, tienen que consistir en agregaciones de individuos. Y en el organismo de cada individuo es donde tienen necesariamente su origen todos los pensamientos y todos los actos humanos, los cuales de individuales se convierten en pensamientos y en actos colectivos, una vez que son o se hacen comunes a varios individuos. La acción social, pues, no consiste en la negación ni es el complemento de la iniciativa individual, sino en la resultante de las iniciativas, de los pensamientos y de las acciones de todos los individuos que componen la sociedad, resultante que, como todo, es más o menos grande según que todas las fuerzas concurran al mismo objeto o sean divergentes u opuestas.

Si, por el contrario, con los autoritarios, por acción social se entiende la acción gubernamental, todavía sigue siendo ésta la resultante de las fuerzas individuales, bien que sólo de los individuos que forman parte del gobierno o que por su posición, pueden influir en la conducta de éste último.

De aquí que en la distinción secular entre la libertad y la autoridad, o en otros términos, entre el socialismo libertario y el Estado clase, no se trate de aumentar la independencia individual en detrimento de la ingerencia social, o de ésta en detrimento de aquella, sino más bien de impedir que algunos individuos puedan oprimir a los otros; de conceder los mismos derechos y los mismos medios de acción, y de sustituir con la iniciativa de todos, que debe producir, naturalmente, ventajas a todos, la iniciativa de algunos que necesariamente produce la opresión de todos los demás; se trata siempre, en una palabra, de destruir la dominación y la explotación del hombre por el hombre, de tal forma que todos resulten interesados en el bienestar común, y las fuerzas individuales, en lugar de ser suprimidas o de ser combatidas, destruyéndose una y otras, hallen la posibilidad de un desarrollo completo y se asocien entre sí para mayores ventajas de todos.

De lo anterior resulta que la existencia de un gobierno, aun cuando fuera -según nuestra hipótesis- el gobierno de los socialistas autoritarios, lejos de producir un aumento de las fuerzas productivas organizadoras y protectoras de la sociedad, daría por resultado su considerable aminoración, restringiendo la iniciativa a unos cuantos y concediendo a unos pocos el derecho de hacerlo todo, sin poder, naturalmente, otorgarles el don de la omniscencia.

En efecto, si se separan de la legislación, los actos y las obras de un gobierno, todo lo relativo a la defensa de los privilegios y todo lo que representa la voluntad de los mismos privilegiados ¿qué restaría que no fuese el resultado de la actividad de todos?

«El Estado -decía Sismondi- es siempre un poder conservador que autentiza, regulariza y organiza las conquistas del progreso (y la historia añade que siempre las encamina en beneficio de las clases privilegiadas) pero no las aplica jamás si dichas iniciativas parten siempre de abajo, nacen en el fondo de la sociedad, del pensamiento individual que en seguida se divulga, se convierte en opinión, en mayoría, pero se ve forzado en todo caso a volver sobre sus pasos, y a combatir en los poderes constituidos la tradición, la rutina y el privilegio del error».

Por lo demás, para comprender cómo una sociedad puede vivir sin gobierno, basta observar un poco a fondo la sociedad actual y se verá en realidad que la mayor parte, la esencia de la vida social, se realiza, aun hoy día, con independencia de la intervención del gobierno y cómo el gobierno no se entremete sino para explotar a las masas, para defender a los privilegiados y para sancionar, bien que inútilmente, todo cuanto se hace sin él y aun contra él. Los hombres trabajan, cambian, estudian, viajan, observan como quieren las reglas de la moral y de la higiene, aprovechan los beneficios del progreso de las ciencias y de las artes, sostienen entre sí relaciones infinitas, sin sentir necesidad de que nadie les imponga la manera de conducirse. Y justamente son las cosas en que el gobierno no se entremete las que menos diferencias y litigios ocasionan, las que se acomodan a la voluntad de todos, de modo que todos hallan en ellas su utilidad y su agrado.

El gobierno no es tampoco indispensable ni necesario para las grandes empresas, para esos servicios públicos que requieren el concurso regular de mucha gente, de países y condiciones diversos. Mil empresas de este orden son, actualmente, obra de asociaciones privadas, libremente constituidas, y realizan sus fines, según todo el mundo confiesa, del mejor modo posible y con los más satisfactorios resultados. No hablemos de las asociaciones de capitalistas, organizadas con el fin de explotación, ni recordemos cómo demuestran prácticamente la posibilidad y el poderío de la libre asociación, ni hagamos alto en cómo esta última puede extenderse hasta comprender gentes de todos los países e intereses inmensos y por extremo variados.

Hablamos únicamente de las asociaciones que, inspiradas por el amor a nuestros semejantes, o por la pasión de la ciencia o sólo por el deseo de divertirse o de hacerse aplaudir, representan mejor las agrupaciones tal cual habrán de ser en el seno de una sociedad donde la propiedad individual y la lucha entre los hombres se encuentren abolidas y casa uno halle su interés en el interés de todos y su mayor satisfacción en practicar el bien en obsequio de sus semejantes.

Las sociedades y los congresos científicos, la asociación internacional de salvamento, la asociación de la Cruz Roja, las sociedades geográficas, las organizaciones obreras, los cuerpos de voluntarios que acuden a prestar su concurso y su socorro en todas las grandes calamidades públicas, son algunos ejemplos entre mil que podríamos citar de la fuerza que hay en la asociación que se manifiesta siempre que se trata de una necesidad o de una pasión verdaderamente sentida; y los medios no faltan nunca. Si la asociación voluntaria no impera de modo general sobre la faz de la tierra, ni abraza todas las ramas de la actividad material y moral, es a causa de los obstáculos creados por los gobiernos, de los antagonismos suscitados por la propiedad privada, de la impotencia y del envilecimiento a que la gran mayoría de los hombres se ve reducida por consecuencia del acaparamiento de la riqueza por parte de unos cuantos. El gobierno se encarga, por ejemplo, del servicio de correos, ferrocarriles etcétera, ¿pero en qué forma y en qué medida acude realmente en su auxilio? Cuando el pueblo, colocado en disposición de gozar de ellos, siente su necesidad, decide organizarlos y los técnicos no tienen necesidad de una patente del gobierno para dar comienzo a la obra. Cuando más general y más urgente es la necesidad, más abundan los voluntarios para satisfacerlas. Si el pueblo tiene la facultad de pensar en la producción y en la alimentación, nadie tema que se deje morir de hambre esperando que el gobierno dicte leyes sobre el asunto. Si el gobierno debiera ser restablecido, todavía estaría forzado a esperar que el pueblo haya organizado prima facie, para venir, mediante leyes, a sancionar y explotar lo que ya hecho. Demostrando está que el interés privado es el gran móvil de toda acción. Ahora bien, cuando el interés de todos sea el interés de cada uno -y esto ocurriría necesariamente si no existiera la propiedad privada- todos obrarán; si las cosas se hacen ahora que no interesan sino a algunos, se harían entonces tanto más y tanto mejor puesto que interesarían a todo el mundo. Difícilmente se comprende que existan gentes que crean que la ejecución y la marcha regular de los servicios públicos, indispensables a la vida social, se hallan mejor asegurados si se desempeñan por empleados del gobierno y no directamente por los trabajadores dedicados a este género de labor, mediante su espontánea iniciativa o de acuerdo con los demás, y que la realizan bajo la participación directa e inmediata de todos los interesados.

Seguramente que en todo gran trabajo colectivo se requiere la práctica de la división del trabajo, la existencia de dirección técnica, de administración, etc., pero los autoritarios juegan maliciosamente con los vocablos, para deducir la razón de ser del gobierno, de la necesidad, bien real, de organizar el trabajo.

El gobierno, repetimos una vez más, es el conjunto de individuos que han recibido o que se han arrogado el derecho y los medios de hacer las leyes, así como la facultad de forzar a las gentes a su cumplimiento; el administrador, el ingeniero, etc., son, por el contrario, hombres que reciben o asumen la carga de realizar un trabajo y lo realizan. Gobierno significa delegación del poder, o sea, abdicación de la iniciativa y de la soberanía de todos en manos de algunos. Administración significa delegación de trabajo,o sea carga confiada y aceptada, cambio libre de servicios, fundado en pacto libremente ajustado. El gobernante es un privilegiado, puesto que le asiste el derecho de mandar a los demás y el de servirse de sus fuerzas para hacer triunfar sus ideas y sus deseos personales. El administrador, el director técnico, etc., son trabajadores como los otros, cuando se trata, claro es, de una sociedad donde todos tienen medios iguales de desenvolverse, donde todos son o pueden ser trabajadores intelectuales y manuales, donde todos los trabajos, todas las funciones otorgan un derecho igual a disfrutar de las ventajas sociales. Es menester no confundir la función de gobierno con la función de administración, que son esencialmente diferentes, porque si hoy día se hallan confundidas, es sólo a causa del privilegio económico y político.

Detengámonos, además, en el examen de las funciones con respecto a las que el gobierno es considerado por todos los que no profesan el ideal anarquista, como verdaderamente indispensable: la defensa externa e interna de una sociedad, es decir, la guerra, la policía y la justicia.

Suprimidos los gobiernos y puesta la riqueza social a disposición de todo el mundo, bien pronto desaparecerían los antagonismos existentes entre los diferentes pueblos y la guerra no tendría razón de ser. Diremos, además, que en el estado actual de la sociedad, cuando la revolución estalle en un país, si no halla inmediatamente eco en todas partes, encontrará seguramente tantas simpatías que un gobierno no osará enviar tropas al exterior corriendo el riesgo de ver estallar la revolución en su propia casa. Admitamos, sin embargo, que los gobiernos de los países todavía no emancipados quisieran y pudieran intentar reducir a la esclavitud a un pueblo libre. ¿Tendría éste, por ventura, necesidad de un gobierno para defenderse? Para hacer la guerra se requieren hombres que posean los conocimientos técnicos y geográficos del caso y sobre todo, masas prontas a batirse. Un gobierno no puede aumentar la capacidad de aquéllos ni la voluntad y el valor de éstas. La experiencia histórica nos enseña cómo un pueblo que desea vivamente defender su propio país, es invencible. En Italia, todo el mundo sabe cómo, ante los cuerpos de voluntarios (formación anárquica) se bambolean los tronos y se desvanecen los ejércitos regulares, compuestos de hombres forzados o asalariados.

¿La policía? ¿La justicia? Muchos se imaginan que si no hubiera gendarmes, policías y jueces, casa uno sería libre de matar, de violar y de vejar a su prójimo; que los anarquistas, en nombre de sus principios, desearían el respeto para esta especial libertad que viola y destruye la libertad y la vida ajenas; están casi persuadidos de que, después de haber destruido al gobierno y a la propiedad privada, consentiríamos impasibles la reconstitución de uno y de otra por respeto a la libertad de quienes experimentaran la necesidad de ser gobernantes y propietarios. ¡Extraña manera, en verdad, de comprender nuestros ideales! Es cierto que discurriendo de este modo se llega más fácilmente a desentenderse, merced a un encogimiento de hombros, del trabajo de refutarlos seriamente.

La libertad que los anarquistas queremos para nosotros mismos y para los demás, no es libertad absoluta, abstracta, metafísica, que se traduce fatalmente en la práctica, en la opresión de los débiles, sino la libertad real, la libertad posible que es la comunidad consciente de los intereses, la solidaridad voluntaria. Proclamamos la máxima: «Haz lo que quieras», y resumimos, por así decirlo, en ella, nuestro programa, porque -fácil es de comprender- estamos persuadidos de que en una sociedad sin gobierno y sin propiedad, cada uno querrá aquello que deba querer.

Mas si, por consecuencia de la educación heredada de la sociedad actual, de malestar físico o de cualquiera otra causa, alguien quisiera algo perjudicial a nosotros o a cualquiera, emplearíamos -estese cierto de ello- todos los medios disponibles para impedirlo. En efecto, desde el instante en que sabemos que el hombre es la consecuencia de su propio organismo y del ambiente cósmico y social en que vive; desde que distinguimos perfectamente el derecho inviolable de la defensa del pretendido y absurdo derecho de castigar; desde que en el delincuente, es decir, en el que comete actos antisociales, no vemos al esclavo rebelde, como ven los jueces de nuestros días, sino a un hermano enfermo necesitado de cuidados, no hemos de ensañarnos en la represión, sino que habremos de esforzarnos en no extremar la necesidad de la defensa, dejando de pensar en vengarnos, para ocuparnos en cuidad, atender y regenerar al desgraciado con todos los recursos que la ciencia ponga a nuestra disposición.

En todo caso, y cualquiera que sea el modo que de entenderlo tenga los anarquistas -quienes, como todos los teorizantes, pueden perder de vista la realidad para correr tras un fantasmas de lógica- es lo cierto que el pueblo no consentirá jamás que se atente impunemente a su libertad ni a su bienestar, y si la necesidad surgiese sabría atender a su propia defensa contra las tendencias antisociales de algunos extraviados. Mas para esto ¿es indispensable la existencia de esas gentes que tienen por oficio la fabricación de leyes? ¿Ni la de esas otras que sólo se ocupan en descubrir o en inventar contraventores a ellas? Cuando el pueblo repruebe verdadera y seriamente una cosa y la encuentre perjudicial, sabrá lograr impedirlas mejor que todos los legisladores, todos los gendarmes y todos los jueces de profesión. Cuando en las rebeliones el pueblo ha querido hacer respetar la propiedad privada, lo ha conseguido mejor que pudiera haberlo hecho un ejército de gendarmes.

Las costumbres se acomodan siempre a las necesidades y a los sentimientos de la generalidad, y son tanto más respetadas cuanto menos sujetas de hallan a la sanción de la ley, porque todos ven en ellas y comprenden su utilidad, y los interesados, que no se hacen ilusiones acerca de la protección del gobierno, se proponen hacerlas respetar por sí mismos. Para una caravana que viaja por los desiertos africanos, la bien entendida economía del agua es una cuestión de vida o muerte para todos, y el agua, en tal circunstancia, conviértase en cosa de gran valor: nadie se permite abusar de ella. Los conspiradores tienen necesidad de rodearse del secreto; el secreto es guardado, o la nota de infamia cae sobre quien lo viola. Las casas de juego no están garantizadas por la ley, y, entre jugadores, quien no paga es desconsiderado por todos y él mismo se considera deshonrando.

El que no se cometa mayor número de homicidios ¿puede se debido a la existencia de los gendarmes? La mayor parte de los pueblos de Italia no ven a estos agentes sino muy de tarde en tarde; millones de hombres van por montes y por valles, lejos de los ojos tutelares de la autoridad, de suerte que se les podría atacar sin el menor riesgo de castigo, y, sin embargo, caminan con la seguridad que podrían disfrutar en los centros de mayor población. La estadística demuestra que el número de criminales es afectado muy poco por efecto de medidas represivas, y, en cambio, varía sensiblemente y a compás de las variaciones que experimentan las condiciones económicas y el estado de la opinión pública.

Las leyes represivas, por lo demás, sólo hacen relación a los hechos extraordinarios, excepcionales. La vida cotidiana se desliza fuera del alcance del código, y está regulada, casi inconscientemente, por el asentimiento tácito o voluntario de todos, por una suma de usos y costumbres, bastante más importantes para la vida social que los artículos del código penal y bastante más y mejor respetados, aunque se hallan desprovistos de toda sanción que no sea la natural del desprecio en que incurren los infractores y la del mal resultante de tal desprecio.

Cuando surgen diferencias entre los hombres, ¿ocurre acaso que el árbitro voluntariamente aceptado o la presión de la opinión pública, no serían más a propósito para dar la razón a quien la tenga que una magistratura irresponsable, facultada para juzgar sobre todo y sobre todos, que necesariamente tiene que ser incompetente, y por ende injusta?

De igual modo que el gobierno no sirve, en general, sino para la protección de las clases privilegiadas, la policía y la magistratura no sirven sino para la represión de estos delitos, que no son considerados tales por el pueblo y que ofenden tan sólo los privilegios de los gobernantes y de los propietarios. Para la verdadera defensa social, para la defensa del bienestar y de la libertad de todos, no hay nada tan perjudicial como la formación de estas clases, que viven con el pretexto de defendemos a todos y se habitúan a considerar a todo hombre como un jabalí bueno para recluirlo en una jaula, y le maltratan, sin saber por qué, por orden de un jefe, como asesinos inconscientes y mercenarios.

Y bien, sea -se dice- la anarquía puede ser una forma perfecta de vida social, pero no queremos dar el salto a las tinieblas. Explíquesenos, pues, en detalle, cómo habrá de organizarse la sociedad futura. Sigue después una serie de preguntas por demás interesantes, si se trata de estudiar los problemas que han de imponerse a la sociedad emancipada, pero que son inútiles, absurdas o ridículas si se pretende obtener de nosotros una solución definitiva.

¿Por qué métodos se llevará a cabo la educación de los niños? ¿Cómo se organizarán la producción y la distribución? ¿Existirán, entonces, grandes ciudades, o bien la población se distribuirá de una manera igual sobre la redondez de la tierra? ¿Y si todos los habitantes de Siberia quisieran pasar el invierno en Niza? ¿Y si todos quisieran comer perdices o beber vinos de primera calidad? ¿Qué harán los mineros y los marinos? ¿Quién limpiará las letrinas y las alcantarillas? Los enfermos, ¿serán asistidos a domicilio o en el hospital? ¿Quién establecerá el horario de ferrocarriles? ¿Qué se hará si el mecánico o maquinista le da un cólico estando el tren en marcha?… Y así, por el estilo, hasta llegar a pretender que poseamos toda la ciencia y la experiencia del porvenir, y que en nombre de la anarquía hayamos de prescribir a los hombres futuros la hora a que deban acostarse y los días en que deban cortarse las uñas de los pies.

En verdad que si nuestros lectores esperan ver a continuación una respuesta a tales preguntas o a lo menos a aquéllas más serias o más importantes distinta de nuestra opinión personal del momento- tal cosa significaría que no hemos logrado explicar en las anteriores páginas lo que por anarquía debe entenderse. Nosotros nos somos más profetas que el resto de la humanidad; si nosotros pretendiéramos dar solución definitiva a todos los problemas que se presentarán seguramente en la sociedad futura, entenderíamos la abolición del gobierno de una manera bien extrema, ¡como que nos constituiríamos sin querer, en gobernantes y prescribiríamos, a manera de los legisladores religiosos, un código universal para el presente y para el porvenir! Gracias a que, careciendo de hogueras y de prisiones para imponer nuestra Biblia, la humanidad podría reírse impunemente de nuestra pretensiones.

Nosotros nos preocupamos mucho de todos los problemas de la vida social, sea en interés de la ciencia, sea que contemos con ver realizarse la anarquía y concurrir en la medida de nuestras fuerzas a la organización de la nueva sociedad – Tenemos, pues soluciones propias y originales, que, según los casos, aplicaríamos de modo definitivo o de modo transitorio, y expondríamos aquí algo acerca de ellas si la carencia de espacio no nos lo impidiera.

Mas el hecho de que hoy día, con los antecedentes que poseemos, pensamos de tal o cual modo acerca de determinada cuestión, no significa que así haya de suceder en el día de mañana. ¿Quién puede prever las actividades que se desarrollarán en la humanidad cuando ésta haya logrado emanciparse de la miseria y de la opresión? ¿Cuando no haya ni esclavos ni amos y la lucha contra los demás hombres, y el odio y los rencores de ella derivados no constituyan una necesidad de la existencia? ¿Quién puede prever los progresos de la ciencia, los nuevos medios de producción, de comunicación, etc.?

Lo esencial es esto: que se constituya una sociedad donde la explotación y la dominación del hombre por el hombre resulten imposibles: donde todos tengan la libre disposición de los medios de existencia, de desarrollo y de trabajo, donde todos puedan concurrir como deseen y como sepan a la organización de la vida social.

En una sociedad semejante todo se hará necesariamente de manera que satisfaga del mejor modo las necesidades de todos, dados los conocimientos y las posibilidades del momento; todo se transformará en dirección a lo bueno, lo mejor, a medida que aumenten y se ensanchen los conocimientos y los medios.

En el fondo, un programa relacionado con las bases de la constitución social no puede hacer otra cosa que indicar un método. Y el método es, principalmente, lo que diferencia y separa a los movimientos determinando, además, su importancia en la historia. Abstracción hecha del método (todos dicen que desean el bien de la humanidad, y muchos lo desean realmente), los movimientos desaparecen y con ellos desaparece, también, toda acción organizada con un determinado fin. Es menester, pues, considerar a la anarquía como un método.

Los métodos de que los diversos movimientos no anarquistas esperan o dicen esperar el mayor bienestar de todos y cada uno, pueden reducirse a dos: el autoritario y el llamado liberal. El primero confía a unos cuantos la dirección de la vida social y conduce a la explotación y a la opresión de la masa por parte de unos pocos. El segundo lo confía a la libre iniciativa de los individuos y problema, si no la abolición, al menos la reducción del gobierno al mínimo posible de atribuciones. Como quiera que respeta la propiedad individual, que funde por completo en el principio de cada uno para sí, y, por ende, en la concurrencia entre los hombres, su libertad no es sino la libertad para los fuertes y para los propietarios, de oprimir y explotar a los débiles, a los que no poseen nada; lejos de producir la armonía tiende siempre a aumentar la distancia entre ricos y pobres y conduce lógicamente a la explotación y a la dominación, o sea a la autoridad.

Este segundo método, es decir, el liberalismo, viene a ser teóricamente una especie de anarquía sin socialismo, y por tanto no es más que una mentira, un engaño, puesto que la libertad no puede existir sin la igualdad; la anarquía verdadera es inconcebible fuera de la solidaridad, fuera del socialismo. La crítica que los liberales hacen del gobierno se reduce a querer despojarle de un cierto número de atribuciones, pero no pueden atacar las funciones represivas que son de su esencia, por cuento sin gendarmes el propietario no podría existir y hasta la fuerza represiva del gobierno debe siempre crecer a medida que crecen, por efecto de la libre concurrencia, la desarmonía y la desigualdad.

Los anarquistas presentan un método nuevo: «La iniciativa libre de todos y libre pacto», después de que la propiedad privada individual, abolida revolucionariamente, todos hayamos sido puestos en condiciones iguales de poder disponer de la riqueza social. No dando pie este método a la reconstrucción de la propiedad individual, debe conducir por el camino de la libre asociación al triunfo completo del principio de solidaridad.

Considerando las cosas desde este punto de vista, se ve que todos los problemas que se suscitan a fin de combatir las ideas anarquistas son, por el contrario, un argumento más a favor de la anarquía, puesto que ésta indica por sí sola el camino que debe seguirse para hallar experimentalmente la solución que mejor responda a los postulados de la ciencia y a las necesidades y sentimientos de todos.

¿Cómo se educará a los niños?… No lo sabemos ni necesitamos saberlo. Los padres, los pedagogos y todos cuantos se interesen por la suerte de las futuras generaciones, se reunirán; discutirán, y unidos o divididos en diversas opiniones pondrán en práctica los sistemas de enseñanza que estimen más convenientes; y constatado por la experiencia el sistema mejor concluirá por triunfar.

Esto mismo es aplicable a cuantos problemas puedan presentarse.

Resulta de aquí lo que ya hemos dicho antes, que la anarquía, tal cual la concibe el movimiento anarquista y tal como puede ser comprendida, se basa en el socialismo. Y si no existieran escuelas socialistas que escinden artificiosamente la unidad natural de la cuestión social, considerando sólo algunas partes o aspectos de ellas, si no existieran los equívocos por medio de los cuales se trata de cortar el paso a la revolución social, podríamos afirmar que anarquía es sinónimo de socialismo, puesto que una y otro significan la abolición de la dominación y de la explotación del hombre por el hombre, practíquense por medio de los engaños, por la fuerza de las bayonetas o por medio del acaparamiento de los medios de existencia.

La anarquía, de igual modo que el socialismo, tiene como base, como punto de partida y como medio necesario, la igualdad de condiciones, por faro la solidaridad y por método la libertad. La anarquía no es la perfección, no es el ideal absoluto que, como el horizonte, se aleja a medida que avanzamos; pero es ciertamente el camino abierto a todos los progresos, a todos los perfeccionamientos, realizables en interés de todos.

Establecido ya que la anarquía es el solo modo de vida social que conduce y facilita el mayor bienestar para todos los hombres, por ser el único capaz de destruir toda clase interesada en mantener oprimida y en mísera condición a la masa humana; demostrado que la anarquía es posible, desde el momento en que se limita, en resumen, a desembarazar a la humanidad del obstáculo gobierno contra el que siempre ha tenido que luchar para avanzar en su penoso trabajo; establecido todo esto, hagamos constar que los autoritarios de la libertad y de ¡ajusticia, tienen miedo a la libertad y no saben decidirse a concebir una humanidad viviendo y marchando sin tutores y sin pastores. Estrechados de cerca por la verdad, solicitan estos individuos el aplazamiento indefinido de la solución del asunto. He aquí la substancia de los argumentos que se nos oponen al llegar a este punto concreto de la discusión.

«Esta sociedad sin gobierno que se rige por medio de la cooperación libre y voluntaria; esta sociedad que se confía de modo absoluto a la acción espontánea de los intereses y que se halla enteramente fundada en la solidaridad y en el amor, es, en verdad, un ideal muy bello, pero que, como todos los ideales, permanece en el estado de nebulosidad. Nos hallamos en el seno de una humanidad siempre dividida en oprimidos y opresores; éstos imbuídos del espíritu de dominación y manchados con todos los vicios de los tiranos; aquellos habituados al servilismo y encenagados en los todavía más vergonzosos vicios que la esclavitud engendra. El sentimiento de la solidaridad dista mucho de ser el que impera entre los hombres del día, y si es cierto que los destinos de los hombres son y se hacen cada día más solidarios entre sí, no es menos cierto que lo que mejor se percibe y mejor caracteriza la naturaleza humana es la lucha por la existencia que diariamente sostiene cada uno contra todos; es la concurrencia que acorrala de cerca a obreros y a patronos, y que hace que cada hombre sea el lobo de otro hombre. ¿Cómo podrán ellos, hombres cuya educación la han adquirido en el seno de una sociedad basada en el antagonismo de clases y en el de individuos, transformarse de repente y resultar capaces de vivir en una sociedad donde cada uno habrá de hacer lo que quiera y deba, sin coacción exterior alguna, por impulso de su propia naturaleza, querer el bien ajeno? ¿Con qué discernimiento podría confiarse la suerte de la revolución, la suerte de la humanidad, a una turba ignorante, anémica de miseria, embrutecida por el cura, que hoy será estúpidamente sanguinaria y mañana se dejará engañar groseramente por cualquiera o doblará humildemente la cabeza ante el primer guerrero que ose proclamarse dueño? ¿No sería más prudente marchar hacia el ideal anarquista, pasando primero por una república democrática y socialista? ¿No sería conveniente un gobierno compuesto de los mejores para preparar la generación de las ideas futuras?».

Estas objeciones no tendrían razón de ser si hubiéramos llegado a conseguir hacer comprender al lector, y convencerle de lo anteriormente expuesto, pero, aun cuando sea incurrir en repeticiones, no por eso habremos de dejarlas incontestadas.

Nos hallamos siempre en presencia del prejuicio de que el gobierno es una fuerza nueva, salida no se sabe de dónde, que añade de por sí misma algo a la suma de fuerzas y de capacidades de aquellos que la componen y de aquellos que la obedecen. Por el contrario, todo lo que se hace en la humanidad se hace por hombres, y el gobierno, como tal, sólo aporta de su parte, por un lado, la tendencia a constituir un monopolio de todo en provecho de una determinada parte o de una determinada clase, y por otro, la resistencia a toda iniciativa que nazca fuera de su camarilla.

Abolir la autoridad, abolir el gobierno, no significa destruir las fuerzas individuales y colectivas que se agitan en el seno de la humanidad, o a las miles de influencias que los hombres ejercen mutuamente los unos sobre los otros; esto sería reducir la humanidad a un amasijo de átomos separados unos de otros e inertes, cosa imposible, y que de ser posible daría por resultado la destrucción de toda la sociedad, es decir la muerte de la humanidad.

Abolir la autoridad significa abolir el monopolio de la fuerza y de la influencia; abolir la autoridad significa abolir este estado de cosas en que la fuerza social, o sea la fuerza de todos, es el instrumento del pensamiento, de la voluntad y de los intereses de un pequeño número de individuos, quienes mediante la fuerza suprimen, en su propio provecho y en el de sus particulares ideas, la libertad de cada uno.

Abolir la autoridad significa destruir una forma de organización social por la cual el porvenir resulta acaparado de una a otra revolución, en beneficio de aquellos que fueron los vencedores de un momento.

Miguel Bakunin, en un escrito publicado en 1872, después de decir que los grandes medios de acción de la Internacional eran la propaganda de sus ideas y la organización de la acción natural de sus miembros sobre las masas, añade:

«A quien pretendiera que una acción así organizada constituiría un atentado a la libertad de las masas, una tentativa de creación de un nuevo poder autoritario, le responderíamos que es un sofista o un bobo. Tanto peor para aquellos que ignoran las leyes naturales y sociales de la solidaridad humana hasta el punto de imaginar que una absoluta independencia mutua de los individuos y de las masas es cosa factible o por lo menos deseable.

»Tal deseo,significa querer la destrucción de la sociedad, puesto que la vida social no es otra cosa que esta dependencia mutua y continuada de los individuos y de las masas.

»Todos los individuos, aun cuando no se trate de los más inteligentes y de los más fuertes, y mejor todavía, si se trata de los más inteligentes y de los más fuertes, son a cada instante los productores. La libertad misma de cada individuo no es sino la resultante, continuamente reproducida, de esta masa de influencias materiales y morales ejercida sobre él por todos los individuos que le rodean, por la sociedad en cuyo seno nace, se desarrolla y muere. Querer escapar a esta influencia por medio de una libertad trascendente, divina, absolutamente egoísta y suficiente a sí misma, constituye una tendencia al no ser; querer renunciar a toda acción social, a la expresión misma de sus pensamientos y de sus sentimientos viene a dar el mismo resultado. Esta independencia tan alabada por los idealistas y los metafísicos, así como la libertad individual en tal sentido concebida, son, pues la nada.

»En la naturaleza como en la sociedad humana, que no es otra cosa sino la misma naturaleza, todo lo que vive no vive sino con la condición suprema de intervenir, del modo más positivo y potente que su índole consienta, en la vida de los demás; la abolición de esta influencia mutua sería la muerte, y cuando nosotros reivindiquemos la libertad de las masas, no pretenderemos abolir ninguna de las influencias naturales que los individuos ejercen sobre ellas, lo que nosotros trataremos de realizar será la abolición de las influencias artificiales, privilegiadas, legales, oficiales».

Es cierto que, en el estado actual de la sociedad, donde la gran mayoría de los hombres, corroída por la miseria y embrutecida por la superstición, gime en la más honda abyección, los destinos humanos dependen de la acción de un número relativamente poco considerable del individuos.

Ciertamente que no podrá conseguirse el que de un momento a otro todos los hombres se eleven hasta el nivel necesario para poder sentir y comprender el deber -más bien que placer- de realizar todos sus actos de manera que de ellos resulte a los demás hombres el mayor bienestar posible.

Pero si las fuerzas pensantes y directivas de la humanidad son actualmente poco considerables, no constituye esto, ni puede constituir, una razón para organizar la sociedad de tal manera que, gracias a la inercia producida por las posiciones aseguradas, gracias a la herencia, gracias al proteccionismo, al deseo de cooperación y a toda la mecánica gubernamental, las fuerzas más vivas y las capacidades más relevantes concluyen por hallarse fuera del gobierno y casi privadas de influencia sobre la vida social.

Y los que llegan al gobierno, hallándose en él fuera de su ambiente como se hallan, y hallándose, ante todo, interesados en continuar en el poder como se hallan, pierden toda fuerza activa y se convierten en obstáculo que detiene y entorpece la acción de los demás.

Abolid esta potencialidad negativa, que es el gobierno, y la sociedad será aquello que debe ser, según las fuerzas y las capacidades del momento.

Si en ella se encuentran hombres instruidos y deseosos de difundir la instrucción, ellos organizarán escuelas y se esforzarán en hacer sentir a todos la utilidad y el placer de instruirse; y si estos hombres no existen o son poco numerosos, un gobierno no podría, como hoy día sucede, llamar a su seno a estos hombres, sustraerlos al trabajo fecundo, obligarles a redactar reglamentos cuya observación se encomiende a las gestiones de policías y agentes de la Administración, y hacer de ellos, de institutores inteligentes y apasionados que eran, políticos preocupados tan sólo en ver implantadas sus manías y permanecer en el poder el mayor tiempo posible.

Si en sociedad se encuentran médicos e higienistas, ellos organizarán, a buen seguro, el servicio sanitario. Y si no existen, un gobierno tampoco puede improvisarlos; únicamente podría, merced a la muy justificada sospecha que el pueblo abriga con relación a todo lo que se le impone, rebajar el crédito y la reputación de los médicos existentes y hacerles descuartizar, como envenenadores, cuando tratan de evitar o de combatir las epidemias.

Si existieran ingenieros y maquinistas, ellos cuidarían de establecer y organizar ferrocarriles, si no existieran, es evidente también que un gobierno no podría inventarlos.

La revolución, al abolir el gobierno y la propiedad individual, no creará fuerzas que actualmente no existan, pero dejará el campo libre a la expansión de todas las fuerzas, de todas las capacidades existentes, destruirá toda clase o agrupación interesada en mantener a las masas en el embrutecimiento y obrará de suerte que cada uno pueda ejercitar su influencia en proporción a su respectiva capacidad y de conformidad a sus pasiones y a sus intereses.

Este es el único camino por el cual la masa puede elevarse, siempre el de habituar a los gobernados a la sujeción y el de tender siempre a hacerse más y más necesario.

Por otra parte, si se quiere lograr un gobierno que deba educar a las masas y conducirlas a la anarquía, es sin embargo, necesario indicar cuál haya de ser el origen y el modo de formación del mismo.

¿Habrá de ser la dictadura de los mejores? Pero, ¿quiénes son los mejores? Y, ¿quién ha de reconocerles y asignarles esta cualidad? La mayoría está, de ordinario, apegada a viejos prejuicios, a ideas y a instintos ya dejados atrás por una minoría más favorecida; pero entre las mil y una minorías que creen cada cual tener razón -y todos pueden tenerla relativamente a determinados puntos- ¿cuál habría de elegirse? ¿mediante qué criterio se tendrá que proceder para poner la fuerza social a disposición de una de ellas, cuando sólo el porvenir puede decidir entre las partes litigantes?

Si se toman cien partidarios inteligentes de la dictadura, se verá que cada uno de ellos cree que él debe ser, si no el dictador, uno de los dictadores, o por lo menos ocupar un puesto inmediato a la dictadura. En efecto, los dictadores serían quienes, por un camino o por otro, llegaran a imponerse y, por los tiempos que corren, podemos tener la seguridad de que todos sus esfuerzos habrían de emplearse tan sólo en la lucha que forzosamente tendría que sostener para defenderse de los ataques de sus adversarios, y esto olvidando sus veleidades de educación como si nunca hubieran existido.

¿Será, por el contrario, un gobierno elegido por sufragio universal, y por tanto, la emancipación más o menos sincera de la voluntad de la mayoría? Pues si se consideran a estos flamantes electores como incapaces de atender por sí mismos a sus propios intereses, ¿cómo habrán de acertar, en ningún caso, a elegir los pastores de guiarles? ¿De qué manera podrán resolver el problema de alquimia social consistente en obtener la elección de un genio como resultado de la acumulación de votos de una masa de imbéciles? ¿Y la suerte de las minorías, por regla general la parte más inteligente, la más activa y la más adelantada de una sociedad?

Para resolver el problema social en favor de todos no existe más medio que uno, y es el siguiente: expropiar revolucionariamente a los detentadores de la riqueza social; ponerlo todo a disposición de todos, y obrar de suerte que todas las fuerzas, todas las capacidades, todas las buenas voluntades existentes entre los hombres, obren y actúen para proveer a las necesidades de todos.

Nosotros luchamos por la anarquía y por el socialismo, porque estamos convencidos de que la anarquía y el socialismo deben tener una acción inmediata; es decir, expulsar a los gobiernos, abolir la propiedad y confiar los servicios públicos -que en este caso comprendan toda la vida social- a la obra espontánea, libre, no oficial, no autoritaria, de todos los interesados y de todos aquellos que tengan voluntad para hacer algo. Cierto que se suscitarán dificultades e inconvenientes, pero unas y otros se resolverán como no puede ser de otra manera, anárquicamente, es decir, mediante la acción directa de los interesados y de los libres acuerdos.

No sabemos si la anarquía y el socialismo surgirán triunfantes de la próxima revolución; mas es cierto que si los programas llamados de transición se adoptan, esto será porque por esta vez hemos sido vencidos, y jamás porque hayamos creído útil o conveniente dejar con vida una parte siquiera del defectuoso sistema bajo el que la humanidad gime y llora.

De todos modos, habremos de ejercer sobre los acontecimientos la influencia que el número nos proporcione y que nos den nuestra inteligencia, nuestra energía y nuestra intransigencia; y aun en el supuesto de ser vencidos, nuestros esfuerzo nunca resultará estéril ni inútil, puesto que, cuanto más hayamos estado decididos a llegar a la realización de todo nuestro programa, tanto menos cantidad de gobierno y tanto menor suma de propiedad existirán en la nueva sociedad. Nosotros habremos realizados una obra grande, porque el progreso humano se mide precisamente por la disminución del gobierno y por la disminución de la propiedad privada.

Y si hoy caemos sin arriar nuestra bandera, podemos estar seguros de la victoria de mañana.

Carta de Errico Malatesta a Luigi Fabbri

Londres, 30 de julio de 1919.

Queridísimo Fabbri:

Sobre la cuestión que tanto te preocupa, la de la dictadura del proletariado, me parece que estamos básicamente de acuerdo.

Se me ocurre pensar que sobre este asunto la opinión de los anarquistas no puede ser dudosa y la verdad es que antes de la revolución bolchevique nadie dudaba. Anarquía significa no gobierno, y por lo tanto con mayor razón no dictadura, que es el gobierno absoluto sin control y sin límites constitucionales.

Pero, cuando estalló la revolución bolchevique, algunos amigos nuestros confundieron lo que era revolución contra el gobierno precedente con lo que era un nuevo gobierno que venía a imponerse a la revolución para frenarla y dirigirla a los fines particulares de un partido, y casi casi se declararon bolcheviques ellos mismos.

Ahora bien, los bolcheviques son simplemente marxistas, que han permanecido honestos. y consecuentemnte marxistas, a diferencia de sus maestros y modelos, los Guesde, los Plejanov, los Hyndmann, los Scheidemann, los Noske, etc., etc., que han tenido el fin que tú sabes. Nosotros respetamos su sinceridad, admiramos su energía, pero como no hemos estado nunca de acuerdo con ellos en el terreno teórico, no sabríamos solidarizarnos con ellos cuando de la teoría se pasa a la práctica.

Quizá la verdad sea simplemente esta: que nuestros amigos bolchevizantes con la expresión dictadura del proletariado entienden simplemente el hecho revolucionario de los trabajadores que toman posesión de la tierra y de los instrumentos del trabajo, y tratan de constituir una sociedad y organizar un género de vida en el que no haya sitio para una clase que explote y oprima a los productores.

Entendida así, la dictadura del proletariado sería el poder efectivo de todos los trabajadores dirigido a la destrucción de la sociedad capitalista, y se convertiría en anarquía apenas cesara la resistencia reaccionaria y nadie más pretendiera obligar con la fuerza a las masas a obedecer y trabajar para otros. Y entonces nuestro desacuerdo no sería más que una cuestión de palabras. Dictadura del proletariado significaría dictadura de todos, es decir, no sería ya dictadura, como gobierno de todos no es ya gobierno, en el sentido autoritario, histórico y práctico de la palabra. Pero los verdaderos partidarios de la dictadura del proletariado no lo entienden así y esto lo hacen ver perfectamente en Rusia. El proletariado naturalmente interviene en ella como lo hace el pueblo en los regímenes democráticos, es decir, simplemente para esconder la esencia real de las cosas. En realidad se trata de la dictadura de un partido, o más bien de los jefes de un partido; y es una dictadura verdadera y propia, con sus decretos, con sus sanciones penales, con sus agentes ejecutivos, y sobre todo con su fuerza armada, que sirve hoy para defender la revolución de sus enemigos externos, pero que servirá mañana para imponer a los trabajadores la voluntad de los dictadores, detener la revolución, consolidar los nuevo intereses que se han ido constituyendo y defender contra las masas a una nueva clase privilegiada.

También el general Bonaparte sirvió para defender la Revolución francesa contra la reacción europea, pero al defenderla la ahogó. Lenin, Trotski y sus compañeros son seguramente revolucionarios sinceros, de la forma que ellos entienden la revolución, y no traicionarán; pero preparan los cuadros gubernamentales que servirán a los que vengan después para aprovecharse de la revolución y asesinarla. Ellos serán las primeras víctimas de su método y con ellos, me temo, caerá la revolución. La historia que se repite: mutatis mutandis, la dictadura de Robespierre lleva a Robespierre a la guillotina y prepara el camino a Napoleón.

Estas son mis ideas generales sobre los asuntos de Rusia. En cuanto a los detalles, las noticias que tenemos son todavía demasiado variadas y contradictorias para poder arriesgar un juicio. Puede suceder también que muchas cosas que nos parecen malas sean el fruto de la situación y que en las circunstancias especiales de Rusia no hubiera sido posible obrar de modo diferente a como se hizo. Es mejor esperar, sobre todo porque lo que nosotros digamos no puede tener influencia alguna sobre el desarrollo de los sucesos en Rusia, y en cambio podría ser mal interpretado en Italia y dar a entender que nos hacemos eco de las calumnias interesadas de la reacción.

Lo importante es lo que nosotros debemos hacer; pero permanezcamos siempre firmes, yo estoy lejos y en la imposibilidad de cumplir mi tarea…

Nuestro programa

Traducción  de  J.   PRAT

Nada nuevo podemos decir. La propagada no es y no puede ser más que la repetición continua, incansable, de aquellos    principios que deben servirnos de guía en la conducta que debe­mos seguir en las varias contingencias de la vida.

Repetiremos, pues, con palabras más o menos di­ferentes, pero con un fondo constante, nuestro viejo programa socialista-anarquista revolucionario.

Nosotros creemos que la mayor parte de los males que afligen a los hombres dependen de la mala orga­nización social, y que los hombres, queriendo y sabien­do, pueden destruirlos.

La sociedad actual es el resultado de las luchas se­culares libradas por los hombres. No comprendiendo las ventajas que podrían sacar de la cooperación y de la solidaridad, viendo en los demás hombres (excep­to los más vecinos por los vínculos de la sangre) un competidor y un enemigo, han procurado acaparar, ca­lía uno para sí, la mayor cantidad posible de disfrutes sin preocuparse del interés de los demás.

Dada esta lucha, naturalmente debían, salir vence­dores los más fuertes o los más afortunados, sometien­do y oprimiendo a los vencidos en. modos diversos.

Mientras el hombre no fue capaz de producir sino lo que necesitaba para su sostén, los vencedores no po­dían hacer otra cosa que matar al vencido y apoderar­se de los alimentos por éste cosechados.

Más tarde, cuando con el descubrimiento del pas­toreo y de la agricultura un hombre pudo ya produ­cir más de lo que necesitaba para vivir, los vencedo­res encontraron más ventajoso reducir los vencidos a esclavitud y hacerles producir para sus dueños.

Más tarde aún, los vencedores se dieron cuenta de que era más cómodo, más productivo y más seguro explotar el trabajo ajeno con otro sistema: retener la propiedad exclusiva de la tierra y de todos los medios de trabajo y dejar nominalmente libres a los despeja­dos, los cuales, no teniendo ya medios con que vivir, venían obligados a recurrir a los propietarios y a tra­bajar para éstos en las condiciones que éstos querían.

De este modo, poquito a poco, a través dé toda una red complicadísima de luchas de todo género, invasio­nes, guerras, rebeliones, represiones, concesiones arran­cadas, asociaciones de vencidos unidos para la defensa y de vencedores unidos para la ofensa, se ha llegado al estado actual de la sociedad, en la cual unos cuantos detienen hereditariamente la tierra y toda la riqueza social, mientras la gran masa de los hombres, deshere­dada de todo, se ve explotada y oprimida por unos po­cos propietarios.

De este estado de cosas depende el estado de mise­ria en que generalmente se encuentran los ¡trabajado­res y además todos todos los males que de la miseria derivan: ignorancia, delitos, prostitución, miseria físi­ca., abyección moral y muertes prematuras. De este modo depende la constitución de una   clase   especial (el gobierno), la cual, provista de medios materiales de ¡represión, tiene la misión de legalizar y defender a los propietarios contra las reivindicaciones de los pro­letarios, sirviéndose, además, de esta ‘ fuerza, para crearse a sí misma ciertos privilegios y para- someter­se, cuando puede, hasta la misma clase pro­pietaria. De esto depende la constitución de otra clase especial (el clero), la cual, con una serie de fábulas sobre la voluntad de Dios, sobre la vida futura, etc., procura persuadir a los oprimidos a que soporten dó­cilmente al opresor, y como el gobierno, al propio tiem­po que trabaja por el interés de los propietarios, tra­baja también por sus propios intereses. De esto depen­de la formación de una ciencia oficial que es, en todo aquello que puede servir lo intereses de los dominado­res, la negación de la verdadera ciencia. De esto de­pende el espíritu patriótico, loa odios de raza, las gue­rras y la paz armada, más desastrosa que las mismas guerras. De esto depende el amor transformado en tor­mento o en mercado vil. De esto depende el odio más o menos intenso, la rivalidad, la desconfianza entre los hombres, la incertidumbre y el miedo para tedios.

Y este estado de cosas es lo que nosotros queremos cambiar radicalmente. Y puesto que todos estos males derivan de la lucha entre los hombres, de esta busca del bienestar individual efectuada por cuenta propia y contra todo, queremos remediarlo sustituyendo el amor al odio, la solidaridad a la competencia, la cooperación fraternal para bienestar de todos a la busca exclusiva del propio bienestar, la libertad a la opresión y a la imposición, y la verdad a la mentira religiosa y pseudo-científica.

Por consiguiente:

1- Abolición de la propiedad privada de la tierra, ¿e las primeras materias y de los instrumentos -de tra­bajo, a fin de que nadie pueda tener modo de vivir explotando el trabajo ajeno, y teniendo todos los hom­bres garantizados los medios de producir y vivir, pue­dan ser verdaderamente independientes y puedan aso­ciarse a los demás libremente en vista del interés co­mún y conforme a las propias simpatías.

29 Abolición del gobierno y de todo poder que ha­ga ley y la imponga a los demás, o sea: abolición de las monarquías, de las repúblicas, de los parlamentarios, de los ejércitos, de las policías, de las magistraturas y de todas las demás instituciones dotadas de medios coercitivos,

3g Organización de la vida social mediante la obra de libres asociaciones y federaciones de productores y de consumidores, hechas y modificadas a tenor de la voluntad de los componentes, guiados por la ciencia y la experiencia y libres de toda Imposición que no derive de las necesidades naturales, a las cuales, venci­do el hombre por el sentimiento de la misma necesi­dad inevitable, voluntariamente se somete.

49 Garantizados los medios de vida, de desarrollo y de bienestar a los níños y a todos los que no estén en estado de proveer a sus necesidades.

59 Guerra a las religiones y a todas las mentiras, aunque se oculten bajo el manto de la ciencia. Instruc­ción científica para todos hasta en su más elevado gra­do.

6? Guerra al patriotismo. Abolición de las fronte­ras fraternización de todos los pueblos.

7? Reconstitución de la familia, de modo que resulte de la práctica del amor libre de todo vinculo le­gal de toda opresión económica o física, de todo pre­juicio religioso.

Este es nuestro ideal.

*  *   *

Hemos expuesta a grandes rasgos cuál es la fina­lidad que perseguimos, el ideal por el cual luchamos.

Pero no basta con desear una cosa. Si verdadera­mente se quiere obtenerla es necesario emplear los me­dios adecuados a su conseguimiento. Y estos medios no son arbitrarios: derivan, necesariamente, del fin a que se tiende y de las circunstancias en que se lucha; de modo que si nos engañamos en la elección de los medios no llegaremos a los fines que nos propongamos, sino a otro fin, tal vez muy opuesto, que será consecuencia natural, necesaria, de los medios que hayamos emplea­do. El que se pone en camino y lo equivoca, no va adonde quiere, sino allí donde conduce el camino que recorrió.

Es necesario, pues, que digamos cuáles son los medios que según nosotros conducen al fin que nos proponemos y que nosotros queremos emplear.

Nuestro ideal no es de aquellos cuyo consegui­miento depende del individuo considerado aisladamen­te. Se trata de cambiar el modo de vivir en sociedad, de establecer entre los hombres relaciones de amor y solidaridad, de conseguir la plenitud del desarrollo material, moral e intelectual, no para un solo indivi­duo, ni para les miembros de una dada clase o par­tido, sino para todos los seres humanos, y esto no es una cosa que pueda imponerse con la fuerza, sino que debe surgir de la conciencia iluminada de cada uno y actuarse mediante el libre consentimiento de todos.

Nuestro primer deber, pues, consiste en persua­dir a la gente.

Es necesario que nosotros llamemos la atención de los hombres sobre los males que sufren y sobre la posibilidad de destruirlos. Es necesario que suscite­mos en cada uno la simpatía para con los ajenos ma­les y el vivo deseo del bien de todos.

Al que tenga hambre y frío le enseñaremos có­mo sería posible y fácil asegurar a todos la satisfac­ción de las necesidades materiales. Al oprimido y vi­lipendiado le diremos que se puede vivir feliz en una sociedad de libres y de iguales. Al atormentado por el odio y el rencor le enseñaremos el camino para alcan­zar, amando a sus semejantes, la paz y la alegría del corazón.

Y cuando hayamos conseguido hacer nacer en el ánimo de los hombres el sentimiento de rebelión con­tra los males injustos e inevitables que se sufren en la sociedad presente, y cuando les hayamos hecho comprender las causas de estos males y que de la vo­luntad humana depende eliminarlos; cuando hayamos Inspirado el deseo vivo, prepotente, de transformar la sociedad en bien de todos, entonces los convenci­dos por impulso propio y por impulso de los que les precedieron en la convicción, se unirán y querrán y podrán actuar los comunes ideales.

Hemos dicho ya que sería absurdo y en contra­dicción con nuestro objetivo querer imponer la liber­tad, el amor entre loa hombres, el desarrollo integral de todas las facultades humanas por medio de la fuer­za. Es necesario, pues, contar con la ubre voluntad de los demás, y lo único que podemos hacer es provo­car la formación y la manifestación de dicha volun­tad. Pero sería igualmente absurdo y contrario a nuestro objeto admitir que los que no piensan como nosotros vayan a impedirnos actuar nuestra volun­tad, siempre que ésta no lesione su derecho a una libertad igual a la nuestra.

Libertad, por consiguiente, para todos de pro­pagar y experimentar las propias ideas, sin otro lí­mite que el que resulta naturalmente de la igual li­bertad de todos.

Pero a esto se oponen — y se oponen con la fuer­za brutal — los que se benefician con los actuales pri­vilegios y dominan y reglamentan la vida social pre­sente.

Tienen estos en sus manos todos los medios de producción, y por lo tanto suprimen, no tan solo la po­sibilidad de experimentar nuevos modos de conviven­cia social, no tan sólo el derecho dé los trabajadores a vivir libremente con el propio trabajo, sino también el mismísimo derecho a la existencia, y obligan al que no es propietario a que se deje explotar y oprimir si no quiere morirse de hambre.

Tienen a su disposición la policía, la magistra­tura y los ejércitos creados expresamente para defen­der sus privilegios, y persiguen, encarcelan y matan a los que tienen cometidos.

Dejando a un lado la experiencia histórica {la que demuestra que jamás una clase privilegiada se ha despojado, en todo o en parte, de sus privilegios, que jamás un gobierno ha abandonado el poder sin que la fuerza le haya obligado a ello) bastan los hechos contemporáneos para convencer a cualquiera de que la burguesía y los gobiernos emplean la fuerza mate­rial para defenderse, no ya contra la expropiación to­tal, sino contra las más pequeñas pretensiones popu­lares, y que están siempre dispuestos a las más atro­ces persecuciones y a las matanzas más sangrientas.

Al pueblo que quiere emanciparse no le queda otro recurso que oponer la fuerza a la fuerza.

*     *   *

De cuanto hemos dicho, resulta que debemos tra­bajar para despertar en los oprimidos el deseo de una radical transformación social y persuadirlos de que uniéndose tendrán la fuerza para vencer; debemos propagar nuestro ideal y preparar las fuerzas morales y materiales necesarias para poder vencer a las, fuerzas enemigas y para organizar la nueva sociedad. Y cuando tengamos la fuerza suficiente debemos, aprovechando las circunstancias favorables que se producen o creándolas nosotros mismos, hacer la re­volución social, derribando con la fuerza el gobierno, expropiando con la fuerza a los propietarios, y po­niendo en común los medios de vida y de producción, e impidiendo al propio tiempo que vengan nuevos go­biernos a imponernos su voluntad y a dificultar la re­organización social hecha directamente por los inte­resados.”

Todo esto, empero, es menos simple de lo que a primera vista podría parecer.

Tenemos que habérnoslas con hombres de la ac­tual sociedad, hombrea que están en condiciones mo­rales y materiales pésimas, y nos engañaríamos sí pensáramos que basta la propaganda para elevarles a aquel grado de desarrollo intelectual y moral que es nectario para la actuación de nuestros ideales.

Entre el hombre y el ambiente social hay una ac­ción recíproca. Los hombres hacen la sociedad tal co­mo ésta es y la sociedad hace los hombres tal como éstos son, y de esto resulta una especie de círculo vi­cioso: para transformar la sociedad es necesario transformar los hombres y para transformar los hombres es necesario transformar la sociedad.

La miseria embrutece al hombre, y para destruir la miseria es necesario que los hombres tengan consciencia y voluntad. La esclavitud educa a los hombres para esclavos, y para libertarse de la esclavitud se necesitan hombres que aspiren a ser libres. La igno­rancia deja a los hombres sin el conocimiento de las causas de sus males y sin que sepan como remediar­los, y para destruir la ignorancia es necesario que los hombres tengan tiempo y modo de instruirse.

El gobierno acostumbra a la gente a sufrir la ley y a creer que la ley es necesaria a la sociedad, y para abolir el gobierno es ‘necesario que los hombres se persuadan de su inutilidad y de su nocividad.

¿Cómo salir de este círculo vicioso?

Afortunadamente la sociedad actual no ha sido formada por la voluntad esclarecida de una clase do­minante que haya podido reducir todos los dominados a instrumentos pasivos e inconscientes de sus intere­ses. Esta sociedad es el resultado de mil luchas in­testinas, de mil factores naturales y humanos agentes casuales sin criterios directivos, y por consiguiente no hay divisiones netas ni entre los hombres ni entre las clases.

Infinitas son las variedades de condiciones ma­teriales; infinitos los grados de desarrollo moral e intelectual; y no siempre — diremos casi muy rara­mente — el puesto que uno ocupa en la sociedad co­rresponde a sus aspiraciones. Muy a menudo los hombres caen en condiciones inferiores a las que es­tán habituados, y otros, por circunstancias excepcionalmente favorables, consiguen elevarse a condicio­nas superiores a aquellas en que nacieron. Una par­te notable del proletariado ha logrado ya salir del es­tado de miseria absoluta, embrutecedora, o no ha po­dido nunca reducírsele a ella; ningún trabajador, o casi ninguno, se encuentra en el estado de inconscien­cia completa, de completa adaptación a las condicio­nes que quisieran los patronos. Y las mismas institu­ciones, tales como las ha producido la historia, con­tienen contradicciones orgánicas que son como gérme­nes de muerte, los que al desarrollarse producen la disolución de la institución y la necesidad de la trans­formación.

De aquí la posibilidad del progreso; pero no la po­sibilidad de llevar, por medio de la propaganda, todos los hombres al nivel necesario para que quieran y ac­túen la anarquía, sin una anterior gradual transfor­mación del ambiente.

El progreso debe marchar contemporáneamente, paralelamente en los individuos y en el ambiente. Debemos aprovechar todos los medios, todas las posibi­lidades, todas las ocasiones que nos deja el ambiente actual, para obrar sobre los hombres y desarrollar su conciencia y sus deseos; debernos utilizar todos los progresos realizados en la conciencia de loa hombres para inducirles a reclamar e imponer aquellas mayo­res transformaciones sociales que son posibles y que mejor pueden abrir paso a progresos ulteriores.

Nosotros no debemos esperar a actuar la anar­quía limitándonos a la simple propaganda. Si así hiciéramos habríamos agotado pronto el campo de acción; habríamos convertido a todos aquellos que en el ambiente actual son susceptibles de comprender y aceptar nuestras ideas, y nuestra ulterior propagan­da quedaría estéril; o si de las transformaciones de ambiente surgiesen nuevos estratos populares a la po­sibilidad de recibir nuevas ideas, sucedería esto sin la obra nuestra, tal vez contra nuestra obra, y por lo tanto acaso en perjuicio de nuestras ideas.

Debemos procurar que el pueblo, en su totalidad o en sus varias fracciones, pretenda, imponga, actúe por sí mismo todas las mejoras, todas las libertades que desea, tan pronto como las desee y tenga fuerza para imponerlas, y propagando siempre entero nues­tro programa y luchando siempre en pro de su ac­tuación integral, debemos empujar al pueblo a que pretenda e imponga cada vez mayores cosas, hasta que llegue a su emancipación completa.

*      *    *

La opresión que más directamente pesa sobre los trabajadores y que es causa principal de todas las su­jeciones morales y materiales a que están sometidos los trabajadores, es la opresión económica, es decir, la explotación que los patronos y los comerciantes ejercen sobre los obreros gracias a la acaparación de todos los grandes medios de producción y de cambio.

Para suprimir radicalmente y sin peligro de re­torno esta opresión, es necesario que todo el pueblo esté convencido del derecho que tiene al uso de los me­dios de producción, y que actúe este derecho suyo pri­mordial expropiando a los detentadores del suelo y de todas las riquezas sociales poniendo éstas y aquél a disposición de todos.

¿Pero se puede ahora mismo efectuar esta ex­propiación? ¿Se puede hoy pasar directamente, sin grandes intermedios, del infierno en que se encuentra el proletariado al paraíso de la propiedad común?

La prueba de que el pueblo no es aún capaz de expropiar a los propietarios es que no les expropia.

¿Qué debe hacerse mientras no llega el día de la expropiación?

Nuestro deber está en preparar el pueblo mo­ral y materialmente para esta necesaria expropiación, e intentarla y reintentarla cada vez que una sacudi­da revolucionaria nos dé ocasión, hasta el triunfo de­finitivo. ¿Pero cómo prepararemos al pueblo? ¿Cómo preparar las condiciones que hacen sea posible, no só­lo el hecho material de la expropiación, sino la utili­zación, a beneficio de todos, de la riqueza común?

Hemos dicho anteriormente que la sola propagan­da, hablada o escrita, es impotente para conquistar a. nuestras ideas toda-la gran masa popular. Precisa, pues, una educación práctica que sea tan pronto cau­sa como efecto de una gradual transformación del ambiente. Precisa que a medida que se desarrollen en los trabajadores el sentido de rebelión contra los in­justos e Inútiles sufrimientos de que son víctimas y el deseo de mejorar sus condiciones, luchen, unidos y solidarios, para conseguir lo que desean.

Y nosotros, como anarquistas y como trabajado­res, debemos impulsarles y estimularles a la lucha y luchar con ellos.

¿Pero son posibles en un régimen capitalista estos mejoramientos? ¿Son útiles, desde el punto de vista de_ la futura emancipación integral de los traba­jadores?

Sean los que fueren los resultados prácticos de la lucha para las mejoras inmediatas, su utilidad principal está en la misma lucha. Con esta lucha los obreros aprenden a ocuparse de sus intereses de clase, aprenden que el patrono tiene intereses opuestos a los suyos y que no pueden mejorar de condición y aún emanciparse sino uniéndose y haciéndose mas fuertes que los patronos. Si consiguen obtener lo que desean, es­tarán mejor, ganarán más, trabajarán menos, dispon­drán de más tiempo para reflexionar sobre las cosas que les interesan y sentirán en seguida mayores de­seos y mayores necesidades. Si no consiguen lo que desean, se verán llevados a estudiar las causas del fracaso y a reconocer la necesidad de una mayor unión de una energía mayor, y comprenderán al fin que pa­ra vencer con seguridad y definitivamente es necesa­rio destruir el capitalismo. La causa de la revolución, la causa de la elevación moral del trabajador y de su emancipación, saldrá ganando del hecho que los trabajadores se unan y luchen por sus intereses.

¿Pero es posible, preguntamos otra vez, que loa trabajadores logren, dentro del actual estado de co­sas, mejorar realmente sus condiciones?

Esto depende del concurso de una infinidad de circunstancias.

A pesar de lo  que sostienen  algunos, no existe una ley natural   (ley de los salarios)  que determine la parte que corresponde al trabajador sobre el pro­ducto de su trabajo; o, si se quiere formular una ley, no puede ser más que ésta: el salario no puede des­cender normalmente por debajo de aquel tanto que es necesario a la vida, ni puede normalmente subir tanto que no deje ningún beneficio al patrono. Claro es que en el primer caso los obreros morirían o no percibi­rían ya salario, y en el segundo caso los patronos ce­sarían de hacer trabajar y por tanto no pagarían más salarios.   Pero entre   estos dos extremos   imposibles hay una infinidad de grados, que van desde las condi­ciones casi animalescaz de gran parte de los trabaja­dores   agrícolas   hasta aquellas   casi decentes   de los obreros de los oficios buenos en las grandes ciudades. El salario, la duración de la jornada de traba­jo y las demás condiciones de trabajo son el resulta­do de la lucha entre patronos y obreros. Aquéllos pro­curan dar a éstos lo menos posible y hacerles trabajar hasta extenuarles, y éstos procuran, o deberían pro­curar, trabajar lo menos posible y ganar lo más que puedan. Allí donde los trabajadores se contentan de cualquier modo y aún descontentos no saben oponer una válida resistencia a   los patronos,    prontamente quedan reducidos a unas condiciones de vida animalesca; en cambio, allí donde tienen un concepto algún tanto elevado del modo cómo deberían vivir los seres humanos   y saben unirse y mediante la huelga y  la amenaza latente o explícita de rebelión imponen res-peto a los patronos, éstos les tratan de modo relati­vamente soportable. De modo que puede decirse que el salario, dentro ciertos límites, es lo que el obrero (no como individuo, se entiende, sino como clase) pretende.

Luchando, resistiendo contra los patronos, pue­den, pues, los obreros impedir, hasta cierto punto, que pus condiciones empeoren y aún obtener mejoras reales. La historia del movimiento obrero ha demos­trado ya esta verdad.

Empero, es necesario no exagerar el alcance de esta lucha combatida entre obreros y patronos sobre el terreno exclusivamente económico. Los patronos pueden ceder, y a menudo ceden, ante las exigencias obreras enérgicamente formuladas, mientras no se trate de pretensiones demasiado grandes; pero tan pronto como los obreros comiencen (y es urgente que comiencen) a pretender un tratamiento que absorba el beneficio del patrono, haciendo así una expropiación indirecta, podemos estar seguros de que los patronos llamarán al gobierno en su auxilio y procurarán obli­gar por medio de la violencia a los obreros a perma­necer en sus posiciones de esclavos asalariados.

Y aún antes, mucho antes de que los obreros puedan pretender recibir en compensación de su tra­bajo “el equivalente de todo lo que han producido, la lucha económica se vuelve impotente para continuar produciendo el mejoramiento de las condiciones de los trabajadores.

Los obreros lo producen todo y sin ellos no se puede vivir; parece, pues, que negándose a trabajar han de poder imponer lo que quieran. Pero la unión de todos los trabajadores, aún de un solo oficio, es di­fícil de obtener, y a la unión de los operarios se opo­ne la unión de los patronos. Los obreros viven al día y si no trabajan pronto se mueren de hambre, míentras que los patronos disponen, mediante el dinero, de todos los productos ya acumulados, y por lo tanto pueden esperar muy tranquilamente que el hambre reduzca a discreción a sus asalariados. El invento o la introducción de nuevas máquinas vuelve inútil la obra de gran número de obreros y aumenta el ejército ele los sin —trabajo que el hambre obliga a venderse a cualquiera condición. La inmigración aporta en se­guida, en aquellos países donde los trabajadores vi­ven algo mejor, una oleada de trabajadores famélicos que, queriendo o no, ofrecen a los patronos modo de rebajar los salarios. Y todos estos hechos, derivados necesariamente del sistema capitalista, consiguen contrabalancear el progreso de la conciencia y de la solidaridad obrera: a menudo caminan más rápida­mente que este progreso y lo detienen y lo destruyen. Pronto se presenta, pues para los obreros que inten­tan emanciparse, o simplemente mejorar de condición, la necesidad de defenderse contra el gobierno, la nece­sidad de atacar al gobierno que legitimando el derecho de propiedad y sosteniéndolo con la fuerza brutal, cons­tituye una barrera al progreso, barrera que debe de­rribarse con la fuerza de no querer permanecer inde­finidamente en el estado actual o peor,

.De la lucha económica hay que pasar a la lucha política, es decir, a la lucha contra el gobierno; y en lugar de oponer a los millones de los capitalistas los escasos céntimos ahorrados con privaciones mil por los obreros, se hace preciso oponer a los fu­siles y a los cañones que defienden la propiedad aquellos mejores medios que el pueblo encuentre para vencer la fuerza con la fuerza.

Por la lucha política entendemos la lucha contra el gobierno.

Gobierno es el conjunto -de aquellos individuos que-detentan el poder de hacer la ley e imponerla a los gobernados, o sea, al público.-

Consecuencia del espíritu de dominio y de la vio­lencia con los cuales algunos hombres se han impuesto a los demás, el gobierno es, al propio tiempo, creador y criatura del privilegio y su defensor natural.

Equivocadamente se dice que el gobierno desem­peña hoy la función de defensor del capitalismo, pero que abolido el capitalismo el gobierno se trocaría en representante y gerente de los intereses generales. Ante todo el capitalismo no podrá destruirse sino cuando los trabajadores, una vez arrojado el gobier­no, tomen posesión de la riqueza social y organicen la producción y el consumo en interés de todos, por sí mismos) sin esperar la obra de un gobierno, el cual, aunque quisiera, no sería capaz de hacerlo. Pero hay más: si el capitalismo quedase destruido y se dejare subsistir un gobierno, éste, mediante la concesión de toda clase de privilegios, lo crearía nuevamente, pues­to que, no pudiendo contentar a todo el mundo, tendría necesidad de una clase económicamente potente que lo apoyaría a cambio de las protecciones legales y ma­teriales que del gobierno recibe.

Por consiguiente, no se puede abolir el privilegio y establecer sólida y definitivamente la libertad y la igualdad social, sino aboliendo el gobierno, no éste o aquél gobierno, sino la misma institución del gobierno.

Pero en este como en todos los hechos de interés general y en éste más que en cualquier otro, se necesi­ta el consentimiento de la generalidad, y por esto de­bemos esforzarnos en persuadir a la gente de que el gobierno es inútil y dañoso y que se puede vivir mejor sin gobierno.

Pero como ya dijimos, la propaganda por sí sola es impotente para convencer a todos, y si nosotros qui­siéramos .limitarnos a predicar contra el gobierno es­perando pasivamente el día en que el público esté con­vencido de la posibilidad y utilidad de abolir por com­pleta toda clase de gobierno, este día no vendría nunca.

Predicando constantemente contra toda especie de gobierno y siempre reclamando la libertad integral, debemos apoyar todas las luchas por las libertades par­ciales, convencidos de que en la lucha se aprende a lu­char y de que comenzando a catar la libertad se acaba queriéndola toda. Nosotros debemos estar siempre con el pueblo, y cuando no consigamos hacerle pretender mucho, procurar que por lo menos pretenda algo, y debemos esforzarnos para que aprenda, poco o mucho, lo que quiera, a conquistarlo por sí mismo y a que odie y desprecie al que está en el gobierno o quiera ser go­bierno.

Puesto que el gobierno tiene hoy poder para re­glamentar, mediante las leyes, la vida social y ampliar o restringir la libertad de los ciudadanos, debemos, no pudiendo arrancarle aún este poder, obligarle a que haga de él un uso lo menos dañino posible. Pero esto debemos hacerlo estando siempre fuera y contra el gobierno, haciendo presión sobre él mediante la agita­ción de la calle, amenazando tomarnos por las malas lo qué pretendamos. Jamás debemos aceptar una fun­ción legislativa cualquiera, sea general o local, porque de hacer lo contrario disminuiríamos la eficacia de nuestra acción y traicionaríamos el porvenir de nues­tra causa.

*     *    *

La lucha con el gobierno se resuelve, en último análisis, en lucha física, material.

El gobierno hace la ley. Este debe, pues, tener una fuerza material (ejército y policía) para imponer la ley, porque de otro modo no obedecería sino el que quisiere y la ley no sería ya ley, sino una simple pro­posición que cada individuo sería libre de aceptar o de rechazar. Y los gobiernos tienen esta fuerza y se sir­ven de ella para poder con leyes fortificar su dominio y defender los intereses de las clases privilegiadas, oprimiendo y explotando a los trabajadores.

El límite a la opresión gubernamental está en la fuerza que el pueblo se muestre capaz de oponerle,

Puede haber conflicto abierto o latente, pero el conflicto siempre existe, porque el gobierno no se de­tiene ante el descontento y la resistencia, sino cuando siente el peligro de la insurrección.

Cuando el pueblo se somete dócilmente a la ley o la protesta es débil y platónica, el gobierno hace lo que tiene por conveniente sin preocuparse de las necesida­des populares; cuando la protesta se hace viva, insis­tente y amenazadora, el gobierno, según sea más o me­nos clarividente, cede o recurre a la represión. Pero siempre se llega a la insurrección, porque si el gobier­no no cede el pueblo acaba por rebelarse, y, si cede, el pueblo adquiere confianza en sí mismo y pide cada vez más, hasta que 7a incompatibilidad entre la libertad y la autoridad se hace evidente y estalla el conflicto vio­lento.

Es necesario, por lo tanto, prepararse moral y ma­terialmente para que cuando estalle la lucha violenta la victoria quede de parte del pueblo.

* *  *

La insurrección victoriosa es el hecho más eficaz para la emancipación popular, puesto que el pueblo, sa­cudido ya el yugo, queda libre de darse a sí mismo aquellas instituciones que cree mejores, y el tiempo que media entre la ley, siempre en retardo, o el grado de civilización a que llegó la masa de la población., se cruza de un salto. La insurrección determina la revo­lución, es decir, la actuación rápida de las fuerzas la­tentes acumuladas durante la precedente evolución,

Todo estriba en lo que el pueblo sea capaz de que­rer.

En las pasadas insurrecciones el pueblo, incons­ciente de las verdaderas razones de sus males, quiso siempre muy poco y muy poco consiguió.

¿Qué es lo que querrá en la próxima insurrec­ción?

Esto depende en parte de nuestra propaganda y de la energía que sepamos desarrollar.

Deberemos impulsar al pueblo a que expropie a los propietarios y que ponga en común la riqueza, a que organice la vida social por sí mismo, mediante aso­ciaciones libremente constituidas, sin esperar órdenes de nadie y negándose a nombrar o reconocer un go­bierno cualquiera; o un cuerpo cualquiera que preten­da .el derecho de hacer la ley e imponer su voluntad a los demás.

Y si la masa del pueblo no responde a nuestro lla­mamiento, deberemos —en nombre del derecho que tenemos a ser libres aunque los demás quieran conti­nuar siendo esclavos, y por la eficacia del ejemplo—-actuar cuanto “podamos nuestras ideas, no reconociendo el nuevo gobierno, manteniendo viva la resistencia, y hacer de modo que los municipios que las hayan aco­gido simpáticamente rechacen toda ingerencia guber­namental y se obstinen a vivir como les plazca.

Y   deberemos, sobre todo, oponernos por todos los medios a la reconstitución de la policía y del ejército y aprovechar la ocasión propicia para llevar los traba­jadores a la huelga general con todas aquellas mayores pretensiones que hayamos podido inculcarle.

Y   suceda lo que suceda, continuar luchando, sin interrupción, contra los propietarios y contra el go­bierno, teniendo siempre por mira la emancipación completa, económica, política y moral de toda la hu­manidad.

Queremos, por lo tanto, abolir radicalmente el do­minio y la explotación del hombre por el hombre, que­remos que los hombres, hermanados por una solidari­dad consciente y querida, cooperen todos voluntaria­mente en el bienestar- de todos; queremos que la so­ciedad se constituya con el fin de suministrar a todos los seres humanos los medios de alcanzar el máximo bienestar posible, el máximo posible desarrollo moral y material; queremos para todos pan, libertad, amor y ciencia.

Y                                            para conseguir este fin supremo creemos nece­sario que los medios de producción estén a disposición
de todos, y que ningún hombre, o grupo de hombres,
pueda obligar a los demás a someterse a su voluntad,
ni ejercer su influencia de otro modo que con la fuer­za de la razón y del ejemplo. Por consiguiente: expro­piación de los detentadores del suelo y del capital a
beneficio de todos y abolición del gobierno. E interi­namente esto no se haga, propaganda del ideal; orga­nización de las fuerzas populares; lucha continua, pa­cífica o violenta, según las circunstancias, contra el
gobierno y contra los propietarios, a fin de conquistar
toda la libertad y todo el bienestar que se pueda.

*    *    *

LAS DOS TENDENCIAS

¿LIBERTAD   O   ESCLAVITUD?

No pueden durar perpetuamente las condiciones actuales de la sociedad. Sobre esto convienen todos, por lo menos todos aquéllos que piensan.

Cuando se cree que los sufrimientos son un casti­go o una prueba que nos impone Dios, y que en otro mundo, después de muertos, se nos pagará con creces todos los males que en éste soportamos, la cosa puede ir tirando, se puede aguantar el mal.

Pero esta fe, que jamás ha sido, por lo demás, bastante eficaz, puesto que nunca impidió que la gen­te se preocupase de sus intereses terrenales, ha dismi­nuido grandemente, y pronto se extinguirá del todo. Los mismos curas, que intentan salvar la religión y salvarse ellos salvándola, vence obligados a darse aires de querer resolver la cuestión social y atenuar los ma­les del proletariado.

Tan pronto como los trabajadores comprenden su situación en la sociedad —y, afortunadamente, ya son muchos los que la comprenden, — es imposible que con­sientan para siempre trabajar y morirse de hambre,

producir durante toda su vida por cuenta de los patro­nes y no tener en perspectiva sino una vejez sin techo y sin pan asegurados. Es imposible que, siendo pro­ductores de una riqueza siempre creciente, no quie­ran, al fin, poseer una parte de ella, suficiente para sa­tisface!’ siquiera sus más primordiales necesidades. Es Imposible que, ya más instruidos, afinados por el con­tacto de la civilización, aunque ésta sea beneficiosa a otros, habiendo experimentado la fuerza que pueden darles la unión y el atrevimiento, es imposible, repito, que no pretendan algún día aquel mínimo de bienestar y de seguridad sin el cual la vida humana no sería po­sible .

En otros tiempos, y no muy distantes, cuando aún florecía el artesano y los capitales no estaban tan con­centrados y las empresas no eran tan colosales, los pro­letarios más inteligentes y más enérgicos tenían la es­peranza de poder arrinconar un capitalito y convertir­se en pequeños propietarios, en, pequeños patrones, y esta esperanza absorbía sus energías y les hacía sopor­tar sus presentes miserias. Queda aún en varios paí­ses el recurso de la emigración y la esperanza de enri­quecerse en América, pero también este recurso de de­sesperados va desvaneciéndose. Actualmente, el que es proletario sabe o va aprendiéndolo que, por regla ge­neral, está condenado a continuar siendo explotado to­da su vida, salvo el caso de que adviniere un cambio radical en el orden social. Y por esto reclama este cambio y se une a los demás proletarios, pava conquis­tar la fuerza necesaria que pueda imponerlo.

Los burgueses y los gobernantes que les represen­tan y les defienden, conocen este deseo proletario y ven la necesidad de hacer algo en este sentido, para evitarse sucumbir en un terrible cataclismo social.

Las masas se agitan, se organizan, adquieren con­ciencia de su fuerza. Las cárceles y las matanzas no pueden constituir un remedio  permanente; precisa ti­rar un hueso al perro rabioso para que no muerda.

De otra parte, los burgueses inteligentes comien­zan a comprender que el trabajador bien alimentado y contento produce más; que el esclavo bien tratado es de más fácil manejo; que actuar de amo en medio de siervos alegres, satisfechos y agradecidos es más pla­centero y más seguro que estar en medio de gente que sufre, maldice, odia y maquina venganzas. Compren­den que es necesario instruir a los_ trabajadores para que sean productores eficaces, Y la instrucción es germen de rebelión.

Los progresos de las ciencias médicas demuestran, mejor de lo que lo ha hecho la ciencia económica, que cada individuo está interesado en que los demás vivan en buenas condiciones. Cuando se piensa que un tío del rey de Inglaterra, joven, lleno de salud, murió víc­tima del tifus, según demostraron !as averiguaciones hechas, porque un pantalón encargado a una gran sas­trería lo hizo, efectivamente, un obrero miserable, en un fétido tugurio, en el cual trabajaba y vivía con su familia, la que en aquellos momentos tenía un pequeñuelo atacado de dicha enfermedad… uno se pregun­ta: ¿cómo garantizarse contra las enfermedades in­fecciosas, si, aun siendo ricos, se está siempre en con­tacto con las gentes pobres, las cuales es imposible cui­den de las reglas más esenciales de la higiene?

Todo tiende, por consiguiente, a cambiar las actuales condiciones sociales en el sentido de un mayor bienestar y mayor justicia para todos. Las mismas clases dominantes están en ello interesadas.

Ciertamente que, dejada bajo la dirección de la burguesía, la evolución social sería lentísima, por la tendencia que tiene el que manda a huir de innovacio­nes, por los medios de que esta clase dispone para atraerse, co interesarse,  corromper y absorber a los elementos más inteligentes y activos que surgen en­tre el proletariado, y porque, efectuada por burgueses y en interés de la dominación burguesa, cualquiera mejora sería un obstáculo puesto a ulteriores, mejoras que se exigieran. Si las masas proletarias, animadas y empujadas por los revolucionarios, no ponen a ello remedio, pasarán muchas generaciones antes de que se realice una sensible mejora general, antes de que desaparezcan para todos el hambre, que mata; la mi­seria, que embrutece; y la desesperación, que empuja al delito.

Pero antes o después, a saltos o gradualmente, las condiciones sociales tienen que cambiar, porque es im­posible que los trabajadores las soporten eternamente y porgue está en interés de todos que cambien.

Ahora bien; ¿qué cambio será éste y hasta qué punto llegará?

La sociedad actual está dividida en propietarios y proletarios. Puede cambiar aboliendo la condición de proletario y haciendo que todos sean copropietarios, o puede cambiar conservando esta distinción funda­mental, pero asegurando a los proletarios un mejor tratamiento.

En el primer1 caso, los hombres serían libres, socialmente iguales, y organizarían la vida social confor­me a los deseos de cada uno, y todas las potencialida­des de la naturaleza humana podrían desarrollarse con la exuberante variedad. En el segundo caso, los pro­letarios, bestias útiles y bien cebadas, se adaptarían a la posición de esclavos contentos de tener buenos amos.

Libertad o esclavitud, anarquía o estado servil.

Estas dos posibles soluciones dan lugar a dos ten­dencias divergentes, que están representadas, en sus manifestaciones más consecuentes, la una, por los anar­quistas; la otra, por los llamados socialistas reformis­tas. Con esta diferencia: que mientras los anarquistas saben y dicen lo que quieren, es decir, la destruc­ción del Estado y la organización libre de la sociedad sobre la base de la igualdad económica, los reformistas, al contrario, se hallan en contradicción consigo mis­mos, porque sf; llaman socialistas y, en cambio, su ac­ción tiende a sistematizar y perpetuar, humanizándo­lo, el sistema capitalista, y, por consiguiente, niegan el socialismo, que significa, sobre todo, abolición de la división de los hombres en proletarios y propietarios.

Deber de los anarquistas —y de buena gana di­remos deber de todos los verdaderos socialistas— es oponerse a esta tendencia hacia el estado servil, hacia un estado de esclavitud atenuada que castraría la Hu­manidad de sus mejores dotes, que privaría a la civili­zación progresiva de sus flores más bellas, tendencia que sirve para mantener entre tanto el estado de mi­seria y de degradación en que se encuentran las masas, persuadiéndolas de que tengan paciencia y esperen en la providencia del Estado y en la bondad e inteligencia de los patrones.

Todas las llamadas legislaciones sociales, todas las medidas estatales, decretadas y propuestas para “pro­teger” el trabajo y asegurar a los trabajadores un mí­nimo de bienestar y de seguridad, así como todos los medios empleados por los capitalistas inteligentes para atar el proletariado a la fábrica mediante premios, pensiones y otros beneficios, cuando no son una menti­ra y una trampa, son un paso hacia este estado servil, que amenaza la emancipación de los trabajadores y el progreso de la Humanidad.

Salario mínimo establecido por la ley, limitación legal de la jornada de trabajo, arbitraje obligatorio, contrato colectivo de trabajo con valor jurídico, perso­nalidad jurídica de los sindicatos obreros, medidas hi­giénicas en las fábricas y prescritas por el Gobierno, seguros estatales para las enfermedades, falta de trabajo, accidentes del trabajo, pensiones de la vejez, co­participación en los beneficios, etc., etc., son medidas todas conducentes a que los proletarios continúen sien­do proletarios, y los propietarios, propietarios; medi­das todas que dan al trabajador (cuando se lo dan) un poco más de bienestar y de seguridad, pero que le pri­van de aquella poca libertad que tienen y tienden a per­petuar la división de los hombres en amos y siervos.

Bueno es, ciertamente, en espera de la revolución —y hasta sirve para despertarla más fácilmente,— que los trabajadores procuren ganar más jornal y traba­jar menos horas y en mejores condiciones; bueno es que los desocupados no se mueran de hambre, que los enfermos y los viejos no queden abandonados. Tero todo esto los trabajadores pueden y deben obtenerlo  por si mismos, con la lucha directa contra los patro­nes, mediante su organización, con la acción individual y colectiva, desarrollando en cada individuo el senti­miento de dignidad personal y la conciencia de sus de­rechos.

Los “dones” del Estado, los “dones” de los patro­nos son frutos envenenados que en sí mismos llevan la semilla de la esclavitud.  Es necesario rechazarlos.

Extraido y digitalizado de aqui:

http://www.memoriachilena.cl//temas/documento_detalle.asp?id=MC0018297

Para descargar en word: http://www.mediafire.com/?wyiw4dqzdzm

El Estado Socialista

El siguiente es un texto escrito por el anarquista Errico
Malatesta… El Libertario lo dedica a todos aquellos nuevos
“heroes de la izquierda socialista democrata” que han llegado o
pretenden llegar al poder para “ayudar al pueblo”. A Chavez,
Lula, Lucio y demas “salvadores” de la izquierda democrata…

El Estado socialista

“La conquista de los poderes públicos” es el objetivo de los
socialistas-demócratas.

No examinaremos esta vez hasta qué punto este fin está de
acuerdo con sus teorías históricas, según las cuales la clase
económicamente predominante detentará siempre y fatalmente el
poder político, y, por tanto, la emancipación económica debería
necesariamente preceder a la emancipación política. No
discutiremos si, admitida la posibilidad de la conquista del
poder político por parte de una clase desheredada, los medios
legales pueden bastar para lograrla.
Queremos hoy discutir únicamente si esta conquista de los
poderes públicos se armoniza o no con el ideal socialista de una
sociedad de seres, libres e iguales, sin supremacías ni división
en clases.

Los socialistas demócratas, especialmente los italianos, que,
quieran o no, han sufrido más que otros la influencia de las
ideas anarquistas, suelen decir en alta voz, por lo menos cuando
polemizan con nosotros, que también quieren abolir el Estado, o
de otro modo dicho, el gobierno, y que precisamente para poder
abolirlo quieren apoderarse de él. ¿Qué significa esto? Si
significa que pretenden con el acto de conquistarlo, abolir el
Estado, anular toda garantía legal de los “derechos adquiridos”,
disolver toda la fuerza armada oficial, suprimir todo poder
legislativo, dejar en su plena y completa autonomía todas las
localidades, a todas las asociaciones, a todos los individuos, e
instaurar una organización social de abajo a arriba, mediante la
libre federación de los grupos de productores y consumidores,
entonces toda la cuestión quedaría reducida a ésta: que expresan
con ciertas palabras las mismas ideas que nosotros expresamos
con otras palabras: Decir: queremos asaltar aquella fortaleza y
destruirla, o decir: queremos apoderarnos de aquella fortaleza
para demolerla, es una misma cosa.

Quedaría, sin embargo, entre los socialistas-demócratas y
nosotros la diferencia de opinión, ciertamente de máxima
importancia, sobre la participación en las luchas electorales y
saber si yendo los socialistas al parlamento favorecen o
estorban la revolución, si preparan los hombres para una radical
transformación del presente orden de cosas o si educan al pueblo
para aceptar, después de la revolución, una nueva tiranía; por
lo menos en aquella finalidad estaríamos de acuerdo.
Pero la verdad es que estas declaraciones de querer apoderarse
del Estado para destruirlo, o son censurables artificios de
polémica, o, si son sinceras, provienen de anarquistas en
formación que aún se consideran demócratas.

Los verdaderos socialistas demócratas tienen una idea bien
diferente de esta “conquista de los poderes públicos”. En el
Congreso de Londres, para no citar más que una declaración
reciente y solemne, dijeron claramente que es necesario
conquistar los poderes públicos “para legislar y administrar la
sociedad nueva”. En la Critica Sociale leímos que es un error
creer que el partido Socialista una vez llegado al poder podrá o
querrá disminuir los impuestos, que, al contrario, el Estado
deberá, por medio de un aumento gradual de los impuestos,
absorber gradualmente la riqueza privada para poner en práctica
las grandes reformas que el socialismo se propone (institución
de retiros para la vejez, para los inválidos, para los
accidentes del trabajo; organización de escuelas dignas de los
países civilizados; rescate de los grandes capitales, etc.) y de
este modo irse encaminando hacia la lógica meta del perfecto
comunismo, cuando todo se transformará en beneficio público y la
riqueza privada en riqueza de la sociedad. (José Bonzo, “El
partido socialista y los impuestos”. Critica Sociale, mayo de
1897).

Por lo visto es un gobierno completo lo que nos prometen los
socialistas-demócratas, un gobierno con toda la necesaria
secuela de múltiples y diversos funcionarios, de policías y
carceleros (para los que tuvieren intención de no obedecer), sus
jueces, administradores de fondos públicos; con sus programas
escolares y sus profesores oficiales, etc., etc., y,
naturalmente, con todo un cuerpo legislativo que hará leyes y
fijará los impuestos y los varios ministerios que ejecutan y
administran las leyes.

Sobre esto podrá haber diferencias de modalidad, de tendencias
más o menos centralizadoras, de métodos más o menos
dictatoriales o democráticos, de procesos más o menos rápidos o
graduales; pero en el fondo todos están de acuerdo, porque esta
es la sustancia de su programa.
Es necesario ver ahora si este gobierno que los socialistas
desean ofrece garantías de justicia social, si podría o querría
abolir las clases, destruir toda explotación y opresión del
hombre sobre el hombre, si, en una palabra, podría y querría
fundar una sociedad verdaderamente socialista.

Los socialistas-demócratas parten del principio de que el
Estado, o gobierno, es simplemente el órgano político de la
clase dominante. En una sociedad capitalista, dicen, el Estado
sirve necesariamente los intereses de los capitalistas y les
garantiza el derecho de explotar a los trabajadores; pero en una
sociedad socialista, abolida la propiedad individual y
desaparecidas,
con la destrucción del privilegio, todas las distinciones de
clase, entonces el Estado representaría y volveríase el órgano
de los intereses sociales de todos los miembros de la sociedad.

Pero aquí se presenta una inevitable dificultad. Si es verdad
que el gobierno es necesariamente y siempre el instrumento de
los que poseen los medios de producción, ¿cómo podrá efectuarse
el milagro de un gobierno capitalista con la misión de abolir el
capital? Será, como querían Marx y Blanqui, por medio de una
dictadura impuesta revolucionariamente, como un acto de fuerza,
que revolucionariamente decreta e impone la confiscación de las
propiedades privadas a favor del Estado, representante de los
intereses colectivos? ¿O será, como parece quieren todos los
marxistas y gran parte de los blanquistas modernos, por medio de
una mayoría socialista mandada al parlamento por el sufragio
universal?

¿Se procederá de golpe a la expropiación de la clase dominante
por parte de la clase económicamente sujeta, o se procederá
gradualmente obligando a los propietarios y a los capitalistas a
que se dejen quitar poco a poco todos sus privilegios?

Todo esto parece extrañamente en contradicción con la teoría del
“materialismo histórico” que para los marxistas es dogma
fundamental. Nosotros no queremos ahora examinar estas
contradicciones ni saber lo que pueda haber de verdad en la
doctrina del materialismo histórico.

Supongamos que de cualquier modo que sea, el gobierno ha caído
en manos de los socialistas y quedó bien y fuertemente
constituido un gobierno socialista. ¿Habría, por este solo
hecho, llegado la hora del triunfo del socialismo? Nosotros
creemos que no.

Si la institución propiedad individual es el origen de todos los
males que conocemos, no es porque una cierta parte de terreno
esté inscrita en el registro de la propiedad en nombre de fulano
o de zutano, sino porque dicha inscripción da a este individuo
el derecho de usar de la tierra como le plazca, y el uso que de
ella hace es regularmente malo, es decir, en perjuicio de sus
semejantes. En su origen todas las religiones dijeron que la
riqueza es un gravamen que obliga a sus poseedores a cuidarse
del bienestar de los pobres y servirles de padre, y en las
fuentes del derecho civil vemos que el señor
de la tierra está preso por tantas obligaciones cívicas que
mejor parece un administrador de los bienes en interés del
público, que propietario en el sentido moderno de la palabra.
Pero el hombre está de tal modo forjado que cuando tiene modo de
dominar e imponer a los demás su voluntad, usa y abusa hasta
reducirles a la esclavitud y a la abyección. Así el señor, que
debía ser padre y protector de los pobres, se transformó siempre
en su más feroz explotador. Así sucedió y sucederá siempre con
los gobernantes.

De nada sirve decir que cuando el gobierno salga del pueblo hará
los intereses del pueblo; todos los poderes salieron del pueblo,
porque el pueblo es quien da la fuerza, y todos oprimen al
pueblo. De nada sirve repetir que cuando no haya clases
privilegiadas el gobierno no podrá dejar de ser el órgano de la
voluntad colectiva. Los gobernantes constituyen por sí mismos
una clase, y entre ellos se desarrolla una solidaridad de clase
mucho más poderosa que la existencia entre las clases fundadas
sobre los privilegios económicos.

Es verdad que hoy el Gobierno es siervo de la burguesía, pero
más lo es porque sus miembros son burgueses que por ser
gobierno; como todos los siervos detesta al amo y le engaña y
roba. No fue para servir a la burguesía que Crispi saqueó los
bancos, como tampoco era para servirla que violó la
Constitución.

Aunque el gobernante no abuse ni robe personalmente, provoca en
torno suyo una clase que le debe sus privilegios y tiene interés
en que permanezca en el poder. Los partidos de gobierno son en
el campo político lo que las clases propietarias en el
económico.

Mil veces lo hemos repetido los anarquistas y toda la historia
lo confirma: propiedad individual y poder político son dos
eslabones de la cadena que sujeta la humanidad. Imposible
librarse de uno sin librarse del otro. Abolid la propiedad
individual sin abolir el gobierno y aquélla se reconstituirá por

obra de los gobernantes. Abolid el gobierno sin abolir la
propiedad individual y los propietarios se reconstituirán en
gobierno.

Cuando Federico Engeis, tal vez previendo la crítica anarquista,
decía que, desaparecidas las clases, el Estado propiamente dicho
no tiene ya razón de ser y se transforma de gobierno de hombres
en administrador de las cosas, no hacía más que un vano juego de
palabras. Quien tiene el dominio sobre los hombres, quien
gobierna al producto gobierna al productor, quien mide el
consumo es dueño del consumidor.
La cuestión es ésta: o se administran las cosas según los libres
pactos de los interesados y entonces es la anarquía, o son
administradas según la ley fabricada por los administradores y
entonces es el gobierno, es el Estado, y fatalmente será
tiránico.
Aquí no se trata de la buena o de la mala- fe de este o aquel
hombre, sino de la fatalidad de las situaciones, y de las
tendencias que en general los hombres desarrollan cuando se
hallan en ciertas circunstancias.
Además, si se trata verdaderamente del bien de todos, si
verdaderamente administrar las cosas quiere decir en interés de
los administrados, ¿quién mejor puede hacerlo que los mismos
productores y consumidores de estas cosas?

¿Para qué sirve un gobierno?
El primer acto de un gobierno socialista apenas llegado al poder
debería ser este: Considerando que siendo gobierno nada podemos
hacer y paralizaríamos la acción del pueblo obligándole a
esperar leyes que no podemos hacer sino sacrificando los
intereses de unos y de otros y de todos los nuestros en
particular, nosotros, gobierno, etc., declaramos abolida toda
autoridad, invitamos a todos los ciudadanos a que se organicen
en asociaciones que correspondan a sus varias necesidades,
confiamos en la iniciativa de esas instituciones y para bien de
ellas les aportaremos el tributo de nuestra obra personal.
Jamás gobierno alguno hizo cosa semejante y tampoco lo haría un
gobierno socialista. Por esto si algún día el pueblo tiene la
fuerza en sus manos y sabe ser juicioso impedirá que se
constituya un gobierno cualquiera.

Errico Malatesta

Respuesta a Makhnó

Estimado compañero,

He finalmente podido ver la carta que usted me ha enviado hace más de un año, sobre mis críticas al proyecto de organizar una Unión General de Anarquistas, publicada por el Grupo de Anarquistas Rusos en el Extranjero, conocido en nuestro movimiento por el nombre de “Plataforma”. Conociendo mi situación como usted la conoce, ciertamente habrá entendido por qué no he respondido.

No puedo tomar parte como quisiera de la discusión de las cuestiones del mayor interés para nosotros, porque la censura me impide recibir publicaciones que son consideradas subversivas o cartas que traten de tópicos políticos o sociales, y sólo después de largos intervalos y por afortunada casualidad vengo a oír el distante eco de lo que los compañeros dicen y hacen. De este modo, me he enterado de que la “Plataforma” y mis críticias a ella han sido ampliamente discutidos, pero sé poco o nada de lo que se ha dicho; y su carta es el primer documento escrito sobre el asunto que he logrado ver.

Si pudiéramos escribirnos libremente, le pediría clarificara, antes de entrar a la discusión, algunos de sus puntos de vista los cuales, quizás debido a una traducción imperfecta del ruso al francés, me parecen, en parte, algo obscuros. Pero estando las cosas como están, responderé a lo que he entendido, y espero ser capaz de ver su respuesta.

Usted se sorprende de que yo no acepte el principio de responsabilidad colectiva, que usted cree es un principio fundamental que guía, y debe guiar, a los revolucionarios del pasado, presente y futuro.

Por mi parte, me pregunto qué puede significar la noción de responsabilidad colectiva venida de los labios de un anarquista. Yo sé que los militares tiene el hábito de decimar grupos de soldados rebeldes o de soldados que no se han comportado correctamente frente al enemigo, disparándoles indiscriminadamente. Sé que los jefes militares no tiene escrúpulos en destruir poblados o ciudades, y masacrar a toda una población, incluidos los niños, porque alguien ha puesto alguna resistencia a una invasión. Sé que a lo largo de la historia, los gobiernos han, de varias maneras, amenazado con, y aplicado, el sistema de la responsabilidad colectiva para poner freno a los rebeldes, para demandar impuestos, etc. Y entiendo que esto puede ser un medio efectivo para intimidar y oprimir.

¡¿Pero cómo puede, gente que lucha por la libertad y la justicia, hablar de responsabilidad colectiva, cuando sólo puede interesarles la responsabilidad moral, hayan o no sanciones materiales de por medio?!!!

Si, por ejemplo, en un conflicto con fuerzas armadas del enemigo, el hombre que está a mi lado actúa como un cobarde, él me puede dañar a mi y a los demás, pero la verguenza será sólo suya, por su falta de valor para mantener el rol que él mismo escogió. Si durante una conspiración, un conspirador traiciona y envía a sus compañeros a prisión, ¿son los engañados los responsables de su traición?

La “Plataforma” dice: “Toda la Unión es responsable de la actividad revolucionaria y política de todo miembro y cada miembro es responsable de la actividad revolucionaria y política de la Unión“. ¿Puede esto ser reconciliado con los principios de autonomía y de libre iniciativa que los anarquistas profesan? Yo respondo, entonces: “Si la Unión es responsable de lo que cada miembro hace, ¿cómo puede dejar a sus miembros individuales y a sus diversos grupos, la libertad de aplicar el programa común de la forma en que les parezca adecuado? ¿cómo puede hacerse responsable de una acción, si carece de los medios para impedirla? De esta manera, la Unión y, mediante ella, el Comité Ejecutivo, necesitarían monitorear la acción de los miembros individuales y ordenarles qué hacer y qué no hacer; y ya que la desaprobación luego de los eventos no puede rectificar una responsabilidad previamente aceptada, nadie sería capaz de hacer nada antes de haber obtenido el vamos, el permiso del comité. Entonces, ¿puede un individuo aceptar responsabilidad por la acción de una colectividad antes de saber qué es lo que la última hará, y sin poder prevenirla de hacer lo que éste desaprueba?

Ciertamente, acepto y apoyo la visión de que cualquiera que se asocie y coopere con otros para un propósito común, debe sentir la necesidad de coordinar sus acciones con aquellas de sus compañeros y no hacer nada que dañe el trabajo de otros y, de esta manera, a la causa común; y que se respeten los acuerdos que sean hechos -excepto cuando sinceramente deseen dejar la asociación al emerger diferencias de opinión, o cuando las circunstancias hayan cambiado, o conflictos sobre los métodos predilectos hagan la cooperación imposible o inapropiada. Tal cual, yo mantengo que aquellos que no sientan ni practiquen estos deberes, deban ser expulsados de la asociación.

Quizás, al referirse a la responsabilidad colectiva, ustedes se refieran precisamente a ese acuerdo y solidaridad que debe existir entre los miembros de una asociación. Y si esto es así, su expresión representa, en mi opinión, un uso incorrecto del lenguaje, pero básicamente, esto sólo sería una cuestión de palabras sin importancia y el acuerdo podría alcanzarse rápidamente.

La cuestión realmente importante que usted plantea en su carta, concierne al rol de los anarquistas en el movimiento social y la forma en que éstos debieran desempeñarlo. Este es un asunto básico, la razón de ser del anarquismo y uno debe ser bastante claro respecto a lo que se refiere.

Usted pregunta si los anarquistas deben (en el movimiento revolucionario y en la organización comunista de la sociedad) asumir un rol directivo y, consecuentemente, responsible, o limitarse a ser auxiliares irresponsables. Su pregunta me deja perplejo, porque carece de precisión. Es posible dirigir mediante el consejo y el ejemplo, dejando al pueblo -proveídos de las oportunidades y los medios para suplir por sí mismos sus necesidades- adoptar nuestros métodos y soluciones si estos son, o parecieran ser, mejores que aquellos sugeridos y ejecutados por otros. Pero es también posible dirigir tomando el mando, esto es, convirtiéndose en gobierno e imponiendo las ideas e intereses propios mediante métodos policiales. ¿De qué manera quisiera dirigir?

Somos anarquistas, porque creemos que el gobierno (cualquier gobierno) es un mal, y que no es posible ganar la libertad, solidaridad y justicia si no es con libertad. No podemos, entonces, aspirar al gobierno y debemos hacer todo cuanto ea posible para evitar que otros -clases, partidos o individualidades- tomen el poder, convirtiéndose en gobiernos.

La responsabilidad de los lideres, una noción según la cual me parece quisieran garantizar que el público sea protegido de sus propios abusos y errores, no significa nada para mí. Aquellos en el poder, no son verdaderamente responsables, excepto, cuando son enfrentados a la revolución, y no podemos hacer la revolución todos los días, y generalmente ésta ocurre sólo cuando el gobierno ya ha hecho todo el mal que podía hacer.

Usted entenderá que yo estoy lejos de pensar que los anarquistas deban estar satisfechos con ser simples auxiliares de otros revolucionarios quienes, no siendo anarquistas, naturalmente aspiran a convertirse en gobierno.

Por el contrario, yo creo que nosotros, los anarquistas, convencidos de la validez de nuestro programa, debemos apuntar a adquirir una influencia enorme a fin de llevar al movimiento hacia la realización de nuestros ideales. Pero tal influencia debe ser ganada haciendo más y mejor que los demás, y sólo será útil si es ganada de esa manera.

Hoy por hoy, debemos profundizar, desarrollar y propagar nuestras ideas y coordinar nuestras fuerzas en una acción común. Debemos actuar en el movimiento obrero para impedir que éste se vea limitado y corrompido por la exclusiva búsqueda de mejoras pequeñas, compatibles con el sistema capitalista; y debemos actuar de tal manera que contribuya a preparar la completa transformación social. Debemos trabajar con las masas desorganizadas, y quizás imposibles de organizar, para despertarlas al espíritu de rebelión y al deseo y la esperanza de una vida libre y feliz. Debemos iniciar y apoyar todos los movimientos que tiendan a debilitar las fuerzas del Estado y del capitalismo, e incrementar el nivel mental y las condiciones materiales de los trabajadores. Debemos, en breve, preparar y prepararnos, moral y materialmente, para el acto revolucionario que abrirá el camino hacia el futuro.

Y luego, en la revolución, debemos tomar una parte enérgica (si es posible anterior y más efectivamente que los demás) en la lucha material esencial y conducirla al límite máximo en la destrucción de todas las fuerzas represivas del Estado. Debemos alentar a los trabajadores a tomar posesión de los medios de producción (tierras, minas, fábricas y talleres, medios de transporte, etc.) y de las reservas de bienes manufacturados; a organizar inmediatamente, por sí mismos, una distribución equitativa de los bienes de consumo, y al mismo tiempo, suplir los productos para el intercambio entre regiones y comunas, para la continuación e intensificación de la producción y de todos los servicios útiles para el público.

Debemos, de todas las formas posibles y acorde a las circunstancias y oportunidades locales, promover la acción de las asociaciones obreras, de las cooperativas, de los grupos voluntarios -para prevenir la emergencia de nuevos poderes autoritarios, de nuevos gobiernos, oponiéndoles con la violencia si es necesario, pero por sobretodo, mostrándolos como superfluos. Y donde no encontremos suficiente consenso entre el pueblo y no podamos prevenir el re-establecimiento del Estado con sus instituciones autoritarias y sus cuerpos coercitivos, debemos negarnos a tomar parte en él o reconocerlo, rebelándonos en contra de sus imposiciones y demandando nuestra plena autonomía y la de todas las minorías disidentes. En otras palabras, debemos permanecer en un estado concreto o potencial de rebelión y, siendo incapaces de triunfar en el presente, debemos, al menos, preparanos para el futuro.

¿Es esto a lo que ustedes se refieren en la parte que cabe a los anarquistas en la preparación y realización de una revolución? Por lo que sé de ustedes y de su trabajo, me siento inclinado a creer que si.

Pero cuando veo que en la Unión que ustedes apoyan, hay un Comité Ejecutivo que da dirección ideológica y organizativa a la asociación, me asalta la duda de que ustedes también quisieran ver, en el movimiento general, un cuerpo central que dictaría, de manera autoritaria, el programa teórico y práctico de la revolución. De ser esto así, somos polos opuestos.

Su organización, o sus órganos administrativos, podrían estar compuestos por anarquistas, pero no serían otra cosa sino un gobierno. Creyendo, en la más completa buena fe, que fueran necesarios para el triunfo de la revolución, asegurarían, como prioridad, que estuvieran lo suficientemente bien colocados y que fueran lo suficientemente fuertes como para imponer su voluntad. Crearían, entonces, cuerpos armados para la defensa material, y una burocracia para realizar sus mandatos, y en este proceso, paralizarían al movimiento popular y matarían la revolución. Esto es lo que yo creo ha pasado con los Bolcheviques.

Aquí estamos. Creo que lo importante no es la victoria de nuestros planes, de nuestros proyectos, de nuestras utopías, que en cualquier caso necesitan de la confirmación de la experiencia y pueden ser modificados por la experiencia, desarrollados y adaptados a las condiciones materiales y morales reales de cada época y lugar. Lo que más importa es que el pueblo, todas las personas, pierdan el instinto y los hábitos serviles que les han legado miles de años de esclavitud, y aprendan a pensar y actuar libremente. Y a esta gran tarea de liberación del espíritu a la que los anarquistas se deben dedicar especialmente.

Le agradezco la atención que gentilmente ha dado a mi carta y, en la esperanza de escuchar nuevamente de usted, le envío mis cordiales saludos.

Errico Malatesta
Noviembre de 1928

Publicada en “Il Risveglio” (Ginebra, 4 de Diciembre de 1929)

Traducido por Jose Antonio Gutierrez Danton

Extraido de aqui: http://www.nestormakhno.info/spanish/mal_rep2.htm

¿Qué debemos hacer?

(Respuesta al articulo de “Outcast”)

(Umanità Nova, n. 185, Agosto 26, 1922)

“¿Qué debemos hacer?” es la pregunta que, unas veces más otras menos intensamente, siempre preocupa las mentes de todos aquellos que luchan por un ideal, y urgentemente vuelve en los momentos de crisis, cuando un fracaso, una desilusión, induce a reexaminar la táctica adoptada, criticar errores posibles y buscar el medio más eficaz. Comrade Outcast tiene razón al formar la pregunta nuevamente e invitar a los compañeros a pensar y decidir sobre que hacer.

Hoy nuestra situación es difícil, y aún terrible en algunas áreas. Sin embargo, él que fue anarquista, permanece anarquista después de todo; aunque nosotros hayamos sido debilitados por muchas derrotas, también hemos ganado una experiencia valuosa, que aumentará nuestra eficacia, si no sólo somos capaces de atesorarlo. Las defecciones ocurridas en nuestro lado, que son en realidad raras, nos ayudan después de todo, porque ellas nos libran de personas débiles y no fiables.

Entonces, ¿qué debemos hacer?

No voy a extenderme sobre los disturbios ocurridos en el extranjero en contra de la reacción italiana. Ciertamente, sólo podemos esperar beneficios de todo lo que ayude al proletariado del mundo para conocer las condiciones reales de Italia y de las increíbles infamias que se han cometido y se cometen por la policia burguesa, a fin de ahogar y destruir cualquier movimiento emancipador. Acabamos de leer acerca de una manifestación internacional de protesta contra el fascismo, que tuvo lugar en Nueva York el 18 del mes en curso – y estamos seguros de que nuestros amigos y aquellos que tienen un sentido de la libertad y  justicia harán todo lo posible en América , Inglaterra, Francia, España, etc.

Sin embargo, estamos interesados principalmente en lo que hay que hacer aquí, en Italia, porque esto es lo que se ha de hacer por nosotros. Aunque es bueno tener en cuenta todas las fuerzas auxiliares,  es muy importante no confiar demasiado en los demás, y buscar nuestro bienestar en nosotros mismos y nuestro propio trabajo.

En los últimos años hemos abordado los distintos partidos vanguardistas con miras a la acción conjunta, y siempre hemos sido decepcionados. ¿Por esta razón debemos aislarnos, o refugiarnos de contactos impuros y no movernos esperando a hacerlo sólo cuándo tengamos la fuerza necesaria y en nombre de nuestro programa completo?

Yo creo que no.

Dado que no podemos hacer la revolución por nosotros mismos, es decir, nuestras fuerzas no son suficientes para atraer y movilizar a las grandes masas necesarias para vencer, y ya, no importa cuánto tiempo se espera, las masas no pueden ser anarquistas antes de que la revolución haya comenzado, necesariamente seguiremos siendo una minoría relativamente pequeña hasta que podamos probar nuestras ideas en la práctica revolucionaria, al negar nuestra cooperación a otros y aplazar la acción hasta que seamos lo suficientemente fuertes como para actuar por nosotros mismos, prácticamente acabaremos fomentando la inactividad, a pesar de la palabras altisonantes y las intenciones radicales, se niega a empezar, con la excusa de llegar hasta el final con un gran salto.

Sé muy bien – si yo no no lo hubiera sabido desde hace tiempo lo hubiera aprendido recientemente – que los anarquistas son los únicos en querer la revolución para bien y tan pronto como sea posible, con excepción de algunos individuos y grupos que se mascan la disciplina de los partidos autoritario permanececiendo en ellos  con la esperanza de que sus dirigentes se resolverán algún día a ordenar una acción de carácter general. Sin embargo, también sé que a menudo las circunstancias son mas fuertes que la voluntad de los individuos, y un día u otro todos nuestros compañeros de diferentes partes tendrán que aventurarse a resolver la lucha final, si no quieren morir ignominiosamente como partidos y hacer un regalo a la monarquía de todas sus ideas, sus tradiciones, sus mejores sentimientos. Hoy podrían ser inducidos a esto por la necesidad de defender su libertad, sus bienes, su vida.

Por lo tanto, siempre debemos estar preparados para apoyar a quienes esten dispuestos a actuar, a pesar de que esto lleva consigo el riesgo de que más tarde nos encontremos solos y traicionados.

Pero al dar a otros nuestro apoyo, es decir, siempre tratando de utilizar las fuerzas a disposición de los demás, y aprovechando todas las oportunidades para la acción, siempre debemos ser nosotros mismos y tratar de estar en condiciones de hacer sentir y contar nuestra influencia, al menos, en proporción directa a nuestra fuerza.

Para ello es necesario que estemos de acuerdo entre nosotros y tratemos de coordinar y organizar nuestros esfuerzos de la manera más eficaz posible.

Dejemos que los demás malentiendan y calumnien nuestros objetivos, por razones que no queremos calificar. Todos los compañeros que quieren tomar en serio la acción deben juzgar lo que es mejor para ellos.

En este momento, como en cualquier momento de depresión y estancamiento, somos afectados por un recrudecimiento de tendencias demasiado sutiles; algunas personas disfrutan el debatir si somos un partido o un movimiento, si hemos de asociarnos en sindicatos o federaciones, y cientos de otras insignificancias similares; tal vez se escuchará una vez más que “los grupos no pueden tener un secretario, ni un cajero, pero tienen que confiar a un compañero que haga frente a la correspondencia de grupo y otro para guardar el dinero”.

Los hacedores de sutiles distinciones son capaces de cualquier cosa; pero deje a hombres prácticos ocuparse de la toma de medidas, y que aquellos tanto los de buena fe como los de mala fe por encima de todo, se cuezen en su propio jugo.

Permitid que todos puedan hacer lo que quieran, asociarse con quien quieran, pero dejad que actúen.

Ninguna persona de buena fe y sentido común puede negar que la actuación  con eficacia requiera el convenir, la unión, la organización.

Hoy la reacción tiende a sofocar cualquier movimiento público, y obviamente el movimiento tiende “a pasar a la clandestinidad”, como un ruso solía decir.

Estamos volviendo a la necesidad de una organización secreta, que está bien.

Sin embargo, una organización secreta no puede ser e incluir todo.

Tenemos que preservar y aumentar nuestro contacto con las masas, tenemos que buscar nuevos seguidores de propaganda tanto como sea posible, tenemos que mantener en el movimiento a todos los individuos aptos para las organizaciones secretas y los que lo pondrían en peligro por ser demasiado conocidos. No hay que olvidar que las personas más útiles para una organización secreta son aquellos cuyas creencias son desconocidos para los adversarios, y que puedan trabajar sin crear sospechas.

Por lo tanto, en mi opinión, nada de lo que existe debe ser deshechado. Por el contrario, se trata de añadir algo más, algo con tales características como para responder a las necesidades actuales.

Que nadie espere a que alguien más tome la iniciativa; deje a cada cual tomar las iniciativas que ellos consideran apropiadas en su lugar, en su ambiente, para luego intentar, con las precauciones previstas, unirse a iniciativas propias de otros, de modo de alcanzar el acuerdo general que es necesario para una acción válida..

Estamos en un momento de depresión, es cierto. Sin embargo, la historia se está moviendo rápido hoy en día: debemos prepararnos para los acontecimientos venideros.

Sobre la responsabilidad colectiva

(Extraído de Studi Sociali [1], 10 de Julio de 1930)

Esta es una carta de Errico Malatesta al grupo anarquista del Distrito 18 de París, escrito en Marzo o Abril de 1930 y publicada en París en “Le Libertaire” No.252, el 19 de abril de 1930. La carta confirma la opinión de Malatesta sobre el concepto de responsabilidad colectiva en la organización. Tanto en el último congreso de los anarquistas organizados de Francia, como en las páginas de “Le Libertaire”, el asunto fue discutido en caliente.

He visto una declaración del grupo del 18 en donde, de acuerdo con la “Plataforma” de los rusos y con el camarada Makhnó, se sostiene que el “principio de responsabilidad colectiva” es la base de cualquier organización seria.

Ya he señalado, en mis críticas a la “Plataforma” y en mi respuesta a la carta abierta dirigida a mí por Makhnó, mi opinión sobre este supuesto principio. Pero ya que hay cierta insistencia en una idea o, al menos en una expresión, que me parecería, personalmente, más propia de un regimiento que de grupos anarquistas, espero que se me permita decir algunas palabras más sobre este asunto.

Los camaradas del 18 dicen que “los anarquistas comunistas deben trabajar de tal manera que su influencia tenga las mayores posibilidades de triunfar y este resultado no se alcanzará a menos que la propaganda se desarrolle colectivamente, permanentemente y homogéneamente”. ¡De acuerdo! Pero pareciera que ese no es el caso; ya que estos camaradas se quejan de que “en nombre de la misma organización, en cada rincón de Francia, las más diversas, e incluso contrarias, teorías se divulgan”. Esto es deplorable en grado sumo, pero simplemente significa que esa organización no tiene un programa claro y preciso, comprendido y aceptado por todos sus miembros, y que dentro del partido, confundidos por una misma denominación, hay hombres que no comparten las mismas ideas y que debieran agruparse en organizaciones distintas o permanecer desvinculados si son incapaces de encontrar otros que piensen como ellos.

Si, como los camaradas del 18 dicen, la UACR [2] no hace nada para establecer un programa que sea aceptado por todos sus miembros y permitirles actuar conjuntamente en situaciones tales como las que se les presenten, si, en otras palabras, la UACR carece del conocimiento, cohesión o acuerdo, su problema es este, y no se remediara nada en proclamar la “responsabilidad colectiva” la cual, a menos que signifique la sumisión ciega a de todos a la voluntad de algunos, es un absurdo moral en teoría y una irresponsabilidad general en la práctica.

Pero quizás todo esto no sea más que un asunto de palabras.

En mi respuesta a Makhnó ya dije que “Quizás, al referirse a la responsabilidad colectiva, ustedes se refieran precisamente a ese acuerdo y solidaridad que debe existir entre los miembros de una asociación. Y si esto es así, su expresión representa, en mi opinión, un uso incorrecto del lenguaje, pero básicamente, esto sólo sería una cuestión de palabras sin importancia y el acuerdo podría alcanzarse rápidamente”.

Y ahora, leyendo lo que los camaradas del 18 plantean, me siento más o menos de acuerdo con su forma de concebir la organización anarquista (estando bastante alejado del espíritu autoritario que la “Plataforma” pareciera revelar) y confirmo mi creencia de que, tras las diferencias semánticas, realmente yacen posiciones idénticas.

Pero si tal es el caso, ¿por qué persistir en el uso de una expresión que sirve tan sólo para entorpecer la clarificación de lo que fue una de las causas de los malentendidos provocados por la “Plataforma”? ¿Por qué no hablar como todos, de manera que nos entendamos y no originemos confusión?

La responsabilidad moral (y en nuestro caso no hablamos más que de responsabilidad moral) es individual por su propia naturaleza. Sólo el espíritu de dominación, en sus varios disfraces políticos, militares, eclesiásticos, etc., ha podido hacer a los hombres responsables de lo que no habían hecho voluntariamente.

Si ciertos hombres acuerdan hacer algo y uno de ellos hace que la iniciativa fracase al no realizar lo que había prometido, todos dirán que fue su culpa y que, por consiguiente, es responsable él, no así aquellos que hicieron hasta el final lo que supuestamente debían hacer.

Una vez más, hablemos como todo el mundo. Tratemos de que nos entiendan todos. Quizás así nos encontremos con menos dificultades en nuestra propaganda.

Errico Malatesta

Marzo/ Abril de 1930


1. Studi Sociali era un periódico anarquista de habla italiano con sede en Montevideo, Uruguay, fundado por Luigi Fabbri.
2. Union Anarchiste Communiste Révolutionnaire.

Traducido por Jose Antonio Gutierrez Danton

Extraido de aqui: http://www.nestormakhno.info/spanish/mal_rep3.htm

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