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Carta de Errico Malatesta a Luigi Fabbri

Londres, 30 de julio de 1919.

Queridísimo Fabbri:

Sobre la cuestión que tanto te preocupa, la de la dictadura del proletariado, me parece que estamos básicamente de acuerdo.

Se me ocurre pensar que sobre este asunto la opinión de los anarquistas no puede ser dudosa y la verdad es que antes de la revolución bolchevique nadie dudaba. Anarquía significa no gobierno, y por lo tanto con mayor razón no dictadura, que es el gobierno absoluto sin control y sin límites constitucionales.

Pero, cuando estalló la revolución bolchevique, algunos amigos nuestros confundieron lo que era revolución contra el gobierno precedente con lo que era un nuevo gobierno que venía a imponerse a la revolución para frenarla y dirigirla a los fines particulares de un partido, y casi casi se declararon bolcheviques ellos mismos.

Ahora bien, los bolcheviques son simplemente marxistas, que han permanecido honestos. y consecuentemnte marxistas, a diferencia de sus maestros y modelos, los Guesde, los Plejanov, los Hyndmann, los Scheidemann, los Noske, etc., etc., que han tenido el fin que tú sabes. Nosotros respetamos su sinceridad, admiramos su energía, pero como no hemos estado nunca de acuerdo con ellos en el terreno teórico, no sabríamos solidarizarnos con ellos cuando de la teoría se pasa a la práctica.

Quizá la verdad sea simplemente esta: que nuestros amigos bolchevizantes con la expresión dictadura del proletariado entienden simplemente el hecho revolucionario de los trabajadores que toman posesión de la tierra y de los instrumentos del trabajo, y tratan de constituir una sociedad y organizar un género de vida en el que no haya sitio para una clase que explote y oprima a los productores.

Entendida así, la dictadura del proletariado sería el poder efectivo de todos los trabajadores dirigido a la destrucción de la sociedad capitalista, y se convertiría en anarquía apenas cesara la resistencia reaccionaria y nadie más pretendiera obligar con la fuerza a las masas a obedecer y trabajar para otros. Y entonces nuestro desacuerdo no sería más que una cuestión de palabras. Dictadura del proletariado significaría dictadura de todos, es decir, no sería ya dictadura, como gobierno de todos no es ya gobierno, en el sentido autoritario, histórico y práctico de la palabra. Pero los verdaderos partidarios de la dictadura del proletariado no lo entienden así y esto lo hacen ver perfectamente en Rusia. El proletariado naturalmente interviene en ella como lo hace el pueblo en los regímenes democráticos, es decir, simplemente para esconder la esencia real de las cosas. En realidad se trata de la dictadura de un partido, o más bien de los jefes de un partido; y es una dictadura verdadera y propia, con sus decretos, con sus sanciones penales, con sus agentes ejecutivos, y sobre todo con su fuerza armada, que sirve hoy para defender la revolución de sus enemigos externos, pero que servirá mañana para imponer a los trabajadores la voluntad de los dictadores, detener la revolución, consolidar los nuevo intereses que se han ido constituyendo y defender contra las masas a una nueva clase privilegiada.

También el general Bonaparte sirvió para defender la Revolución francesa contra la reacción europea, pero al defenderla la ahogó. Lenin, Trotski y sus compañeros son seguramente revolucionarios sinceros, de la forma que ellos entienden la revolución, y no traicionarán; pero preparan los cuadros gubernamentales que servirán a los que vengan después para aprovecharse de la revolución y asesinarla. Ellos serán las primeras víctimas de su método y con ellos, me temo, caerá la revolución. La historia que se repite: mutatis mutandis, la dictadura de Robespierre lleva a Robespierre a la guillotina y prepara el camino a Napoleón.

Estas son mis ideas generales sobre los asuntos de Rusia. En cuanto a los detalles, las noticias que tenemos son todavía demasiado variadas y contradictorias para poder arriesgar un juicio. Puede suceder también que muchas cosas que nos parecen malas sean el fruto de la situación y que en las circunstancias especiales de Rusia no hubiera sido posible obrar de modo diferente a como se hizo. Es mejor esperar, sobre todo porque lo que nosotros digamos no puede tener influencia alguna sobre el desarrollo de los sucesos en Rusia, y en cambio podría ser mal interpretado en Italia y dar a entender que nos hacemos eco de las calumnias interesadas de la reacción.

Lo importante es lo que nosotros debemos hacer; pero permanezcamos siempre firmes, yo estoy lejos y en la imposibilidad de cumplir mi tarea…

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Nuestro programa

Traducción  de  J.   PRAT

Nada nuevo podemos decir. La propagada no es y no puede ser más que la repetición continua, incansable, de aquellos    principios que deben servirnos de guía en la conducta que debe­mos seguir en las varias contingencias de la vida.

Repetiremos, pues, con palabras más o menos di­ferentes, pero con un fondo constante, nuestro viejo programa socialista-anarquista revolucionario.

Nosotros creemos que la mayor parte de los males que afligen a los hombres dependen de la mala orga­nización social, y que los hombres, queriendo y sabien­do, pueden destruirlos.

La sociedad actual es el resultado de las luchas se­culares libradas por los hombres. No comprendiendo las ventajas que podrían sacar de la cooperación y de la solidaridad, viendo en los demás hombres (excep­to los más vecinos por los vínculos de la sangre) un competidor y un enemigo, han procurado acaparar, ca­lía uno para sí, la mayor cantidad posible de disfrutes sin preocuparse del interés de los demás.

Dada esta lucha, naturalmente debían, salir vence­dores los más fuertes o los más afortunados, sometien­do y oprimiendo a los vencidos en. modos diversos.

Mientras el hombre no fue capaz de producir sino lo que necesitaba para su sostén, los vencedores no po­dían hacer otra cosa que matar al vencido y apoderar­se de los alimentos por éste cosechados.

Más tarde, cuando con el descubrimiento del pas­toreo y de la agricultura un hombre pudo ya produ­cir más de lo que necesitaba para vivir, los vencedo­res encontraron más ventajoso reducir los vencidos a esclavitud y hacerles producir para sus dueños.

Más tarde aún, los vencedores se dieron cuenta de que era más cómodo, más productivo y más seguro explotar el trabajo ajeno con otro sistema: retener la propiedad exclusiva de la tierra y de todos los medios de trabajo y dejar nominalmente libres a los despeja­dos, los cuales, no teniendo ya medios con que vivir, venían obligados a recurrir a los propietarios y a tra­bajar para éstos en las condiciones que éstos querían.

De este modo, poquito a poco, a través dé toda una red complicadísima de luchas de todo género, invasio­nes, guerras, rebeliones, represiones, concesiones arran­cadas, asociaciones de vencidos unidos para la defensa y de vencedores unidos para la ofensa, se ha llegado al estado actual de la sociedad, en la cual unos cuantos detienen hereditariamente la tierra y toda la riqueza social, mientras la gran masa de los hombres, deshere­dada de todo, se ve explotada y oprimida por unos po­cos propietarios.

De este estado de cosas depende el estado de mise­ria en que generalmente se encuentran los ¡trabajado­res y además todos todos los males que de la miseria derivan: ignorancia, delitos, prostitución, miseria físi­ca., abyección moral y muertes prematuras. De este modo depende la constitución de una   clase   especial (el gobierno), la cual, provista de medios materiales de ¡represión, tiene la misión de legalizar y defender a los propietarios contra las reivindicaciones de los pro­letarios, sirviéndose, además, de esta ‘ fuerza, para crearse a sí misma ciertos privilegios y para- someter­se, cuando puede, hasta la misma clase pro­pietaria. De esto depende la constitución de otra clase especial (el clero), la cual, con una serie de fábulas sobre la voluntad de Dios, sobre la vida futura, etc., procura persuadir a los oprimidos a que soporten dó­cilmente al opresor, y como el gobierno, al propio tiem­po que trabaja por el interés de los propietarios, tra­baja también por sus propios intereses. De esto depen­de la formación de una ciencia oficial que es, en todo aquello que puede servir lo intereses de los dominado­res, la negación de la verdadera ciencia. De esto de­pende el espíritu patriótico, loa odios de raza, las gue­rras y la paz armada, más desastrosa que las mismas guerras. De esto depende el amor transformado en tor­mento o en mercado vil. De esto depende el odio más o menos intenso, la rivalidad, la desconfianza entre los hombres, la incertidumbre y el miedo para tedios.

Y este estado de cosas es lo que nosotros queremos cambiar radicalmente. Y puesto que todos estos males derivan de la lucha entre los hombres, de esta busca del bienestar individual efectuada por cuenta propia y contra todo, queremos remediarlo sustituyendo el amor al odio, la solidaridad a la competencia, la cooperación fraternal para bienestar de todos a la busca exclusiva del propio bienestar, la libertad a la opresión y a la imposición, y la verdad a la mentira religiosa y pseudo-científica.

Por consiguiente:

1- Abolición de la propiedad privada de la tierra, ¿e las primeras materias y de los instrumentos -de tra­bajo, a fin de que nadie pueda tener modo de vivir explotando el trabajo ajeno, y teniendo todos los hom­bres garantizados los medios de producir y vivir, pue­dan ser verdaderamente independientes y puedan aso­ciarse a los demás libremente en vista del interés co­mún y conforme a las propias simpatías.

29 Abolición del gobierno y de todo poder que ha­ga ley y la imponga a los demás, o sea: abolición de las monarquías, de las repúblicas, de los parlamentarios, de los ejércitos, de las policías, de las magistraturas y de todas las demás instituciones dotadas de medios coercitivos,

3g Organización de la vida social mediante la obra de libres asociaciones y federaciones de productores y de consumidores, hechas y modificadas a tenor de la voluntad de los componentes, guiados por la ciencia y la experiencia y libres de toda Imposición que no derive de las necesidades naturales, a las cuales, venci­do el hombre por el sentimiento de la misma necesi­dad inevitable, voluntariamente se somete.

49 Garantizados los medios de vida, de desarrollo y de bienestar a los níños y a todos los que no estén en estado de proveer a sus necesidades.

59 Guerra a las religiones y a todas las mentiras, aunque se oculten bajo el manto de la ciencia. Instruc­ción científica para todos hasta en su más elevado gra­do.

6? Guerra al patriotismo. Abolición de las fronte­ras fraternización de todos los pueblos.

7? Reconstitución de la familia, de modo que resulte de la práctica del amor libre de todo vinculo le­gal de toda opresión económica o física, de todo pre­juicio religioso.

Este es nuestro ideal.

*  *   *

Hemos expuesta a grandes rasgos cuál es la fina­lidad que perseguimos, el ideal por el cual luchamos.

Pero no basta con desear una cosa. Si verdadera­mente se quiere obtenerla es necesario emplear los me­dios adecuados a su conseguimiento. Y estos medios no son arbitrarios: derivan, necesariamente, del fin a que se tiende y de las circunstancias en que se lucha; de modo que si nos engañamos en la elección de los medios no llegaremos a los fines que nos propongamos, sino a otro fin, tal vez muy opuesto, que será consecuencia natural, necesaria, de los medios que hayamos emplea­do. El que se pone en camino y lo equivoca, no va adonde quiere, sino allí donde conduce el camino que recorrió.

Es necesario, pues, que digamos cuáles son los medios que según nosotros conducen al fin que nos proponemos y que nosotros queremos emplear.

Nuestro ideal no es de aquellos cuyo consegui­miento depende del individuo considerado aisladamen­te. Se trata de cambiar el modo de vivir en sociedad, de establecer entre los hombres relaciones de amor y solidaridad, de conseguir la plenitud del desarrollo material, moral e intelectual, no para un solo indivi­duo, ni para les miembros de una dada clase o par­tido, sino para todos los seres humanos, y esto no es una cosa que pueda imponerse con la fuerza, sino que debe surgir de la conciencia iluminada de cada uno y actuarse mediante el libre consentimiento de todos.

Nuestro primer deber, pues, consiste en persua­dir a la gente.

Es necesario que nosotros llamemos la atención de los hombres sobre los males que sufren y sobre la posibilidad de destruirlos. Es necesario que suscite­mos en cada uno la simpatía para con los ajenos ma­les y el vivo deseo del bien de todos.

Al que tenga hambre y frío le enseñaremos có­mo sería posible y fácil asegurar a todos la satisfac­ción de las necesidades materiales. Al oprimido y vi­lipendiado le diremos que se puede vivir feliz en una sociedad de libres y de iguales. Al atormentado por el odio y el rencor le enseñaremos el camino para alcan­zar, amando a sus semejantes, la paz y la alegría del corazón.

Y cuando hayamos conseguido hacer nacer en el ánimo de los hombres el sentimiento de rebelión con­tra los males injustos e inevitables que se sufren en la sociedad presente, y cuando les hayamos hecho comprender las causas de estos males y que de la vo­luntad humana depende eliminarlos; cuando hayamos Inspirado el deseo vivo, prepotente, de transformar la sociedad en bien de todos, entonces los convenci­dos por impulso propio y por impulso de los que les precedieron en la convicción, se unirán y querrán y podrán actuar los comunes ideales.

Hemos dicho ya que sería absurdo y en contra­dicción con nuestro objetivo querer imponer la liber­tad, el amor entre loa hombres, el desarrollo integral de todas las facultades humanas por medio de la fuer­za. Es necesario, pues, contar con la ubre voluntad de los demás, y lo único que podemos hacer es provo­car la formación y la manifestación de dicha volun­tad. Pero sería igualmente absurdo y contrario a nuestro objeto admitir que los que no piensan como nosotros vayan a impedirnos actuar nuestra volun­tad, siempre que ésta no lesione su derecho a una libertad igual a la nuestra.

Libertad, por consiguiente, para todos de pro­pagar y experimentar las propias ideas, sin otro lí­mite que el que resulta naturalmente de la igual li­bertad de todos.

Pero a esto se oponen — y se oponen con la fuer­za brutal — los que se benefician con los actuales pri­vilegios y dominan y reglamentan la vida social pre­sente.

Tienen estos en sus manos todos los medios de producción, y por lo tanto suprimen, no tan solo la po­sibilidad de experimentar nuevos modos de conviven­cia social, no tan sólo el derecho dé los trabajadores a vivir libremente con el propio trabajo, sino también el mismísimo derecho a la existencia, y obligan al que no es propietario a que se deje explotar y oprimir si no quiere morirse de hambre.

Tienen a su disposición la policía, la magistra­tura y los ejércitos creados expresamente para defen­der sus privilegios, y persiguen, encarcelan y matan a los que tienen cometidos.

Dejando a un lado la experiencia histórica {la que demuestra que jamás una clase privilegiada se ha despojado, en todo o en parte, de sus privilegios, que jamás un gobierno ha abandonado el poder sin que la fuerza le haya obligado a ello) bastan los hechos contemporáneos para convencer a cualquiera de que la burguesía y los gobiernos emplean la fuerza mate­rial para defenderse, no ya contra la expropiación to­tal, sino contra las más pequeñas pretensiones popu­lares, y que están siempre dispuestos a las más atro­ces persecuciones y a las matanzas más sangrientas.

Al pueblo que quiere emanciparse no le queda otro recurso que oponer la fuerza a la fuerza.

*     *   *

De cuanto hemos dicho, resulta que debemos tra­bajar para despertar en los oprimidos el deseo de una radical transformación social y persuadirlos de que uniéndose tendrán la fuerza para vencer; debemos propagar nuestro ideal y preparar las fuerzas morales y materiales necesarias para poder vencer a las, fuerzas enemigas y para organizar la nueva sociedad. Y cuando tengamos la fuerza suficiente debemos, aprovechando las circunstancias favorables que se producen o creándolas nosotros mismos, hacer la re­volución social, derribando con la fuerza el gobierno, expropiando con la fuerza a los propietarios, y po­niendo en común los medios de vida y de producción, e impidiendo al propio tiempo que vengan nuevos go­biernos a imponernos su voluntad y a dificultar la re­organización social hecha directamente por los inte­resados.”

Todo esto, empero, es menos simple de lo que a primera vista podría parecer.

Tenemos que habérnoslas con hombres de la ac­tual sociedad, hombrea que están en condiciones mo­rales y materiales pésimas, y nos engañaríamos sí pensáramos que basta la propaganda para elevarles a aquel grado de desarrollo intelectual y moral que es nectario para la actuación de nuestros ideales.

Entre el hombre y el ambiente social hay una ac­ción recíproca. Los hombres hacen la sociedad tal co­mo ésta es y la sociedad hace los hombres tal como éstos son, y de esto resulta una especie de círculo vi­cioso: para transformar la sociedad es necesario transformar los hombres y para transformar los hombres es necesario transformar la sociedad.

La miseria embrutece al hombre, y para destruir la miseria es necesario que los hombres tengan consciencia y voluntad. La esclavitud educa a los hombres para esclavos, y para libertarse de la esclavitud se necesitan hombres que aspiren a ser libres. La igno­rancia deja a los hombres sin el conocimiento de las causas de sus males y sin que sepan como remediar­los, y para destruir la ignorancia es necesario que los hombres tengan tiempo y modo de instruirse.

El gobierno acostumbra a la gente a sufrir la ley y a creer que la ley es necesaria a la sociedad, y para abolir el gobierno es ‘necesario que los hombres se persuadan de su inutilidad y de su nocividad.

¿Cómo salir de este círculo vicioso?

Afortunadamente la sociedad actual no ha sido formada por la voluntad esclarecida de una clase do­minante que haya podido reducir todos los dominados a instrumentos pasivos e inconscientes de sus intere­ses. Esta sociedad es el resultado de mil luchas in­testinas, de mil factores naturales y humanos agentes casuales sin criterios directivos, y por consiguiente no hay divisiones netas ni entre los hombres ni entre las clases.

Infinitas son las variedades de condiciones ma­teriales; infinitos los grados de desarrollo moral e intelectual; y no siempre — diremos casi muy rara­mente — el puesto que uno ocupa en la sociedad co­rresponde a sus aspiraciones. Muy a menudo los hombres caen en condiciones inferiores a las que es­tán habituados, y otros, por circunstancias excepcionalmente favorables, consiguen elevarse a condicio­nas superiores a aquellas en que nacieron. Una par­te notable del proletariado ha logrado ya salir del es­tado de miseria absoluta, embrutecedora, o no ha po­dido nunca reducírsele a ella; ningún trabajador, o casi ninguno, se encuentra en el estado de inconscien­cia completa, de completa adaptación a las condicio­nes que quisieran los patronos. Y las mismas institu­ciones, tales como las ha producido la historia, con­tienen contradicciones orgánicas que son como gérme­nes de muerte, los que al desarrollarse producen la disolución de la institución y la necesidad de la trans­formación.

De aquí la posibilidad del progreso; pero no la po­sibilidad de llevar, por medio de la propaganda, todos los hombres al nivel necesario para que quieran y ac­túen la anarquía, sin una anterior gradual transfor­mación del ambiente.

El progreso debe marchar contemporáneamente, paralelamente en los individuos y en el ambiente. Debemos aprovechar todos los medios, todas las posibi­lidades, todas las ocasiones que nos deja el ambiente actual, para obrar sobre los hombres y desarrollar su conciencia y sus deseos; debernos utilizar todos los progresos realizados en la conciencia de loa hombres para inducirles a reclamar e imponer aquellas mayo­res transformaciones sociales que son posibles y que mejor pueden abrir paso a progresos ulteriores.

Nosotros no debemos esperar a actuar la anar­quía limitándonos a la simple propaganda. Si así hiciéramos habríamos agotado pronto el campo de acción; habríamos convertido a todos aquellos que en el ambiente actual son susceptibles de comprender y aceptar nuestras ideas, y nuestra ulterior propagan­da quedaría estéril; o si de las transformaciones de ambiente surgiesen nuevos estratos populares a la po­sibilidad de recibir nuevas ideas, sucedería esto sin la obra nuestra, tal vez contra nuestra obra, y por lo tanto acaso en perjuicio de nuestras ideas.

Debemos procurar que el pueblo, en su totalidad o en sus varias fracciones, pretenda, imponga, actúe por sí mismo todas las mejoras, todas las libertades que desea, tan pronto como las desee y tenga fuerza para imponerlas, y propagando siempre entero nues­tro programa y luchando siempre en pro de su ac­tuación integral, debemos empujar al pueblo a que pretenda e imponga cada vez mayores cosas, hasta que llegue a su emancipación completa.

*      *    *

La opresión que más directamente pesa sobre los trabajadores y que es causa principal de todas las su­jeciones morales y materiales a que están sometidos los trabajadores, es la opresión económica, es decir, la explotación que los patronos y los comerciantes ejercen sobre los obreros gracias a la acaparación de todos los grandes medios de producción y de cambio.

Para suprimir radicalmente y sin peligro de re­torno esta opresión, es necesario que todo el pueblo esté convencido del derecho que tiene al uso de los me­dios de producción, y que actúe este derecho suyo pri­mordial expropiando a los detentadores del suelo y de todas las riquezas sociales poniendo éstas y aquél a disposición de todos.

¿Pero se puede ahora mismo efectuar esta ex­propiación? ¿Se puede hoy pasar directamente, sin grandes intermedios, del infierno en que se encuentra el proletariado al paraíso de la propiedad común?

La prueba de que el pueblo no es aún capaz de expropiar a los propietarios es que no les expropia.

¿Qué debe hacerse mientras no llega el día de la expropiación?

Nuestro deber está en preparar el pueblo mo­ral y materialmente para esta necesaria expropiación, e intentarla y reintentarla cada vez que una sacudi­da revolucionaria nos dé ocasión, hasta el triunfo de­finitivo. ¿Pero cómo prepararemos al pueblo? ¿Cómo preparar las condiciones que hacen sea posible, no só­lo el hecho material de la expropiación, sino la utili­zación, a beneficio de todos, de la riqueza común?

Hemos dicho anteriormente que la sola propagan­da, hablada o escrita, es impotente para conquistar a. nuestras ideas toda-la gran masa popular. Precisa, pues, una educación práctica que sea tan pronto cau­sa como efecto de una gradual transformación del ambiente. Precisa que a medida que se desarrollen en los trabajadores el sentido de rebelión contra los in­justos e Inútiles sufrimientos de que son víctimas y el deseo de mejorar sus condiciones, luchen, unidos y solidarios, para conseguir lo que desean.

Y nosotros, como anarquistas y como trabajado­res, debemos impulsarles y estimularles a la lucha y luchar con ellos.

¿Pero son posibles en un régimen capitalista estos mejoramientos? ¿Son útiles, desde el punto de vista de_ la futura emancipación integral de los traba­jadores?

Sean los que fueren los resultados prácticos de la lucha para las mejoras inmediatas, su utilidad principal está en la misma lucha. Con esta lucha los obreros aprenden a ocuparse de sus intereses de clase, aprenden que el patrono tiene intereses opuestos a los suyos y que no pueden mejorar de condición y aún emanciparse sino uniéndose y haciéndose mas fuertes que los patronos. Si consiguen obtener lo que desean, es­tarán mejor, ganarán más, trabajarán menos, dispon­drán de más tiempo para reflexionar sobre las cosas que les interesan y sentirán en seguida mayores de­seos y mayores necesidades. Si no consiguen lo que desean, se verán llevados a estudiar las causas del fracaso y a reconocer la necesidad de una mayor unión de una energía mayor, y comprenderán al fin que pa­ra vencer con seguridad y definitivamente es necesa­rio destruir el capitalismo. La causa de la revolución, la causa de la elevación moral del trabajador y de su emancipación, saldrá ganando del hecho que los trabajadores se unan y luchen por sus intereses.

¿Pero es posible, preguntamos otra vez, que loa trabajadores logren, dentro del actual estado de co­sas, mejorar realmente sus condiciones?

Esto depende del concurso de una infinidad de circunstancias.

A pesar de lo  que sostienen  algunos, no existe una ley natural   (ley de los salarios)  que determine la parte que corresponde al trabajador sobre el pro­ducto de su trabajo; o, si se quiere formular una ley, no puede ser más que ésta: el salario no puede des­cender normalmente por debajo de aquel tanto que es necesario a la vida, ni puede normalmente subir tanto que no deje ningún beneficio al patrono. Claro es que en el primer caso los obreros morirían o no percibi­rían ya salario, y en el segundo caso los patronos ce­sarían de hacer trabajar y por tanto no pagarían más salarios.   Pero entre   estos dos extremos   imposibles hay una infinidad de grados, que van desde las condi­ciones casi animalescaz de gran parte de los trabaja­dores   agrícolas   hasta aquellas   casi decentes   de los obreros de los oficios buenos en las grandes ciudades. El salario, la duración de la jornada de traba­jo y las demás condiciones de trabajo son el resulta­do de la lucha entre patronos y obreros. Aquéllos pro­curan dar a éstos lo menos posible y hacerles trabajar hasta extenuarles, y éstos procuran, o deberían pro­curar, trabajar lo menos posible y ganar lo más que puedan. Allí donde los trabajadores se contentan de cualquier modo y aún descontentos no saben oponer una válida resistencia a   los patronos,    prontamente quedan reducidos a unas condiciones de vida animalesca; en cambio, allí donde tienen un concepto algún tanto elevado del modo cómo deberían vivir los seres humanos   y saben unirse y mediante la huelga y  la amenaza latente o explícita de rebelión imponen res-peto a los patronos, éstos les tratan de modo relati­vamente soportable. De modo que puede decirse que el salario, dentro ciertos límites, es lo que el obrero (no como individuo, se entiende, sino como clase) pretende.

Luchando, resistiendo contra los patronos, pue­den, pues, los obreros impedir, hasta cierto punto, que pus condiciones empeoren y aún obtener mejoras reales. La historia del movimiento obrero ha demos­trado ya esta verdad.

Empero, es necesario no exagerar el alcance de esta lucha combatida entre obreros y patronos sobre el terreno exclusivamente económico. Los patronos pueden ceder, y a menudo ceden, ante las exigencias obreras enérgicamente formuladas, mientras no se trate de pretensiones demasiado grandes; pero tan pronto como los obreros comiencen (y es urgente que comiencen) a pretender un tratamiento que absorba el beneficio del patrono, haciendo así una expropiación indirecta, podemos estar seguros de que los patronos llamarán al gobierno en su auxilio y procurarán obli­gar por medio de la violencia a los obreros a perma­necer en sus posiciones de esclavos asalariados.

Y aún antes, mucho antes de que los obreros puedan pretender recibir en compensación de su tra­bajo “el equivalente de todo lo que han producido, la lucha económica se vuelve impotente para continuar produciendo el mejoramiento de las condiciones de los trabajadores.

Los obreros lo producen todo y sin ellos no se puede vivir; parece, pues, que negándose a trabajar han de poder imponer lo que quieran. Pero la unión de todos los trabajadores, aún de un solo oficio, es di­fícil de obtener, y a la unión de los operarios se opo­ne la unión de los patronos. Los obreros viven al día y si no trabajan pronto se mueren de hambre, míentras que los patronos disponen, mediante el dinero, de todos los productos ya acumulados, y por lo tanto pueden esperar muy tranquilamente que el hambre reduzca a discreción a sus asalariados. El invento o la introducción de nuevas máquinas vuelve inútil la obra de gran número de obreros y aumenta el ejército ele los sin —trabajo que el hambre obliga a venderse a cualquiera condición. La inmigración aporta en se­guida, en aquellos países donde los trabajadores vi­ven algo mejor, una oleada de trabajadores famélicos que, queriendo o no, ofrecen a los patronos modo de rebajar los salarios. Y todos estos hechos, derivados necesariamente del sistema capitalista, consiguen contrabalancear el progreso de la conciencia y de la solidaridad obrera: a menudo caminan más rápida­mente que este progreso y lo detienen y lo destruyen. Pronto se presenta, pues para los obreros que inten­tan emanciparse, o simplemente mejorar de condición, la necesidad de defenderse contra el gobierno, la nece­sidad de atacar al gobierno que legitimando el derecho de propiedad y sosteniéndolo con la fuerza brutal, cons­tituye una barrera al progreso, barrera que debe de­rribarse con la fuerza de no querer permanecer inde­finidamente en el estado actual o peor,

.De la lucha económica hay que pasar a la lucha política, es decir, a la lucha contra el gobierno; y en lugar de oponer a los millones de los capitalistas los escasos céntimos ahorrados con privaciones mil por los obreros, se hace preciso oponer a los fu­siles y a los cañones que defienden la propiedad aquellos mejores medios que el pueblo encuentre para vencer la fuerza con la fuerza.

Por la lucha política entendemos la lucha contra el gobierno.

Gobierno es el conjunto -de aquellos individuos que-detentan el poder de hacer la ley e imponerla a los gobernados, o sea, al público.-

Consecuencia del espíritu de dominio y de la vio­lencia con los cuales algunos hombres se han impuesto a los demás, el gobierno es, al propio tiempo, creador y criatura del privilegio y su defensor natural.

Equivocadamente se dice que el gobierno desem­peña hoy la función de defensor del capitalismo, pero que abolido el capitalismo el gobierno se trocaría en representante y gerente de los intereses generales. Ante todo el capitalismo no podrá destruirse sino cuando los trabajadores, una vez arrojado el gobier­no, tomen posesión de la riqueza social y organicen la producción y el consumo en interés de todos, por sí mismos) sin esperar la obra de un gobierno, el cual, aunque quisiera, no sería capaz de hacerlo. Pero hay más: si el capitalismo quedase destruido y se dejare subsistir un gobierno, éste, mediante la concesión de toda clase de privilegios, lo crearía nuevamente, pues­to que, no pudiendo contentar a todo el mundo, tendría necesidad de una clase económicamente potente que lo apoyaría a cambio de las protecciones legales y ma­teriales que del gobierno recibe.

Por consiguiente, no se puede abolir el privilegio y establecer sólida y definitivamente la libertad y la igualdad social, sino aboliendo el gobierno, no éste o aquél gobierno, sino la misma institución del gobierno.

Pero en este como en todos los hechos de interés general y en éste más que en cualquier otro, se necesi­ta el consentimiento de la generalidad, y por esto de­bemos esforzarnos en persuadir a la gente de que el gobierno es inútil y dañoso y que se puede vivir mejor sin gobierno.

Pero como ya dijimos, la propaganda por sí sola es impotente para convencer a todos, y si nosotros qui­siéramos .limitarnos a predicar contra el gobierno es­perando pasivamente el día en que el público esté con­vencido de la posibilidad y utilidad de abolir por com­pleta toda clase de gobierno, este día no vendría nunca.

Predicando constantemente contra toda especie de gobierno y siempre reclamando la libertad integral, debemos apoyar todas las luchas por las libertades par­ciales, convencidos de que en la lucha se aprende a lu­char y de que comenzando a catar la libertad se acaba queriéndola toda. Nosotros debemos estar siempre con el pueblo, y cuando no consigamos hacerle pretender mucho, procurar que por lo menos pretenda algo, y debemos esforzarnos para que aprenda, poco o mucho, lo que quiera, a conquistarlo por sí mismo y a que odie y desprecie al que está en el gobierno o quiera ser go­bierno.

Puesto que el gobierno tiene hoy poder para re­glamentar, mediante las leyes, la vida social y ampliar o restringir la libertad de los ciudadanos, debemos, no pudiendo arrancarle aún este poder, obligarle a que haga de él un uso lo menos dañino posible. Pero esto debemos hacerlo estando siempre fuera y contra el gobierno, haciendo presión sobre él mediante la agita­ción de la calle, amenazando tomarnos por las malas lo qué pretendamos. Jamás debemos aceptar una fun­ción legislativa cualquiera, sea general o local, porque de hacer lo contrario disminuiríamos la eficacia de nuestra acción y traicionaríamos el porvenir de nues­tra causa.

*     *    *

La lucha con el gobierno se resuelve, en último análisis, en lucha física, material.

El gobierno hace la ley. Este debe, pues, tener una fuerza material (ejército y policía) para imponer la ley, porque de otro modo no obedecería sino el que quisiere y la ley no sería ya ley, sino una simple pro­posición que cada individuo sería libre de aceptar o de rechazar. Y los gobiernos tienen esta fuerza y se sir­ven de ella para poder con leyes fortificar su dominio y defender los intereses de las clases privilegiadas, oprimiendo y explotando a los trabajadores.

El límite a la opresión gubernamental está en la fuerza que el pueblo se muestre capaz de oponerle,

Puede haber conflicto abierto o latente, pero el conflicto siempre existe, porque el gobierno no se de­tiene ante el descontento y la resistencia, sino cuando siente el peligro de la insurrección.

Cuando el pueblo se somete dócilmente a la ley o la protesta es débil y platónica, el gobierno hace lo que tiene por conveniente sin preocuparse de las necesida­des populares; cuando la protesta se hace viva, insis­tente y amenazadora, el gobierno, según sea más o me­nos clarividente, cede o recurre a la represión. Pero siempre se llega a la insurrección, porque si el gobier­no no cede el pueblo acaba por rebelarse, y, si cede, el pueblo adquiere confianza en sí mismo y pide cada vez más, hasta que 7a incompatibilidad entre la libertad y la autoridad se hace evidente y estalla el conflicto vio­lento.

Es necesario, por lo tanto, prepararse moral y ma­terialmente para que cuando estalle la lucha violenta la victoria quede de parte del pueblo.

* *  *

La insurrección victoriosa es el hecho más eficaz para la emancipación popular, puesto que el pueblo, sa­cudido ya el yugo, queda libre de darse a sí mismo aquellas instituciones que cree mejores, y el tiempo que media entre la ley, siempre en retardo, o el grado de civilización a que llegó la masa de la población., se cruza de un salto. La insurrección determina la revo­lución, es decir, la actuación rápida de las fuerzas la­tentes acumuladas durante la precedente evolución,

Todo estriba en lo que el pueblo sea capaz de que­rer.

En las pasadas insurrecciones el pueblo, incons­ciente de las verdaderas razones de sus males, quiso siempre muy poco y muy poco consiguió.

¿Qué es lo que querrá en la próxima insurrec­ción?

Esto depende en parte de nuestra propaganda y de la energía que sepamos desarrollar.

Deberemos impulsar al pueblo a que expropie a los propietarios y que ponga en común la riqueza, a que organice la vida social por sí mismo, mediante aso­ciaciones libremente constituidas, sin esperar órdenes de nadie y negándose a nombrar o reconocer un go­bierno cualquiera; o un cuerpo cualquiera que preten­da .el derecho de hacer la ley e imponer su voluntad a los demás.

Y si la masa del pueblo no responde a nuestro lla­mamiento, deberemos —en nombre del derecho que tenemos a ser libres aunque los demás quieran conti­nuar siendo esclavos, y por la eficacia del ejemplo—-actuar cuanto “podamos nuestras ideas, no reconociendo el nuevo gobierno, manteniendo viva la resistencia, y hacer de modo que los municipios que las hayan aco­gido simpáticamente rechacen toda ingerencia guber­namental y se obstinen a vivir como les plazca.

Y   deberemos, sobre todo, oponernos por todos los medios a la reconstitución de la policía y del ejército y aprovechar la ocasión propicia para llevar los traba­jadores a la huelga general con todas aquellas mayores pretensiones que hayamos podido inculcarle.

Y   suceda lo que suceda, continuar luchando, sin interrupción, contra los propietarios y contra el go­bierno, teniendo siempre por mira la emancipación completa, económica, política y moral de toda la hu­manidad.

Queremos, por lo tanto, abolir radicalmente el do­minio y la explotación del hombre por el hombre, que­remos que los hombres, hermanados por una solidari­dad consciente y querida, cooperen todos voluntaria­mente en el bienestar- de todos; queremos que la so­ciedad se constituya con el fin de suministrar a todos los seres humanos los medios de alcanzar el máximo bienestar posible, el máximo posible desarrollo moral y material; queremos para todos pan, libertad, amor y ciencia.

Y                                            para conseguir este fin supremo creemos nece­sario que los medios de producción estén a disposición
de todos, y que ningún hombre, o grupo de hombres,
pueda obligar a los demás a someterse a su voluntad,
ni ejercer su influencia de otro modo que con la fuer­za de la razón y del ejemplo. Por consiguiente: expro­piación de los detentadores del suelo y del capital a
beneficio de todos y abolición del gobierno. E interi­namente esto no se haga, propaganda del ideal; orga­nización de las fuerzas populares; lucha continua, pa­cífica o violenta, según las circunstancias, contra el
gobierno y contra los propietarios, a fin de conquistar
toda la libertad y todo el bienestar que se pueda.

*    *    *

LAS DOS TENDENCIAS

¿LIBERTAD   O   ESCLAVITUD?

No pueden durar perpetuamente las condiciones actuales de la sociedad. Sobre esto convienen todos, por lo menos todos aquéllos que piensan.

Cuando se cree que los sufrimientos son un casti­go o una prueba que nos impone Dios, y que en otro mundo, después de muertos, se nos pagará con creces todos los males que en éste soportamos, la cosa puede ir tirando, se puede aguantar el mal.

Pero esta fe, que jamás ha sido, por lo demás, bastante eficaz, puesto que nunca impidió que la gen­te se preocupase de sus intereses terrenales, ha dismi­nuido grandemente, y pronto se extinguirá del todo. Los mismos curas, que intentan salvar la religión y salvarse ellos salvándola, vence obligados a darse aires de querer resolver la cuestión social y atenuar los ma­les del proletariado.

Tan pronto como los trabajadores comprenden su situación en la sociedad —y, afortunadamente, ya son muchos los que la comprenden, — es imposible que con­sientan para siempre trabajar y morirse de hambre,

producir durante toda su vida por cuenta de los patro­nes y no tener en perspectiva sino una vejez sin techo y sin pan asegurados. Es imposible que, siendo pro­ductores de una riqueza siempre creciente, no quie­ran, al fin, poseer una parte de ella, suficiente para sa­tisface!’ siquiera sus más primordiales necesidades. Es Imposible que, ya más instruidos, afinados por el con­tacto de la civilización, aunque ésta sea beneficiosa a otros, habiendo experimentado la fuerza que pueden darles la unión y el atrevimiento, es imposible, repito, que no pretendan algún día aquel mínimo de bienestar y de seguridad sin el cual la vida humana no sería po­sible .

En otros tiempos, y no muy distantes, cuando aún florecía el artesano y los capitales no estaban tan con­centrados y las empresas no eran tan colosales, los pro­letarios más inteligentes y más enérgicos tenían la es­peranza de poder arrinconar un capitalito y convertir­se en pequeños propietarios, en, pequeños patrones, y esta esperanza absorbía sus energías y les hacía sopor­tar sus presentes miserias. Queda aún en varios paí­ses el recurso de la emigración y la esperanza de enri­quecerse en América, pero también este recurso de de­sesperados va desvaneciéndose. Actualmente, el que es proletario sabe o va aprendiéndolo que, por regla ge­neral, está condenado a continuar siendo explotado to­da su vida, salvo el caso de que adviniere un cambio radical en el orden social. Y por esto reclama este cambio y se une a los demás proletarios, pava conquis­tar la fuerza necesaria que pueda imponerlo.

Los burgueses y los gobernantes que les represen­tan y les defienden, conocen este deseo proletario y ven la necesidad de hacer algo en este sentido, para evitarse sucumbir en un terrible cataclismo social.

Las masas se agitan, se organizan, adquieren con­ciencia de su fuerza. Las cárceles y las matanzas no pueden constituir un remedio  permanente; precisa ti­rar un hueso al perro rabioso para que no muerda.

De otra parte, los burgueses inteligentes comien­zan a comprender que el trabajador bien alimentado y contento produce más; que el esclavo bien tratado es de más fácil manejo; que actuar de amo en medio de siervos alegres, satisfechos y agradecidos es más pla­centero y más seguro que estar en medio de gente que sufre, maldice, odia y maquina venganzas. Compren­den que es necesario instruir a los_ trabajadores para que sean productores eficaces, Y la instrucción es germen de rebelión.

Los progresos de las ciencias médicas demuestran, mejor de lo que lo ha hecho la ciencia económica, que cada individuo está interesado en que los demás vivan en buenas condiciones. Cuando se piensa que un tío del rey de Inglaterra, joven, lleno de salud, murió víc­tima del tifus, según demostraron !as averiguaciones hechas, porque un pantalón encargado a una gran sas­trería lo hizo, efectivamente, un obrero miserable, en un fétido tugurio, en el cual trabajaba y vivía con su familia, la que en aquellos momentos tenía un pequeñuelo atacado de dicha enfermedad… uno se pregun­ta: ¿cómo garantizarse contra las enfermedades in­fecciosas, si, aun siendo ricos, se está siempre en con­tacto con las gentes pobres, las cuales es imposible cui­den de las reglas más esenciales de la higiene?

Todo tiende, por consiguiente, a cambiar las actuales condiciones sociales en el sentido de un mayor bienestar y mayor justicia para todos. Las mismas clases dominantes están en ello interesadas.

Ciertamente que, dejada bajo la dirección de la burguesía, la evolución social sería lentísima, por la tendencia que tiene el que manda a huir de innovacio­nes, por los medios de que esta clase dispone para atraerse, co interesarse,  corromper y absorber a los elementos más inteligentes y activos que surgen en­tre el proletariado, y porque, efectuada por burgueses y en interés de la dominación burguesa, cualquiera mejora sería un obstáculo puesto a ulteriores, mejoras que se exigieran. Si las masas proletarias, animadas y empujadas por los revolucionarios, no ponen a ello remedio, pasarán muchas generaciones antes de que se realice una sensible mejora general, antes de que desaparezcan para todos el hambre, que mata; la mi­seria, que embrutece; y la desesperación, que empuja al delito.

Pero antes o después, a saltos o gradualmente, las condiciones sociales tienen que cambiar, porque es im­posible que los trabajadores las soporten eternamente y porgue está en interés de todos que cambien.

Ahora bien; ¿qué cambio será éste y hasta qué punto llegará?

La sociedad actual está dividida en propietarios y proletarios. Puede cambiar aboliendo la condición de proletario y haciendo que todos sean copropietarios, o puede cambiar conservando esta distinción funda­mental, pero asegurando a los proletarios un mejor tratamiento.

En el primer1 caso, los hombres serían libres, socialmente iguales, y organizarían la vida social confor­me a los deseos de cada uno, y todas las potencialida­des de la naturaleza humana podrían desarrollarse con la exuberante variedad. En el segundo caso, los pro­letarios, bestias útiles y bien cebadas, se adaptarían a la posición de esclavos contentos de tener buenos amos.

Libertad o esclavitud, anarquía o estado servil.

Estas dos posibles soluciones dan lugar a dos ten­dencias divergentes, que están representadas, en sus manifestaciones más consecuentes, la una, por los anar­quistas; la otra, por los llamados socialistas reformis­tas. Con esta diferencia: que mientras los anarquistas saben y dicen lo que quieren, es decir, la destruc­ción del Estado y la organización libre de la sociedad sobre la base de la igualdad económica, los reformistas, al contrario, se hallan en contradicción consigo mis­mos, porque sf; llaman socialistas y, en cambio, su ac­ción tiende a sistematizar y perpetuar, humanizándo­lo, el sistema capitalista, y, por consiguiente, niegan el socialismo, que significa, sobre todo, abolición de la división de los hombres en proletarios y propietarios.

Deber de los anarquistas —y de buena gana di­remos deber de todos los verdaderos socialistas— es oponerse a esta tendencia hacia el estado servil, hacia un estado de esclavitud atenuada que castraría la Hu­manidad de sus mejores dotes, que privaría a la civili­zación progresiva de sus flores más bellas, tendencia que sirve para mantener entre tanto el estado de mi­seria y de degradación en que se encuentran las masas, persuadiéndolas de que tengan paciencia y esperen en la providencia del Estado y en la bondad e inteligencia de los patrones.

Todas las llamadas legislaciones sociales, todas las medidas estatales, decretadas y propuestas para “pro­teger” el trabajo y asegurar a los trabajadores un mí­nimo de bienestar y de seguridad, así como todos los medios empleados por los capitalistas inteligentes para atar el proletariado a la fábrica mediante premios, pensiones y otros beneficios, cuando no son una menti­ra y una trampa, son un paso hacia este estado servil, que amenaza la emancipación de los trabajadores y el progreso de la Humanidad.

Salario mínimo establecido por la ley, limitación legal de la jornada de trabajo, arbitraje obligatorio, contrato colectivo de trabajo con valor jurídico, perso­nalidad jurídica de los sindicatos obreros, medidas hi­giénicas en las fábricas y prescritas por el Gobierno, seguros estatales para las enfermedades, falta de trabajo, accidentes del trabajo, pensiones de la vejez, co­participación en los beneficios, etc., etc., son medidas todas conducentes a que los proletarios continúen sien­do proletarios, y los propietarios, propietarios; medi­das todas que dan al trabajador (cuando se lo dan) un poco más de bienestar y de seguridad, pero que le pri­van de aquella poca libertad que tienen y tienden a per­petuar la división de los hombres en amos y siervos.

Bueno es, ciertamente, en espera de la revolución —y hasta sirve para despertarla más fácilmente,— que los trabajadores procuren ganar más jornal y traba­jar menos horas y en mejores condiciones; bueno es que los desocupados no se mueran de hambre, que los enfermos y los viejos no queden abandonados. Tero todo esto los trabajadores pueden y deben obtenerlo  por si mismos, con la lucha directa contra los patro­nes, mediante su organización, con la acción individual y colectiva, desarrollando en cada individuo el senti­miento de dignidad personal y la conciencia de sus de­rechos.

Los “dones” del Estado, los “dones” de los patro­nos son frutos envenenados que en sí mismos llevan la semilla de la esclavitud.  Es necesario rechazarlos.

Extraido y digitalizado de aqui:

http://www.memoriachilena.cl//temas/documento_detalle.asp?id=MC0018297

Para descargar en word: http://www.mediafire.com/?wyiw4dqzdzm

El Estado Socialista

El siguiente es un texto escrito por el anarquista Errico
Malatesta… El Libertario lo dedica a todos aquellos nuevos
“heroes de la izquierda socialista democrata” que han llegado o
pretenden llegar al poder para “ayudar al pueblo”. A Chavez,
Lula, Lucio y demas “salvadores” de la izquierda democrata…

El Estado socialista

“La conquista de los poderes públicos” es el objetivo de los
socialistas-demócratas.

No examinaremos esta vez hasta qué punto este fin está de
acuerdo con sus teorías históricas, según las cuales la clase
económicamente predominante detentará siempre y fatalmente el
poder político, y, por tanto, la emancipación económica debería
necesariamente preceder a la emancipación política. No
discutiremos si, admitida la posibilidad de la conquista del
poder político por parte de una clase desheredada, los medios
legales pueden bastar para lograrla.
Queremos hoy discutir únicamente si esta conquista de los
poderes públicos se armoniza o no con el ideal socialista de una
sociedad de seres, libres e iguales, sin supremacías ni división
en clases.

Los socialistas demócratas, especialmente los italianos, que,
quieran o no, han sufrido más que otros la influencia de las
ideas anarquistas, suelen decir en alta voz, por lo menos cuando
polemizan con nosotros, que también quieren abolir el Estado, o
de otro modo dicho, el gobierno, y que precisamente para poder
abolirlo quieren apoderarse de él. ¿Qué significa esto? Si
significa que pretenden con el acto de conquistarlo, abolir el
Estado, anular toda garantía legal de los “derechos adquiridos”,
disolver toda la fuerza armada oficial, suprimir todo poder
legislativo, dejar en su plena y completa autonomía todas las
localidades, a todas las asociaciones, a todos los individuos, e
instaurar una organización social de abajo a arriba, mediante la
libre federación de los grupos de productores y consumidores,
entonces toda la cuestión quedaría reducida a ésta: que expresan
con ciertas palabras las mismas ideas que nosotros expresamos
con otras palabras: Decir: queremos asaltar aquella fortaleza y
destruirla, o decir: queremos apoderarnos de aquella fortaleza
para demolerla, es una misma cosa.

Quedaría, sin embargo, entre los socialistas-demócratas y
nosotros la diferencia de opinión, ciertamente de máxima
importancia, sobre la participación en las luchas electorales y
saber si yendo los socialistas al parlamento favorecen o
estorban la revolución, si preparan los hombres para una radical
transformación del presente orden de cosas o si educan al pueblo
para aceptar, después de la revolución, una nueva tiranía; por
lo menos en aquella finalidad estaríamos de acuerdo.
Pero la verdad es que estas declaraciones de querer apoderarse
del Estado para destruirlo, o son censurables artificios de
polémica, o, si son sinceras, provienen de anarquistas en
formación que aún se consideran demócratas.

Los verdaderos socialistas demócratas tienen una idea bien
diferente de esta “conquista de los poderes públicos”. En el
Congreso de Londres, para no citar más que una declaración
reciente y solemne, dijeron claramente que es necesario
conquistar los poderes públicos “para legislar y administrar la
sociedad nueva”. En la Critica Sociale leímos que es un error
creer que el partido Socialista una vez llegado al poder podrá o
querrá disminuir los impuestos, que, al contrario, el Estado
deberá, por medio de un aumento gradual de los impuestos,
absorber gradualmente la riqueza privada para poner en práctica
las grandes reformas que el socialismo se propone (institución
de retiros para la vejez, para los inválidos, para los
accidentes del trabajo; organización de escuelas dignas de los
países civilizados; rescate de los grandes capitales, etc.) y de
este modo irse encaminando hacia la lógica meta del perfecto
comunismo, cuando todo se transformará en beneficio público y la
riqueza privada en riqueza de la sociedad. (José Bonzo, “El
partido socialista y los impuestos”. Critica Sociale, mayo de
1897).

Por lo visto es un gobierno completo lo que nos prometen los
socialistas-demócratas, un gobierno con toda la necesaria
secuela de múltiples y diversos funcionarios, de policías y
carceleros (para los que tuvieren intención de no obedecer), sus
jueces, administradores de fondos públicos; con sus programas
escolares y sus profesores oficiales, etc., etc., y,
naturalmente, con todo un cuerpo legislativo que hará leyes y
fijará los impuestos y los varios ministerios que ejecutan y
administran las leyes.

Sobre esto podrá haber diferencias de modalidad, de tendencias
más o menos centralizadoras, de métodos más o menos
dictatoriales o democráticos, de procesos más o menos rápidos o
graduales; pero en el fondo todos están de acuerdo, porque esta
es la sustancia de su programa.
Es necesario ver ahora si este gobierno que los socialistas
desean ofrece garantías de justicia social, si podría o querría
abolir las clases, destruir toda explotación y opresión del
hombre sobre el hombre, si, en una palabra, podría y querría
fundar una sociedad verdaderamente socialista.

Los socialistas-demócratas parten del principio de que el
Estado, o gobierno, es simplemente el órgano político de la
clase dominante. En una sociedad capitalista, dicen, el Estado
sirve necesariamente los intereses de los capitalistas y les
garantiza el derecho de explotar a los trabajadores; pero en una
sociedad socialista, abolida la propiedad individual y
desaparecidas,
con la destrucción del privilegio, todas las distinciones de
clase, entonces el Estado representaría y volveríase el órgano
de los intereses sociales de todos los miembros de la sociedad.

Pero aquí se presenta una inevitable dificultad. Si es verdad
que el gobierno es necesariamente y siempre el instrumento de
los que poseen los medios de producción, ¿cómo podrá efectuarse
el milagro de un gobierno capitalista con la misión de abolir el
capital? Será, como querían Marx y Blanqui, por medio de una
dictadura impuesta revolucionariamente, como un acto de fuerza,
que revolucionariamente decreta e impone la confiscación de las
propiedades privadas a favor del Estado, representante de los
intereses colectivos? ¿O será, como parece quieren todos los
marxistas y gran parte de los blanquistas modernos, por medio de
una mayoría socialista mandada al parlamento por el sufragio
universal?

¿Se procederá de golpe a la expropiación de la clase dominante
por parte de la clase económicamente sujeta, o se procederá
gradualmente obligando a los propietarios y a los capitalistas a
que se dejen quitar poco a poco todos sus privilegios?

Todo esto parece extrañamente en contradicción con la teoría del
“materialismo histórico” que para los marxistas es dogma
fundamental. Nosotros no queremos ahora examinar estas
contradicciones ni saber lo que pueda haber de verdad en la
doctrina del materialismo histórico.

Supongamos que de cualquier modo que sea, el gobierno ha caído
en manos de los socialistas y quedó bien y fuertemente
constituido un gobierno socialista. ¿Habría, por este solo
hecho, llegado la hora del triunfo del socialismo? Nosotros
creemos que no.

Si la institución propiedad individual es el origen de todos los
males que conocemos, no es porque una cierta parte de terreno
esté inscrita en el registro de la propiedad en nombre de fulano
o de zutano, sino porque dicha inscripción da a este individuo
el derecho de usar de la tierra como le plazca, y el uso que de
ella hace es regularmente malo, es decir, en perjuicio de sus
semejantes. En su origen todas las religiones dijeron que la
riqueza es un gravamen que obliga a sus poseedores a cuidarse
del bienestar de los pobres y servirles de padre, y en las
fuentes del derecho civil vemos que el señor
de la tierra está preso por tantas obligaciones cívicas que
mejor parece un administrador de los bienes en interés del
público, que propietario en el sentido moderno de la palabra.
Pero el hombre está de tal modo forjado que cuando tiene modo de
dominar e imponer a los demás su voluntad, usa y abusa hasta
reducirles a la esclavitud y a la abyección. Así el señor, que
debía ser padre y protector de los pobres, se transformó siempre
en su más feroz explotador. Así sucedió y sucederá siempre con
los gobernantes.

De nada sirve decir que cuando el gobierno salga del pueblo hará
los intereses del pueblo; todos los poderes salieron del pueblo,
porque el pueblo es quien da la fuerza, y todos oprimen al
pueblo. De nada sirve repetir que cuando no haya clases
privilegiadas el gobierno no podrá dejar de ser el órgano de la
voluntad colectiva. Los gobernantes constituyen por sí mismos
una clase, y entre ellos se desarrolla una solidaridad de clase
mucho más poderosa que la existencia entre las clases fundadas
sobre los privilegios económicos.

Es verdad que hoy el Gobierno es siervo de la burguesía, pero
más lo es porque sus miembros son burgueses que por ser
gobierno; como todos los siervos detesta al amo y le engaña y
roba. No fue para servir a la burguesía que Crispi saqueó los
bancos, como tampoco era para servirla que violó la
Constitución.

Aunque el gobernante no abuse ni robe personalmente, provoca en
torno suyo una clase que le debe sus privilegios y tiene interés
en que permanezca en el poder. Los partidos de gobierno son en
el campo político lo que las clases propietarias en el
económico.

Mil veces lo hemos repetido los anarquistas y toda la historia
lo confirma: propiedad individual y poder político son dos
eslabones de la cadena que sujeta la humanidad. Imposible
librarse de uno sin librarse del otro. Abolid la propiedad
individual sin abolir el gobierno y aquélla se reconstituirá por

obra de los gobernantes. Abolid el gobierno sin abolir la
propiedad individual y los propietarios se reconstituirán en
gobierno.

Cuando Federico Engeis, tal vez previendo la crítica anarquista,
decía que, desaparecidas las clases, el Estado propiamente dicho
no tiene ya razón de ser y se transforma de gobierno de hombres
en administrador de las cosas, no hacía más que un vano juego de
palabras. Quien tiene el dominio sobre los hombres, quien
gobierna al producto gobierna al productor, quien mide el
consumo es dueño del consumidor.
La cuestión es ésta: o se administran las cosas según los libres
pactos de los interesados y entonces es la anarquía, o son
administradas según la ley fabricada por los administradores y
entonces es el gobierno, es el Estado, y fatalmente será
tiránico.
Aquí no se trata de la buena o de la mala- fe de este o aquel
hombre, sino de la fatalidad de las situaciones, y de las
tendencias que en general los hombres desarrollan cuando se
hallan en ciertas circunstancias.
Además, si se trata verdaderamente del bien de todos, si
verdaderamente administrar las cosas quiere decir en interés de
los administrados, ¿quién mejor puede hacerlo que los mismos
productores y consumidores de estas cosas?

¿Para qué sirve un gobierno?
El primer acto de un gobierno socialista apenas llegado al poder
debería ser este: Considerando que siendo gobierno nada podemos
hacer y paralizaríamos la acción del pueblo obligándole a
esperar leyes que no podemos hacer sino sacrificando los
intereses de unos y de otros y de todos los nuestros en
particular, nosotros, gobierno, etc., declaramos abolida toda
autoridad, invitamos a todos los ciudadanos a que se organicen
en asociaciones que correspondan a sus varias necesidades,
confiamos en la iniciativa de esas instituciones y para bien de
ellas les aportaremos el tributo de nuestra obra personal.
Jamás gobierno alguno hizo cosa semejante y tampoco lo haría un
gobierno socialista. Por esto si algún día el pueblo tiene la
fuerza en sus manos y sabe ser juicioso impedirá que se
constituya un gobierno cualquiera.

Errico Malatesta

Respuesta a Makhnó

Estimado compañero,

He finalmente podido ver la carta que usted me ha enviado hace más de un año, sobre mis críticas al proyecto de organizar una Unión General de Anarquistas, publicada por el Grupo de Anarquistas Rusos en el Extranjero, conocido en nuestro movimiento por el nombre de “Plataforma”. Conociendo mi situación como usted la conoce, ciertamente habrá entendido por qué no he respondido.

No puedo tomar parte como quisiera de la discusión de las cuestiones del mayor interés para nosotros, porque la censura me impide recibir publicaciones que son consideradas subversivas o cartas que traten de tópicos políticos o sociales, y sólo después de largos intervalos y por afortunada casualidad vengo a oír el distante eco de lo que los compañeros dicen y hacen. De este modo, me he enterado de que la “Plataforma” y mis críticias a ella han sido ampliamente discutidos, pero sé poco o nada de lo que se ha dicho; y su carta es el primer documento escrito sobre el asunto que he logrado ver.

Si pudiéramos escribirnos libremente, le pediría clarificara, antes de entrar a la discusión, algunos de sus puntos de vista los cuales, quizás debido a una traducción imperfecta del ruso al francés, me parecen, en parte, algo obscuros. Pero estando las cosas como están, responderé a lo que he entendido, y espero ser capaz de ver su respuesta.

Usted se sorprende de que yo no acepte el principio de responsabilidad colectiva, que usted cree es un principio fundamental que guía, y debe guiar, a los revolucionarios del pasado, presente y futuro.

Por mi parte, me pregunto qué puede significar la noción de responsabilidad colectiva venida de los labios de un anarquista. Yo sé que los militares tiene el hábito de decimar grupos de soldados rebeldes o de soldados que no se han comportado correctamente frente al enemigo, disparándoles indiscriminadamente. Sé que los jefes militares no tiene escrúpulos en destruir poblados o ciudades, y masacrar a toda una población, incluidos los niños, porque alguien ha puesto alguna resistencia a una invasión. Sé que a lo largo de la historia, los gobiernos han, de varias maneras, amenazado con, y aplicado, el sistema de la responsabilidad colectiva para poner freno a los rebeldes, para demandar impuestos, etc. Y entiendo que esto puede ser un medio efectivo para intimidar y oprimir.

¡¿Pero cómo puede, gente que lucha por la libertad y la justicia, hablar de responsabilidad colectiva, cuando sólo puede interesarles la responsabilidad moral, hayan o no sanciones materiales de por medio?!!!

Si, por ejemplo, en un conflicto con fuerzas armadas del enemigo, el hombre que está a mi lado actúa como un cobarde, él me puede dañar a mi y a los demás, pero la verguenza será sólo suya, por su falta de valor para mantener el rol que él mismo escogió. Si durante una conspiración, un conspirador traiciona y envía a sus compañeros a prisión, ¿son los engañados los responsables de su traición?

La “Plataforma” dice: “Toda la Unión es responsable de la actividad revolucionaria y política de todo miembro y cada miembro es responsable de la actividad revolucionaria y política de la Unión“. ¿Puede esto ser reconciliado con los principios de autonomía y de libre iniciativa que los anarquistas profesan? Yo respondo, entonces: “Si la Unión es responsable de lo que cada miembro hace, ¿cómo puede dejar a sus miembros individuales y a sus diversos grupos, la libertad de aplicar el programa común de la forma en que les parezca adecuado? ¿cómo puede hacerse responsable de una acción, si carece de los medios para impedirla? De esta manera, la Unión y, mediante ella, el Comité Ejecutivo, necesitarían monitorear la acción de los miembros individuales y ordenarles qué hacer y qué no hacer; y ya que la desaprobación luego de los eventos no puede rectificar una responsabilidad previamente aceptada, nadie sería capaz de hacer nada antes de haber obtenido el vamos, el permiso del comité. Entonces, ¿puede un individuo aceptar responsabilidad por la acción de una colectividad antes de saber qué es lo que la última hará, y sin poder prevenirla de hacer lo que éste desaprueba?

Ciertamente, acepto y apoyo la visión de que cualquiera que se asocie y coopere con otros para un propósito común, debe sentir la necesidad de coordinar sus acciones con aquellas de sus compañeros y no hacer nada que dañe el trabajo de otros y, de esta manera, a la causa común; y que se respeten los acuerdos que sean hechos -excepto cuando sinceramente deseen dejar la asociación al emerger diferencias de opinión, o cuando las circunstancias hayan cambiado, o conflictos sobre los métodos predilectos hagan la cooperación imposible o inapropiada. Tal cual, yo mantengo que aquellos que no sientan ni practiquen estos deberes, deban ser expulsados de la asociación.

Quizás, al referirse a la responsabilidad colectiva, ustedes se refieran precisamente a ese acuerdo y solidaridad que debe existir entre los miembros de una asociación. Y si esto es así, su expresión representa, en mi opinión, un uso incorrecto del lenguaje, pero básicamente, esto sólo sería una cuestión de palabras sin importancia y el acuerdo podría alcanzarse rápidamente.

La cuestión realmente importante que usted plantea en su carta, concierne al rol de los anarquistas en el movimiento social y la forma en que éstos debieran desempeñarlo. Este es un asunto básico, la razón de ser del anarquismo y uno debe ser bastante claro respecto a lo que se refiere.

Usted pregunta si los anarquistas deben (en el movimiento revolucionario y en la organización comunista de la sociedad) asumir un rol directivo y, consecuentemente, responsible, o limitarse a ser auxiliares irresponsables. Su pregunta me deja perplejo, porque carece de precisión. Es posible dirigir mediante el consejo y el ejemplo, dejando al pueblo -proveídos de las oportunidades y los medios para suplir por sí mismos sus necesidades- adoptar nuestros métodos y soluciones si estos son, o parecieran ser, mejores que aquellos sugeridos y ejecutados por otros. Pero es también posible dirigir tomando el mando, esto es, convirtiéndose en gobierno e imponiendo las ideas e intereses propios mediante métodos policiales. ¿De qué manera quisiera dirigir?

Somos anarquistas, porque creemos que el gobierno (cualquier gobierno) es un mal, y que no es posible ganar la libertad, solidaridad y justicia si no es con libertad. No podemos, entonces, aspirar al gobierno y debemos hacer todo cuanto ea posible para evitar que otros -clases, partidos o individualidades- tomen el poder, convirtiéndose en gobiernos.

La responsabilidad de los lideres, una noción según la cual me parece quisieran garantizar que el público sea protegido de sus propios abusos y errores, no significa nada para mí. Aquellos en el poder, no son verdaderamente responsables, excepto, cuando son enfrentados a la revolución, y no podemos hacer la revolución todos los días, y generalmente ésta ocurre sólo cuando el gobierno ya ha hecho todo el mal que podía hacer.

Usted entenderá que yo estoy lejos de pensar que los anarquistas deban estar satisfechos con ser simples auxiliares de otros revolucionarios quienes, no siendo anarquistas, naturalmente aspiran a convertirse en gobierno.

Por el contrario, yo creo que nosotros, los anarquistas, convencidos de la validez de nuestro programa, debemos apuntar a adquirir una influencia enorme a fin de llevar al movimiento hacia la realización de nuestros ideales. Pero tal influencia debe ser ganada haciendo más y mejor que los demás, y sólo será útil si es ganada de esa manera.

Hoy por hoy, debemos profundizar, desarrollar y propagar nuestras ideas y coordinar nuestras fuerzas en una acción común. Debemos actuar en el movimiento obrero para impedir que éste se vea limitado y corrompido por la exclusiva búsqueda de mejoras pequeñas, compatibles con el sistema capitalista; y debemos actuar de tal manera que contribuya a preparar la completa transformación social. Debemos trabajar con las masas desorganizadas, y quizás imposibles de organizar, para despertarlas al espíritu de rebelión y al deseo y la esperanza de una vida libre y feliz. Debemos iniciar y apoyar todos los movimientos que tiendan a debilitar las fuerzas del Estado y del capitalismo, e incrementar el nivel mental y las condiciones materiales de los trabajadores. Debemos, en breve, preparar y prepararnos, moral y materialmente, para el acto revolucionario que abrirá el camino hacia el futuro.

Y luego, en la revolución, debemos tomar una parte enérgica (si es posible anterior y más efectivamente que los demás) en la lucha material esencial y conducirla al límite máximo en la destrucción de todas las fuerzas represivas del Estado. Debemos alentar a los trabajadores a tomar posesión de los medios de producción (tierras, minas, fábricas y talleres, medios de transporte, etc.) y de las reservas de bienes manufacturados; a organizar inmediatamente, por sí mismos, una distribución equitativa de los bienes de consumo, y al mismo tiempo, suplir los productos para el intercambio entre regiones y comunas, para la continuación e intensificación de la producción y de todos los servicios útiles para el público.

Debemos, de todas las formas posibles y acorde a las circunstancias y oportunidades locales, promover la acción de las asociaciones obreras, de las cooperativas, de los grupos voluntarios -para prevenir la emergencia de nuevos poderes autoritarios, de nuevos gobiernos, oponiéndoles con la violencia si es necesario, pero por sobretodo, mostrándolos como superfluos. Y donde no encontremos suficiente consenso entre el pueblo y no podamos prevenir el re-establecimiento del Estado con sus instituciones autoritarias y sus cuerpos coercitivos, debemos negarnos a tomar parte en él o reconocerlo, rebelándonos en contra de sus imposiciones y demandando nuestra plena autonomía y la de todas las minorías disidentes. En otras palabras, debemos permanecer en un estado concreto o potencial de rebelión y, siendo incapaces de triunfar en el presente, debemos, al menos, preparanos para el futuro.

¿Es esto a lo que ustedes se refieren en la parte que cabe a los anarquistas en la preparación y realización de una revolución? Por lo que sé de ustedes y de su trabajo, me siento inclinado a creer que si.

Pero cuando veo que en la Unión que ustedes apoyan, hay un Comité Ejecutivo que da dirección ideológica y organizativa a la asociación, me asalta la duda de que ustedes también quisieran ver, en el movimiento general, un cuerpo central que dictaría, de manera autoritaria, el programa teórico y práctico de la revolución. De ser esto así, somos polos opuestos.

Su organización, o sus órganos administrativos, podrían estar compuestos por anarquistas, pero no serían otra cosa sino un gobierno. Creyendo, en la más completa buena fe, que fueran necesarios para el triunfo de la revolución, asegurarían, como prioridad, que estuvieran lo suficientemente bien colocados y que fueran lo suficientemente fuertes como para imponer su voluntad. Crearían, entonces, cuerpos armados para la defensa material, y una burocracia para realizar sus mandatos, y en este proceso, paralizarían al movimiento popular y matarían la revolución. Esto es lo que yo creo ha pasado con los Bolcheviques.

Aquí estamos. Creo que lo importante no es la victoria de nuestros planes, de nuestros proyectos, de nuestras utopías, que en cualquier caso necesitan de la confirmación de la experiencia y pueden ser modificados por la experiencia, desarrollados y adaptados a las condiciones materiales y morales reales de cada época y lugar. Lo que más importa es que el pueblo, todas las personas, pierdan el instinto y los hábitos serviles que les han legado miles de años de esclavitud, y aprendan a pensar y actuar libremente. Y a esta gran tarea de liberación del espíritu a la que los anarquistas se deben dedicar especialmente.

Le agradezco la atención que gentilmente ha dado a mi carta y, en la esperanza de escuchar nuevamente de usted, le envío mis cordiales saludos.

Errico Malatesta
Noviembre de 1928

Publicada en “Il Risveglio” (Ginebra, 4 de Diciembre de 1929)

Traducido por Jose Antonio Gutierrez Danton

Extraido de aqui: http://www.nestormakhno.info/spanish/mal_rep2.htm