La Anarquia y el metodo del anarquismo

Ensayo algo extenso como para ponerlo integro..

Gracias a un compa de http://www.alasbarricadas.org/forums/ que se encargo de traducir del italiano la parte que faltaba ahora el texto esta completo…

Para descargar en word: http://www.divshare.com/download/9551000-15d

Extraido y digitalizado de aca: http://www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0018296.pdf

ahora completo gracias a Churchil de a las barricadas

 

Errico Malatesta – La vida de un anarquista

Biografia de Errico Malatesta escrita por Max Nettlau

Digitalizado desde aca: http://www.memoriachilena.cl/temas/documento_detalle.asp?id=MC0018294

Para descargar:

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Disculpen los errores de digitalizacion

Programa anarquista

Este texto es el programa que tomo la Unione Anarchica Italiana como

propio en su congreso de Bologna. El texto fue redactado por Errico

Malatesta recuperando y utilizando como base otro texto suyo: “Nuestro

Programa”, texto que en chile también fue difundido a principios del siglo

XX. Recomendamos este texto, para rescatar el trabajo de los militantes

anarquistas de comienzos del siglo pasado y como un referente

programático a tomar en cuenta por quienes se interesan o ven como

suyo los objetivos anarco-comunistas.

Ediciones Voz Negra.

________________________________

El programa de la Unione Anarchica Italiana es el programa comunista–

anárquico revolucionario que fue sostenido ya desde hace cincuenta años en

Italia en el seno de la Primera Internacional bajo el nombre de programa

socialista, que más tarde se distinguió con el nombre de socialista–anárquico,

y que luego, como consecuencia de la creciente degeneración autoritaria y

parlamentaria del movimiento socialista y como reacción contra ella, se llamó simplemente anárquico.

a) ¿Qué queremos?

Creemos que la mayor parte de los males que afligen a los hombres dependen

de la mala organización social, y que si los hombres quisieran y supieran,

podrían destruirlos. La sociedad actual es el resultado de las luchas seculares

que los hombres han librado entre sí. Al no comprender las ventajas que todos podían extraer de la cooperación y de la solidaridad, y al ver en todo otro hombre –salvo a lo sumo los más cercanos por vínculos de sangre – un

competidor y un enemigo, han tratado de acaparar cada uno para sí la mayor

cantidad posible de goces sin preocuparse de los intereses de los demás.

Cuando se llegó a la lucha, naturalmente los más fuertes o los más

afortunados debían vencer, y someter y oprimir de diversas maneras a los

vencidos. Mientras el hombre sólo fue capaz de producir aquello que le

bastaba estrictamente para su mantenimiento, los vencedores estaban

reducidos a poner en fuga o masacrar a los vencidos y apoderarse de los

alimentos reunidos por éstos. Luego, cuando con el descubrimiento del

pastoreo y la agricultura un hombre pudo producir más de lo que necesitaba

para vivir, a los vencedores les resultó más conveniente reducir a la esclavitud a los vencidos y hacerlos trabajar para ellos.

Más tarde, los vencedores se dieron cuenta de que era más cómodo, más

productivo y seguro explotar el trabajo de otros con otro sistema: conservar

para sí la propiedad exclusiva de la tierra y de todos los medios de trabajo, y

dejar nominalmente libres a los despojados, los cuales, por lo demás, al no

tener medios de vida, se veían obligados a recurrir a los propietarios y a

trabajar por cuenta de éstos, en las condiciones que éstos querían.

Así, poco a poco, a través de toda una red complicadísima de luchas de toda

clase, invasiones, guerras, rebeliones, represiones, concesiones arrancadas,

asociaciones de vencidos que se unieron para la defensa y de vencedores que

se unieron para el ataque, se llegó al estado actual de la sociedad, en el cual

algunos detentan hereditariamente la tierra y toda la riqueza social, mientras la

gran masa de los hombres, desheredada de todo, es explotada y oprimida por

unos pocos propietarios.

De esto dependen el estado de miseria en que se encuentran generalmente

los trabajadores y todos los males que de la miseria derivan: ignorancia,

delitos, prostitución, deterioro físico, abyección moral, muerte prematura. De

ahí también la constitución de una clase especial (el gobierno), que provista de

medios materiales de represión tiene como misión legalizar y defender a los

propietarios contra las reivindicaciones de los proletarios, y luego se sirve de la

fuerza que posee para crear privilegios para sí misma y someter a su

supremacía, si le es posible, incluso a la clase propietaria misma. De ahí la

constitución de otra clase especial (el clero) que con una serie de fábulas

sobre la voluntad de Dios, sobre la vida futura, etcétera, trata de inducir a los

oprimidos a soportar dócilmente la opresión, e igual que el gobierno, aparte de

favorecer los intereses de los propietarios favorece también los suyos. De aquí

proviene la formación de una ciencia oficial que es, en todo lo que pueda servir

a los intereses de los dominadores, la negación de la ciencia verdadera. De

aquí el espíritu patriótico, los odios de raza, las guerras y las paces armadas, a

veces más desastrosas que las guerras mismas. De aquí el amor

transformado en tormento o en torpe mercado. De ahí el odio más o menos

larvado, la rivalidad, la sospecha entre todos los hombres, la incertidumbre y el

temor para todos.

Nosotros queremos cambiar radicalmente tal estado de cosas, y puesto que

todos estos males derivan de la lucha entre los hombres, de la búsqueda del

bienestar que cada uno realiza por su cuenta y contra todos los demás,

queremos poner remedio a ello sustituyendo el odio por el amor, la

competencia por la solidaridad, la búsqueda exclusiva del propio bienestar por

la cooperación fraternal para el bienestar de todos, la opresión y la imposición

por la libertad, la mentira religiosa y pseudo-científica por la verdad.

Por lo tanto:

1. Abolición de la propiedad privada de la tierra, de las materias primas y

de los instrumentos de trabajo, para que nadie tenga el medio de vivir

disfrutando del trabajo de otros, y todos, al tener garantizados los medios para

producir y vivir, sean verdaderamente independientes y puedan asociarse

libremente con los demás, para el interés común, y conforme a sus simpatías.

2. Abolición del gobierno y de todo poder que haga la ley y la imponga a

los otros: por lo tanto, abolición de monarquías, repúblicas, parlamentos,

ejércitos, policías, tribunales y cualquier otra institución dotada de medios

coercitivos.

3. Organización de la vida social por obra de libres asociaciones y

federaciones de productores y de consumidores creadas y modifi cadas según

la voluntad de sus componentes, guiados por la ciencia y la experiencia y

libres de toda imposición que no derive de las necesidades naturales, a las

cuales se somete cada uno voluntariamente, vencido por el sentimiento mismo

de la necesidad ineluctable.

4. Garantizar los medios de vida, de desarrollo, de bienestar para los niños

y para todos los que sean incapaces de proveer a sus necesidades.

5. Guerra a las religiones y a todas las mentiras, aunque se oculten, bajo

el manto de la ciencia. Instrucción científica para todos y hasta sus niveles

más elevados.

6. Guerra a las rivalidades y a los prejuicios patrióticos. Abolición de las

fronteras y fraternidad entre todos los pueblos.

7. Reconstrucción de la familia, de la manera que resulte de la práctica del

amor, libre de todo vínculo legal, de toda opresión económica o física, de todo

prejuicio religioso.

Éste es nuestro ideal.

b) Vías y medios

Hemos expuesto en líneas generales cuál es el fi n que queremos alcanzar,

cuál es el ideal por el que luchamos. Pero no basta desear una cosa: si se

quiere obtenerla de verdad hay que emplear los medios adecuados para

conseguirla. Y estos medios no son arbitrarios, sino que derivan

necesariamente del fi n al que se apunta y de las circunstancias en que se

lucha, ya que engañándose respecto de la elección de los medios no se

llegaría al fi n propuesto sino a otro, quizás opuesto, que sería consecuencia

natural y necesaria de los medios empleados.

Quien se pone en camino y equivoca la ruta no va adonde quiere sino adonde

lo lleva la ruta que recorre.

Por lo tanto, es necesario explicar cuáles son los medios que a nuestro

parecer conducen al fi n que nos hemos fi jado, y que nosotros tratamos de

emplear.

Nuestro ideal no es del tipo cuya consecución dependa del individuo

considerado aisladamente. Se trata de cambiar el modo de vivir en sociedad,

de establecer relaciones de amor y solidaridad entre los hombres, de

conseguir la plenitud de desarrollo material, moral e intelectual no para un

individuo solo, no para los miembros de una determinada clase o partido, sino

para todos los seres humanos; y esto no es cosa que se pueda imponer con la

fuerza sino que debe surgir de la conciencia iluminada de cada uno y

realizarse mediante el libre consentimiento de todos. Nuestra primera tarea

debe consistir, por lo tanto, en persuadir a la gente. Es necesario que

llamemos la atención de los hombres sobre los males que sufren y sobre la

posibilidad de destruirlos. Hay que suscitar en cada uno la simpatía por los

males de los demás y el vivo deseo del bien de todos.

A quien tenga hambre y frío le mostraremos cómo sería posible, e incluso fácil,

asegurar a todos la satisfacción de las necesidades materiales. A quien esté

oprimido y vilipendiado, le diremos cómo se puede vivir felizmente en una

sociedad de hombres libres e iguales; a quien esté atormentado por el odio y

el rencor, le señalaremos el camino que lleva a la paz y a la alegría del

corazón, que se siente aprendiendo a amar al prójimo.

Y cuando logremos hacer nacer en el alma de los hombres el sentimiento de

rebelión contra los males injustos y evitables de los que se sufre en la

sociedad actual, y hacer comprender cuáles son las causas de estos males y

cómo depende de la voluntad humana eliminarlos, cuando hayamos inspirado

el deseo vivo, predominante, de transformar la sociedad para el bien de todos,

entonces los convencidos, por impulso propio y por el de aquellos que los han

precedido en la convicción, se unirán y querrán, y podrán, realizar sus ideales

comunes.

Sería absurdo –como ya hemos dicho – y estaría en contradicción con

nuestras finalidades querer imponer la libertad, el amor entre los hombres, el

desarrollo integral de todas las facultades humanas, por medio de la fuerza.

Por consiguiente, es necesario contar con la libre voluntad de los demás, y lo

único que podemos hacer es provocar que se forme y manifieste dicha

voluntad. Pero sería igualmente absurdo y contrario a nuestra finalidad admitir

que quienes no piensan como nosotros nos impidan realizar nuestra voluntad,

siempre que ésta no lesione el derecho a una libertad igual a la nuestra.

Libertad entonces para todos de propagar y experimentar las propias ideas sin

otro límite que el que resulta naturalmente de la igual libertad de todos.

Pero a esto se oponen –y se oponen con fuerza brutal – quienes se benefician

con los actuales privilegios y dominan y regulan toda la vida social actual.

Ésos tienen en su mano todos los medios de producción, y por ende suprimen

no sólo la posibilidad de experimentar nuevos modos de convivencia social, no

sólo el derecho de los trabajadores a vivir libremente de su propio trabajo, sino

también el derecho mismo a la existencia, y obligan a quien no es propietario a

dejarse explotar y oprimir si no quiere morir de hambre.

Ellos tienen policías, jueces, ejércitos creados a propósito para defender sus

privilegios, y persiguen, encarcelan, masacran a los que quieren abolir esos

privilegios y reclaman medios de vida y la libertad para todos.

Celosos de sus intereses presentes e inmediatos, corrompidos por el espíritu

de dominación, temerosos del porvenir, ellos, los privilegiados, son incapaces

en general de un impulso generoso, y también lo son de una concepción más

amplia de sus intereses. Y sería locura esperar que renuncien voluntariamente

a la propiedad y al poder y se adapten a ser iguales a aquellos a los que hoy

tienen sometidos.

Dejando de lado la experiencia histórica –la cual demuestra que nunca una

clase privilegiada se ha desposeído, en todo o en parte, de sus privilegios, y

nunca un gobierno ha abandonado el poder si no se lo obligó a ello con la

fuerza o con el temor de la fuerza –, bastan los hechos contemporáneos para

convencer a cualquiera que la burguesía y los gobiernos se proponen emplear

la fuerza material para defenderse, no sólo contra la expropiación total, sino

también contra las más pequeñas pretensiones populares, y están siempre

listos para realizar las más atroces persecuciones y las más sanguinarias

masacres.

Al pueblo que quiere emanciparse no le queda otro camino que oponer la

fuerza a la fuerza. Resulta de cuanto hemos dicho que debemos trabajar para

despertar en los oprimidos el deseo vivo de una radical transformación social y

persuadirlos de que uniéndose tienen la fuerza necesaria para vencer;

debemos propagar nuestro ideal y preparar las fuerzas morales y materiales

necesarias para vencer a las fuerzas enemigas y organizar la nueva sociedad.

Y cuando tengamos la fuerza suficiente, debemos, aprovechando las

circunstancias favorables que se produzcan oreándolas nosotros mismos,

hacer la revolución social abatiendo con la fuerza al gobierno, expropiando con

la fuerza los propietarios, poniendo en común los medios de vida y e

producción e impidiendo que nuevos gobiernos vengan a imponer su voluntad

y a obstaculizar la reorganización socializada directamente por los

trabajadores.

Todo esto, sin embargo, es menos simple de lo que podría carecer a primera

vista. Tenemos que vérnoslas con los hombres tal cual son en la sociedad

actual, en condiciones morales y materiales muy desgraciadas, nos

engañaríamos si pensáramos que basta la propaganda ara elevarlos a ese

grado de desarrollo intelectual y oral que es necesario para la realización de

nuestros ideales.

Existe una acción recíproca entre el hombre y el ambiente social. os hombres

hacen la sociedad como ésta es y la sociedad hace a los hombres como ellos

son, y de esto resulta una especie e círculo vicioso. Para transformar a la

sociedad es necesario transformar a los hombres, y para transformar a los

hombres es necesario transformar a la sociedad.

La miseria embrutece al hombre, y para destruir la miseria es necesario que

los hombres tengan conciencia y voluntad. La esclavitud educa a los hombres

para que sean esclavos, y para que se liberen de la esclavitud tiene que nacer

en ellos la aspiración a la libertad. La ignorancia hace por cierto que los

hombres no conozcan las causas de sus males y no sepan remediarlos, y para

destruir la ignorancia es necesario que los hombres tengan el tiempo y el

modo de instruirse.

El gobierno acostumbra a la gente a sufrir la ley y a creer que ésta es

necesaria para la sociedad, y para abolir al gobierno se requiere que los

hombres estén persuadidos de la inutilidad y el carácter dañino de la ley.

¿Cómo salir de este círculo vicioso?

Afortunadamente la sociedad actual no ha sido formada por la voluntad

iluminada de una clase dominante, que haya podido reducir a todos los

dominados a instrumentos pasivos e inconscientes de sus intereses. La

sociedad es resultado de mil luchas intestinas, de mil factores naturales y

humanos que actúan en forma casual, sin criterio directivo, y por lo tanto no

existen divisiones netas ni entre los individuos ni entre las clases. Infinitas son

las variedades de las condiciones materiales, infinitos los grados de desarrollo

moral e intelectual, y no siempre –casi diríamos muy raramente – el puesto

que uno ocupa en la sociedad corresponde a sus facultades y aspiraciones.

Con muchísima frecuencia algunos individuos caen en condiciones inferiores a

aquellas a que están habituados, y otros, por circunstancias excepcionalmente

favorables, logran elevarse a condiciones superiores a aquellas en que

nacieron. Una parte notable del proletariado llegó ya a salir del estado de

miseria absoluta, embrutecedora, o no pudo ser reducido nunca a tal situación;

ningún trabajador, o casi ninguno, se encuentra en estado de inconsciencia

completa, de completa aquiescencia a las condiciones impuestas por los

patrones. Y las instituciones mismas, tal como las produjo la historia,

contienen contradicciones orgánicas que son como gérmenes de muerte que

al desarrollarse producen la disolución de la institución y la necesidad de

transformarla.

De ahí la posibilidad del progreso, pero no la posibilidad de llevar, por medio

de la propaganda, a todos los hombres al nivel necesario para que quieran y

hagan la anarquía, sin una transformación previa y gradual del ambiente.

El progreso debe marchar en forma contemporánea y paralela en los

individuos y en el ambiente. Tenemos que aprovechar de todos los medios, de

todas las posibilidades, de todas las ocasiones que nos ofrece el ambiente

actual, para actuar sobre los hombres y desarrollar su conciencia y sus

deseos, debemos utilizar todos los progresos ocurridos en la conciencia de los

hombres para inducirlos a reclamar e imponer las transformaciones sociales

mayores que son posibles y que sirven mejor para abrir el camino a progresos

ulteriores.

No debemos esperar a poder instaurar la anarquía, y entretanto limitarnos a la

simple propaganda. Si lo hiciésemos así, pronto habríamos agotado el campo,

es decir, habríamos convertido a todos aquellos que en el ambiente actual son

susceptibles de comprender y aceptar nuestras ideas, y nuestra ulterior

propaganda resultaría inútil; o si transformaciones del ambiente elevaran a

nuevos estratos populares a la posibilidad de recibir ideas nuevas, esto

ocurriría sin participación nuestra y, por lo tanto, en perjuicio de nuestras

ideas.

Debemos tratar que el pueblo, en su totalidad o en sus diversas fracciones,

pretenda, imponga, tome por sí mismo todas las mejoras, todas las libertades

que desee, a medida que llega a desearlas y tiene la fuerza necesaria para

imponerlas; y propagandeando siempre todo nuestro programa y luchando

siempre por su realización integral, debemos impulsar al pueblo a pretender e

imponer cada vez más, hasta que llegue a la emancipación completa.

c) La lucha económica

La opresión que hoy aflige más directamente a los trabajadores y que es la

causa principal de todas las sujeciones morales y materiales a que éstos están

sometidos es la opresión económica, es decir, la explotación que los patrones

y los comerciantes ejercen sobre ellos gracias al acaparamiento de todos los

grandes medios de producción e intercambio.

Para suprimir en forma radical y sin peligro de retorno esta opresión es

necesario que todo el pueblo esté convencido del derecho que tiene al uso de

los medios de producción y que ponga en práctica su derecho primordial

expropiando a los detentadores del suelo y de todas las riquezas sociales y

poniendo aquél y éstas a disposición de todos.

Pero ¿se puede comenzar esta expropiación ahora mismo? ¿Se puede pasar

hoy directamente, sin grados intermedios, del infierno en que se encuentra

ahora el proletariado al paraíso de la propiedad común?

Los hechos demostrarán de qué son capaces hoy los trabajadores. Nuestra

misión es preparar al pueblo moral y materialmente para esta expropiación

necesaria, e intentarla y volverla a intentar cada vez que una conmoción

revolucionaria nos dé ocasión para ello; hasta el triunfo definitivo. Pero ¿de

qué manera podemos preparar al pueblo? ¿De qué manera prepararemos las

condiciones que hagan posible no sólo el hecho material de la expropiación,

sino también la utilización de la riqueza común en beneficio de todos?

Hemos visto anteriormente que la propaganda por sí sola, hablada o escrita,

es impotente para conquistar a toda la gran masa popular y convertirla a

nuestras ideas. Se requiere una educación práctica, que sea alternativamente

causa y efecto de una gradual transformación del ambiente.

Es necesario que a medida que se desarrollen en los trabajadores el

sentimiento de rebelión contra los injustos e inútiles sufrimientos de que son

víctimas y el deseo de mejorar sus condiciones, éstos luchen unidos entre sí

en forma solidaria para conseguir lo que desean.

Y nosotros, como anarquistas y como trabajadores, debemos incitarlos y

alentarlos a la lucha y luchar con ellos. Pero ¿son posibles estos

mejoramientos en el régimen capitalista? ¿Son útiles desde el punto de vista

de la futura emancipación integral de los trabajadores?

Cualesquiera sean los resultados prácticos de la lucha por los mejoramientos

inmediatos, la utilidad principal reside en la lucha misma. Con ella los obreros

aprenden que el patrón tiene intereses opuestos a los suyos y que no pueden

mejorar su condición, y menos aun emanciparse, sino uniéndose y

volviéndose más fuertes que los patrones. Si llegan a obtener lo que quieren,

estarán mejor, ganarán más, trabajarán menos, tendrán más tiempo y más

fuerza para reflexionar acerca de las cosas que les interesan, y sentirán

enseguida deseos mayores y experimentarán mayores necesidades. Si no

tienen éxito, se verán llevados a estudiar las causas del fracaso y a reconocer

la necesidad de una mayor unión, de mayor energía, y comprenderán, por

último, que para vencer con seguridad y en forma definitiva es necesario

destruir al capitalismo. La causa de la revolución, la causa de la elevación

moral del trabajador y de su emancipación no puede sino beneficiarse por el

hecho de que los trabajadores se unan y luchen por sus intereses. Pero, una

vez más, ¿es posible que los trabajadores logren, en el estado actual de

cosas, mejorar realmente sus condiciones de vida?

Esto depende de la concurrencia de una infinidad de circunstancias. Pese a lo

que dicen algunos, no existe una ley natural (ley de los salarios) que determine

la parte que corresponde al trabajador sobre el producto del trabajo; o si se

quiere formular una, sólo podría ser la siguiente: el salario no puede bajar

normalmente del monto necesario para la vida, ni puede subir normalmente

hasta el punto de que no deje ninguna ganancia al patrón. Está claro que en el

primer caso los obreros morirían y por lo tanto no cobrarían ya salario, y en el

segundo los patrones no tendrían interés en hacer trabajar y por lo tanto no

pagarían más salarios. Pero entre estos dos extremos imposibles existe una

infinita variedad de gradaciones, que van desde las condiciones miserables de

muchos trabajadores agrícolas hasta la situación casi decente de los obreros

de los buenos oficios en las grandes ciudades.

El salario, la longitud de la jornada y todas las otras condiciones de trabajo son

resultado de la lucha entre patrones y obreros. Aquéllos tratan de dar a los

trabajadores lo menos que pueden y de hacerlos trabajar hasta el agotamiento

completo, mientras éstos buscan, o deberían buscar, la manera de trabajar lo

menos y de ganar lo más posible. Cuando los trabajadores se contentan con

todo o, aun estando descontentos, no saben oponer una resistencia válida a

los patrones, quedan rápidamente reducidos a condiciones animales de vida;

en cambio, cuando tienen un concepto un poco elevado del modo en que

deberían vivir los seres humanos, y saben unirse y, mediante el rechazo del

trabajo y la amenaza latente o explícita de rebelión, imponer respeto a los

patrones, se los trata de una manera relativamente soportable. De modo que

puede decirse que el salario, dentro de ciertos límites, es el que el operario –

no como individuo, se entiende, sino como clase – pretende.

Luchando entonces, resistiendo contra los patrones, los trabajadores pueden

impedir hasta un cierto punto que sus condiciones empeoren, e incluso

obtener mejoramientos reales. Y la historia del movimiento obrero ya ha

demostrado esta verdad.

Es necesario, sin embargo, no exagerar el alcance de esta lucha librada entre

obreros y patrones en el terreno exclusivamente económico. Los patrones

pueden ceder, y a menudo lo hacen ante exigencias obreras enérgicamente

expresadas, mientras no se trate de pretensiones demasiado grandes, pero si

los obreros comenzaran –y es urgente que comiencen – a pretender un salario

que absorbiera toda la ganancia de los patrones y llegara, de esta manera, a

constituir una expropiación indirecta, es seguro que los patrones apelarían al

gobierno y tratarían de cohibir con la violencia a los obreros para mantenerlos

en su posición de esclavos asalariados.

Y aun antes, mucho antes de que los obreros puedan pretender que se les dé

en compensación de su trabajo el equivalente de todo lo que han producido, la

lucha económica se vuelve impotente para seguir produciendo el

mejoramiento de las condiciones de los trabajadores.

Los obreros lo producen todo y sin ellos no se puede vivir; por lo tanto,

parecería que si se rehúsan a trabajar pudieran imponer todo lo que quieren.

Pero la unión de todos los trabajadores, incluso de un solo oficio, y hasta de

un solo país, es difícil de obtener, y a la unión de los obreros se opone la de

los patrones. Los obreros viven al día y si no trabajan pronto les falta el pan,

mientras los patrones disponen, mediante el dinero, de todos los productos ya

acumulados, y por lo tanto pueden esperar tranquilamente que el hambre

reduzca a la sensatez a sus asalariados. La invención o la introducción de

nuevas máquinas hace inútil el trabajo de un gran número de obreros y

aumenta el gran ejército de los desocupados, a los que el hambre obliga a

venderse a cualquier precio. La inmigración aporta en seguida a los países

donde los obreros logran un nivel mejor, multitudes de trabajadores famélicos

que, quiéranlo o no, ofrecen a los patrones el modo de rebajar los salarios. Y

todos estos hechos, derivados necesariamente del sistema capitalista, llegan a

contrapesar el progreso de la conciencia y de la solidaridad obrera: a menudo

marchan más rápidamente que este progreso, lo detienen y lo destruyen. Y en

todos los casos subsiste siempre el hecho primordial de que la producción, en

el sistema capitalista, está organizada por cada capitalista para su beneficio

individual y no para satisfacer, como sería natural, de la mejor manera posible

las necesidades de los trabajadores.

De aquí el desorden, el desperdicio de fuerzas humanas, la escasez

deliberada de los productos, los trabajos inútiles y dañinos, la desocupación,

las tierras sin cultivar, el poco uso de las máquinas, etcétera, males todos

éstos que no se pueden evitar sino quitando a los capitalistas la posesión de

los medios de trabajo y, por lo tanto, la dirección de la producción. Se presenta

entonces rápidamente a los obreros que tratan de emanciparse, o incluso sólo

de mejorar seriamente sus condiciones, la necesidad de defenderse contra el

gobierno, de atacarlo, pues éste constituye, al legitimar el derecho de

propiedad y sostenerlo con la fuerza brutal, una barrera que se opone al

progreso y que hay que abatir si no se desea permanecer indefinidamente en

el estado actual o incluso empeorarlo.

De la lucha económica es necesario pasar a la lucha política, es decir, a la

lucha contra el gobierno, y en vez de oponer a los millones de los capitalistas

los escasos centavos acumulados con gran esfuerzo por los obreros, hay que

oponer a los fusiles y a los cañones que defienden la propiedad, los medios

mejores que el pueblo pueda encontrar para vencer a la fuerza con la fuerza.

d) La lucha política

Por lucha política entendemos la lucha contra el gobierno y el conjunto de los

individuos que detentan la potestad, cualquiera sea el modo en que la hayan

adquirido, de dictar las leyes e imponerlas a los gobernados, es decir, al

pueblo. Consecuencia del espíritu de dominio y de la violencia con que

algunos hombres se impusieron sobre los demás, el gobierno es al mismo

tiempo creador y criatura del privilegio y su defensor natural. Se dice

erróneamente que el gobierno cumple hoy la función de defensor del

capitalismo, pero que una vez abolido el capitalismo se volvería representante

y administrador de los intereses generales.

Ante todo el capitalismo no se podrá destruir sino cuando los trabajadores, una

vez expulsado el gobierno, tomen posesión de la riqueza social y organicen la

producción y el consumo en interés de todos, por sí mismos, sin esperar la

acción de un gobierno que aunque lo quisiera no podría ser capaz de hacerlo.

Pero hay algo más: si se destruyera al capitalismo y se dejase subsistir alguna

forma de gobierno, éste lo crearía de nuevo mediante la concesión de toda

clase de privilegios, puesto que al no poder contentar a todos tendría

necesidad de una clase económicamente poderosa que lo apoyara a cambio

de la protección legal y material que recibiría de él. Por consiguiente, no se

puede abolir el privilegio y establecer sólida y definitivamente la libertad y la

igualdad social sino aboliendo al gobierno, no a este o a aquel gobierno, sino a

la institución misma del gobierno.

Sin embargo, en esto, como en todos los hechos de interés general, más que

en cualquier otro caso, es necesario el consenso de la generalidad, y por ello

debemos esforzarnos en persuadir a la gente de que el gobierno es inútil y

dañino y que se puede vivir mejor sin él.

Pero como ya hemos repetido, la propaganda por sí sola es impotente para

convencer a todo el mundo, y si quisiéramos limitarnos sólo a predicar contra

el gobierno, esperando sin valernos de ningún otro medio el día en que el

público se convenciera de la posibilidad y utilidad de abolir completamente

toda clase de gobierno, ese día no llegaría nunca. Siempre predicando contra

toda clase de gobierno, siempre reclamando la libertad integral, debemos

favorecer todas las luchas por las libertades parciales, convencidos de que en

la lucha se aprende a luchar, y que comenzando a gustar de un poco de

libertad se termina queriéndola toda. Debemos estar siempre con el pueblo, y

aunque no logremos hacerle pretender mucho, tratar de que por lo menos

comience a pretender algo, y debemos esforzarnos para que aprenda, sea

poco o mucho lo que quiera, a quererlo conquistar por sí mismo, y sienta odio

y desprecio contra quienes están en el gobierno o quieren llegar a ocuparlo.

Puesto que el gobierno tiene hoy el poder de regular, mediante las leyes, la

vida social y ampliar o restringir la libertad de los ciudadanos, como nosotros

no podemos arrancarle aún este poder debemos tratar de disminuírselo y de

obligarlo a que lo utilice de la forma menos dañina posible.

Pero esto debemos hacerlo estando siempre fuera del gobierno y contra él,

presionándolo mediante la agitación en las calles, amenazando con tomar por

la fuerza lo que se reclama. Nunca debemos aceptar ninguna clase de función

legislativa, sea general o local, porque si lo hiciéramos disminuiríamos la

eficacia de nuestra acción y traicionaríamos el porvenir de nuestra causa. La

lucha contra el gobierno se resuelve, en último análisis, en lucha física,

material. El gobierno hace las leyes. Por lo tanto, debe contar con una fuerza

material (ejército y policía) para imponerlas, porque de otra manera, sólo las

obedecerían quienes quisieran y las leyes ya no lo serían, sino que

constituirían una simple propuesta que cada uno estaría en libertad de aceptar

o rechazar. Y los gobiernos tienen esta fuerza y se sirven de ella para poder

fortalecer con leyes su dominio y servir a los intereses de las clases

privilegiadas oprimiendo y explotando a los trabajadores.

El límite de la opresión del gobierno es la fuerza que el pueblo se muestre

capaz de oponerle. Puede haber conflicto abierto o latente, pero conflicto hay

siempre, pues el gobierno no se detiene ante el descontento y la resistencia

popular sino cuando siente el peligro de la insurrección.

Cuando el pueblo se somete dócilmente a la ley, o la protesta es débil y

platónica, el gobierno atiende a su propio beneficio sin preocuparse de las

necesidades populares; cuando la protesta se vuelve enérgica, insistente,

amenazadora, el gobierno cede o reprime, según sea más o menos iluminado.

Pero siempre se llega a la insurrección, porque si el gobierno no cede, el

pueblo termina rebelándose, y si el gobierno cede, el pueblo adquiere fe en sí

mismo y pretende cada vez más, hasta que resulta evidente la

incompatibilidad entre la libertad y la autoridad y estalla el conflicto violento.

Es necesario entonces prepararse moral y materialmente para que al estallar

la lucha violenta la victoria quede en manos del pueblo. La insurrección

victoriosa es el hecho más efi caz para la emancipación popular, puesto que el

pueblo, una vez sacudido el yugo, queda en libertad de darse las instituciones

que considere mejores, y la distancia que existe entre la ley, siempre

retrasada, y el grado de civilización a que ha llegado la masa de la población,

se recorre de un salto. La insurrección determina la revolución, es decir, la

rápida manifestación de las fuerzas latentes acumuladas durante la evolución

anterior.

Todo consiste en qué es capaz de querer el pueblo. En las insurrecciones

pasadas el pueblo, inconsciente de las razones verdaderas de sus males, ha

querido siempre muy poco y muy poco ha conseguido.

¿Qué querrá en la próxima insurrección?

Esto depende, en parte, de nuestra propaganda y de la energía que sepamos

desplegar. Deberemos impulsar al pueblo a expropiar a los propietarios y

comunizar la propiedad, y a organizar la vida social por sí mismo, mediante

asociaciones libremente constituidas, sin esperar las órdenes de nadie y

rehusándose a nombrar o a reconocer cualquier clase de gobierno, cualquier

cuerpo constituido, que bajo un nombre cualquiera (constituyente, dictadura,

etcétera) se atribuya, aunque sea a título provisorio, el derecho de dictar leyes

y de imponer a los demás por la fuerza su propia voluntad. Y si la masa del

pueblo no responde a nuestro llamado, deberemos –en nombre del derecho

que tenemos de ser libres aunque los demás quieran seguir siendo esclavos, y

mediante la eficacia del ejemplo – realizar por nuestra cuenta lo más posible

de nuestras ideas y no reconocer al nuevo gobierno y, mantener viva la

resistencia, y hacer que las localidades donde se acojan con simpatía nuestras

ideas se constituyan en comunidades anárquicas, rechacen toda injerencia

gubernativa, establezcan libres relaciones con las otras localidades que

pretendan vivir a su manera.

Deberemos, sobre todo, oponernos con todos los medios a la reconstitución

de la policía y del ejército, y aprovechar la ocasión propicia para impulsar a los

trabajadores de las localidades no anárquicas a aprovechar la falta de fuerza

represiva para imponer las mayores pretensiones que logremos inducirles a

plantear.

Y como quiera que marchen las cosas, seguir siempre luchando, sin un

instante de interrupción, contra los propietarios y contra los gobernantes,

teniendo siempre en vista la emancipación completa, económica, política y

moral, de toda la humanidad.

e) Conclusión

Deseamos entonces abolir radicalmente la dominación y la explotación del

hombre por el hombre; deseamos que los hombres, hermanados por una

solidaridad consciente y deseada, cooperen todos voluntariamente para el

bienestar de todos; deseamos que la sociedad esté constituida con el fin de

proporcionar a todos los seres humanos los medios para alcanzar el máximo

bienestar posible, el máximo desarrollo moral y material posible; deseamos

para todos pan, libertad, amor, ciencia. Y para llegar a este fin supremo

creemos necesario que los medios de producción estén a disposición de

todos, y que ningún hombre o grupo de hombres pueda obligar a los demás a

someterse a su voluntad ni ejercitar su influencia sino con la fuerza de la razón

y del ejemplo. Por lo tanto, expropiación de los detentadores del suelo y del

capital en beneficio de todos, y abolición del gobierno.

Y en espera de que esto pueda hacerse: propaganda del ideal; organización

de las fuerzas populares; lucha continua, pacífica o violenta según las

circunstancias, contra el gobierno y contra los propietarios, para conquistar lo

más que se pueda de libertad y de bienestar para todos.

 

Errico Malatesta.

Extraido de http://voznegra.entodaspartes.net/

Para descargar en Pdf: http://voznegra.entodaspartes.net/files/2008/12/programa-anarquista.pdf

LOS ANARQUISTAS HAN OLVIDADO SUS PRINCIPIOS

Por Errico Malatesta (FREEDOM, noviembre de 1914)

Bajo el riesgo de pasar por simplón, confieso que nunca habría creído posible que los socialistas—incluso los socialdemocratas—vayan a apaudir y hacerse participes voluntarios, ya sea del lado de los alemanos o de los aliados, en una guerra como la que en la actualidad está devastando Europa. ¿Pero qué se puede decir cuando lo mismo es hecho por anarquistas, no en gran cantidad, es verdad, pero entre ellos muchos camaradas a quién ame y respete?

Se dice que la situación presente muestra la bancarrota de “nuestras formulas”—es decir,de nuestro principios—y que será necesario revisarles.

Hablando en términos generales, cada  fórmula debe ser revisada siempre que ella se muestra insuficiente al ponerse en contacto con el hecho; pero no es el caso de estos días, cuando la bancarrota no es derivada de la deficiencia de nuestras fórmulas, sino del hecho de que éstas han sido olvidadas y son traicionadas.

Retornemos a nuestros principios.

No soy un “pacifista”. Yo lucho, como todos lo hacemos, por el triunfo de la paz y de la fraternidad entre todos los seres humanos; pero sé que el deseo de detener la batalla puede ser cumplido sólo cuando ambos lados lo quieran, y que mientras se encuentren hombres que quieran violar las libertades de los demas, corresponde a estos otros defenderse si no desean ser eternamente golpeados; y sé también que atacar es a menudo el mejor, o el unico, medio efectivo de defenderse. Además, pienso que el oprimido está en un estado de defensa propia legítima, y tiene siempre el derecho de atacar los opresores. Yo admito, por lo tanto, que existen guerras que son necesarias, las guerras santas: y éstas son las guerras de liberación -tal como es generalmente la “guerra civil”-es decir, las revoluciones.

Pero, ¿qué tiene la actual guerra en común con la emancipación humana, que es nuestra causa?

Hoy en dia es comun ver a los socialistas en la cuspide, al igual que cualquier burgués, de Francia o Alemania, y que algun político u aglomeración nacional—resultado de las luchas historicas—como una unidad etnográfica homógena, cada uno con sus intereses, aspiraciones, y misiones, en oposición a los intereses, aspiraciones y  misiónes de las unidades rivales. Esto puede ser relativamente cierto, mientras el oprimido, y principalmente los trabajadores, no tengan ninguna conciencia, no logren reconocer la injusticia de sus opresores. Allí está, entonces, la clase dominante que es la unica que cuenta; y que, debido a su deseo de conservar y ampliar su poder, y en víspera de sus perjuicios y sus propias ideas, puede encontrar conveniente excitar las ambiciones raciales y el odio, y enviar a su nación, su rebaño, contra los “extranjeros” , con el propósito de soltarles de sus opresores presentes, y sometiendoles a su propia dominación económica y política.

Pero la misión de aquellos que, nosotros creemos, desean el fin de toda opresión y de toda explotación del hombre por el hombre, deberia ser la de despertar el conocimiento del antagonismo de intereses entre dominadores y dominados, entre explotadores y trabajadores, y desarrollar la lucha de clases adentro de cada país, y la solidaridad entre todos los trabajadores a través de las fronteras, en contraste con cada perjuicio y cada pasión que tenga que ver con la raza o la nacionalidad.

Y esto es lo que siempre hemos hecho. Siempre hemos predicado que los trabajadores de todos los paises sean hermanos, y que el enemigo—el “extranjero”—es el explotador, ya sea nacido cerca nuestro o en  algun otro pais lejano, ya sea que hable nuestro mismo idioma o cualquier otro. Siempre hemos escogido nuestros amigos, nuestros compañeros de armas, así como nuestros enemigos, debido a las ideas que profesan y de la posición que ocupan en la lucha social, y nunca por razones de raza o nacionalidad. Nosotros siempre hemos luchado contra el patriotismo, que es una supervivencia del pasado, y sirve a los interéses de los opresores; y  nos enorgullezemos de ser internacionalistas, no solo de palabra, sino por los sentimientos profundos de nuestras almas.

Y ahora las más atroces consecuencias de la dominacion capitalista y de estado deben indicar, aún a los ciegos, que nosotros tuvimos razón, la mayor parte de los socialistas y muchos anarquistas en los paises beligerantes se asocian con los gobiernos y la burguesía de sus respectivos paises, olvidando el socialismo, la lucha de clases, la fraternidad internacional, y el resto.

Vaya ruina!

Es posible que los acontecimientos presentes pueden estar mostrando que los sentimientos nacionales estan más vivos, mientras que los sentimientos del hermanazgo internacional estan menos arraigados de lo que pensabamos; pero esta deberia ser una razon mas para intensificar, no abandonar, nuestra propaganda antipatriótica. Estos acontecimientos también muestran que en Francia, por ejemplo, el sentimiento religioso es más fuerte, y los sacerdotes tienen una mayor influencia de la que imaginamos. ¿Esta es una razón para nuestra conversión a la religión catolica?

Entiendo  que existen circunstancias que pueden levantarse a causa de que la ayuda de todos es necesaria para el bienestar general: tales como una epidemia, un terremoto, una invasión de los bárbaros, que maten y destruyan todo lo que este bajo sus manos. En tal caso la lucha de clases y las diferencias en la posición social deben ser olvidadas, y se debe hacer causa común contra el peligro común; pero a condición de que estas diferencias se olviden de ambas partes. Si alguna persona está en la prisión durante un terremoto, y existe el peligro de ser aplastado por la muerte, es nuestro deber el salvar a todos, incluso a los carceleros—a causa de que estos comenzaran por abrir las puertas de la prision. Pero siendo el deber de  los carceleros tomar todas las precauciones para la custodia segura de los presos durante y después de la catástrofe, es entonces el deber de los presos hacia si mismo tanto como hacia sus camaradas en cautiverio el dejar a los carceleros a sus contratiempos encontrando la ocasion para beneficiarse a si mismo.

Si, cuando los soldados extranjeros invaden el suelo sagrado de la patria, la clase privilegiada renuncia a sus privilegios, y actúa de modo que la “Patria” realmente se convierta en propiedad común de todos los habitantes, seria justo entonces que todos luchemos contra los invasores. Pero si los reyes deseen seguir siendo reyes, los propietarios continuan cuidando de sus tierras y de sus casas, y los comerciantes desean hacerse cargo de sus mercancías, e incuso los venden a un precio más alto, entonces los trabajadores, los socialistas y anarquistas, deban dejarlos a su suerte, sin dejar de buscar una oportunidad para librarse de los opresores dentro del país, así como de aquellos que vienen del exterior.

En todas las circunstancias, es el deber de los socialistas, y especialmente de los anarquistas, el hacer todo lo posible para debilitar a el estado y a la clase capitalista, y el  tomar como la única guía para su conducta los intereses del socialismo; o bien, si son materialmente impotentes para actuar eficazmente para su causa propia, al menos deben intentar rehusar cualquiera ayuda voluntaria a la causa del enemigo, y hacerse a un lado para salvar al menos sus principios—lo que significa salvar el futuro.

* * *

Todo lo que acabo de decir cuenta unicamente como teoría, y tal vez es aceptado, como tal, por la mayor parte quienes, en la práctica, hacen lo contrario. ¿Cómo, entonces, podria ser aplicado en la situación actual? ¿Qué debemos hacer, que debemos desear, en los intereses de nuestra causa?

Se dice, en este lado del Rin, que la victoria de los aliados sería el fin del militarismo, el triunfo de la civilización, la justicia internacional, etc. Lo mismo se dice del otro lado de la frontera sobre una posible victoria alemana.

Personalmente, juzgando en su justo valor al “perro demente” de Berlin y al “viejo verdugo” de Viena, no tengo mayor confianza en el sangriento zar, ni en los diplomáticos ingleses que oprimen a la India, que traicionaron Persia, que aplasto a las repúblicas de los bóers; ni en la burguesía francésa, que asesino a los nativos de Marruecos; ni en Bélgica, que ha permitido las atrocidades del Congo y se ha beneficiado en gran medida con ellas- y yo solo recuerdo algunas de sus fechorías, tomadas al azar, por no mencionar lo que todos los gobiernos y toda clase capitalista hacen contra los trabajadores y los rebeldes en sus propios paises.

En mi opinión, la victoria de Alemania desde luego significaría el triunfo de militarismo y de la reacción; pero el triunfo de los aliados significaría la dominacion  Ruso- inglésa (es decir, knouto[1]-capitalista) de Europa y  Asia, el reclutamiento y el desarrollo del espíritu militarista en Inglaterra, y una reacción clerical y tal vez monárquica en Francia.

Además, en mi opinión, es más probable que no exista victoria alguna definida en uno u otro lado. Después de una larga guerra, una pérdida enorme de vidas y de riqueza, ambos lados quedaran agotados y cierta paz será arreglada, dejando abiertas todas las cuestiones, preparando asi una nueva guerra más asesina que la del presente.

La única esperanza es la revolución; y como pienso que es la derrota de Alemania la que  muy probablemente hara, por causa del estado presente de cosas, que la revolución estalle, es por esta razon—y solo por ella—que deseo la derrota de Alemania.

Se me permitira, por supuesto, el estar equivocado al apreciar la situación verdadera. Pero lo que parece ser elemental y fundamental para todos los socialistas (anarquistas, u otros) es que es necesario mantenerse fuera de cualquier  tipo de compromiso con los gobiernos y las clases gobernantes, para ser capazes de beneficiarse con cada oportunidad que puede surgir, y, en todo caso, para ser capazes de reiniciar y continuar nuestras preparaciones y propaganda revolucionarias.

E. MALATESTA

 


[1] Un knout es un gran flagelo con  múltiples látigos, normalmente hecho de un racimo de correas de cuero anexas a un mango largo, a veces con ganchos de alambre o de metal incorporados.

Algunos afirman que fue una invención tartara y se introdujo en Rusia en el Siglo XV, quizá por Gran Duque Ivan III el excelente (1462-1505)

Más reflexiones sobre la cuestión de la delincuencia

 

Malatesta responde a Venturini

(Umanità Nova, n. 134, Septiembre 16, 1921)

Bologna, Septiembre 8, 1921

Querido Malatesta:

He leído con gran interés sus dos artículos, recientemente aparecidos en “N.U”, sobre el importante problema que siempre vale la pena debatir: la delincuencia.

No cabe duda que sus argumentos en apoyo de la solucion que nosotros los anarquistas damos a la cuestión son indiscutiblemente claros y efectivos. Sin embargo, permítaseme insistir en algunas de sus ideas, que resuelven algunos aspectos del problema, pero lo hacen de una manera demasiado general y abstracto o demasiado particular.

 

Por ejemplo, usted dice: “Para nosotros el cumplimiento de los derechos sociales debe ser voluntaria, y uno tiene derecho a tomar medidas coercitivas solo contra quienes ofenden a otros voluntarios y se convierten en un obstáculo para la coexistencia social pacífica. La fuerza y la coacción física sólo pueden ser usadas contra un empuje materialmente violento, por pura necesidad de defensa “.

 

Yendo por la segunda parte de su razonamiento, casi pareceria que sólo ” un empuje materialmente violento ” constituye una violación del principio de justicia que será fundamental en la futura sociedad.

 

¿Por qué la fuerza y la coacción física, aunque limitadas, e inspiradas por la idea de una gran necesidad de defensa, no deben ser utilizadas también en aquellos casos (por desgracia, estos seran los aspectos de la moral criminal en el nuevo entorno social), en la que un grave daño puede ser causado a un prójimo, sin el ejercicio de un acto “materialmente violento”?

 

¿No es el acto de ejercer la violencia material sobre una persona, privar a él de alguna pertenencia, equivalente con el tener exito en el mismo robo sin usar violencia alguna?

 

Por otra parte, ¿cuál es la diferencia entre, por ejemplo, alguien que mata violentamente a un projimo y alguien que le conduce a morir mediante la persuasión criminal y disimulada?

 

El anterior es sólo un ejemplo, esto no quiere decir que existan cientos de casos que podrian ser mencionados en que el delito, el daño a la vida de alguien más, pueda suceder sin ejercicio material de la violencia.

 

Por otro lado, hay una violencia buena y una violencia mala. Por lo tanto, la injusticia no reside tanto en el acto exterior que se lleva a cabo, como en el hecho de que alguien tiene que sufrir  por alguien más malo que el.

 

Sobre este asunto dice usted: ” Nosotros no vemos ninguna otra solución que dejar las decisiones en manos de los interesados, en las manos del pueblo, es decir, la masa de los ciudadanos, que actúaran de manera diferente según las circunstancias y sus variables grados de civilización “

 

Sin embargo, decir «las personas» generaliza demasiado la cuestion, de ahi que, por lo tanto, la pregunta sigue sin resolverse.

 

Este tipo de razonamiento parece repetir el error de Kropotkin, según el cual se supone que la gente debe hacerlo todo, y para él cual el pueblo es sólo una multitud genérica.

 

Saverio Merlino criticó muy bien este y otros errores en la idea de Kropotkin de anarquismo; y, discutiendo con usted, él ofrece la solución siguiente a el problema tan relevante de la defensa social en su libro ” la Utopía Colectivista “: ” “Entre el sistema actual y el supuesto de que la delincuencia debe cesar, creo que hay lugar para formas intermedias de defensa social que difieren de la función del gobierno. Tal defensa social sería ejercida bajo los ojos de la gente y el control en cada lugar, como cualquier otro servicio público, como la salud, el transporte, etc. y por lo tanto no podría degenerar en un instrumento de opresión y dominación “.

 

¿Por qué deberíamos nosotros anarquistas no alcanzar este concepto? Queremos suprimir la maquinaria presente de justicia supuesta, con todos sus aspectos dolorosos e inhumanos, pero no queremos sustituirlo por la libertad individual o por el juicio sumario de la muchedumbre. El sentido de justicia en los hombres tiene que ser mejorado, y las formas de expresión y defensa tienen que ser resueltas.

 

He planteado estas modestas objeciones sobre todo para ofrecerle la oportunidad de volver a un tema tan importante que necesita ser discutido.

 

Considere siempre mis cariños.

Aldo Venturini.

 

La crítica de nuestro amigo Venturini tiene toda la razón: sin embargo, le indico a él que sólo expresé algunas ideas sobre la compelja cuestion del crimen sin la intención de ofrecer una solución válida para todos los casos posibles.

 

Creo que todos los que se pueda decir y hacer para luchar contra la delincuencia sólo puede tener un valor relativo, dependiendo de la época, los lugares y, sobre todo, el grado de desarrollo moral del ambiente cuando los hechos tengan lugar. El problema de la delincuencia sólo encontrara una solucion final y completa cuando… el delito ya no exista.

Yo se que usualmente nosotros nos culpamos mutuamente por la vaguedad e incertidumbre de nuestras propuestas para resolver el más doloroso problema social. Y sé que los anarquistas, unánimemente en la crítica destructiva de la moral actual y las instituciones, se reparten en las más diversas escuelas y tendencias, tan pronto como se viene a tratar el problema de la reconstrucción y la vida práctica en la sociedad futura.

Sin embargo, esto, personalmente, no me parece un mal; al contrario, me parece el principal mérito que caracteriza al anarquismo, que no piensa fijando las avenidas del futuro de antemano, sino más bien intenta garantizar simplemente las condiciones de la libertad necesarias para la evolución social para asegurar finalmente el bienestar máximo y el desarrollo material máximo, espiritual e intelectual para todo.

Los autoritarios, las reglas, creen tener una fórmula infalible, o pretenden tenerla, y tienen  la intencion de establecer e imponer la ley. Sin embargo, toda la historia muestra que el uso sólo de la ley es defender, fortalecer y perpetuar los intereses y los perjuicios prevalecen al tiempo que la ley es creada, así forzando a la humanidad a moverse de revolución en revolución, de violencia en violencia.

Al contrario, nosotros no nos jactamos creyendo que poseemos la verdad absoluta; nosotros creemos que la verdad social no es una cantidad fija, el bien para siempre, universalmente aplicable, o determinable por adelantado, pero que en su lugar, una vez la libertad ha sido asegurada, la humanidad avanza hallando y creando gradualmente con el menor numero de revueltas y con un mínimo de fricción. Así nuestras soluciones siempre dejan la puerta abierta para diferentes y, uno espera, mejores soluciones.

Es verdadero que en la realidad uno tiene que tomar una acción específica, y no puede vivir sin hacer nada en particular, siempre esperando algo mejor. Sin embargo, hoy podemos ir tras de un unico ideal, aún sabiendo que los ideales no son los únicos factores de la historia. En vida, además de la fuerza de dibujar ideales, existen las condiciones, hábitos, contrastes materiales del interés y, en una palabra, los innumerables artículos de primera necesidad a los que uno tiene que someterse, en la conducta diaria. En la práctica, uno hace lo que uno puede: en todo caso, los anarquistas deben pegarse a la misión de ejercer presión hacia su ideal, e impedir, o esforzarse para impedir, que los defectos inevitables y las injusticias posibles sean sancionados por la ley y perpetúados por las fuerzas del estado, es decir la fuerza de todos situado a las órdenes de algunos.

De cualquier modo, dejenos regresar al tema del crimen.

Como Venturini correctamente señala, existen peores vías de ofender a la justicia y la libertad que los cometidos mediante la violencia material, contra los cuales el recurso de la coaccion física se puede tornar necesario y urgente. Por lo tanto estoy de acuerdo en que el principio que he planteado, es decir, que uno tiene derecho a recurrir a la fuerza material sólo contra aquellos que quieran violar el derecho de alguna otra persona por la fuerza material, no cubre todos los casos posibles y no se pueda fijar como absoluto. Tal vez vendríamos a cerrar una fórmula más comprensiva afirmando el derecho a la defensa propia forzada contra la violencia física así como contra el equivalente en forma y consecuencias a la violencia física.

Estamos entrando en un analisis caso por caso que, sin embargo,  requiere un estudio de diferentes sucesos, que a su vez llevaria a mil soluciones diferentes, sin tocar el punto principall, es decirc ¿quién juzgara y quien llevara a cabo los juicios?

Yo ha reclamado la necesidad de dejar las decisiones en las manos de los interesados, en las manos de las personas, es decir la masa de los ciudadanos, etc.

Venturini señala que ‘las personas” es una expresión demasiado genérica, y yo estoy de acuerdo con el. Estoy lejos de ser el admirador de “el pueblo” como Kropotkine hizo. Aunque, por otra parte, él fijó a la multitud con el nombre de ‘pueblo” sólo cuando se comportaron de la manera que a el le gusto. Sé que las personas son capaces de algo: feroz hoy, generoso mañana, socialista un día, fascista otro día, en un momento alzandose contra los sacerdotes y la inquisición, en otra ocasión velando la estaca de Giordano Bruno predicando y aplaudiendo, en un momento listo para cada sacrificio y heroísmo, en algún otro momento sujeto a la peor influencia del miedo y la codicia. ¿Qué se puede hacer sobre esto? Uno tiene que trabajar con el material disponible, y tratar de crear una ventaja con ello.

Como Venturini, yo no desee la libertad individual o el juicio sumario de la multitud; sin embargo, yo no pude aceptar la solución propuesta por Merlino, que quiere organizar la defensa social contra criminales como cualquier otro servicio público, como la salud, el transporte, etc., porque yo temo la formación de un cuerpo de personas armadas, que adquieran todos los defectos y todos los peligros presentes de un cuerpo de policía.

En aras de un servicio, es decir de el público, es útil que los ferroviarios, por ejemplo, se especializen en su trabajo, los médicos y maestros se dediquen totalmente a su arte; sin embargo, es peligroso y corruptor, aunque técnicamente ventajoso tal vez, permitir a alguien ser una policía o un juez por profesión.

Todos debería cuidar de la defensa social, del mismo modo en que todos ayudan rápidamente cuando las calamidades públicas ocurren.

Para mi un policía es peor que un criminal, al menos que un criminal común menor; un policía es más peligroso y dañino a la sociedad. Sin embargo, si las personas no se sienten suficientemente protegidas por el público, indudablemente requeriran inmediatamente la policía. Por lo tanto, la única vía de impedir la existencia de la policía es hacerla inútil reemplazandole en esas funciones que constituyen una protección real para el público.

Concluyo con las palabras de Venturini: “El sentido de la justicia de los hombres necesita ser mejorado, y las formas de expresar y defender que ellos poseen necesitan ser trabajadas”.

En mi juicio: ¿Lucha de clases u Odio de Clase?

 

Errico Malatesta

(Umanità Nova, n. 137, Septiembre 20, 1921)

He expresado al jurado en Milán algunas ideas acerca de la lucha de clases y el proletariado que planteó la crítica y el asombro. Mejor volver a esas ideas.

 

Protesté con indignacion contra la acusación de incitación al odio; expliqué que en mi propaganda yo siempre procuraba demostrar que los males sociales no dependen de la maldad de un amo o el otro, un gobernador u otro, sino más bien en los amos y los gobiernos como las instituciones, por lo tanto, la solución no radica en el cambio de los distintos gobernantes, sino que es necesario demoler el principio mismo por el que dominan los hombres sobre los hombres; también expliqué que yo siempre acentue que los proletarios no son individualmente mejor que un burgués, como lo demuestra el hecho de que un trabajador suele comportarse como un simple burgués, y peor aún, cuando se pone, por medio de algun tipo de accidente, en una posición de riqueza y mando.

 

Tales declaraciones fueron distorsionadas, falsificadas, puestos bajo un aspecto desfavorable por la prensa burguesa, y la razón es clara. El deber de la prensa pagada para defender los intereses de la policía y los tiburones, es ocultar la verdadera naturaleza del anarquismo de la opinión pública, y tratar de acreditar el relato acerca de los anarquistas como seres llenos de odio y destructores; la prensa hace esto por deber, pero tenemos que reconocer que ellos a menudo lo hacen de buena fe, de pura y simple ignorancia. El  periodismo, que una vez estuvo capacitado, se descompuso en el mero trabajo y el negocio, los periodistas han perdido no sólo su sentido ético, sino también la honestidad intelectual de abstenerse de hablar de lo que no saben.

 

Olvidémonos a escritorzuelos, entonces, y vamos a hablar de aquellos que difieren de nosotros en sus ideas y, a menudo, sólo en su forma de expresar ideas, pero siguen siendo nuestros amigos, porque sinceramente ellos apuntan al mismo objetivo que nosotros.

 

El asombro es completamente inmotivado en esta gente, tanto es así que yo tiendo a pensar que se ve afectado. Ellos no pueden ignorar que he venido diciendo y escribiendo esas cosas durante cincuenta años, y que las mismas cosas se han dicho por cientos y miles de anarquistas, al mismo tiempo y antes que yo.

 

Déjenos más bien hablar del desacuerdo.

 

Están los “trabajadores-mentales”, que considera tener manos callosas como si estuivieran divinamente imbuidos con todos los méritos y todas las virtudes; protestan si usted se atreve a hablar de la gente y de la humanidad, no pudiendo jurar en el nombre sagrado del proletariado.

 

Ahora, es una verdad que la historia ha hecho de el proletariado el principal instrumento del proximo cambio social, y que los que luchan por el establecimiento de una sociedad en la que todos los seres humanos sean libres y esten dotados de todos los medios para ejercer su libertad, deben confiar principalmente en el proletariado.

 

Hoy como el acaparamiento de los recursos naturales y del capital creado por el trabajo de generaciones pasadas y presentes es la principal causa de la sujeción de las masas y de todos los males sociales, es natural que aquellos que no tienen nada y, por tanto, de forma más directa y claramente estan interesados en compartir los medios de producción, sean los principales agentes de la necesaria expropiación. Por eso dirigimos nuestra propaganda más en particular a los proletarios, cuyas condiciones de vida, por otro lado, hacen a menudo imposible para ellos el ponerse de pie y concebir un ideal superior. Sin embargo, esto no es motivo para convertir a los pobres en un fetiche simplemente porque es pobre, ni es una razón para alentarlo a creer que es intrínsecamente superior, ninguna condición que seguramente no procede de su mérito o su voluntad, le da el derecho a hacer mal a los demás porque los otros le hicieron el mal a él. La cruel tiranía de las manos insensibles (que en la práctica sigue siendo la tiranía de algunos que ya no tienen las manos insensibles, incluso si alguna vez las tuvieron), no sería menos dura y malvada, y no llevaría males menos durables que la tiranía de los guantes. Tal vez sería menos ilustrada y más brutal: eso es todo.

 

La pobreza no sería la cosa horrible que es, si esta no produjera el embrutecimiento moral así como el daño material y la degradación física, cuando se prolonga de generación en generación. El pobre tienen defectos diferentes que aquellos producidos en las clases privilegiadas por la riqueza y el poder, pero no mejores.

 

Si la burguesía produce los gustos de Giolitti y Graziani y todo el tiempo la sucesión de los torturadores de la humanidad, desde los grandes conquistadores y entusiasta a los parasitos y pequeños patrones, esta también produce los gustos de Cafiero, Reclus y Kropotkin, y las muchas personas que, en cualquier época sacrificaron sus privilegios de clase a un ideal. Si el proletariado ha dado y da tantos héroes y mártires de la causa de la redención humana, también emite la guardias blancas, los mataderos, los traidores de sus propios hermanos, sin los cuales la tiranía burguesa no podría durar un solo día.

 

¿Cómo puede el odio ser levantado a un principio de justicia, a un espíritu culto de demanda, cuando es claro que el mal está por todas partes, y que depende de las causas que van más allá de la voluntad individual y la responsabilidad?

 

Que se haga la lucha de clases tanto como uno quiere, si por lucha de clases entendemos la lucha de los explotados contra los explotadores por la abolición de la explotación. Esa lucha es una forma de elevación moral y material, y es la principal fuerza revolucionaria en la que se pueda tener confianza.

 

Que no haya odio, sin embargo, porque el amor y la justicia no pueden surgir del odio. El odio trae la venganza, el deseo de estar sobre el enemigo, una necesidad de consolidar la superioridad. El odio sólo puede ser el fundamento de los nuevos gobiernos, si se gana, pero no puede ser la base de la anarquía.

 

Lamentablemente, es fácil entender el odio de tantos desgraciados cuyos cuerpos y sentimientos son atormentados y rentados por parte de la sociedad: sin embargo, tan pronto como el infierno en que viven es iluminado por un ideal, el odio desaparece y asume un ardiente deseo de lucha por el bien de todos.

 

Por esta razón verdaderamente no se pueden encontrar aborrecedores entre nuestros compañeros, aunque hay muchos oradores del odio. Son como el poeta, que es un padre bueno y pacífico, pero canta al odio, porque esto le da la oportunidad de componer versos buenos … o tal vez malos. Hablan de odio, pero su odio, está hecho de amor.

 

Por esta razón los amo, incluso cuando ellos me insultan.

La anarquia y el metodo del anarquismo

Ensayo algo extenso como para ponerlo integro..

Para descargar en word: http://www.divshare.com/download/9448343-c4c

Extraido y digitalizado de aca: http://www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0018296.pdf

PIETRO KROPOTKIN—RICORDI E CRITICHE DI UN VECCHIO AMICO (Peter Kropotkin – Recuerdos y criticas a un viejo amigo)

Por E. Malatesta (Studi Sociali 15 de abril de 1931)

PETER KROPOTKIN es sin duda uno de los que mas ha contribuido- tal vez más incluso que Bakunin y Elisée Reclus- a la elaboración y propagacion de la idea anarquista. Y tiene por lo tanto bien merecido el reconocimiento y la admiración que todos los anarquistas sienten por el.
Pero en homenaje a la verdad y en el mayor interés de la causa, uno debe reconocer que su actividad no ha sido todo totalmente beneficiosa. No fue su culpa; al contrario, fue la misma eminencia de sus cualidades la que dió origen a los males que me estoy proponiendo discutir.

Naturalmente, Kropotkin al ser un mortal entre mortales no pudo evitar en forma continua el error  y abrazar la verdad absoluta. Uno debe sentirse por lo tanto beneficiado por su inestimable contribución y la continuación de la búsqueda que conduce a nuevos avances. Pero sus talentos literarios, la importancia y el volumen de su produccion, su actividad infatigable, el prestigio que llego a él como consecuencia de su reputación como un excelente científico, el hecho de que hubo de renunciar a una posición privilegiada para defender, a costa del sufrimiento y el peligro, la causa popular, y además la fascinación de su personalidad que determino la atención de aquellos que tuvieron la dicha de encontrase con el, le hicieron adquirir una notoriedad y una influencia tal que aparecio, y en gran medida realmente lo fue, como el maestro reconocido de la mayor parte de los anarquistas.

Como resultado de lo cual, la crítica se desanimó y el desarrollo de la idea anarquista fue detenido. Durante muchos años, a pesar del espíritu iconoclasta  y progresista de los anarquistas, la mayoría de ellos en lo que se refiere a la teoría y la propaganda, no hizo más que citar el estudio de Kropotkin. El expresarse de una manera diistinta a como él  lo hizo fue considerado por muchos compañeros, casi como una herejía.

Por lo tanto, sería oportuno someter la enseñanza de Kropotkin a un analisis cerrado y critico, a fin de separar lo siempre vivo y real de lo que penso en tiempos más recientes y que la experiencia ha demostrado erróneo. Una cuestión que no sólo afecta a Kropotkin, ya que los errores que uno puede culparle por haber cometido ya se profesaban por los anarquistas antes que Kropotkin adquiriera su lugar eminente en el movimiento: el los confirmó y luego los hizo sumandoles el peso de su talento y su prestigio; pero cada uno de los viejos militantes, o casi todos, tenemos nuestra parte de responsabilidad.

* * *

Al escribir ahora acerca de Kropotkin no tengo la intención de examinar sus enseñanzas. Sólo quiero grabar algunas impresiones y recuerdos, lo que puede en mi opinión, servir para dar a conocer mejor su estatura moral e intelectual, así como comprender más claramente sus cualidades y sus defectos.

Pero antes de nada voy a decir unas pocas palabras que vienen del corazón porque no puedo pensar en Kropotkin sin ser movido por el recuerdo de su inmensa bondad. Recuerdo lo que hizo en Ginebra en el invierno de 1879 para ayudar a un grupo de refugiados italianos en una situación desesperada, entre ellos yo mismo, me acuerdo de las pequeñas atenciones, que yo llamaría maternales, que me otorgó cuando una noche en Londres al ser víctima de un accidente fui a llamar a su puerta; recuerdo las innumerables acciones para todo tipo de gente, recuerdo el ambiente cordial con los que le rodeaban. Porque él era una persona muy buena, de esa bondad que es casi inconsciente y necesita volver a vivir todo el sufrimiento y estar rodeado de sonrisas y felicidad. Uno podria haber dicho sin siquiera conocerlo que el era una persona realmente buena; en cualquier caso, no le gustaba que alguien haga esto, y se ofendió cuando yo escribi en un artículo en ocasión de su cumpleaños numero 70  que su bondad era la primera de sus cualidades. Más bien se jactaba de su energía y su valentía, tal vez porque estas cualidades se habían establecido en y para la lucha, mientras que la bondad era la expresión espontánea de su naturaleza íntima.

* * *

Tuve el honor y la buena fortuna de estar durante muchos años vinculado a Kropotkin por la más cordial amistad.

Nos amamos, porque nos sentimos inspirados por la misma pasión, por las mismas esperanzas … y también por las mismas ilusiones.

Ambos nos mostramos optimistas por el temperamento (creo sin embargo que el optimismo de Kropotkin supero por mucho el mio y, posiblemente, haya surgido de una fuente diferente) y veíamos las cosas con gafas teñidas de color rosa, ¡ay! Todo era demasiado prometedor- entonces se esperaba, y  más que hace cincuenta años, una revolución que se haria en el futuro inmediato y que introduciria  nuestra sociedad ideal. Durante estos largos años hubo períodos de dudas y desaliento. Recuerdo una vez que Kropotkin me decía: “Mi querido Errico, me temo que  estamos solos, tú y yo, en la creencia de una revolución que yace cerca de nuestras manos “. Pero fueron pasando los estados de ánimo, y muy pronto volvió la confianza; entonces explicamos las dificultades existentes y el escepticismo de los compañeros y seguimos trabajando y esperando.

Sin embargo, no hay que pensar que en todas las cuestiones hemos compartido las mismas opiniones. Por el contrario, en muchos  estábamos muy lejos de estar de acuerdo, y casi cada vez que nos encontrabamos hemos tenido debates ruidosos y acalorados, pero como Kropotkin siempre estaba seguro de que la razón estaba de su lado, y no podía sufrir con calma estar en contradicción  y, por otro lado, teniamos un gran respeto por su erudición y una profunda preocupación por sus precarias condiciones de salud, estas discusiones siempre terminaban por cambiar de tema para evitar la excitación excesiva.

Pero esto no suponía un peligro para la intimidad de nuestra relación, porque nos amamos, y porque colaboramos sentimentalmente  y no por razones intelectuales. Cualesquiera que hayan sido nuestras diferencias en la interpretación de los hechos o en los argumentos por los que justificabamos las medidas, en la práctica queríamos las mismas cosas y estabamos motivados por el mismo sentimiento intenso hacia la libertad, la justicia y el bienestar de toda la humanidad. Por lo tanto, podiamos avanzar en  conjunto.

Y, de hecho, nunca hubo desacuerdos graves entre nosotros hasta ese día de 1914, cuando nos enfrentamos por una cuestión de conducta práctica de importancia capital para los dos: el de la actitud a adoptar por los anarquistas hacia la guerra. En esa ocasión, las viejas preferencias de Kropotkin para todo lo que es ruso y francés se despertó y exacerbo en él, y se declaró un entusiasta partidario de la Entente. Parecía olvidar que él era un internacionalista, socialista y anarquista, se olvidó de lo que él mismo había escrito sólo un corto tiempo antes de la guerra que los capitalistas se estaban preparando, y comenzó a expresar su admiración por los peores aliados estadistas y generales, y al mismo tiempo trato de cobardes a los anarquistas que se negaron a unirse a la Unión Sacre, lamentando que su edad y su mala salud le impidió tomar el fusil y marchar contra los alemanes. Es imposible, por tanto, estar de acuerdo con el: para mí era un caso verdaderamente patológico. De todos modos fue uno de las más tristes y dolorosos momentos de mi vida (y, me atrevo a sugerir, también para él) cuando, después del más enconado debate, nos despedimos como adversarios, casi como enemigos.

Grande fue mi pesar por la pérdida del amigo y por el daño hecho a la causa como consecuencia de la confusión que se creo entre los compañeros por su deserción. Pero a pesar de todo, el amor y el aprecio que sentía por el hombre quedaron intactos, al igual que la esperanza de que, una vez que el momento de euforia asi como su propia perspectiva haya pasado, admitiria su error y volveria al movimiento el Kropotkin de antaño.

* * *

Kropotkin era al mismo tiempo, un científico y un reformador social. Él fue inspirado por dos pasiones: el deseo de conocimiento y el deseo de actuar por el bien de la humanidad, dos nobles pasiones que pueden ser mutuamente útiles, y que a uno le gustaría ver en todos los hombres, (sin ser, a todo esto, uno a la vez o uno al mismo al tiempo). Pero Kropotkin era una personalidad eminentemente sistemática y quería explicarlo todo con un principio, y reducirlo todo a la unidad y, a menudo, lo hizo, en mi opinión, a expensas de la lógica.

Así, el utilizo la ciencia para apoyar sus aspiraciones sociales, porque en su opinión, estas eran simples deducciones científicas rigurosas.

No tengo ninguna capacidad especial para juzgar a Kropotkin como científico. Sé que él en su juventud rindio servicios notables a la geografía y la geología, y aprecio la gran importancia de su libro sobre la ayuda mutua, y estoy convencido de que con su vasta cultura e inteligencia noble, podría haber hecho una mayor contribución a el adelanto de las ciencias si sus pensamientos y actividad no huibiera sido absorbida en la lucha social. Sin embargo, a mi parecer él carecía de ese algo que hace a un verdadero hombre de ciencia; la capacidad de olvidarse de las aspiraciones y las ideas preconcebidas y observar los hechos con fria objetividad. Parecía ser lo que yo diría con mucho gusto, un poeta de la ciencia. Por una intuición original, podría haber logrado prever nuevas verdades, pero estas verdades habrian tenido que ser verificadas por otros con menos, o nada de imaginación, pero mejor equipados, con lo que se llama el espíritu científico. Kropotkin era demasiado apasionado para ser un observador preciso.

Su procedimiento normal fue empezar con una hipótesis y luego buscar los hechos que la confirmaban-lo que puede ser un buen método para descubrir cosas nuevas, pero lo que ocurrió, y sin querer, fue que no veía las que invalidaban su hipótesis.

No se atrevía a admitir un hecho, y muchas veces ni siquiera lo consideraba, si no hubiera conseguido explicarlo primero, es decir encajarlo en su sistema.

Como ejemplo voy a relatar un episodio en el que yo jugue un papel:

Cuando estaba en la Pampa argentina (en los años 1885 a 1889), leí algo sobre los experimentos en la hipnosis por la Escuela de Nancy, que era nuevo para mí. Yo estaba muy interesado en el tema, pero no tuve oportunidad en el tiempo para averiguar más. Cuando yo estaba de regreso en Europa vi a Kropotkin en Londres, y le preguntó si él podía darme alguna información sobre la hipnosis. Kropotkin negó rotundamente que hubiera alguna verdad en ella; que toda ella era una falsificación o una cuestión de alucinaciones. Algún tiempo después volví a verlo, y la conversación volvió una vez más en el tema. Para mi gran sorpresa me encontré con que su opinión había cambiado por completo, los fenómenos hipnóticos se había convertido en un tema de interés que merece ser estudiado. ¿Qué había sucedido entonces? ¿Se había enterado de  nuevos hechos o había encontrado pruebas convincentes de lo que había negado previamente? No, en absoluto. El, simplemente, habia leido en un libro, por no sé que fisiólogo alemán, una teoría sobre la relación entre los dos hemisferios del cerebro que podría servir para explicar, bien o mal, los fenómenos de la hipnosis.

En vista de esta predisposición mental que le permitió acomodar las cosas a su gusto en cuestiones de ciencia pura, en la que no hay razones por las que la pasión debe confundir la inteligencia, se podria prever lo que ocurriría en aquellas cuestiones que íntimamente se referían a sus más profundos deseos y sus más caras esperanzas.

* * *

Kropotkin adhirio a la filosofía materialista que prevaleció entre los científicos en la segunda mitad del siglo XIX, la filosofía de Moleschott, Buchner, Vogt y otros, y por consiguiente, su concepto del Universo fue rigurosamente mecanicista.

Según su sistema, la Voluntad(Will) (una fuerza creadora, cuya fuente y  naturaleza no podemos comprender, como, asimismo,  no entendemos la naturaleza y la fuente de la “materia” o de cualquiera de los otros “primeros principios”)-como decía , la Voluntad, que contribuyó mucho o poco en la determinación de la conducta de los individuos y de la sociedad, no existe y es una mera ilusión. Todo lo que ha sido, es y será, desde el camino de las estrellas al el nacimiento y la decadencia de una civilización, desde el perfume de una rosa a la sonrisa en los labios de una madre, desde un terremoto a los pensamientos de un Newton, desde la crueldad de un tirano a la bondad de un santo, todo lo que tiene, debe, y quiere producirse es resultado de una inevitable secuencia de causas y efectos de origen mecánico, que no deja ninguna posibilidad de variedad. La ilusión de la Voluntad es en sí un hecho mecánico.

Naturalmente, si la Voluntad no tiene ningún poder, si todo es necesario y no puede ser de otra manera, entonces las ideas de libertad, justicia y responsabilidad no tienen ningún significado, y no tienen ninguna incidencia en la realidad.
Por lo tanto, lógicamente, todo lo que podemos hacer es contemplar lo que está ocurriendo en el mundo, con indiferencia, placer o dolor, en función de los sentimientos personales, sin esperanza y sin la posibilidad de cambiar nada.

* * *

Así que Kropotkin, que fue muy crítico con el fatalismo de los marxistas, fue él mismo víctima del fatalismo mecanicista, que es mucho más inhibidor.

Pero la filosofía no podía matar a la Voluntad de gran alcance que se encontraba en Kropotkin. Estaba demasiado profundamente convencido de la verdad de su sistema para abandonarlo o mantenerse pasivo mientras otros lo ponian en duda; era demasiado apasionado, y muy deseoso de libertad y justicia para ser detenido por la dificultad de una contradicción lógica, y dejar la lucha. Persuadio el dilema introduciendo el anarquismo en su sistema y convertiendo a este en una verdad científica.

El trataria de confirmar su punto de vista al sostener que todos los descubrimientos recientes en todas las ciencias, desde la astronomía directamente a la biología y la sociología coincidieron en demostrar cada vez más claramente que la anarquía es la forma de organización social que se impone por leyes naturales.

Se podría haber señalado que independientemente de las conclusiones que pueden extraerse de la ciencia contemporánea, es un hecho que si los nuevos descubrimientos fueran a destruir las creencias científicas actuales, habría seguido siendo un anarquista, a pesar de la ciencia, tal como era un anarquista a pesar de la lógica. Pero Kropotkin no habría sido capaz de admitir la posibilidad de un conflicto entre la ciencia y sus aspiraciones sociales y siempre ideaba el medio, no importa si era lógico o no, para conciliar su filosofía mecanicista con su anarquismo.

Así, después de haber dicho que ” La anarquía es una concepción del universo basada sobre una interpretación mecánica de los fenómenos, que abarca todas las sociedades, incluida la vida de las sociedades ” (Confieso que nunca he logrado entender lo que esto podría significar) Kropotkin olvidaba su concepto mecanicista como un asunto sin importancia, y se lanzaba a la lucha con el fuego, el entusiasmo y la confianza de quien cree en la eficacia de su voluntad y que espera por su actividad obtener o contribuir a la consecución de las cosas que quiere.

En realidad el anarquismo y comunismo de Kropotkin eran mucho más la consecuencia de su sensibilidad que de la razón. En él, el corazón habla primero y  la razón lo sigue para justificar y reforzar sus impulsos.

Lo que constituyo la verdadera esencia de su carácter fue su amor a la humanidad, la simpatía que sentía por los pobres y los oprimidos. Él sufrió realmente por los demás, y encontró a la injusticia intolerable, incluso si operaba en su favor.

En el tiempo en que frecuentaba con él en Londres, se ganaba la vida colaborando en revistas científicas y otras publicaciones, y vivía en circunstancias relativamente cómodas, pero sentía una especie de remordimiento por haber sido mejor que la mayoría de los trabajadores manuales y siempre parecía querer disculparse por las pequeñas comodidades que podía permitirse. Decía con frecuencia, al hablar de sí mismo y de quienes estaban en circunstancias similares: “Si hemos sido capaces de educarnos a nosotros mismos y desarrollar nuestras facultades, si tenemos acceso a satisfacciones intelectuales y vivir en condiciones materiales no demasiado malas, es porque nos hemos beneficiado, a través de un accidente del renacimiento, de la explotación a que son sometidos los trabajadores y, por tanto la lucha por la emancipación de los trabajadores es un deber, una deuda que debemos pagar. “

Fue por su amor a la justicia, y a modo de expiar los privilegios que había disfrutado, que había renunciado a su cargo, abandonado sus estudios que tanto disfrutaba, para dedicarse a la educación de los trabajadores de San Petersburgo y a la lucha contra el despotismo de los zares. Alentado por estos mismos sentimientos se sumo posteriormente a la Internacional y aceptó las ideas anarquistas. Por último, entre las diferentes interpretaciones del anarquismo el eligió e hizo suyo el programa comunista-anarquista que, al estar basado en la solidaridad y el amor, va más allá de la propia justicia.

Pero, como era obviamente previsible, el tenia sus influencias a la hora de plantearse las cosas, cuál iba a ser el futuro y cómo iba a producirse, siguiendo qué tipo de lucha. Como para él, filosóficamente, todo lo que pasa es porque tiene que pasar, el deseado triunfo del anarquismo comunista también iba a ser inevitable, como si del cumplimiento de una ley natural se tratase.
Dado que, de acuerdo con su filosofía de que lo que sucede necesariamente debe ocurrir, así también el anarquismo comunista que deseaba, inevitablemente, debe triunfar, como si por una ley de la naturaleza. Y esto lo liberó de cualquier duda y elimino todas las dificultades de su camino. El mundo burgués estaba destinado a derrumbarse, ya era hora y la acción revolucionaria sólo sirvió para acelerar el proceso.

Su gran influencia como propagandista, así como la derivada de su gran talento, se basaba en el hecho de que mostró que las cosas eran muy simples, tan fáciles, tan inevitables, que los que lo oyeron hablar o leyeron sus artículos fueron inmediatamente encedidos del entusiasmo.

Los problemas morales desaparecieron porque atribuyo a la “gente”, las masas trabajadoras, grandes habilidades y todas las virtudes. Con razón elogió la influencia moral del trabajo, pero no vio lo suficiente claro los efectos deprimentes de la miseria, la corrupción y el sometimiento. Y pensó que sería suficiente suprimir los privilegios de los capitalistas y el poder de los gobernantes para que todos los hombres empezaran de inmediato a amarse como hermanos y a atender a los intereses de los demas como lo harían por los suyos.

De la misma manera no veía las dificultades materiales, o simplemente las aparto. Había aceptado la idea, a la vez muy extendida entre los anarquistas, de que la acumulación de existencias de alimentos y bienes manufacturados, era tan abundantes que, durante un largo período de tiempo no sería necesario preocuparse de la producción; y siempre declaró que el problema inmediato era el del consumo, que para el triunfo de la revolución seria necesario satisfacer las necesidades de todos de inmediato, así como en abundancia, y que la producción debia seguir el ritmo del consumo. De esta idea surgio la de “tomar de los almacenes” ( “Mucchio presanel”), que polularizo y que sin duda es la forma más sencilla de concebir el comunismo y la más propensa a traer las masas a su favor, pero es también la más primitiva, así como el camino mas utópico. Y cuando se le hizo observar que esta acumulación de productos no podía existir, porque los jefes solo permiten normalmente la producción de lo que pueden vender con beneficios, y que posiblemente en el comienzo de una revolución sería necesario organizar un sistema de racionamiento, y presionar por una intensificación de la producción en lugar de recurrir a ayudarse a sí mismos tomando de un almacén, que en el caso sería inexistente, Kropotkin se dedicó a estudiar el problema de primera mano y llegó a la conclusión de que de hecho tal abundancia no existia y que algunos países eran continuamente amenazados por la escasez. Pero recuperó este  pensamiento de las grandes potencialidades de la agricultura con la ayuda de la ciencia. Tomó como ejemplos los resultados obtenidos por los agricultores y los agrónomos pocos dotados en áreas limitadas y señaló las conclusiones más alentadoras, sin pensar en las dificultades que se pondría en el camino por la ignorancia y la aversión de los campesinos a lo que es el cambio, y que en cualquier caso sería necesario mucho tiempo para lograr la aceptación general de las nuevas formas de cultivo y de distribución.

Como siempre, Kropotkin veía las cosas como él hubiera deseado que fueran y como todos esperamos que serán algun día,  él consideraba como existente o inmediatamente realizable lo que debe ser ganado a través de una larga y cruenta lucha.

* * *

En el fondo Kropotkin concebia a la naturaleza como una especie de Providencia, gracias a la cual tenía que haber armonía en todas las cosas, incluidas las sociedades humanas. Y esto ha llevado a muchos anarquistas a repetir que “La anarquía es el orden natural”, una frase con un sabor exquisitamente kropotkiano.

Si bien es cierto que la ley de la naturaleza es la armonía, yo sugiero que uno tendría derecho a preguntarse por qué la naturaleza ha esperado por los anarquistas para nacer, y continúa esperandolos para triunfar, con el fin de destruir los terribles y destructivos conflictos que la humanidad ya ha sufrido.

¿No sería más cercano a la verdad decir que la anarquía es la lucha, en la sociedad humana, contra las disonancias de la Naturaleza?

He hecho hincapié en los dos errores que, en mi opinión, Kropotkin ha cometido- su teoría del fatalismo y su excesivo optimismo- porque creo haber observado los resultados perjudiciales que han producido en nuestro movimiento.

Hubo compañeros que tomaron la teoría fatalista-que eufemísticamente denomianron determinismo- en serio y como resultado perdió todo espíritu revolucionario. La revolución, dijeron, no se ha hecho, sino que vendrá cuando el tiempo este maduro para ello, y es inútil, no-científico, e incluso ridículo tratar de provocarla. Y armados con tales razones de peso, se retiraron de la circulación y se ocuparon de sus propios negocios. Pero sería un error creer que se trataba de una excusa para retirarse de la lucha. He conocido a muchos compañeros de gran coraje y valor, que se han expuesto a grandes peligros y que han sacrificado su libertad e incluso su vida en nombre de la anarquía, mientras estaban convencidos de la inutilidad de sus acciones. Han actuado por repugnancia  hacia la sociedad actual, con animo de venganza, por desesperación, o por el amor al  gran gesto, pero sin pensar en servir a la causa de la revolución, y por consiguiente sin seleccionar el objetivo y el momento oportuno, o sin preocuparse de coordinar su acción con la de otros.

Por otro lado, aquellos que sin preocuparse por la filosofía han querido trabajar por y para la revolución, han imaginado los problemas como mucho más simples de lo que son en realidad, sin preveer las dificultades, y prepararse para ellas … y debido a esto nos hemos visto impotentes, incluso cuando hubo oportunidad de una acción eficaz.
Que los errores del pasado sirvan para enseñarnos a hacerlo mejor en el futuro.

** *
He dicho lo que tenía que decir.
No creo que mis criticas hacia él puedan disminuir a Kropotkin, la persona, que sigue siendo, a pesar de todo, una de las luces brillantes de nuestro movimiento.
Si son justas, servirán para demostrar que nadie está libre de errores, ni siquiera cuando está dotado de la inteligencia y el corazón generoso de un Kropotkin.
En cualquier caso, los anarquistas, siempre encontrarán en sus escritos un tesoro de ideas fértiles y en su vida un ejemplo y un incentivo en la lucha por todo lo que es bueno.

En tiempo de elecciones

El escrito que aquí publicamos, En tiempos de elecciones, de Errico Malatesta, es uno de sus más conocidos ensayos a nivel mundial.

Quizá, en los tiempos actuales, a muchos les parecerán francamente exageradas las afirmaciones en él vertidas, puesto que mucha agua ha corrido bajo el molino desde la época en que Malatesta lo escribió. Sin embargo, los conceptos que explayan los dos personajes (Carlos y Luis), a través de quienes Errico transmite sus pensamientos, son de una actualidad asombrosa.

En efecto, hoy, por lo menos en la República Mexicana, cientos de miles, si no es que millones de personas, expresan ideas muy similares a las que Malatesta estampó hace ya mucho tiempo.

La postura de la corriente anarquista proclive al abstencionismo, es claramente expresada por Malatesta. Sobre esto cabe aclarar que, pésele a quien le pese, el anarquismo no se agota en lo que nosotros denominamos el dogma del abstencionismo, puesto que existen otras corrientes, plenamente insertas en el cauce libertario, que no comulgan con el abstencionismo elevado a la categoría de artículo de fe.

Poner el abstencionismo como elemento sine qua non distintivo del anarquista, es propio, lo repetimos, de una corriente específica en el seno del movimiento libertario, y no de todas las corrientes.

Queríamos hacer hincapié en ello con el objeto de poder transmitir lo plurifacético del movimiento anarquista, rasgo éste del que, a nuestro parecer, emerge su inmensa riqueza. Pues el objetivo no es descalificar sino reflexionar.

Chantal López y Omar Cortés

Luis.- ¡Buen vino es éste, amigo!

Carlos.- Psch, no es malo… pero sí es caro.

Luis.- ¿Caro? ¡Seguramente! Con tanto impuesto y con tantas contribuciones como se pagan al gobierno y al municipio, el litro viene a costar el doble de lo debido. ¡Y si fuese tan solo el vino! El pan, la carne, la casa, todo cuesta un ojo de la cara; y si el trabajo falta no se puede pagar ni aún lo más necesario. En fin, que no hay modo de poder vivir.

Sin embargo todo el mal viene de nosotros mismos. Si nosotros quisiéramos, todo se podría remediar. Precisamente, ahora es la ocasión para poner manos a la obra.

Carlos.- ¿Sí? Veamos, veamos cómo.

Luis.- Es una cosa muy sencilla. ¿Eres elector?

Carlos.- Sí lo soy; pero como si no lo fuera, porque no he de votar.

Luis.- He ahí el mal. ¡Y después nos lamentamos! ¿No comprendes que tú mismo eres tu propio asesino y el de tu familia? Tú eres uno de tantos que por su indolencia y su rebajamiento merecen la miseria en que yacen. Y todavía es poco. Tú…

Carlos.- Bueno, bueno, no te sobresaltes. A mí me gusta razonar y no quiero más que ser convencido. ¿Pero qué conseguiría si fuese a votar?

Luis.- ¡Cómo! ¿Qué necesidad hay de razonar tanto? ¿Quiénes hacen las leyes? ¿No son los diputados y los ministros? Así pues, si eligiéramos buenos diputados y buenos concejales, habría buenos ministros y buenos municipios y, en consecuencia, serían mejores las leyes, se rebajarían las contribuciones, se suprimirían impuestos tan odiosos como el de consumo, sería protegido el trabajo y, por ende, la miseria en que vivimos no sería tan espantosa.

Carlos.- ¡Buenos diputados, buenos ministros y buenos concejales! ¡Bonito canto de sirena! Se necesita estar sordo y ciego para no comprender que todos son lo mismo. Como tú, hablan todos los que tienen necesidad de ser elegidos. Todos buenos, todos democráticos; nos pasan la mano por el lomo, llaman a nuestras compañeras para saludarlas, a nuestros niños para besarlos; nos prometen ferrocarriles, puentes, agua potable, trabajo, pan a buen precio, protección del Estado… todo lo que se quiera. Y después, si te he visto no me acuerdo. Una vez elegidos, adiós promesas. Nuestras compañeras y nuestros hijos pueden morirse de hambre; nuestro país puede verse asolado por las fiebres y toda clase de calamidades; el trabajo se paraliza y pan falta para la mayor parte, y el hambre, la miseria, hacen estragos por doquier. ¡Pero qué! El diputado no se ocupa para nada de nuestros desastres.

Para estas cosas está la policía. Para otro año se reanudará la burla. Por el momento, pasada la fiesta, engañado el santo. ¿Y sabes? El partido político, el color político, nada importa; todos, todos son iguales. La única diferencia es que los unos se nos presentan cínicamente como son, mientras que los otros nos llevan con su charla adonde quieren, haciéndose pagar banquetes y otras zarandajas.

Luis.- Perfectamente; más, ¿por qué elegir a los burgueses? ¿No sabes que los burgueses viven del trabajo de los demás? ¿Y cómo quieres que piensen en hacer el bien del pueblo? Si el pueblo fuera libre, se habría concluido la cucaña política para esos caballeros del bien vivir. Verdad es que si quisieran trabajar estarían aún mejor, pero esto no lo entienden; no piensan más que en sacar cuanto pueden la sangre del pobre pueblo.

Carlos.- ¡Oh! Ahora sí que empiezas a hablar bien. Solamente los burgueses o los que quieren ser diputados para llegar a ser burgueses, se ocupan de los burgueses.

Luis.- Pues bien, evitemos esto. Nombremos diputados a los amigos probados, consecuentes, diputados populares, y así estaremos seguros de no ser engañados.

Carlos.- ¡Eh, alto! No hay tantos de esos amigos probados. Pero ya que eres curioso nombremos, nombremos esos diputados ¡como si tú y yo pudiéramos nombrar a quien mejor nos pareciera!

Luis.- ¿Tú y yo? No se trata únicamente de nosotros dos. Es cierto, ciertísimo, que nosotros dos nada podemos hacer; pero si cualquiera de nosotros se esforzase por convertir a los demás, y éstos procedieran como nosotros, pronto contaríamos con la mayoría de los electores y podríamos elegir el diputado que mejor nos pareciera. Y si lo que nosotros hiciéramos aquí lo hicieran en los demás colegios electorales, llegaríamos a tener de nuestra parte la mayoría del parlamento y entonces…

Carlos.- Y entonces vuelta a la cucaña política para los que fueran al parlamento… ¿no es verdad?

Luis.- Pero…

Carlos.- ¿Pero me tomas como cosa de juego? ¡Qué mal vas! No parece sino que ya cuentas con la mayoría y todo lo arreglas a tu antojo.

La mayoría, amigo, la tienen los que mandan, la tienen siempre los ricos. Ahí tienes un pobre diablo, un labrador con su mujer enferma y cinco hijos chiquitillos; anda y persuádele de que debe sufrir los rigores de la miseria, de que debe consentir en verse en medio de la vía pública como un perro vagabundo, no sólo él sino también los suyos, por el placer de dar el voto a quien no sea del gusto del burgués. Anda y convence a todos los que el burgués puede hacer morir de hambre cuando le plazca.

Desengáñate: el pobre nunca es libre; y por tanto no sabría por quien votar. Y si supiera y pudiera, aún tendría necesidad de votar a sus señores. Así tendrían éstos lo que desean, y buenas noches.

Lo mismo en el campo que en la ciudad, el trabajador es esclavo del que manda o del que más tiene. En nuestros villorrios, en nuestras aldeas, en los más reducidos lugares, el cacique es dueño y señor de todos los electores. Un simple alcalde de barrio tiene más poder en una aldea que un banquero en la ciudad. La sola presencia de un representante de la tiranía, se lleva por delante a todos los electores habidos y por haber.

Por desgracia, nuestros compañeros del campo se ven obligados a votar por quien manda el cacique, o el alcalde, o el que les presta a un interés usurario algún dinero.

En las poblaciones grandes o pequeñas, el obrero industrial está totalmente supeditado al fabricante, al maestro; y cuando no al médico, o al abogado, al notario, al casero, hasta al tendero de aceite y vinagre. Ve y diles que voten, y contestarán que desgraciadamente han de votar, quieran o no, por quien les manden.

¡Pobre del que se atreve a tener opiniones propias!

Luis.- Sin duda la cosa no es fácil. Se necesita trabajar, propagar para hacer comprender al pueblo cuáles son sus derechos y animarle a afrontar la ira de los burgueses. Necesitamos unirnos, organizarnos para impedir a los burgueses que coarten la libertad de los trabajadores, arrojándoles a la calle cuando no siguen sus consejos.

Carlos.- ¿Y todo esto para votar por don Fulano o don Mengano? ¡Qué simple eres! Sí, todo lo que dices debemos hacerlo, pero de un modo distinto: debemos hacerlo para que el pueblo comprenda que cuanto hay en el mundo es suyo y se le roba; y que por tanto tiene el derecho, y si se quiere hasta la fuerza, de arrebatarlo, y de arrebatarlo o recuperarlo por sí mismo, sin esperar gracias de nadie.

Luis.- Pero, en fin, ¿cómo hacerlo? Alguno ha de dirigir al pueblo, organizar las fuerzas sociales, administrar justicia y garantizar la seguridad pública.

Carlos.- No, no. Nada de eso.

Luis.- ¿Y cómo entonces? ¡El pueblo es tan ignorante!

Carlos.- ¿Ignorante? El pueblo lo es, en verdad, porque si no lo fuera, pronto enviaría a paseo toda la jerigonza gubernamental. Pero yo creo que tus propios intereses te lo harán pronto comprender. Si dejáramos al pueblo obrar por su cuenta, arreglaría sus cosas mejor que todos los ganapanes que, con el pretexto de gobernarlo, lo explotan y tratan como a una bestia.

Es curioso lo que te ocurre con esta historieta de la ignorancia popular. Cuando se trata de dejar al pueblo que haga lo mejor que le parezca, dices que no tiene capacidad ninguna; cuando, por el contrario, se trata de hacerle nombrar diputados, entonces se le reconoce ya una cierta capacidad… y si nombra alguno de los nuestros, entonces se le atribuye una sapiencia estupenda…

¿No es cien veces más fácil administrar cada uno por sí mismo lo que le pertenezca, que encontrar uno que sea capaz de hacerlo por otro? No sólo, en este último caso, se necesita conocer cómo había de hacerse todo para juzgar la idea del que se escogiese, sino también saber discernir la sinceridad, el talento y las demás cualidades del que solicitare nuestros votos. ¿Y si el diputado quisiera servir sinceramente nuestros intereses, no debería preguntar por nuestra opinión, indagar nuestros deseos, acatar nuestras decisiones? Y entonces, ¿por qué dar a nadie el derecho de obrar a su antojo y de engañarnos y traicionarnos si bien lo juzga?

Luis.- Pero como los hombres no pueden hacerlo todo por sí mismos, como no sirven para todo, de aquí la necesidad de que alguno cuide de la cosa pública y arregle los asuntos de la política.

Carlos.- Yo no sé qué es lo que tú entiendes por política. Si entiendes que es el arte de engañar al pueblo y robarle haciéndole gritar lo menos posible, persuádete de que haríamos nosotros mismos otra cosa. Si por política entiendes el interés general, y el modo de hacerlo todo de acuerdo con la mayor ventaja para cada uno, entonces es una cosa de la que debemos ocuparnos y entender todos, como todos, por ejemplo, sabemos acudir a la mesa de un café sin incomodarnos los unos con los otros, divirtiéndonos sin molestia para nadie. ¡Qué diantre! No parece sino que hasta para sonarnos habríamos de necesitar un especialista y darle por añadidura el derecho de arrancarnos la nariz, si no nos sonábamos a su gusto.

Por lo demás, se comprende que el zapato debe hacerlo el zapatero y la casa el albañil. Pero nadie sueña en dar al zapatero y al albañil el derecho de gobernarse, administrarse… Pero volvamos al asunto.

¿Qué han hecho a favor del pueblo los que han ido y van al parlamento y al municipio para hacer el bien general? ¿Y, aún los mismos socialistas, se han mostrado mejores que los demás? Nada, lo que te he dicho, todos son iguales.

Luis.- ¿También la emprendes con los socialistas? ¿Qué quieres que hagamos, si verdaderamente no podemos hacer nada? Somos pocos, y aunque en algún municipio tengamos mayoría, estamos completamente sitiados por las leyes y la influencia de la burguesía que nos ata de pies y manos.

Carlos.- ¿Y por qué vais entonces a votar? ¿Por qué insistís, si no podéis hacer nada? Será porque los elegidos podrán hacer algo para sí mismos, en su provecho propio.

Luis.- Dispensa un momento: ¿Eres anarquista?

Carlos.- ¿Qué te importa lo que soy? Escucha lo que digo, que si ves que mis argumentos son buenos, apruébalos, si no, combátelos y trata de convencerme. Sí, soy anarquista, ¿y qué?

Luis.- ¡Oh, nada! Yo tengo mucho gusto en discutir contigo. También yo soy socialista, pero no anarquista, porque me parece que tus ideas son demasiado avanzadas. Más, comprendo que en muchas cosas tienes razón. Si hubiera sabido que eras anarquista, no te hubiera dicho que por medio de las elecciones y del parlamento puede obtenerse el bien deseado, porque mientras seamos pobres, serán siempre los ricos los que confeccionen las leyes, y las harán siempre en provecho propio.

Carlos.- ¡Pero tú eres, entonces, un embaucador! ¡Cómo! ¿Sabes la verdad y predicas la mentira? Cuando no sabías que yo era anarquista, decías que eligiendo buenos diputados y buenos concejales se convertiría la Tierra en un verdadero paraíso; ahora que ya sabes lo que soy y que no puede engañárseme en un dos por tres, dices que con el parlamentarismo nada se puede conseguir. ¿Por qué entonces, quebrarme la cabeza con la propaganda de las elecciones? ¿O es que te pagan para engañar a los infelices trabajadores? Sin embargo, yo sé que eres un buen obrero, que eres de los que viven a fuerza de mucho esfuerzo. ¿Por qué, entonces, engañas a tus compañeros haciéndoles que favorezcan los intereses de cualquier renegado, que con la excusa del socialismo lo que busca es darse tono de señor, de gran señor, de gran burgués?

Luis.- No, no, amigo mío. No me juzgues tan mal. Si yo procuro que lo obreros voten, es en interés de la propaganda solamente. ¿No comprendes cuántas ventajas tiene para nosotros el que haya alguno de los nuestros en el parlamento? Puede hacer la propaganda mejor que cualquier otro, porque viaja como le parece y sin que la policía le estorbe mucho; además, cuando habla en la Cámara, todo el mundo se ocupa de las ideas socialistas y las discute. ¿No es eso propaganda? ¿No vamos ganando siempre algo?

Carlos.- ¡Y para propagar te conviertes en agente electoral! ¡Bella propaganda la tuya! Anda, ve y dile a las gentes que todo han de esperarlo del parlamento, que la revolución no conduce a nada, que el obrero no tiene otra cosa que hacer más que depositar un pedazo de papel en la urna y esperar con la boca abierta a que caiga el maná del cielo. ¡Bonita, magnífica, sublime propaganda!

Luis.- Tienes razón, pero ¡qué hacer! ¿Cómo decir a los trabajadores que no se puede esperar nada del parlamento, que los diputados para nada sirven, y propagarles luego que deben votar? Dirían que los tomamos como juguetes.

Carlos.- Bien sé que se necesita algo para decidir a la gente a que vote y elija diputados. Y no sólo se necesita hacer algo, sino también prometer mucho que no se ha de poder cumplir; se necesita hacer la corte a los señores, ser benévolo con el gobierno, encender una vela a San Miguel y otra al diablo, y burlarse de todos. Si no, no se es elegido. ¿Y a qué me vienes a hablar de propaganda, si todo lo que hacéis es contrario completamente a ella?

Luis.- No digo que no tengas razón; más, en fin, convén conmigo que es siempre ventaja tener alguno de los nuestros que pueda levantar la voz en la Cámara, y defender las ideas de emancipación del proletariado.

Carlos.- ¿Una ventaja? Para ellos y aún para alguno de sus amigos, no digo que no. Más para la masa general del pueblo, de ningún modo. ¡Si por lo menos no fuese esto ya evidente hasta la saciedad! Allá va un año tras otro en que hemos sido bastante necios para mandar al parlamento diputados socialistas. Los hay en la Cámara francesa, los hay en la italiana, los hay en la alemana, en la española y en la argentina, en número bastante crecido y ¿qué hemos obtenido? Que los unos se hagan monárquicos, los otros se alíen con los republicanos, y nadie se ocupe de los intereses populares. ¡Pobres obreros republicanos! Creen hacer un gran bien y no reparan en que son miserablemente engañados. Volviendo a nuestro primer asunto, esto es, a lo que hemos obtenido con el nombramiento de diputados socialistas, resulta que éstos eran perseguidos y tratados como malhechores cuando decían la verdad, y hoy son muy estimados de los grandes señores, y el ministro y el consejero les tienden la mano. Y si son condenados es por cuestiones puramente burguesas que nada tienen que ver con la causa del obrero y, por tanto, no tienen excusa. Todos son perros de una misma raza, o como suele decirse, los mismos perros con distintos collares, que acaban siempre por ponerse de acuerdo para roer el hueso popular, para acabar con la sangre del pueblo. ¡No tengas cuidado, que semejantes personajes expongan sus pechos en un movimiento revolucionario!

Luis.- Eres demasiado severo. Los hombres son hombres y, necesariamente, hay que disculpar sus debilidades. Por lo demás, ¿qué se puede decir si los que hemos nombrado hasta ahora, no han sabido cumplir con su deber, o no han tenido valor suficiente para cumplirlo? ¿Quién dijo que elijamos siempre los mismos? Nombremos, pues, otros mejores.

Carlos.- ¡Ya! Y así el partido socialista vendrá a convertirse en una fábrica de embaucadores. ¿Crees tú que no hemos tenido ya bastantes traidores? ¿O es que hay que colocar a los demás en situación de que lo sean? En fin, ¿crees o no crees que el que al molino va, en la harina se le conoce? El que se mezcla con los burgueses, le toma gusto a vivir sin trabajar. Cuanta más gente pase por el poder, tanta más se corromperá. Aunque pasase alguno que tuviera bastante buen temple para no corromperse, sería lo mismo, porque amando la causa popular, no podría oponerse a la propaganda con la esperanza de ser útil más tarde.

Yo creo firmemente en la sinceridad del que, diciéndose socialista, corre todos los riesgos, se expone a perder su jornal, a ser perseguido y encarcelado. En cambio, me inspiran poca confianza los que hacen del socialismo un oficio, que nada hacen que pueda comprometerles, que buscan la popularidad huyendo del peligro, esto es, que saben nadar y guardar la ropa, como suele decirse gráficamente. Me parece que son como los curas, que predican para su santo negocio.

Luis.- Traspasas el límite de lo racional, amigo mío, porque entre los que has insultado, están los que han trabajado y sufrido por la causa común, están los que tienen un pasado…

Carlos.- No vengas ahora a romperme la cabeza con el pasado. El mismo Crispi ha sido en otros tiempos revolucionario, ha expuesto la piel y ha sufrido como tantos otros. ¿Vamos por esto a respetarlo ahora que se ha convertido en un reaccionario, en un tiranuelo de los más repugnantes?

Esos individuos de quienes hablas son los mismos que deshonran y mancillan su propio pasado, y en nombre de ese mismo pasado podemos condenarlos porque han renegado de él. En todas partes hay ejemplos de lo que digo: la mayor parte de los prohombres republicanos de la republicana Francia han sido más o menos revolucionarios en otros tiempos, y hoy son unos doctrinarios de la peor estofa. Hay en el partido conservador inglés quien ha llegado en otras épocas hasta a aceptar el programa de la Internacional. En España, no sólo Castelar y Salmerón, sino también Sagasta y Cánovas, entre muchos republicanos y monárquicos, fueron, quien más quien menos, revolucionarios decididos, y hoy todos se avienen con las ideas y procedimientos más retrógrados, explotando al pueblo desde el poder unos, engañándole desde la oposición otros.

Luis.- Bueno, hombre, no sé como he de convencerte. Vaya enhoramala el parlamentarismo, pero has de convenir que en cuanto al municipio ya es otra cosa. Aquí es más fácil obtener mayoría y hacer el bien del pueblo.

Carlos.- ¡Pero si tú mismo has dicho que los concejales están atados de pies y manos y que al fin y a la postre, tanto en la Cámara como en el municipio, son siempre los ricos los que mandan! Por lo demás, ya hemos visto bastantes ejemplos. En la vecina ciudad lo mismo que en cualquiera, han ido los socialistas al ayuntamiento y, ¿sabes lo que han hecho? Habían prometido suprimir el impuesto de consumos y facilitar los medios para que los niños pudieran ir cómodamente a la escuela desde el pueblo a la ciudad, y nada han hecho. Y después, cuando el pueblo murmura, aquellos señores socialistas hablan en sus mismos periódicos del eterno descontento, como pudieran hacerlo los mismos representantes de la autoridad y de la burguesía. Además, cuando van al municipio, no tienen dónde caerse muertos, y luego se procuran buenas colocaciones para sí y sus parientes, de modo que puedan vivir sin trabajar, y luego dicen que quieren hacer el bien del pueblo.

Luis.- ¡Pero esas son calumnias!

Carlos.- Admitamos que hay algo de calumnioso, ¿y lo que yo he visto con mis propios ojos? Dicen que cuando el río suena agua lleva, y en esta ocasión no puede ser más cierto; lo cual perjudica en gran modo al partido socialista. El socialismo, que debiera ser la esperanza y el consuelo del pueblo, de la clase trabajadora, se hace objeto de sus maldiciones cuando se halla en el poder, en el parlamento o en el municipio. ¿Aún dirás que ésta es propaganda propiamente dicha?

Luis.- ¡No seas así! Si no estás satisfecho de los que nos representan, nombremos otros; la culpa la tienen siempre los electores, porque son los burgueses los que nombran a los que quieren.

Carlos.- ¡Y dale! ¿Hablo con una piedra o con quién hablo? Si, señor, la culpa la tienen los electores y los no electores, porque debieran prescindir de los parlamentos y de los municipios, como cosa completamente inútil para el bien del pueblo. Farsa por farsa, debemos quedarnos sin ninguna. El parlamento, las diputaciones y los municipios, son farsas que nos cuestan muy caras y que para nada sirven. Y tú, que no ignoras que aquellos de los nuestros que van al parlamento, a la diputación o al municipio, conviértanse o no en embaucadores, nada pueden hacer por la clase trabajadora, salvo echarle tierra en los ojos para mayor tranquilidad de los señores; tú debes esforzarte para destruir esa estúpida fe en el sufragio.

La causa fundamental de la miseria y de todos los males sociales es la propiedad individual (a causa de la cual el hombre no puede producir sino aceptando las condiciones que le imponga el que monopoliza la tierra y los instrumentos de trabajo) y el gobierno, el cual defiende a los explotadores y explota por su propia cuenta.

Y los burgueses, antes que dejen que se ponga la mano sobre estas dos instituciones: la propiedad y el gobierno, las defenderán a todo trance. Engañan, mistifican y pervierten todo, y cuando esto no basta, a la prisión, al destierro y hasta al cadalso apelan contra nosotros. ¡Si quieres mejor elección!

Nosotros queremos la revolución; una revolución completa que no deje la menor memoria de la infamia actual. Se necesita declararlo todo, tierra e instrumentos de trabajo, propiedad común; se necesita, es preciso que todos tengamos pan, casa y vestidos; es indispensable que los campesinos supriman al burgués y cultiven la tierra por su propia cuenta y la de sus compañeros de trabajo; que el obrero industrial prescinda también del burgués que le explota, y organice la producción en beneficio general; y, además, es muy necesario no volverse a acordar del gobierno, no dar poder a nadie y hacer cada uno todas las cosas por sí mismo. Cada cual se entenderá dentro de un municipio o pueblo con sus compañeros de oficio y con todos los que tengan necesidad de entenderse en los pueblos más cercanos. Los municipios se entenderán unos con otros; las comarcas con las comarcas, las regiones con las regiones también. Los de un mismo oficio en diferentes localidades se entenderán entre sí, y así se llegará al acuerdo general, y se llegará ciertamente porque en ello va el interés de todos. Entonces, no nos veremos como el perro y el gato, no estaremos en guerra permanente, no pereceremos en manos de una concurrencia infame. Las máquinas ya no serán de utilidad exclusiva de los burgueses ni servirán para dejar sin trabajo y sin pan a la mayor parte de los nuestros, de los que producen y están siempre condenados a la esclavitud y a la miseria; pero servirán en cambio, para hacer el trabajo menos pesado, más útil y más ventajoso para todos. No habrá ya tierras incultas, ni sucederá que el que las cultive no produzca más que la décima parte de lo que debe producir, porque se aplicarán todos los medios ya conocidos para aumentar y mejorar la producción de la tierra y de la industria, de tal modo que el hombre podrá satisfacer siempre sus necesidades espléndidamente.

Luis.- Todo lo que dices es muy bello y verlo quisiera. Yo también encuentro muy buenas vuestras aspiraciones, pero ¿cómo realizarlas? Ya sé que el único medio es la revolución, y que por muchas vueltas que se le dé, por la revolución se acabará. Mas, como por el momento la revolución no podemos hacerla, hacemos en tanto lo que podemos y no pudiendo hacer otra cosa mejor, agitamos la opinión por medio de las elecciones. Así nos movemos siempre, y siempre se hace propaganda.

Carlos.- ¡Cómo! ¿Hablas ahora de propaganda? ¿No sabes qué clase de propaganda has hecho con las elecciones? Vosotros habéis dejado a un lado el programa socialista y os mezcláis con todos esos charlatanes demócratas, que no se ocupan más que de conquistar el poder y hacer luego lo que han hecho todos sus compañeros en democracia, ocuparse ante todo de sí mismos. Vosotros habéis introducido la división y la guerra personal entre los socialistas. Vosotros habéis abandonado la propaganda de los principios por la propaganda a favor de Zutano o de Mengano.

Ya no habláis de revolución, y aunque habléis no pensáis, ni por asomo, en hacerla, en provocarla; y esto es natural, porque el camino del parlamento no es el de las barricadas. Habéis corrompido a un cierto número de compañeros que sin la tentación a que los sometisteis hubieran permanecido honrados. Habéis fomentado ciertas ilusiones que hicieron olvidar la revolución, y cuando se desvanecieron, nos hicieron desconfiar de todo y de todos. Habéis desacreditado al socialismo entre las masas que empezaron a considerarse como un partido de gobierno, y han sospechado de vosotros y os han despreciado, como hace siempre el pueblo con todos los que llegan o pretenden llegar al poder.

Luis.- Dime, entonces, ¿qué es lo que debemos hacer? ¿Qué hacéis vosotros? ¿Por qué en vez de hacernos la guerra no tratáis de hacernos mejores?

Carlos.- Yo no te he dicho que nosotros hayamos hecho y hagamos todo lo que se puede y debe hacer. Aún de esto mismo tenéis vosotros mucha culpa, porque con vuestras mistificaciones y deserciones habéis paralizado por muchos años nuestra acción, y nos habéis obligado a emplear grandes esfuerzos para combatir vuestra tendencia, que si hubiera prevalecido, no hubiera quedado del socialismo más que el nombre. Pero esto creemos que no se repetirá. Por una parte, nosotros hemos aprendido mucho y estamos en situación de aprovechar la experiencia obtenida y corregir los errores del pasado. Por otra, entre vosotros mismos la gente empieza a ver con malos ojos las malditas elecciones. La experiencia es de tantos años y vuestros representantes se han significado tan poco, que hoy todos los que aman sinceramente la causa y tienen espíritu revolucionario, tienen forzosamente que abrir los ojos.

Luis.- Y bien, haced la revolución, y estad seguros que nosotros nos encontraremos a vuestro lado, cuando hagáis las barricadas. ¿Nos tomáis acaso por cobardes?

Carlos.- Es una cosa muy cómoda, ¿no es verdad? ¡Haced la revolución, y luego, cuando esté hecha, nos veremos! Pero si vosotros sois revolucionarios, ¿por qué no ayudáis a prepararla?

Luis.- Escucha: por mi parte, te aseguro que si viera un medio práctico para poder ser útil a la revolución, enviaría al diablo elecciones y candidatos, porque, a decir verdad, comienzo a tener yo también la cabeza llena de política, y confieso también que lo que me has dicho hoy me ha hecho un poco de impresión; no te puedo decir que no tengas razón.

Carlos.- ¿No sabes lo que se puede hacer? ¡Pero si yo te digo que la práctica de la lucha electoral hace perder hasta el criterio de la buena propaganda socialista y revolucionaria! Y, sin embargo, basta saber lo que se quiere y quererlo firmemente para encontrar mil cosas útiles para hacer. Ante todo, propaguemos los verdaderos principios socialistas, y en lugar de contar mentiras y dar falsas esperanzas a los electores y a los no electores, incitemos en esas mentes el espíritu de rebelión y el desprecio al parlamentarismo. Hagamos de modo que los trabajadores no voten, y que las elecciones se las hagan ellos, gobierno y capitalistas, en medio de la indiferencia y del desprecio del pueblo; porque cuando se ha destruido la fe en las urnas, nace lógicamente la necesidad de hacer la revolución. Vayamos a los grupos y a las reuniones electorales, pero para desbaratar los planes y las mentiras de los candidatos, y para explicar siempre los principios socialistas-anárquicos, es decir, la necesidad de quitar el gobierno y desposeer a los propietarios. Entremos en todos los sindicatos obreros, hagamos otros nuevos, y siempre para hacer la propaganda y hablar de todo aquello que debemos hacer para emanciparnos. Pongámonos en la primera fila en las huelgas, provoquémoslas siempre para ahondar el abismo entre patronos y obreros y empujemos siempre las cosas cuanto más adelante mejor. Hagamos comprender a todos aquellos que mueren de hambre y de frío, que todas las mercancías que llenan los almacenes les pertenecen a ellos, porque ellos fueron los únicos constructores, e incitémosles y ayudémosles para que las tomen. Cuando suceda alguna rebelión espontánea, como varias veces ha acontecido, corramos a mezclarnos y busquemos de hacer consistente el movimiento exponiéndonos a los peligros y luchando juntos con el pueblo. Luego, en la práctica, surgen las ideas, se presentan las ocasiones. Organicemos, por ejemplo, un movimiento para no pagar los alquileres; persuadamos a los trabajadores del campo de que se lleven las cosechas para sus casas, y si podemos, ayudémoslos a llevárselas y a luchar contra dueños y guardias que no quieran permitirlo. Organicemos movimientos para obligar a los municipios a que hagan aquellas cosas grandes o chicas que el pueblo desee urgentemente, como, por ejemplo, quitar los impuestos que gravan todos los artículos de primera necesidad. Quedémonos siempre en medio de la masa popular y acostumbrémosla a tomarse aquellas libertades que con las buenas formas legales nunca le serían concedidas.

En resumen: cada cual haga lo que pueda según el lugar y el ambiente en que se encuentra, tomando como punto de partida los deseos prácticos del pueblo, y excitándole siempre nuevos deseos. Y en medio de toda esta actividad, vayamos eligiendo aquellos elementos que poco a poco van comprendiendo y aceptando con entusiasmo nuestras ideas; juntémonos en pacto mutuo, y preparemos así las fuerzas para una acción decisiva y general.

Ved, dentro de poco, por ejemplo, viene el asunto del Primero de Mayo. En todo el mundo los obreros se preparan a efectuar una grandiosa manifestación para ese día, no trabajando. Hay muchos que lo hacen simplemente para obtener la jornada de ocho horas de trabajo, pero hay también aquellos que no se conforman con esto. Y piensan quitarse de encima, de una manera radical, todas esas sanguijuelas que con el nombre de capitalistas o patronos, chupan la sangre a los trabajadores. Y bien, nosotros debemos aceptar este práctico terreno de acción que nos ofrecen las masas mismas. Trabajemos entonces desde ahora e incansablemente, para que el próximo Primero de Mayo nadie trabaje y nadie vuelva a hacerlo sino como trabajador libre, asociado a compañeros libres y en talleres de propiedad de todos. Y cuando venga ese Primero de Mayo, salgamos a la calle con la muchedumbre y hagamos aquello que la disposición del pueblo nos aconseje. No será quizás la revolución, porque los gobiernos están muy prevenidos y el pueblo aún no sabe luchar; pero, ¡quién sabe!… si pudiéramos dar al movimiento una gran extensión, los gobiernos se verían impotentes para reprimirlo. De cualquier modo, el pueblo tendrá ocasión de ver y sentir su fuerza, y una vez que se haya dado cuenta de su fuerza y la haya visto desplegada, no tardará en servirse de ella.

Luis.- ¡Muy bien; me gusta! ¡Al diablo las elecciones y pongámonos manos a la obra! Venga esa mano. ¡Viva la anarquía y la revolución social!

Carlos.- ¡Viva!

ANARQUISTAS PROGUBERNAMENTALES

Acaba de aparecer un manifiesto firmado por Kropotkin, Grave, Malato y una docena de viejos compañeros más, en el cual se hacen eco de quienes apoyan a los gobiernos de la Entete, que exigen la guerra a muerte y el aniquilamiento de Alemania, y toman posición contra cualquier idea de “paz prematura”.

La prensa capitalista publica, con natural satisfacción, extractos del manifiesto, y lo anuncia como obra de “líderes del movimiento anarquista internacional”.

Los anarquistas, que en su casi totalidad permanecieron fieles a sus convicciones, tienen el deber de protestar contra este intento de implicar al anarquismo en la continuación de una feroz matanza que nunca ha prometido ningún beneficio para la causa de la justicia y la libertad, y que ahora se muestra absolutamente estéril e infructuosa, incluso desde el punto de vista de los gobiernos de ambos bandos.

Está fuera de duda la buena fe y las buenas intenciones de quienes firmaron el manifiesto, pero por más penoso que pueda ser disentir con viejos amigos que han prestado tantos servicios a lo que en el pasado era nuestra causa común, no podemos -haciendo honor a nuestra sinceridad y al interés en nuestro movimiento en pro de la emancipación- dejar de disociarnos de compañeros que se consideran capaces de reconciliar las ideas anarquistas con la cooperación con los gobiernos y las clases capitalistas de ciertos países en su lucha contra los capitalistas y los gobiernos de ciertos otros países.

Durante la actual guerra hemos visto republicanos que se ponen al servicio de reyes, socialistas que hacen causa común con la clase dirigente, laboristas que sirven a los intereses de los capitalistas, pero en realidad todas estas personas son, en distinto grado, conservadores, creyentes en la misión del Estado, y se puede comprender que hayan vacilado y se hayan desorientado hasta caer en los brazos del enemigo, cuando el único remedio residía en la destrucción de todas las ataduras gubernamentales y el desencadenamiento de la revolución social. Pero tal vacilación es incomprensible en el caso de los anarquistas.

Sostenemos que el Estado es incapaz de hacer el bien. En el campo de las relaciones internacionales y también en el de las relaciones individuales sólo puede combatir la agresión transformándose él mismo en agresor, y sólo puede evitar el crimen organizado cometiendo crímenes aun mayores.

Inclusive suponiendo -lo que está lejos de ser cierto- que Alemania sola fuera responsable de la actual guerra, está demostrado que si se mantienen los métodos gubernamentales, la única manera de resistir a Alemania consiste en suprimir toda libertad y revivir el poder de todas las fuerzas reaccionarias. Excepto la revolución popular, no hay otro modo de resistir la amenaza de un ejército disciplinado, salvo tratar de disponer de un ejército más fuerte y más disciplinado, de modo que los más encarnizados antimilitaristas, si no son anarquistas y temen la destrucción del Estado, se ven inevitablemente llevados a transformarse en ardientes militaristas.

De hecho, con la esperanza problemática de aplastar al militarismo prusiano renunciaron a todo el espíritu y las tradiciones de libertad, prusianizaron a Inglaterra y a Francia, se sometieron al zarismo, reestablecieron el prestigio del vacilante trono de Italia.

¿Podemos aceptar los anarquistas este estado de cosas por un solo instante, sin renunciar a todo derecho a llamarnos anarquistas? Para mí, inclusive la dominación extranjera sufrida por la fuerza y capaz de suscitar la rebelión es preferible a la opresión interna aceptada con humildad y casi con gratitud, en la creencia de que por este medio nos preservamos de un mal mayor.

Es inútil decir que se trata de un momento excepcional y que después de haber contribuido a la victoria de la Entete en “esta guerra” volveremos a nuestro propio campo para luchar por nuestros ideales.

Si hoy es necesario trabajar en armonía con el gobierno y los capitalistas para defendernos contra “la amenaza alemana” lo será también después, así como durante la guerra.

Por más grande que sea la derrota del ejército alemán -si ocurre que se lo derrote-, nunca resultará posible impedir que los patriotas alemanes piensen en la venganza y se preparen para ella, y los patriotas de los demás países, muy razonablemente desde su propio punto de vista, querrán estar listos para que no los vuelvan a tomar desprevenidos. Esto significa que el militarismo prusiano se transforma en una institución permanente y regular en todos los países.

¿Qué dirán luego los que se autodenominan anarquistas y desean hoy la victoria de una de las alianzas en guerra? ¿Seguirán llamándose antimilitaristas y predicando el desarme, la necesidad de rehusarse a hacer el servicio militar, y el sabotaje contra la defensa nacional, para terminar, ante la primera amenaza de guerra, como sargentos reclutadores de los gobiernos que ellos trataron de desarmar y paralizar?

Se dirá que estas cosas terminarán cuando el pueblo alemán se libere de sus tiranos y deje de ser una amenaza para Europa, al destruir el militarismo en su propio país. Pero si éste es el caso, los alemanes piensan con razón que la dominación inglesa y francesa -y no digamos la de la Rusia zarista- no sería más agradable para los alemanes que la dominación alemana para los franceses y los ingleses, desearán primero esperar que los rusos y los demás pueblos destruyan su propio militarismo y, entretanto, seguirán fortaleciendo al ejército de su propio país.

Y entonces, ¿cuánto tiempo demorará la revolución? ¿Cuánto se tardará en llegar a la anarquía? ¿Debemos esperar siempre a que los demás empiecen?

La línea de conducta de los anarquistas está claramente señalada por la lógica misma de sus aspiraciones. Debería impedirse la guerra produciendo la revolución, o por lo menos haciendo que el gobierno la temiera. Ha faltado hasta ahora la fuerza o la habilidad necesaria para ello.

¡Muy bien! Sólo hay un remedio: mejorar el futuro. Tenemos que evitar más que nunca el compromiso, ahondar el abismo entre capitalistas y los esclavos asalariados, entre dominadores y dominados, predicar la expropiación de la propiedad privada y la destrucción de los estados como el único medio para garantizar la fraternidad entre los pueblos y la justicia y la libertad para todos, y debemos prepararnos para llevar a cabo estar cosas.

Entretanto, me parece que es criminal hacer algo que tienda a prolongar la guerra, en la que se asesina a hombres y se destruye riqueza, además de obstaculizar la reanudación de la lucha por la emancipación. Me parece que predicar “la guerra hasta el fin” es realmente hacerles el juego a los gobernantes alemanes, que están engañando a sus súbditos e inflamando su ardor de lucha al persuadirlos de que sus oponentes desean aplastar y esclavizar al pueblo alemán.

En la actualidad, como siempre, éste debe ser nuestro grito de lucha: ¡Abajo los capitalistas y los gobiernos, todos los capitalistas y todos los gobiernos!

¡Vivan los pueblos, todos los pueblos!

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